La arquitectura del poder judicial acaba de reconfigurarse alrededor de una investigación que promete ser de las más complejas de los últimos años. El magistrado federal Ariel Lijo consolidó bajo su jurisdicción la totalidad de los expedientes relativos a un entramado de operaciones financieras ilícitas que, durante años, permitió a un círculo de empresarios y presuntamente a funcionarios públicos enriquecerse de manera exponencial mediante el acceso privilegiado a divisas a precio oficial para revenderlas en el mercado paralelo. Este movimiento judicial genera interrogantes profundas sobre cómo operó realmente el control de cambios que caracterizó la política económica argentina durante buena parte de la década pasada.

Lo que ocurrió en las últimas semanas fue casi quirúrgico: la jueza María Eugenia Capuchetti decidió apartarse de una de sus causas, mientras que la jueza María Servini ya había remitido su expediente a Lijo después de una intervención de la Cámara Federal. El resultado es que todas las vías de investigación apuntan ahora hacia el mismo destino: un único despacho federal donde convergen más de cinco funcionarios del Banco Central, treinta y cuatro empresas, y personajes como Elías Picirillo, financista actualmente en prisión domiciliaria, cuyo nombre se ha convertido en sinónimo de este esquema de enriquecimiento ilícito. La centralización de estos casos no es un detalle menor: implica que un solo juez posee ahora el poder de determinar cómo se investigarán, juzgarán y sentenciarán los delitos que revelaron una de las grietas más profundas en el sistema de control de cambios argentino.

El mecanismo: cómo se tejió la red de fraude cambiario

Para entender la magnitud de lo que Lijo tendrá entre manos, es necesario desmenuzar cómo funcionaba el circuito. Los investigadores identificaron un patrón que se repitió sistemáticamente: operadores cambiarios utilizaban distintas casas de cambio para acceder a dólares al tipo de cambio oficial, es decir, al precio que fijaba el Banco Central. Estos mismos dólares eran luego derivados hacia el mercado paralelo, donde la brecha entre la cotización oficial y el valor real en el mercado informal generaba ganancias descomunales. La diferencia entre ambas tasas fue el motor del negocio: cuanto más ancho el diferencial, más dinero se podía extraer del sistema.

Las operaciones no eran simples transacciones comerciales. Según los registros que maneja la justicia, las estructuras societarias fueron diseñadas específicamente para dificultar el rastreo del dinero. Se utilizaba documentación apócrifa, transferencias entre múltiples entidades y un complejo entramado de intermediarios que buscaban burlar los controles. Entre enero y diciembre de 2023, casas de cambio vinculadas a este circuito como Arg Exchange —controlada por Picirillo y Martín Migueles— compraron más de 250 millones de dólares a distintos organismos financieros. Fast Cambio adquirió cerca de 91,7 millones de dólares de una sola entidad. El volumen total de operaciones registrado entre 2022 y el primer semestre de 2024 ascendió a $660.127 millones, con una concentración abrumadora: el 91,5 por ciento se acumuló en 2023 único.

Pero la escala del fraude se expande cuando se incorporan los datos que figuran en las causas. El banquero Juan Napoli, quien fuera candidato político en etapas anteriores, operaba a través de su entidad Sucrédito con volúmenes desconcertantes. Los expedientes revelan 484 millones de dólares en supuestas ventas hacia las casas de cambio que funcionaban como puntos de distribución hacia el mercado negro. Las investigaciones también señalan la participación de operadores como Ariel Vallejo, dueño de Sur Finanzas, cuyas operaciones fueron objeto de custodia gendarmeril en su sede central. Cada nombre, cada empresa, cada transacción forma parte de un cuadro que sugiere una red coordinada y no simplemente un conjunto de irregularidades aisladas.

El componente público: funcionarios bajo investigación y sospechas de connivencia

Lo que transforma este caso de fraude financiero en un escándalo institucional es la supuesta participación de agentes del Estado. Cinco funcionarios de la Supervisión de Entidades No Financieras del Banco Central figuran en los expedientes: Diego Volcic, inspector jefe; Analía Jaime y Romina García, inspectoras generales; Fabián Violante, gerente de Entidades Financieras; y María Fernández, inspectora jefa. Todos fueron allanados, sus dispositivos secuestrados, y sus comunicaciones analizadas. La sospecha que flota sobre sus cabezas es grave: que en lugar de supervisar y sancionar el fraude cambiario, lo facilitaron o al menos lo consintieron deliberadamente.

