La grieta que no cicatriza

La Argentina vuelve a encontrarse atrapada en una encrucijada que parece no tener salida. No se trata únicamente de una pugna entre gobiernos o entre proyectos políticos opuestos, sino de algo más profundo: una desconexión estructural entre quienes conducen el país y quienes lo habitan. Hace poco más de dos años y ocho meses que Javier Milei llegó a la presidencia cargando sobre sus espaldas el rechazo masivo hacia un pasado de inflación galopante, corrupción sistémica y desequilibrios macroeconómicos crónicos. Esa fue su promesa de ruptura. Hoy, ese mismo Gobierno enfrenta un rechazo que alcanza el 63% de imagen negativa, según los promedios de las encuestas más rigurosas. Pero aquí yace la paradoja fundamental: el desgaste no representa necesariamente un retorno de adhesión hacia lo que se rechazaba antes. Los argentinos no están eligiendo entre dos futuros; están intentando escapar de dos pasados.

La instalación prematura de un escenario electoral, cuando aún faltan años para la próxima competencia presidencial, ha profundizado la brecha entre la clase política y la sociedad. Mientras en los despachos se tejen alianzas, se perfilan candidatos y se diseñan estrategias para 2027, la mayoría de los ciudadanos permanece concentrada en preocupaciones elementales: conseguir trabajo, mantener el poder de compra, alimentar a la familia. Las encuestas son contundentes: el empleo, los ingresos, la corrupción, la pobreza y la incertidumbre económica encabezan de forma invariable las listas de inquietudes. Ninguno de estos temas ocupa el centro de la agenda pública que construyen los dirigentes. La disonancia es tan evidente que genera lo que los especialistas denominan una "gran desazón", ese sentimiento de malestar profundo que se apodera de la mayoría cuando percibe que nadie las escucha realmente.

El agotamiento de dos modelos sin relevo visible

Lo que sucede en el presente político argentino puede interpretarse como el colapso simultáneo de dos ofertas que gobernaron durante décadas. Por un lado, está el núcleo libertario cercano al 24% del electorado, que llegó al poder con un mandato de transformación radical y que ahora es juzgado duramente por una mayoría que no ve mejora en sus condiciones materiales. Por el otro, está el peronismo, ese difuso y heterogéneo magma que continúa rondando el 19% de la intención de voto pero que carga con los fracasos de sus últimas administraciones. Axel Kicchilof ha ascendido en las métricas de imagen, pero ni él ni Cristina Kirchner, ni otros referentes de ese espacio superan el 40% de imagen positiva. Esto revela algo crucial: la premisa del "no volver atrás" sigue siendo mayoritaria entre los argentinos, pero tampoco existe convicción alguna de que el presente sea el camino correcto.

El Gobierno de Milei ha acumulado su propio pasado problemático en estos meses: un ajuste descripto como "extremo" que ha generado caída de poder adquisitivo, desempleo en expansión y una economía que no termina de recuperarse. Más allá de las interpretaciones económicas sobre si el rumbo es correcto o no, existe un dato político innegable: más del 55% de los argentinos cree que en el futuro próximo su situación personal no mejorará. Ese es el espejo en el que se mira el Gobierno, y esa es la realidad que los gobernadores, legisladores y dirigentes de otros espacios pretenden capitalizar. Sin embargo, ninguno de ellos está logrando construir una propuesta que genere expectativa genuina. No es suficiente rechazar lo que existe; la política requiere oferta, y esa oferta brilla por su ausencia.

La desconexión algorítmica que vacía la política

Un fenómeno menos visible pero potencialmente más decisivo que la pugna entre dos minorías políticas intensas es la emergencia de lo que se describe como el "modo avión": ese 57% de votantes que se define por la desconexión deliberada de los asuntos públicos. No se trata de simple indiferencia; es un retiro activo de un espacio que los ciudadanos perciben como ajeno a sus preocupaciones reales. Las redes sociales y los algoritmos que las gobiernan han invertido la ecuación que hace una década parecía evidente: si antes la tecnología había bajado las barreras para que nuevas voces accedieran a la política, hoy esa misma tecnología las ha vuelto más sólidas. Un usuario que decide dejar de seguir noticias políticas ve cómo el algoritmo reduce exponencialmente su exposición a esa temática, creando burbujas de sentido cada vez más herméticas. La consecuencia es brutal: para alcanzar al votante desconectado, es necesario llegar a alguien que no busca información política y que, además, ha configurado activamente sus espacios digitales para no encontrarla.

