El espejo roto de la representación política
Algo se quebró definitivamente en la relación entre los jóvenes más pobres del conurbano bonaerense y la política institucional. No se trata de un desencanto pasajero ni de una reacción coyuntural frente a las políticas de un gobierno específico, sino de un corte más profundo: la convicción de que ninguna estructura estatal, ningún dirigente y ningún aparato político tendrá la capacidad o el interés de mejorar sus vidas. En lugar de traducirse en votos dispersos o abstención masiva, este sentimiento adopta una forma mucho más radical: la apuesta total al esfuerzo individual como única certeza disponible. Un relevamiento realizado por investigadores del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) entre 964 jóvenes de entre 16 y 24 años en barrios populares del AMBA durante mayo y junio pasados capturó con precisión este fenómeno. Los datos económicos son catastróficos: el 75% percibió un empeoramiento de su situación en los últimos 12 meses, el 60% tuvo que reducir gastos en sus hogares y el 40% sufrió restricciones específicas en alimentación. Sin embargo, esa devastación material no se traduce en un voto unificado de castigo ni en una demanda organizada por cambio. En cambio, la conclusión que extraen es más cruda: depender del Estado o de cualquier institución política es ilusorio. Solo queda uno mismo.
Los testimonios recogidos en la investigación funcionan como ventanas hacia una mentalidad que se está sedimentando generación tras generación. Un joven de 19 años del barrio Mitre, en San Miguel, lo expresó sin filtros: "No me importa el presidente que tenemos hoy en día. Yo mientras tenga mi casa, tenga mi familia, y tenga fuerza para salir todos los días con un carro y poder traer plata a mi casa, yo estoy bien. No dependo del presidente, de la política, de nadie, dependo de mí mismo". Otro de 23 años del barrio Papa Francisco en Quilmes sintetizó la lógica imperante: "Yo soy el que transpiro mi camiseta, lucho por mi futuro porque nadie va a luchar por mí". Estas frases no representan motivación o ambición emprendedora en el sentido tradicional. Son, más bien, expresiones de resignación activa, la asunción de que la soledad es el estado natural de la existencia y que cultivar esperanza en instancias colectivas es un lujo que no pueden permitirse. Este fenómeno, que podría llamarse "cuentapropismo emocional", describe una actitud donde la autosuficiencia deviene refugio, no aspiración.
Tres generaciones sin red de contención
Para entender la profundidad de este quiebre es necesario contextualizar en términos históricos. Los jóvenes relevados en esta investigación representan la tercera generación consecutiva de familias que viven carencias estructurales sin acceso a sistemas formales de protección. Sus abuelos se desvincularon del aparato estatal en algún momento de las últimas décadas. Sus padres nunca ingresaron a él. Y ellos, a su vez, han perdido completamente la capacidad cognitiva de imaginar un retorno a ese pasado donde existía algo parecido a estabilidad laboral, sistema previsional accesible o beneficios formalizados. No es un olvido coyuntural. Es la pérdida de una referencia. Cuando un joven de 24 años de Ciudad Oculta afirma que su padrastro cobra un plan, su madre cobra un plan desde que nació él, y aún así tuvo "una vida de mierda", está narrando no solo su experiencia personal sino el fracaso acumulado de décadas de política social fragmentada y desconectada de las necesidades reales.
Las causas de esta situación son múltiples y se remontan a decisiones políticas de largo plazo. Hay un componente estructural que antecede a cualquier gobierno actual: el colapso de la industria manufacturera del conurbano, que fue durante décadas la fuente de movilidad social ascendente para amplios sectores. Con la desindustrialización progresiva, desapareció también toda una lógica de inserción laboral, capacitación y sindicación que, aunque muchas veces fue defectuosa, ofrecía al menos una ruta predecible. Pero el cuadro se agravó significativamente en el último período. La retracción de la actividad económica general impactó con particular virulencia sobre el cordón industrial del conurbano y sus sistemas de informalidad asociados, desde el comercio hasta las changas ocasionales. Paralelamente, el Gobierno implementó un redireccionamiento de la asistencia social que priorizó beneficios para la niñez—a través del aumento de la Asignación Universal por Hijo y el plan Alimentar—pero simultáneamente redujo programas dirigidos a jóvenes como las becas Progresar y el programa de cooperativas Potenciar Trabajo. Según datos del CIAS, la ayuda destinada a jóvenes se contrajo un 39,8% en términos reales durante el primer año de gestión libertaria, mientras que los fondos para menores aumentaron un 13,8%. Es una ecuación que produjo ganadores y perdedores muy definidos, y la población joven quedó del lado de los perjudicados.