El fiscal Franco Picardi, quien lleva adelante la investigación principal, sostuvo en sus análisis que los indicios sugieren que estos funcionarios actuaron en connivencia con los empresarios del circuito. Los audios capturados durante los allanamientos mencionan a algunos de estos inspectores en conversaciones donde se discuten operaciones sospechosas. La hipótesis que maneja la fiscalía plantea que podrían haber realizado actividades contrarias a sus funciones para favorecer a las casas de cambio y entidades financieras involucradas. Lo paradójico es que justamente estos organismos del Banco Central eran los encargados de detectar y prevenir exactamente este tipo de maniobras.

Una complicación adicional emergió durante las investigaciones: los imputados comenzaron a mencionar a exfuncionarios de nivel superior de gestiones anteriores, particularmente al exdirector del Banco Central Miguel Ángel Pesce durante la administración de Alberto Fernández. La mención generó tensiones dentro de las propias investigaciones, con acusaciones cruzadas sobre por qué ciertos funcionarios vinculados a Sergio Massa —entonces ministro de Economía— no recibían la misma atención que otros. Estos cruces llegaron hasta la propia Comodoro Py, donde residen los juzgados federales, lo que sugiere que las causas comenzaron a adquirir una dimensión política que va más allá de lo meramente delictivo.

El origen revelador: cómo emergió el escándalo a partir de un acto de extorsión

La irrupción de esta trama en el sistema judicial tiene un origen inesperado. Todo comenzó en julio del año pasado cuando audios fueron aportados por Carlos "El Lobo" Smith, un expolicía que había sido contratado por Picirillo para realizar tareas de intimidación contra otro empresario, Francisco Hauque, a quien supuestamente se le reclamaban seis millones de dólares. Smith fue utilizado como instrumento de presión, pero luego decidió colaborar con la justicia. Su aporte fue crucial: un pendrive con grabaciones que exponían las operaciones financieras ilícitas de Picirillo. Con este material, la justicia logró reconstruir un mapa de operaciones que se remontaba años hacia atrás.

Lo que resultó particularmente valioso fue que los audios permitieron identificar a múltiples interlocutores de Picirillo y a cuatro empresas específicamente involucradas en lo que después se denominaría como un circuito de soborno para obtener autorizaciones del Sistema de Importaciones de la República Argentina (SIRA). Según los registros, intermediarios cobraban comisiones de entre el 10 y el 15 por ciento para facilitar aprobaciones administrativas a cambio de pagos a funcionarios públicos de distintos organismos, incluido nuevamente el Banco Central. Este subsistema operó durante el tramo final del gobierno de Fernández y alcanzó mayor intensidad durante la gestión de Massa como ministro de Economía.

La prueba más concreta surgió del teléfono de Martín Migueles, quien fue allanado y proporcionó voluntariamente su clave de acceso. El análisis de sus comunicaciones reveló un tejido de operaciones y coordinación que permitió al fiscal Picardi armar una estructura acusatoria que hoy descansa sobre ese único despacho: el del juez Lijo. Los audios donde conversaban Picirillo y Hauque mencionaban específicamente a funcionarios del Banco Central, lo que transformó lo que pudo haber sido un simple fraude cambiario en un caso de presunta corrupción institucional.

Las consecuencias de la concentración judicial y los interrogantes abiertos

La decisión de que un único magistrado concentre todas estas causas abre múltiples dimensiones para el análisis. Por un lado, desde una perspectiva procesal, la unificación simplifica el seguimiento de una trama compleja que tiene puntos de contacto evidentes: las mismas personas, las mismas casas de cambio, operaciones similares. Por otro, desde una óptica política e institucional, deja en manos de una sola persona el destino de investigaciones que potencialmente afectan a funcionarios de distintas administraciones, lo cual genera debates sobre equilibrio de poder dentro de la rama judicial.

El resultado final de estas investigaciones dependerá de cómo Lijo interprete la evidencia, cómo pondere la responsabilidad de los funcionarios públicos versus la de los operadores privados, y qué peso le otorgue a las acusaciones cruzadas que emergieron durante las indagatorias. Si se confirman las hipótesis de la fiscalía sobre la participación activa de inspectores del Banco Central, estaríamos ante un caso de corrupción administrativa de proporciones significativas. Si por el contrario se determina que los funcionarios simplemente fueron negligentes o incapaces de detectar el fraude, el cuadro sería distinto aunque igualmente grave. Lo que parece indudable es que durante años, mientras el Estado aplicaba restricciones cambiarias para preservar las reservas de divisas, un circuito organizado estuvo extrayendo cientos de millones de dólares del sistema, y nadie en los organismos de control logró —o quiso— impedirlo.

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