La advertencia más severa que puede recibir un gobernante no viene de sus enemigos políticos ni de la prensa crítica, sino del espejo que le devuelve su propia gente. En este momento, esa reflexión le está mostrando a Javier Milei algo que sus afirmaciones públicas no permiten admitir: está siendo derrotado no por un rival externo sino por la erosión de su propio proyecto. Los números no mienten, y las consultorías más rigurosas han relevado en los últimos diez días una realidad incómoda que atraviesa toda la sociedad argentina, desde el conurbano hasta las provincias más alejadas.
Cuando el Presidente sostiene que "solo compite contra sí mismo", busca anular cualquier amenaza opositora apuntando hacia la fragmentación y el colapso de liderazgos que padece la oposición. La máxima pretende ser desarmante. Sin embargo, lo que las métricas de percepción están revelando es que existe un competidor formidable e invisible: la realidad cotidiana de los argentinos. Entre el 55% y el 63% de la población considera ahora que la dirección del país es incorrecta, un guarismo que no deja margen para interpretaciones benevolentes. Pero hay algo aún más grave que la simple desaprobación: los argentinos dejaron de esperar que las cosas mejoren. El pesimismo prospectivo —la creencia de que dentro de un año la situación personal empeorará— alcanzó el 52,9%, más que duplicando el optimismo, que quedó en apenas 24%. El rebote esperanzador de junio se evaporó en treinta días.
Cuando las medidas se desmorona ante la realidad política
La fragilidad del proyecto oficial quedó expuesta en apenas cuarenta y ocho horas. Dos iniciativas que representaban pilares de la agenda de desregulación y modernización colapsaron bajo presión de la política, la ciudadanía y los intereses sectoriales. El proyecto de ley de tierras nunca fue tratado en el Senado el jueves pasado. Paralelamente, la liberación del practicaje fluvial y marítimo —que había paralizado el comercio internacional con un costo económico descomunal— debió retrotraerse. Estas no fueron derrotas menores. Significaron que iniciativas anunciadas con convicción tuvieron que ser abandonadas sin gloria.
Las grietas internas que estas frustraciones generaron en el seno del Gobierno adquieren dimensión política relevante. Federico Sturznegger, el ministro de Desregulación, pasó de ser una de las figuras preferidas del Presidente a convertirse en blanco de críticas internas cada vez más visibles. La obstinación de este funcionario para sostener iniciativas sin calcular adecuadamente su viabilidad política comenzó a ser cuestionada incluso dentro del oficialismo, con ironías que circulan en pasillos legislativos sobre sus "pies de barro". Lo significativo es que estas críticas se expresan cada vez más en voz alta, desafiando la defensa que el Presidente sigue haciendo del ministro. Según fuentes de Casa Rosada, incluso Karina Milei, la hermana del Presidente y figura central en las decisiones del Gobierno, se habría sumado a los objetores de esta estrategia de riesgo.
El desgaste de la narrativa oficial frente a la experiencia cotidiana
Existe una contradicción fundamental entre el discurso que intenta instalar el oficialismo y lo que efectivamente vive la población. Mientras el Presidente dedica entrevistas a especular sobre su reelección en 2027 —cuando faltan aún casi quince meses para las próximas elecciones generales— y hasta se atreve a adelantar nombres para posibles compañeras de fórmula, la agenda pública está dominada por asuntos menos decorosos: el endeudamiento masivo de millones de argentinos, la fragilidad del consumo, el retorno de la pobreza, la desocupación, y una inflación que no termina de ceder. La mención de candidatos como Martín Menem, Patricia Bullrich y Sandra Pettovello para integrar una eventual fórmula presidencial tuvo una vida pública efímera, desapareciendo en horas de los intereses ciudadanos.
La reacción oficial a estas preocupaciones ha sido particularmente perjudicial. El Presidente ha descalificado a quienes expresan dificultades económicas achacándoles "ignorancia de rudimentos financieros", sin reconocer impacto alguno de las políticas oficiales ni del abuso sin control en las tasas de interés que establecen entidades financieras y plataformas digitales. El ministro de Economía, Luis Caputo, fue más allá, refiriéndose a quienes cuestionan el impacto en el sector productivo como "tarados que hablan de la industria". El titular de la Unión Industrial, Martín Rapallini, fue de los pocos que se atrevió a responder públicamente calificando esas declaraciones como "no felices". Este tipo de respuestas ha profundizado la sensación ciudadana de que el Gobierno simplemente no está pensando en la mayoría de la gente.
Las consultorías especializadas han capturado con precisión este fenómeno. Según Poliarquía, siete de cada diez argentinos creen que el Gobierno actúa pensando en "algunos sectores" y no en "la mayoría", alcanzando máximos históricos en esta percepción. Quienes aún creen que el Gobierno piensa en la mayoría apenas llegan al 25%, el mínimo desde la asunción de Milei. Es un indicador de desconexión que replica niveles de la administración anterior, lo que para un Gobierno que prometía ruptura es particularmente revelador. Escenarios, otra casa de análisis, ha caracterizado este cambio como el pasaje de "un malestar transaccional" —donde la gente aguantaba porque esperaba algo mejor— a "un malestar estructural, mucho más difícil de revertir". El principal activo político del Gobierno, la expectativa de mejora, se ha quebrado.
