La política argentina vuelve a jugar en las sombras. A menos de una semana de que se conmemore el 17 de octubre, fecha emblemática del peronismo, tuvo lugar un encuentro que no fue anunciado, que no fue celebrado públicamente y que solo salió a la luz gracias a las filtraciones de las redes sociales. Sergio Massa cruzó el umbral del departamento donde reside Cristina Kirchner en San José 1111, en el barrio porteño, en una reunión cargada de implicaciones que trasciende los simples saludos entre compañeros políticos. Lo que hace relevante este gesto no es solo el encuentro en sí, sino lo que representa en un contexto donde el peronismo intenta reconfigurar su arquitectura electoral de cara a 2027 y donde, simultáneamente, una instancia internacional podría alterar radicalmente el tablero de juego doméstico.

El timing del encuentro no es azaroso. La visita ocurrió apenas días antes de que el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas iniciara sus sesiones, un foro donde la expresidenta ha presentado un recurso para intentar revertir la sentencia que la inhabilita de por vida para ocupar cargos públicos. Mientras tanto, en el peronismo conviven dos certezas incómodas: la necesidad de recuperar el poder en los comicios presidenciales y la incapacidad actual de resolver cómo y quién encabezará esa recuperación. La reunión entre Massa y Kirchner, lejos de cerrar preguntas, las multiplica. ¿Qué coordinación existe realmente entre estos sectores? ¿Cuáles son los acuerdos tácitos sobre candidaturas? ¿Cómo incidirá una eventual resolución favorable de organismos internacionales en esas definiciones?

Coordinación sin visibilidad: la estrategia del peronismo en clave electoral

Lo que sale a la luz de este encuentro es que Massa, Cristina Kirchner y su hijo Máximo comparten una lectura sobre cómo debe articularse la competencia electoral dentro de su espacio político. Los tres coinciden en sostener las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) como el mecanismo para definir candidaturas, una posición que también refrenda Axel Kicillof, quien ya ha lanzado su candidatura presidencial. Sin embargo, esta sintonía estratégica sobre los procedimientos no resuelve la tensión medular: quién será el candidato presidencial que encabece la boleta peronista. Massa deja correr versiones sobre una eventual postulación presidencial o una candidatura a gobernador bonaerense, pero no se define. Cristina Kirchner, por su parte, mantiene abierta la posibilidad de volver a competir, aunque todo depende de cómo resuelva el sistema judicial su inhabilitación. Kicillof, en tanto, ya tomó la decisión y está en el ruedo.

Lo particular de esta fase es que ninguno de los principales referentes tiene prisa por cerrar. A diferencia de otros momentos históricos donde la carrera presidencial se define meses antes, en esta ocasión prevalece una cierta espera vigilante. Los dirigentes peronistas, con su larga experiencia en materia electoral, saben que las definiciones apresuradas pueden resultar contraproducentes. El cálculo es más sofisticado: mantener opciones abiertas permite acumular poder de negociación y evaluar cómo evolucionan distintas variables, desde el desempeño económico del gobierno de Javier Milei hasta cambios en la composición de las fuerzas políticas. La reunión entre Massa y Cristina, en este contexto, funciona como una especie de sincronización de relojes: validación mutua de que se está en la misma cancha, aunque jugando en distintas posiciones.

La ONU como variable disruptiva: cuando lo internacional presiona lo doméstico

Pero hay un elemento que distingue a esta coyuntura electoral de las anteriores: la incidencia potencial de la comunidad internacional. Desde el lunes 28 de octubre, el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas ha comenzado a sesionar y continuará haciéndolo hasta el 6 de noviembre. En ese marco, Cristina Kirchner ha presentado un recurso que cuestiona la validez de su sentencia en la causa Vialidad, que incluye seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer funciones públicas. Sus abogados han incorporado nuevas pruebas en el expediente. En los círculos kirchneristas existe la convicción de que una resolución favorable del organismo internacional podría funcionar como palanca para presionar a la Corte Suprema argentina a revisar la sentencia o, al menos, a suspender la inhabilitación mientras se analiza nuevamente el caso. El precedente es el del expresidente brasileño Lula da Silva, quien logró revertir su situación judicial tras amparo internacional.

