El espectáculo matrimonial que se desplegó hace un cuarto de siglo en la provincia de La Rioja funcionó como el acto de clausura de una era. No fue simplemente una boda: fue la cristalización pública de lo que parecía ser el romance del cambio de siglo, cuando la política local aún podía compartir portadas con la farándula sin que el país se derrumbara. El 26 de mayo de 2001, Carlos Menem, quien había descendido de la presidencia con una década de mandato en el bolsillo, contrajo matrimonio con Cecilia Bolocco, la exreina de belleza chilena que durante años había sido Miss Universo. Lo que trasciende no es únicamente qué pasó aquel sábado bajo el tinglado riojano, sino cómo un evento diseñado para perdurar en la memoria colectiva terminó siendo el preludio de un desmoronamiento que acabaría plasmado en fotografías de infidelidad.

El encuentro que lo cambió todo

Antes de que existiera noviazgo o promesa de anillo, había una entrevista televisiva. Corría septiembre de 1999 cuando Menem recibió un equipo de producción en su residencia de Anillaco, un lugar donde se sentía más auténtico que en cualquier otro rincón del país. No era un asunto de coyuntura política lo que ocupaba su mente: el proyecto de la reelección ya había naufragado, las ambiciones de perpetuarse en el poder se habían desvanecido. Pero alguien le había mencionado que la entrevistadora era una mujer chilena que una vez había sido coronada en el certamen internacional de belleza más importante del planeta. Para Menem, eso bastó para darle prioridad absoluta al compromiso.

El expresidente llegaba a esos momentos finales de su mandato con un legado de romances que alimentaban la especulación constante. Vedettes, millonarias, funcionarias: la lista era larga y la capacidad de fascinación del riojano era el susurro permanente de los círculos políticos y mediáticos. Madonna misma, cuando viajó al país para filmar la película sobre Eva Perón, había dejado constancia en su diario privado de la experiencia de estar frente a él. Describía sus ojos moviéndose palmo a palmo por su cuerpo, su forma de tomar su rostro entre las manos, el beso en la mejilla, el champagne y el caviar. La diva estadounidense se sintió "embrujada" por aquel hombre de estatura reducida pero presencia desmedida. Ese era el contexto en el que Bolocco llegaría a la vida de Menem: como una mujer acostumbrada a los reflectores, preparada para moverse en espacios de poder y exposición mediática.

Bolocco, a los 34 años, estaba en el pico de su carrera televisiva en Chile. Preparaba un especial que la llevaría a andar en bicicleta con Alberto Fujimori, a cantar, a besarse con Miguel Bosé en una escena de ficción, y a compartir una comida con el expresidente argentino. El acuerdo entre ambos, según los testimonios de la época, fue inmediato. Se reconocieron como almas gemelas: dos personas de ambición descomunal, para quienes la vida privada era un accesorio de la vida pública. Se volvieron novios en cuestión de semanas, aunque la difusión oficial aguardó a que Menem dejara el sillón presidencial. Luego vino un viaje a Santo Domingo donde él le regaló un corazón de oro y diamantes mientras reposaban en un resort exclusivo. La prensa las cazaba en fotos que parecían espontáneas pero que frecuentemente eran posadas. Las revistas del corazón argentinas y chilenas, por primera vez en sus historias, hablaban simultáneamente del mismo acontecimiento.

El circo mediático prematrimonial

Durante aquellos años previos a la boda, la pareja funcionó como un imán de atención pública sin precedentes. Ella atravesaba su apogeo de visibilidad. Hizo una sesión fotográfica que la mostraba semidesnuda, cubierta únicamente con una estola de piel de conejo, con los colores de la bandera argentina tejidos en su cabello recogido. La imagen se convirtió en tapa de una revista importante y provocó un terremoto mediático: muchos acusaban el gesto de ser un intento burdo de asociarse con la figura de Evita. Bolocco completaba el cuadro con declaraciones grandilocuentes y acciones de corte social a las que les daba amplia cobertura en sus programas televisivos. Se sentó en el living de la conductora más importante de la televisión argentina y habló del expresidente con un lenguaje que elevaba su figura: aunque reconocía que no era alto y que pasaría desapercibido en una multitud, afirmaba que poseía algo intangible, una energía peculiar, unos ojos que lo hacían único, cierta cualidad de hechicero.