Esta barrera tecnológica ha comenzado a limitar las posibilidades de los actores tradicionales para comunicar, pero también plantea un desafío existencial para cualquier propuesta emergente que pretenda romper el statu quo. El comunicador evangélico Dante Gebel, el banquero Jorge Brito y el empresario mediático Daniel Hadad se mueven en el espacio de las potencialidades sin confirmaciones explícitas de candidaturas. Sus nombres no generan movimiento significativo en los sondeos a pesar de la cobertura en medios tradicionales y de inversiones considerables en redes sociales. Esto sugiere que la presencia mediática no es suficiente cuando el público mayoritario ha desactivado los canales por los que esa presencia podría llegar. Se encuentran en una posición incómoda: tienen visibilidad entre los tomadores de decisiones, pero esa visibilidad no se traduce en conexión con el electorado disperso y desconectado que sería necesario para construir una candidatura viable.

Los ensayos de una nueva oferta política sin destino claro

El evento que convocó Hadad en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires para presentar "El Libertador", un mediometraje de ciencia ficción producido íntegramente con inteligencia artificial y que narra un encuentro ficticio entre San Martín y Domingo Sarmiento, fue interpretado por los asistentes como algo más que una simple presentación audiovisual. La convocatoria reunió actores de primera línea de sectores antagónicos: política, empresariado, Poder Judicial y sindicalismo. La pregunta que flotaba en el salón era la que ninguno podía responder con certeza: "¿A qué estamos asistiendo realmente?". ¿Era el lanzamiento de una precandidatura? ¿El intento de conformar una nueva alianza electoral para un candidato diferente tanto a Milei como a Kicichilof? ¿Un acto para obturar a otros emergentes y constituirse en árbitro de negociaciones entre polos? Las respuestas permanecieron deliberadamente abiertas, lo cual podría interpretarse como una estrategia de testeo: lanzar un concepto al mercado político para medir reacciones, sin comprometerse con definiciones prematuras.

La producción en sí, realizada mediante inteligencia artificial con voces de Arturo Puig y Juan Leyrado, funciona como metáfora de un proyecto político sin rostro propio: artificial en su construcción, aspiracional en su mensaje histórico, pero carente de cuerpo tangible. Algunos observadores especulaban si el título "El Libertador" no era también una prueba de slogan electoral. La ausencia de confirmación explícita es, en sí misma, parte de la estrategia. En un contexto donde el establishment político busca alternativas que puedan satisfacer demandas crecientes de cambio sin entregarse a extremos ideológicos, Hadad parecería ocupar un espacio vacante. Pero ese espacio está ocupado principalmente por el ruido, no por convicción. Sin que el "modo avión" se desactive, sin que la conexión ciudadana se restablezca, ningún mensaje penetra lo suficiente como para generar movimiento electoral tangible.

Las deudas irresolutas de la representación

La polarización político-social que caracterizó la década pasada y que se concentraba en dos polos bien definidos continúa existiendo, pero ahora se fragmenta. Las burbujas de sentido mantienen su vigor, pero van achicándose. El Gobierno libertario y el magma peronista siguen siendo fuerzas políticas relevantes, pero su capacidad de interpelación se reduce día a día. En su lugar crece ese segmento de ciudadanos que no solo se desafectan de la política, sino que se desconectan activamente de ella. No es lo mismo estar decepcionado que retirarse. La decepción potencia la acción, la búsqueda de alternativas. El retiro genera deserción. Los niveles de abstención electoral alcanzados en los últimos comicios establecieron récords históricos que funcionan como advertencia: cada acto electoral futuro podría verse afectado por una participación aún más reducida, lo cual complejiza cualquier proyección y cualquier expectativa de legitimidad en los resultados.

