La pregunta que atraviesa los pasillos de la Casa Rosada en estas semanas resume una paradoja incómoda: ¿es posible que una administración funcione con eficacia mientras sus entrañas se desgarran en conflictos irresolubles? La respuesta ortodoxa sería un no rotundo. Las tensiones internas corroen, erosionan, generan disfuncionalidad que termina repercutiendo en la sociedad como descontento generalizado. Pero el gobierno libertario parece haber tomado una decisión deliberada: ignorar esa lógica clásica. Javier Milei ha decidido que su única métrica de éxito será el comportamiento de la economía, que será juzgado por su capacidad de domar la inflación, estabilizar las variables macroeconómicas y, en última instancia, mejorar el bienestar material de quienes lo votaron. Es su naturaleza de economista la que prevalece sobre cualquier otra consideración de liderazgo político. Y esa elección tiene consecuencias profundas.
La lectura que circula en los despachos ministeriales es unánime entre quienes ocupan posiciones clave: el Presidente se ha resignado a no intervenir en las disputas internas porque simplemente no le interesa. Un funcionario de alto rango resumió la percepción generalizada con una frase que captura el espíritu de la época: "A Javier lo votaron para resolver la economía, para combatir a la casta y cambiar la política. Pero cada vez más todo queda reducido a lo económico. En el resto, nos diferenciamos cada vez menos, y así perdemos capital simbólico. Entonces la única tabla de salvación es la economía". La observación es devastadora porque admite implícitamente que se ha abandonado el proyecto político más ambicioso: la refundación de las prácticas de gobierno, la transparencia institucional, la ruptura con los vicios del establishment. Todo eso quedó en el camino. Ahora solo importan los números.
Un liderazgo que renuncia a liderar
La evidencia de esta renuncia ha sido evidente en los últimos diez días. Milei fue desautorizado públicamente en dos ocasiones: primero, cuando Manuel Adorni incumplió la promesa presidencial de presentar su declaración jurada; segundo, cuando Daniel Scioli informó que le habían mentido respecto de mensajes que involucraban a Santiago Caputo. En ambos casos, el Presidente salió públicamente a respaldarse a sí mismo, invirtiendo así los roles que le corresponderían. Un ministro que esa semana conversó con Milei de manera tangencial sobre los últimos escándalos escuchó una respuesta que es toda una confesión de impotencia: "Es una locura, hay que pararlos". La frase es impersonal, despersonalizada. No es "yo los voy a parar", sino "hay que pararlos", como si el problema fuera responsabilidad de fuerzas externas y no del propio responsable del ejecutivo. En ese matiz lingüístico anida toda la fragilidad de un liderazgo que se resiste a ejercer sus propias atribuciones.
La capacidad de Milei para actuar con decisión no está en cuestión. En otros momentos de su gestión demostró una velocidad quirúrgica para despedir funcionarios como Guillermo Ferraro, Osvaldo Giordano, Sonia Cavallo y Nicolás Posse. Lo que falta no es poder, sino disposición. Y esa disposición se ve obstaculizada por factores que pertenecen más al orden psicológico que al político: los lazos que mantiene con su hermana Karina y con Santiago Caputo son de naturaleza distinta a cualquier relación puramente funcional. Intervenir en esos conflictos significa penetrar territorios emocionales donde el Presidente prefiere no entrar. Por eso la parálisis ante cada nuevo incidente. Por eso la incapacidad de convertir su poder formal en poder real para resolver los enfrentamientos que consumen energía administrativa.
El episodio entre Caputo y Menem de esta semana ilustra con claridad cómo operan estos mecanismos. El conflicto estalló el fin de semana pasado en el universo digital, como sucede cada vez más frecuentemente. Menem se comunicó con Milei apenas se difundieron los mensajes, y según relatos de su círculo cercano, el Presidente comprendió la situación. Por eso emitió una declaración pública asegurando que los mensajes contra Caputo habían sido "prefabricados". Por su parte, Caputo sostuvo múltiples conversaciones con Milei durante esa semana —muchas más que en todo el período anterior—, pero en ningún momento recibió una reprimenda. Cuando el Presidente habló en un streaming, describió al ministro de Economía como "un hermano" para él. El mensaje era claro: la cercanía emocional con Caputo prevalece sobre cualquier conflicto de gestión. Así se construye un gobierno donde nadie es realmente responsable de nada, porque las decisiones quedan suspendidas en ese limbo donde conviven la autoridad formal y la impotencia real.