Esta variable genera un escenario de incertidumbre que rediseña todos los cálculos políticos. Si la ONU fallaría favorablemente, se abriría una puerta que hoy permanece cerrada: Cristina Kirchner podría volver a ser candidata en 2027. Esa posibilidad no es automática ni garantizada por una decisión internacional, pero altera la configuración de posibles candidaturas. En cambio, si la resolución fuera desfavorable o no generara los efectos esperados, el peronismo tendría que resolver la competencia sin la expresidenta como opción presidencial. Todo esto mientras Masa mantiene ambigüedad sobre sus propias aspiraciones y Kicillof avanza en su precandidatura. La ONU, de manera inédita en el sistema político argentino reciente, se convierte en un actor con capacidad de condicionar la política doméstica.

Paralelamente, existe otro cálculo en el kirchnerismo que no debe subestimarse: la evaluación de que el peronismo podría competir dividido en 2027. Si la derecha se fragmenta en múltiples candidaturas —algo que desde el gobierno de Milei parece posible dada las tensiones internas de la coalición gobernante—, entonces la unidad peronista no sería necesariamente la única estrategia viable para recuperar competitividad. Esta lectura contrasta abiertamente con la que sostienen otros dirigentes opositores, como Martín Lousteau, Juan Manuel Urtubey, Miguel Ángel Pichetto y Emilio Monzó, quienes vienen argumentando la necesidad de construir un frente opositor amplio contra Milei. Dentro del mismo peronismo hay espacios que cuestionan los resultados de la consigna de "unidad hasta que duela" que prevalció en las últimas elecciones, lo que abre el interrogante sobre si la fragmentación podría ser una opción viable.

Massa, entretanto, mantiene una red sofisticada de contactos con gobernadores peronistas del interior, lo que le permite tejer alianzas en clave "peronismo federal". Esa estructura territorial es un activo político valioso que no debe pasarse por alto. El exministro de Economía se mueve en un registro distinto al de Cristina o Kicillof: mientras estos últimos tienen raíces identitarias dentro del peronismo, Massa funciona como un articulador territorial que puede potencialmente nuclear distintos sectores. El encuentro en San José 1111, visto desde esta perspectiva, es también una manera de mantener vigente su rol de intermediario estratégico entre diferentes sensibilidades dentro del movimiento.

Resulta significativo que, a pesar de la sintonía política expresada en la reunión privada, cada sector peronista haya organizado su propia celebración del Día de la Lealtad. Ese dato es elocuente: los acuerdos tácticos sobre procedimientos y estrategia general no se traducen en demostraciones conjuntas de fuerza. El peronismo de 2024 es un espacio donde conviven la convergencia estratégica y la fragmentación identitaria, donde se coordinan movimientos sin que ello implique visibilización pública de esa coordinación. Es un peronismo que se comporta de manera muy distinta al que caracterizó décadas anteriores, cuando la movilización de masas en las calles era expresión de acuerdos políticos internos.

Incertidumbre como escenario base para el 2027

Lo que queda en claro tras este encuentro y en el contexto de la sesión de la ONU es que la arquitectura electoral peronista para 2027 permanece fundamentalmente abierta. Las conversaciones entre los principales referentes generan coordinaciones sobre procedimientos, pero no cierran las preguntas sustantivas sobre liderazgo y candidaturas presidenciales. Máximo Kirchner reiteró este sábado en Chaco que su madre mantiene la intención de volver a competir, pero esa posibilidad está subordinada a definiciones judiciales internacionales. Massa sigue en un registro de ambigüedad. Kicillof avanzó en su precandidatura, pero su viabilidad electoral dependerá de cómo evalúen los peronistas sus chances de ganar en 2027 una vez que se haya clarificado el escenario.

Lo que suceda en las próximas semanas en Nueva York puede reconfigurar sustancialmente el juego político argentino. Una resolución del Comité de Derechos Humanos que favorezca a Cristina Kirchner no resolvería automáticamente su situación legal doméstica, pero generaría presión internacional sobre la Corte Suprema. Una decisión desfavorable, en cambio, cerraría una puerta que hoy permanece entreabierta y obligaría al peronismo a converger en torno a otras candidaturas. En cualquier caso, lo que queda en evidencia es que los principales dirigentes peronistas son conscientes de que 2027 será una elección distinta a las anteriores, con variables nuevas en juego y con la necesidad de construir una propuesta competitiva contra un gobierno que hoy goza de legitimidad electoral pero enfrenta desafíos económicos y sociales cada vez más complejos. El encuentro entre Massa y Cristina, visto bajo esta luz, es apenas un episodio en una negociación que recién comienza y cuyos resultados dependerán de múltiples factores, muchos de ellos todavía fuera del control de la política argentina.