El puente entre dirigentes y dirigidos, esa conexión fundamental que toda democracia requiere para funcionar con un mínimo de legitimidad, sigue siendo una deuda colosal sin resolver. La construcción de ese puente requeriría algo que la política argentina ha mostrado ser incapaz de proveer en los últimos años: empatía real con el sufrimiento de quienes padecen los cambios de modelo económico, capacidad de escucha genuina, y propuestas que traduzcan preocupaciones cotidianas en acciones concretas. Los planos arquitectónicos de ese puente existen en los tratados de ciencia política y en la experiencia histórica de otros países. Pero en la Argentina, esos planos permanecen guardados mientras se construye otra cosa: estructuras electorales provisionales, candidaturas flotantes, y ensayos sin público que los vea.

Incertidumbre sistémica y ajuste sin horizonte

Hace poco más de un año, el Gobierno de Milei junto con sus aliados circunstanciales tomó una decisión que fracturó una práctica institucional no escrita pero efectiva: modificó las reglas electorales durante un año electoral, suspendiendo las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO). Ese acto estableció un precedente inquietante sobre la estabilidad de los marcos dentro de los cuales se juega la política nacional. A una ciudadanía ya saturada de incertidumbre económica se agregó incertidumbre institucional. Nadie sabe con precisión bajo qué reglas se disputarán los comicios de 2027, ni siquiera si las reglas que rigen hoy continuarán siendo válidas mañana. En una sociedad donde la previsibilidad es un bien escaso, esta fragilidad de las instituciones añade otro problema a una pila que ya es insostenible para muchos.

El presente que los argentinos viven es simultáneamente insatisfactorio y opresivo. No es solo que la situación económica sea difícil; es que se vive bajo la sensación de que no hay alivio a la vista. El ajuste se describe como "extremo" porque ha llegado a tocar las dimensiones más básicas de la existencia: alimentación, transporte, servicios. Pero ese ajuste no viene acompañado de un relato convincente sobre cuándo terminará, qué se ganará con él, o por qué es precisamente este el precio que debe pagarse. Para el Gobierno, la respuesta es que se trata de una medicina amarga pero necesaria. Para la ciudadanía mayoritaria, es simplemente amargo. Esa brecha en la interpretación de la realidad es política pura, y es lo que explica por qué los números de desaprobación son tan altos a pesar de que el Gobierno todavía controla la mayoría legislativa y tiene una coalición de gobernadores que lo sostiene en provincias clave.

El futuro incierto y sus múltiples escenarios

A medida que la distancia hacia los comicios de 2027 se acorte, la intensidad de la competencia aumentará y las decisiones sobre reglas de juego volverán a ocupar el centro del debate. Pero esa intensidad electoral se desplegará en un contexto de desconexión ciudadana sin precedentes. Es posible que nuevos actores logren romper la barrera algorítmica y generar adhesión genuina. También es posible que la fragmentación continúe y que los votos se distribuyan de forma tan dispersa que ninguna propuesta consolide mayoría clara. Existe asimismo la posibilidad de que la abstención siga en niveles récord, afectando la legitimidad de cualquier resultado. O que la crisis económica se profundice y genere demandas de corte más radical que terminen polarizando nuevamente el espacio político en direcciones impredecibles.

Lo que parece seguro es que las dos fuerzas que han concentrado la mayoría de adhesiones en los últimos años —el Gobierno libertario y el peronismo— seguirán siendo actores relevantes pero no dominantes. El rechazo al pasado inflacionario y corrupto no ha desaparecido, pero convive ahora con rechazo al presente de caída de poder adquisitivo y carencia de perspectiva. Quienes gobiernan heredan la responsabilidad de ese presente; quienes aspiran a gobernar deben ofrecer algo distinto, pero hasta ahora ofrecen variaciones sobre temas conocidos o ejercicios de comunicación sin contenido identificable. La construcción de esa oferta superadora, que logre sintetizar el rechazo legítimo al pasado con la demanda urgente de presente vivible y futuro esperanzador, permanece como la gran tarea pendiente de la política argentina. Mientras tanto, los argentinos siguen en "modo avión", esperando —sin demasiada convicción— que alguien active la conexión.