El endeudamiento informal como supervivencia
Frente a esta realidad, la respuesta de los hogares ha sido predecible pero alarmante: el 57% de los jóvenes relevados declaró que debió pedir dinero prestado o acceder a créditos para cubrir gastos cotidianos. Pero lo más notable es la vía por la cual se financian estas necesidades. El 68% recurre a prestamistas informales—amigos o familiares—mientras que el 39% accede a créditos de prestamistas del barrio. No se trata de acceso al crédito formal, con tasas reguladas y plazos definidos. Es el crédito de subsistencia, el que opera en los márgenes del sistema financiero, el que genera relaciones de dependencia personal y que en muchos casos funciona como trampolín hacia peores situaciones de vulnerabilidad. En economías donde no existe derrame, donde los proyectos de desarrollo regional quedaron en carpetas de organismos internacionales, donde alternativas como plataformas de transporte o delivery no generan ingresos dignos para la mayoría, el endeudamiento informal se convierte en la válvula de escape de la presión. Pero es una válvula que, a diferencia del gas, genera acumulación de deuda. No es un mecanismo de alivio temporal. Es una trampa.
En este contexto, la estructura laboral para jóvenes ha experimentado mutaciones significativas. Datos de consultoras independientes que monitorean el mercado de trabajo confirman que los menores de 29 años son el grupo etario más afectado por la retracción del empleo y la migración masiva hacia la informalidad y el cuentapropismo. Las cifras son contundentes: los varones jóvenes experimentaron una caída del 8% en empleo interanual, mientras que las mujeres jóvenes retrocedieron 4%. Pero más allá de los números totales, lo que ha cambiado es la composición sectorial del empleo disponible. En décadas anteriores, un joven del conurbano podía aspirar a inserción en la industria, el transporte o el servicio doméstico. Hoy el mapa laboral se reorganiza alrededor de servicios personales—particularmente estética y belleza—software, gastronomía y plataformas digitales. No son sectores que ofrezcan formalización, derechos laborales consolidados, ni perspectiva de jubilación. Son espacios donde cada trabajador es un pequeño empresario de sí mismo, donde los riesgos son individuales y los ingresos fluctúan según demanda.
Una revolución silenciosa en la informalidad femenina
Dentro de estas dinámicas, existe un fenómeno particularmente notable que ha pasado relativamente desapercibido en los debates públicos: el crecimiento acelerado del cuentapropismo femenino. Las plataformas de transporte y reparto—Uber, Rappi, Pedidos Ya—actuaron como amortiguadores del desempleo, especialmente para varones, pero lo que más creció fue la formalización precaria de emprendimientos protagonizados por mujeres. Hace poco más de una década, las mujeres explicaban apenas el 34% del empleo no asalariado en Argentina. Actualmente esa cifra alcanza el 42% y continúa en ascenso. Detrás de este movimiento operan dos dinámicas complementarias: el deterioro de los ingresos familiares obliga a más mujeres a generar ingresos propios, pero simultáneamente, la caída de la tasa de natalidad libera tiempo que históricamente fue destinado al cuidado para canalizarlo hacia trabajo remunerado. Los sectores donde se concentran estas emprendedoras son altamente concentrados: el 40% trabaja en comercio, principalmente venta de alimentos y ropa, frecuentemente desde su vivienda o participando en ferias barriales, mientras que otro 14% se desempeña en servicios comunitarios y personales, especialmente peluquerías y tratamientos de belleza. Son actividades de bajo costo de entrada, fácil abandonabilidad y sin protección legal alguna. Pero para decenas de miles de mujeres, son la diferencia entre ingresos cero e ingresos precarios.
