La grieta que atraviesa al peronismo no es nueva, pero cada tanto vuelve a la superficie con una crudeza que deja poco espacio para las interpretaciones ambiguas. Lo que sucedió hace pocas semanas en Parque Lezama fue, en esencia, un acto de demarcación territorial dentro de la misma fuerza política. Un encuentro donde se desplegaron banderas, se cantaron consignas y se lanzaron mensajes cuya intención no era convencer a los adversarios externos sino disciplinar a los propios. Y en esa dinámica quedó expuesto el verdadero dilema que enfrenta hoy al justicialismo: qué imagen, qué programa y qué liderazgo proyectar de cara al 2027, cuando nuevamente habrá que competir contra el gobierno nacional.

Máximo Kirchner fue la única voz que se escuchó desde el podio durante toda la jornada. Esa decisión no fue casual. En su intervención, el referente de La Cámara estableció un punto de partida innegociable para cualquier proyecto electoral peronista que pretenda ganar las próximas elecciones presidenciales: la libertad de Cristina Kirchner debe ser un eje vertebrador, no una cuestión accesoria o una posición que se pueda matizar según conveniencias tácticas. Su mensaje apuntó, sin rodeos, contra aquellos dirigentes que, en su visión, priorizan otras consideraciones políticas o electorales por sobre esta consigna central. Utilizó expresiones como "exmilitantes devenidos en consultores" para describir a quienes, desde su perspectiva, han abandonado los principios para adaptarse a cálculos de rentabilidad política.

La ausencia ensordecedora

La no presencia de Axel Kicillof en el acto fue tan significativa como todo lo que se dijo desde el escenario. Y no solamente eso: entre la multitud que se congregó en la avenida Martín García, se escucharon cánticos que cuestionaban directamente la gestión del gobernador de la provincia de Buenos Aires. Esta situación marca el punto más álgido de una tensión que venía creciendo en las últimas semanas, especialmente después de que legisladores cercanos a Kicillof cuestionaran públicamente las condiciones que Cristina imponía al gobernador bonaerense. La expresión que utilizó la legisladora porteña Berenice Iañez —pidiendo que dejara de "hinchar las bolas"— sintetiza la exasperación de un sector que ve en las demandas kirchneristas un obstáculo para su propia construcción política.

En el escenario se alinearon figuras de peso dentro de la estructura peronista. Senadores como Eduardo "Wado" de Pedro, Juliana Di Tullio, Mariano Recalde y Jorge Capitanich compartieron gradas con diputados nacionales, legisladores bonaerenses e intendentes. Entre estos últimos se encontraban nombres que forman parte de lo que se conoce en el ambiente como el "grupo AFA", vinculados al fútbol y con trayectorias en municipios del conurbano. La composición del acto reveló una construcción deliberada: se buscaba mostrar que hay una estructura clara, organizada y movilizable detrás de la posición que encabeza Máximo Kirchner. Pero también dejó en evidencia quiénes no estaban, como los intendentes de varios distritos cuyas delegaciones asistieron, pero cuyos referentes decidieron no ocupar lugares visibles en las gradas. Un participante del evento lo expresó con claridad: "Algunos mandaron las banderas de sus municipios y hasta con sus nombres, pero no estuvieron".

El recorrido histórico de una ruptura

La distancia entre Cristina Kirchner y la central obrera ya acumula casi quince años. El quiebre se produjo durante el segundo mandato presidencial de la expresidenta, cuando el enfrentamiento entre su administración y el entonces líder de la CGT, Hugo Moyano, expuso posiciones irreconciliables sobre cómo debía procesarse la relación con los sindicatos. Esa fractura nunca se cicatrizó del todo. De hecho, en movilizaciones recientes realizadas en Plaza de Mayo, días después de que la Corte Suprema ratificara la sentencia condenatoria contra Cristina por cuestiones vinculadas a obras públicas, la mayoría de las organizaciones sindicales más críticas de su liderazgo optó por no participar en las calles. En el acto de Lezama, con excepción de los empleados judiciales porteños afiliados a una de las organizaciones de Vanesa Siley, prácticamente no hubo presencia sindical. Esto no es un detalle menor: muestra que el reclamo por la libertad de la expresidenta no logra trascender las fronteras del núcleo duro kirchnerista para articularse con otros sectores de la coalición peronista.

Máximo Kirchner aprovechó su tiempo al micrófono para atacar directamente a Raúl Jalil, gobernador de Catamarca, a quien ubicó como el ejemplo paradigmático de lo que no debe hacer el peronismo: convertirse en un socio estratégico del gobierno nacional. Acusó a Jalil de haber proporcionado votos para que el Ejecutivo nacional sancionara cambios en la legislación laboral, una maniobra que Kirchner interpretó como una traición a los principios de la fuerza política. Este movimiento discursivo buscaba establecer una línea divisoria clara: de un lado, quienes están comprometidos con enfrentar al gobierno de Javier Milei sin componendas; del otro, quienes transigen por razones políticas o electorales. Kicillof no fue mencionado nominalmente en este pasaje, pero la alusión estaba contenida en la estructura del argumento.

El aspecto estético del acto no fue menor. La denominada estética "ricotera" —en alusión a Ricardo Solari, más conocido como el Indio Solari, fallecido meses antes— se expresó a través de pancartas, frases alusivas y una musicalización que incorporaba exclusivamente el repertorio de la banda liderada por el cantante. Esto no era una coincidencia azarosa. Semanas antes, la organización del velatorio de Solari en Avellaneda había generado un acercamiento entre Máximo Kirchner y Kicillof, un punto de contacto que parecía sugerir que el diálogo podría reanudarse. Sin embargo, la confrontación de las últimas jornadas sugiere que aquel encuentro fue un paréntesis, una tregua momentánea en una disputa que se mantiene como trasfondo de la política peronista actual.

Las implicancias de una pulseada sin cierre

La pregunta que permanece abierta es qué significa esta polarización para las posibilidades electorales del peronismo en 2027. Por un lado, existe una posición que sostiene que la liberación de Cristina es un requisito sine qua non para cualquier proyecto presidencial peronista, porque representa una cuestión de principios y porque, desde esta óptica, la expresidenta sigue siendo una figura gravitante en la construcción política. Por el otro, hay un sector que plantea que las condiciones políticas del país y el desgaste generado por años de conflictividad exigen pragmatismo, relativizar ciertos temas que generan divisiones innecesarias y apostar por liderazgos que logren construir consensos más amplios. Kicillof encarnaría esta segunda posición: alguien que puede disputarle votos al gobierno sin necesidad de hacer de la figura de Cristina una condición para la competencia electoral. A su vez, la ausencia de sindicalistas en el acto del Lezama plantea interrogantes sobre la capacidad movilizadora real que tiene el kirchnerismo en los sectores trabajadores, un electorado que resulta decisivo en cualquier escenario electoral futuro. La ruptura con la CGT no es un detalle administrativo sino una fragmentación que compromete la articulación programática del peronismo. Distintos analistas destacarían que, sin el apoyo de la central obrera, un candidato peronista quedaría expuesto a críticas sobre su capacidad de negociación y representatividad ante trabajadores y sindicatos. Otros, en cambio, argumentarían que la renovación del peronismo pasa justamente por desprenderse de ciertas amarras tradicionales que ya no reflejan la realidad política contemporánea. Lo cierto es que la decisión que tome el peronismo en los próximos meses sobre quién encabezará su fórmula presidencial no será simplemente una cuestión de preferencias personales, sino que resultará determinante para entender qué tipo de fuerza política aspira a ser en el próximo ciclo electoral.