Mientras tanto, el contexto nacional se deterioraba. El gobierno de la Alianza había llegado a su fin, la crisis económica se profundizaba, la tensión social era palpable. En ese clima de incertidumbre, la pareja exponía sus gestos de lujo y celebración. Muchos los señalaban de ostentosos. Las críticas apuntaban hacia Bolocco de manera específica: la acusaban de aprovecharse de la situación, de estar en campaña permanente para convertirse en primera dama. Esa acusación difusa se tornaría en posibilidad concreta en 2003 cuando ella lo acompañó en su intento de retorno a la presidencia, viajando en caravanas, participando en actos proselitistas, cumpliendo el rol que Zulema Yoma había desempeñado catorce años antes. Pero la historia tuvo un giro diferente: Menem lideró en primera vuelta pero se rehusó a competir en el balotaje, consciente de que la derrota era inevitable.

En los inicios de la relación arreciaban los rumores. Se hablaba de mudanzas al exterior, de matrimonios en secreto supuestamente celebrados en Las Vegas en enero de 2001. Sin embargo, estos chismes ignoraban una verdad fundamental: el carácter público de ambos personajes era demasiado pronunciado para permitir que algo tan importante permaneciera oculto. El casamiento, cuando finalmente se anunció, tendría todas las características de un espectáculo. Pero antes de que se confirmara la fiesta, surgió un drama: Zulemita Menem, la hija del expresidente, se opuso ferozmente. No quería saber nada de que su padre formalizara una nueva pareja, menos aún con una mujer que le doblaba la edad y que tenía su propio proyecto mediático ambicioso. Muchos suponían que la hija también cuidaba los intereses económicos de la familia, las arcas que su padre gestionaba.

El tinglado de tres mil personas

Finalmente, la boda fue anunciada para el 26 de mayo de 2001. Tendría lugar en La Rioja, la tierra de Menem, pero no en Anillaco, el pueblo natal del expresidente. Esta decisión causó indignación entre los residentes de Anillaco, que esperaban que el evento les dejara ganancias económicas significativas. La celebración se desdobló en dos actos diferenciados. El primero fue la ceremonia civil en la residencia oficial de la provincia, que el gobernador Mazza puso a disposición. Menem conocía bien ese lugar: había vivido allí durante sus dos períodos como gobernador riojano. Una gran carpa blanca albergaba a doscientos invitados selectos, un menú sofisticado, la atmósfera de exclusividad que caracteriza a estas celebraciones de clase alta. Pero lo que sucedió en el momento del beso matrimonial quedó registrado en la memoria de los presentes como incómodo. Después de ser declarados marido y mujer y de intercambiar alianzas, los novios debían consumar el gesto más esperado de toda boda: el primer beso como matrimonio. Lo que aconteció fue un simulacro, una pantomima. Menem giró la cara hacia ella con los labios tensos, sin protuberancia. Ella, en el último instante, también giró la boca. El beso terminó depositándose en la región de la mejilla más próxima a la comisura de los labios. Un pico frustrado, como lo llamarían algunos porteños: un beso Barracas, pegado a la boca pero sin serlo realmente.

El segundo acto fue demoledor en su escala. Dos mil invitados llenaron el Polideportivo de la capital provincial. O tal vez fueron más: la entrada era libre y muchas familias riojanas ocuparon las gradas. En la superficie de la cancha de básquet se distribuyeron un centenar de mesas que acogían a mil invitados especiales. Cuando todos estaban ubicados, los recién casados hicieron su entrada triunfal. Una ovación estalló en el lugar, más propia de un partido de fútbol que de un matrimonio. El menú, elegido por su cercanía a la fecha patria, fue locro: el plato tradicional que concentra carnes, papas, maíz. No solo los comensales de las mesas lo probaron; las tribunas recibieron bandejitas de poliestireno con porciones del mismo guiso. Pero el clima no acompañaba. A pesar de estar a finales de mayo, el sol que atravesaba el techo del tinglado combinado con la aglomeración de tres mil personas transformó el lugar en un horno. El locro, comida pesada por excelencia, no resultaba la opción más feliz para esas condiciones. Menem, a los 72 años, algo encorvado, vistiendo un traje color aceituna y una camisa amarilla (una combinación cromática que muchos calificaron de extraña), sacó a bailar a Bolocco al ritmo del vals. No parecía ser su danza predilecta ni mostraba gracia particular en ella. Luego desfilaron grupos folclóricos, coreografías de niñas y jóvenes. Bolocco lanzó el ramo hacia una de las tribunas. La torta fue monumental: siete pisos, cuatrocientos kilos de bizcochuelo, crema y dulce de leche, diseñada para asegurar una porción para cada una de las personas que transpiraban bajo la estructura.