Del desorden como excepcionalidad al desorden como normalidad
Lo que comenzó como una situación excepcional se ha convertido en la matriz operativa del gobierno. El desorden no es ya una anomalía, sino el estado natural de funcionamiento. Las tensiones entre Karina y Patricia Bullrich, los ruidos en la mesa política, los conflictos entre facciones, el nivel de desconfianza y rencor que existe entre los diferentes espacios: todo esto dejó de verse como un problema a resolver y pasó a ser asumido como un dato estructural. Los funcionarios operan bajo la convicción consolidada de que Milei no intervendrá, y por lo tanto, habrá que aprender a sobrevivir en ese entorno de hostilidad permanente. El costo es tangible: Adorni se desempeña en un rol devaluado, Bullrich permanece disgustada tras la partida de Federico Angelini, monitor clave del plan Bandera en seguridad, Caputo se siente lastimado, y Karina continúa ejerciendo su ascendiente sin contrapesos institucionales.
Lo verdaderamente novedoso es que las rencillas han dejado de ser simples competencias entre núcleos duros conocidos para estructurarse en torno a dos bloques que crecen y se consolidan. Ya no se trata solamente de los Menem y Sebastián Pareja enfrentados contra Scioli y las Fuerzas del Cielo. El alineamiento es ahora más sofisticado y abarca a intelectuales, comunicadores y funcionarios del establishment libertario. Nicolás Márquez, biógrafo de Milei, sorprendió con críticas públicas hacia Adorni; Agustín Laje, desde la Fundación Faro, cuestionó a Menem esta semana. En la otra vereda, Lilia Lemoine actúa como ariete del ala karinista, acompañada por el cineasta Santiago Oría. Se están conformando dos alineamientos paralelos que operan como si fuesen fuerzas antagónicas preparándose para un conflicto superior. Los ministros, que están a tiro de decreto del Presidente y podrían ser removidos en cualquier momento, no intervienen públicamente en las rencillas. Pero los analistas internos asumen que Pablo Quirno, Diego Santilli, Juan Bautista Mahiques, Alejandra Montero y Carlos Pister orbitan alrededor de Karina, mientras que Luis Caputo, Mario Lugones y funcionarios de organismos como la SIDE y la ARCA tienen afinidades con Santiago Caputo. Existen además los mileistas puros, quienes solo se referencian en el Presidente: Federico Sturzenegger y Sandra Pettovello.
Cada tema de controversia que alcanza estado público amplifica estas divisiones. El escándalo de Adorni, la filtración del perfil de Menem, la denuncia judicial de Pareja contra tuiteros del espacio celestial, la polémica sobre la licitación de la Hidrovía, los audios filtrados y las sospechas de espionaje, hasta la reaparición del conflicto con José Luis Espert: todo ello funciona como catalizador que evidencia que ya no se trata de visiones diferentes sobre el proyecto libertario, sino de lucha por cuotas de poder, intereses concretos y negocios. Un actor relevante del ecosistema violeta vaticina desde hace tiempo que "todo esto va a terminar mal en la justicia". El pronóstico no es casual: cuando los enfrentamientos políticos descienden a este nivel de crudeza, la tentación de judicializar los conflictos se vuelve casi irresistible.
El economista que elige ignorar la política
Es verdad que en todos los gobiernos argentinos hubo internas feroces. El radicalismo de Raúl Alfonsín se dividió entre "La Coordinadora" y la "Línea Nacional". El peronismo de Carlos Menem enfrentó a "celestes" y "rojo punzó". Las coaliciones también conocieron estas guerras: desde las disputas entre el Frepaso y la UCR en la Alianza de Fernando de la Rúa hasta el enfrentamiento entre cristinismo y albertismo en el Frente de Todos. Pero la situación del gobierno libertario posee una singularidad incómoda: alberga agrias rencillas dentro de una fuerza política que es fundamentalmente unipersonal, cuyo capital político comienza y termina en Milei. Su liderazgo no es cuestionado internamente —nadie le disputa la autoridad formal—, pero esa centralidad individual no se traduce en mayor ordenamiento, porque el propio líder se desentiende de esa tarea. Delegar bajo supervisión sería una opción. Desinteresarse completamente es otra. Milei eligió la segunda.