La herencia dejó de servir como escudo político
Hace poco más de un año, el Gobierno podía recurrir a la herencia recibida como explicación de los problemas. Los argentinos mostraban disposición a entender que todo lo malo provenía de gobiernos anteriores. Esa narrativa se ha desgastado. Más del 70% de los consultados responsabiliza ahora directamente a la gestión actual por los problemas económicos que padecen. El resultado: la calificación de "incorrecta" aplicada a la dirección general del país alcanzó el 63,4%, su nivel máximo desde que comenzó el Gobierno. Los politólogos Pablo Touzón y Federico Zapata, directores de Escenarios, han señalado que la combinación de estos factores produce un escenario político complejo donde el rechazo al pasado sigue vigente, pero ya no funciona como justificante de problemas presentes.
En cuanto a la capacidad electoral del oficialismo de cara a 2027, las cifras muestran una posición que, si bien mantiene ventaja, no es la de un ganador predeterminado. La Libertad Avanza reúne el 32% de las preferencias medidas por fuerza política, mientras que Pro alcanza el 7%, el kirchnerismo el 14% y el peronismo no kirchnerista el 21%. A primera vista, es una ventaja. Pero cuando se suman los espacios políticos afines entre sí, la brecha se reduce dramáticamente: 39% para la oposición versus 35%, la menor diferencia desde que iniciaron las mediciones para 2027. Es decir, si la oposición lograra unificarse, estaría virtualmente empatada con el oficialismo. Un escenario que cualquier político debe considerar alarmante.
Algo inesperado está ocurriendo en el campo opositor que trasciende la tradicional fragmentación peronista. Existe lo que se denomina una "reperonización sin resolución", fenómeno donde la autoidentificación peronista crece hacia el kirchnerismo, pero sin que esto resuelva las divisiones internas del movimiento. Los independientes cayeron de máximos de 34% a 40% a apenas 22,1%, mientras los que se autodefinen libertarios se desinflan de 18% a 9,6%. El Gobierno podría ver aquí un motivo de consuelo, interpretando que la oposición se divide. Pero existe un fenómeno paralelo que merece atención: la única figura del sistema político con diferencial de imagen positivo es Myriam Bregman, dirigente de izquierda, con 36,5% de imagen positiva contra 29,9% de negativa. Esto no debe leerse como emergencia electoral inmediata de una figura trotskista, sino como síntoma de algo más profundo. El descontento juvenil, agudizado por el colapso de las expectativas que Milei había generado entre ese sector, no migra hacia la moderación sino hacia la búsqueda de radicalidad y autenticidad. Hace poco más de dos años, ese descontento encontraba esos atributos en un outsider libertario. Hoy los encuentra en un outsider de izquierda.
La reactivación política de Cristina Kirchner, con su presentación ante el Comité de Derechos Humanos de la ONU buscando revisar su condena e inhabilitación, no ha cambiado significativamente el panorama general. Pareció complicar, más bien, los intentos de renovación de la principal fuerza opositora. Sin embargo, movimientos subterráneos de gobernadores, intendentes y dirigentes como Sergio Massa y el porteño Juan Manuel Olmos sugieren que existe una ventana de oportunidad que algunos actores están intentando capitalizar. La coalición que impidió la aprobación de la ley de tierras en el Senado incluyó a legisladores que responden a gobernadores que han sido entre los más colaboracionistas con el Gobierno. Este comportamiento refleja cálculos políticos sobre una posible ventana electoral.
Massa, siempre hiperactivo en su análisis, suele sintetizar la situación del peronismo con una frase que contiene dosis de optimismo y realismo a partes iguales: "El peronismo es un partido del poder que se va a terminar uniendo o dirimiendo sus diferencias para tener un candidato único. Aunque también es cierto que hoy no hay quien logre consenso. Ya muchos nos sobra actitud electoral, pero por ahora nos falta aptitud electoral". Es un circunloquio que significa: la voluntad de candidatearse abunda, pero hoy las posibilidades de ser elegido son escasas. Sin embargo, para una fuerza política que entiende "que la única verdad es la realidad", nada resulta más estimulante que el espectáculo de Milei perdiendo contra Milei. Aunque por ahora nadie asoma con claridad para poder ganarle.
Hacia dónde apunta la flecha: escenarios posibles
Los próximos meses serán determinantes para definir el rumbo político nacional. El Gobierno enfrenta un dilema: perseverar en una estrategia que ha erosionado la expectativa ciudadana, o introducir cambios que impliquen reconocer errores y ajustar el rumbo. Cualquiera de esas decisiones conlleva riesgos políticos sustanciales. Si persevera, el desgaste continuará acelerándose, especialmente si la situación económica cotidiana de las familias no mejora visiblemente. Si intenta cambios, deberá explicar por qué iniciativas presentadas como imprescindibles ahora son abandonadas, lo que erosionaría su narrativa de consistencia ideológica.
Por el lado de la oposición, el panorama es de oportunidad pero también de paralelización. La existencia de una demanda electoral (evidenciada en las encuestas) no se traduce aún en una oferta capaz de canalizarla. El peronismo en sus diversas expresiones sigue fragmentado, aunque con incentivos crecientes para unificarse. Las figuras que podrían convocar amplios sectores aún no terminan de definir sus movimientos de manera clara. Entretanto, actores como Bregman emergen como receptáculos de un descontento que busca autenticidad por sobre pragmatismo.
Lo que está en juego en este período es más que una contienda electoral. Es la pregunta fundamental sobre si existe o no gobernabilidad basada en la conexión entre quienes gobiernan y quienes son gobernados. Los números sugieren que esa conexión se ha roto o debilitado significativamente. Cómo se reconstruya —o si simplemente continúe deteriorándose— definirá el clima político de los próximos años, independientemente de quién ocupe la presidencia en 2027.