Bolocco se declaraba profundamente enamorada. Menem gesticulaba como un ganador, sonreía cada vez que ella relataba detalles de la intimidad conyugal, incluyendo el mote cariñoso con el que lo llamaba en privado: "Dulcito". La pareja no viajó a una luna de miel convencional. O sí, dependiendo de cómo se interpreten los hechos posteriores. Diez días después de la boda, Menem fue detenido tras participar en una audiencia judicial relacionada con las causas que pesaban en su contra. Pasó 167 días en la quinta de Don Torcuato, propiedad de su amigo Armando Gostanián. Bolocco estuvo junto a él durante ese encierro, cumpliendo el papel de esposa leal que la historia política argentina ya conocía bien.

Lo que vino después del festejo

La relación matrimonial entró en una fase diferente tras aquella boda espectacular. Tiempo después, Bolocco quedó embarazada mediante un tratamiento de inseminación artificial. Máximo Saúl Menem Bolocco nació el 19 de noviembre de 2003 en una clínica privada de Las Condes, Santiago de Chile. Las fotografías del bebé en brazos de la pareja fueron distribuidas globalmente por las agencias de prensa. Menem se quedó en Santiago varios meses, amedrentado por nuevos problemas judiciales que enfrentaba en Argentina y temeroso de ser detenido a su regreso. Con el tiempo, la pareja se fue distanciando. Ella se estableció en Chile; él manejaba sus asuntos desde la Argentina. Los años que siguieron fueron marcados por menor exposición mediática y rumores constantes de alejamiento. Personas cercanas a Bolocco comenzaron a deslizar críticas sobre el escaso trato que el padre dispensaba a su hijo pequeño. Ella misma se quejó en algunas entrevistas, reconociendo que lo amaba y respetaba profundamente, pero que en la jerarquía de las prioridades de Menem, la política ocupaba el primer lugar, ella venía "con suerte" en segundo término, y su hijo "con suerte" ocupaba un lugar todavía más lejano en esa escala de importancias.

Entonces, como en los dramaturgia griega, llegó la revelación que lo cambió todo. El fotógrafo Ángel Mora logró obtener imágenes que probaban la infidelidad de Bolocco. La exreina de belleza estaba en Miami, en una terraza amplia, junto a Luciano Morracchino, un empresario italiano de 54 años. Las fotografías capturaban abrazos, besos, momentos de intimidad bajo el sol. Bolocco aparecía en topless, usando solo la tanga del bikini. En algunas tomas, el hombre acariciaba sus pechos. En otras, ella se sacaba completamente la ropa. La revista chilena SPQ fue la primera en publicarlas, con titulares que no dejaban espacio a la interpretación: "Era cierto: Chechi Bolocco se comió al tallarín gordo", "Cachamos a la ex Miss Universo Cecilia Bolocco totalmente desnuda y en compañía de un hombre ¡que no es su esposo!". La ironía de la historia es que la exposición mediática que ambos habían cultivado con tanto cuidado durante los años previos a la boda terminó siendo el instrumento de su humillación pública.

El legado de una celebración que perdió significado

A veinticinco años de aquella fiesta riojana, la boda de Menem y Bolocco funciona como un punto de quiebre en la historia reciente de la Argentina. No porque haya producido cambios políticos o económicos sustanciales, sino porque cristalizó un momento en el que la política nacional aún podía compartir las conversaciones con la farándula sin que ello resultara anacrónico. Era una época en la que las revistas del corazón competían en importancia con los noticieros, en la que los escándalos amorosos de figuras públicas tenían la capacidad de acaparar la atención nacional. La boda fue, en ese sentido, el acto de clausura de esa era. Lo que sucedió después, con la crisis económica profundizándose, con los juicios penales multiplicándose, con la muerte del expresidente