En este contexto de disociación entre poder formal e incapacidad de gestión política, el proyecto libertario queda reducido a su dimensión económica. Después de un primer trimestre adverso, hay ahora algunos indicadores que permiten a Milei y a su ministro de Economía, Santiago Caputo, albergar esperanzas modestas sobre una posible mejora de expectativas. El índice de actividad económica de marzo fue 3,5% superior a febrero. El superávit comercial de abril mostró un crecimiento de exportaciones del 33,6% respecto al mismo mes del año anterior. La aprobación del nuevo tramo de crédito del FMI también abonó esa narrativa optimista. Los datos de inflación, recaudación y empleo de la semana anterior ofrecieron señales favorables. No son cifras que configuren un cambio de tendencia ni el ingreso a una senda de repunte económico sostenido, pero sí permiten pensar que el piso de la caída puede haber sido alcanzado.
Hay sectores empresariales dinámicos —especialmente en minería, energía y agronegocios— que buscan activamente nuevos negocios y aliados. El optimismo en esos espacios contrasta brutalmente con la realidad de la economía callejera. Los datos del Indec de marzo revelaron caídas interanuales en ventas de supermercados (-5,1%), autoservicios (-7,2%) y shoppings (-13,3%). El problema persiste en el consumo y el poder adquisitivo. Santiago Caputo dejó escapar una frase clave en su última entrevista: "Seguir generando superávit vía ajuste ya es muy difícil". Dicho esto después de un recorte presupuestario agresivo, la declaración adquiere peso significativo. Sugiere que no hay otra salida que crecer fuertemente para mantener el equilibrio en las cuentas públicas. Se trata de un cambio sustancial en la estrategia, una transición de la fase esencialmente fiscalista a otra más productivista. Es probable que esa mutación le resulte incómoda a Milei, quien siempre se sintió profundamente identificado con la motosierra como símbolo de su política económica.
El ministro de Economía parece resignado a que su propuesta de un gran acuerdo político con los gobernadores nunca atravesará el filtro de Karina Milei. Por eso acotó sus aspiraciones a un pacto fiscal con las provincias orientado a reducir impuestos provinciales y tasas municipales. En esta dependencia casi total del éxito económico, Caputo se ha convertido en la figura troncal del gobierno. Es el único que puede alimentar el proyecto de reelección presidencial, porque es el único con poder real para producir los números que justifiquen la gestión. La idea de una reparación política profunda, de una lucha genuina contra la casta, de la honestidad como bandera diferenciadora: todo eso quedó desgarrado en el camino.
El Papa, la diplomacia y la búsqueda de legitimación
En medio de este desorden de fondo, el gobierno ha puesto especial entusiasmo en la posibilidad de que el Papa Francisco visite la Argentina. El proyecto generaría expectativa positiva y permitiría a Milei presentarse como el primer presidente después de Raúl Alfonsín en recibir a un Sumo Pontífice. Una movilización masiva de ese calibre podría ofrecerle a la Casa Rosada oportunidades de capitalización política. Pero hay que considerar qué trae consigo una visita papal: no solo símbolos de amor y paz, sino también un mensaje social que enfatiza la prioridad de los más pobres, una apuesta decidida por el diálogo interreligioso y la prédica contra lo que el pontífice ha identificado como "delirios de omnipotencia".
El Papa ha manifestado a algunos obispos argentinos su intención de visitar el país durante este año. Hubo señales esta semana que abonaron esa dirección. Una fue la designación de Michael Banach como nuncio apostólico en Argentina. Inmediatamente después, el gobierno confirmó a Agustín Caulo como secretario de Culto. Con este doble movimiento quedó normalizada la vía diplomática necesaria para avanzar en los trámites. Luego vino lo que podría llamarse el "candombe uruguayo": el exembajador Carlos Enciso señaló que la visita a la región estaba confirmada, lo que generó revuelo. La Conferencia Episcopal de Uruguay emitió una carta aclarando que aún no tenían fecha definitiva. Pablo Quirno pareció intentar no quedarse atrás cuando tuiteó: "Vine a reunirme con el Presidente Milei para darle 'la Buena Noticia' que hará feliz a todo el pueblo argentino. Solo resta definir la fecha… qué linda Primavera…!". Esa