Lo paradójico es que este reordenamiento laboral, que podría interpretarse como dinamismo o capacidad de adaptación, es en realidad evidencia de fragmentación social acelerada. Las categorías con las que la política tradicional piensa la realidad se han quedado obsoletas. El debate público continúa girando alrededor de dicotomías entre empleo formal e informalidad, cuando lo que está emergiendo es una masa creciente de microemprendedores, vendedores por internet, prestadores de servicios puntuales, que no caben en ninguna de esas categorías. Representan un universo electoral potencial masivo, pero invisibilizado. Si existiera un candidato capaz de articular políticamente a ese segmento heterogéneo de informales y cuentapropistas, tendría garantizado el acceso a la presidencia. Pero esa articulación requeriría lenguajes, promesas y estructuras representativas completamente distintas a las que actualmente ofrecen las fuerzas políticas tradicionales.
La retención electoral libertaria en territorio movedizo
A pesar del deterioro económico masivo, la investigación del CIAS incluye preguntas sobre preferencias electorales que arroja resultados sorprendentes. En la consulta sobre comportamiento electoral pasado, el peronismo obtuvo el 66% de los votos de esos jóvenes en 2023, contra el 26% de Milei. Cuando se pregunta a qué fuerza votarían actualmente, las proporciones apenas varían: 67% peronismo y 25% para La Libertad Avanza. A simple vista, parecería un statu quo inquebrantable. Pero cuando se analiza con detenimiento, emergen dinámicas mucho más frágiles. Milei logra retener el 58% de quienes lo votaron en 2023, pero de los votos perdidos, solo el 16% migra hacia el peronismo. El resto—el 20%—se disipa en indecisión, voto en blanco o abstención. Es decir, el desencanto con el Gobierno no produce un flujo ordenado hacia la oposición, sino una dispersión hacia un valle de desafiliación política. El peronismo, por su parte, conserva al 76% de su electorado de 2023, pero pierde uno de cada cuatro votantes (24%), también sin rumbo claro. En ambos casos, el resultado es fragmentación.
Existe, sin embargo, una correlación reveladora entre impacto económico y comportamiento electoral. Entre aquellos jóvenes cuyos hogares no sufrieron restricciones en gastos, la intención de voto por Milei alcanza el 64%. Entre quienes debieron ajustar su consumo, desciende al 53%. Es decir, existe un piso, pero ese piso es móvil y depende de cómo evolucione la situación económica. Lo que sostiene actualmente esa intención de voto no es adhesión ideológica fuerte—los testimonios dejan eso claro—sino una valoración relativa de "estabilidad" comparada con el caos que muchos atribuyen al período anterior. Para unos, esa estabilidad significa baja de inflación. Para otros, un tipo de cambio predecible. Para algunos, simplemente la percepción de que existe alguien a cargo. Nada de eso es ambicioso o inspirador, pero es realista: la sociedad argentina, particularmente en sus sectores más vulnerables, rechaza visceralmente el caos y la imprevisibilidad. Fue uno de los motivos de fondo de la victoria electoral de 2023.
Otro dato merecedor de atención es la brecha de género electoral. El voto a Milei entre jóvenes de barrios populares es mayoritariamente masculino: 63% versus 37% femenino. Esto es consistente con lo que ocurre en otros segmentos sociales y correlaciona con el hecho de que las plataformas digitales—principal espacio de conexión política para estos jóvenes—amplificarían mensajes que resuenan más con públicos varones. El peronismo, contrastivamente, mantiene un perfil más equilibrado en términos de género, aunque también pierde adhesión femenina consistentemente.
El deterioro silencioso de la representación peronista
Lo que emerge del análisis es un peronismo que formalmente sigue siendo identificable en la geografía de las villas, pero que funciona cada vez más como un "significante vacío": una palabra sin contenido, una marca sin promesa creíble. La lógica de representación basada en punteros territoriales y dirigentes locales está profundamente quebrada. Los movimientos sociales, que fueron alguna vez canales de articulación política en estos barrios, cosechan un rechazo del 86% entre jóvenes del AMBA. La promesa clásica peronista—justicia social, salario digno, Estado presente—quedó desvencijada y no remite a nada que esos jóvenes reconozcan como posible. Para alguien que creció en la informalidad, cuyo padre también fue informal, cuya madre sobrevivió de planes sociales discontinuos, la invocación a un salario digno o a un Estado benefactor son consignas vacías, imágenes de un mundo que nunca existió en su experiencia. Y cuando se analiza la correlación entre preferencias electorales e utilización de redes sociales—el principal punto de conexión entre habitantes


