Una orden sin ambigüedades bajó desde la Casa Rosada esta semana hacia los legisladores más allegados al oficialismo: las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias desaparecerán del mapa electoral argentino sin matices ni concesiones. No habrá versiones atenuadas ni soluciones de compromiso. Karina Milei, secretaria General de la Nación, reunió a sus diputados de confianza para transmitir con claridad que cualquier modificación al proyecto que reposa en el Senado sería interpretada como un abandono de principios. El mensaje llegó en un momento particularmente delicado: apenas dos horas antes, la senadora Patricia Bullrich había confesado públicamente estar explorando alternativas menos taxativas, admitiendo que los votos necesarios para la derogación integral simplemente no existen. Esto profundiza una grieta que venía creciendo en silencio dentro de La Libertad Avanza y expone las verdaderas batallas que libran en la sombra los personajes más influyentes del gobierno.
La estrategia del "no ceder": Milei versus Bullrich
La cuestión de las PASO trasciende lo puramente técnico o electoral. En la práctica, representa una batalla por el control político que define quién maneja realmente el destino del libertarianismo en Argentina. Karina Milei preside la estructura partidaria a nivel nacional y mantiene vínculos directos con las filiales subnacionales en múltiples provincias. Su poder radica justamente en controlar los mecanismos mediante los cuales se seleccionan candidatos y se pactan alianzas. Una PASO vigente destruiría ese monopolio: permitiría que fuerzas como Pro o la Unión Cívica Radical compitieran sin necesidad de negociación previa, que líneas internas se enfrentaran en igualdad de condiciones, que la Casa Rosada perdiera capacidad de veto sobre candidaturas incómodas.
Por eso Milei insistió ante sus diputados de confianza—en particular ante Sebastián Pareja, armador bonaerense de máxima confianza en la provincia, y Giselle Castelnuovo, ex subsecretaria de Asuntos Políticos ahora convertida en arquitecta legislativa de la reforma—que no se permitirían modificaciones. La frase que circuló fue tan explícita como directa: las PASO "se derogan". Sin ifs ni buts. Castelnuovo, con su experiencia en materia electoral, quedó encargada de recopilar demandas de los aliados, pero con una restricción tácita: que esas demandas no alteren lo fundamental cuando el proyecto retorne a Diputados. "No queremos cambios cuando se gire", susurraron voces cercanas a la secretaria General. Traducción: llegó la hora de obedecer, no de negociar.
Bullrich, en cambio, operaba desde otra lógica. La senadora reconoció públicamente que los apoyos para una derogación total simplemente no cierran. Propuso entonces una salida alternativa que ya había circulado años atrás en círculos del macrismo, específicamente promovida por María Eugenia Vidal: convertir las PASO en primarias optativas, facultando a cada partido a decidir si participa o no, con un sistema de inscripción previa que evite sorpresas. Bullrich planteaba esto sin consultar con Milei, decisión que molestó profundamente en el karinismo. Los reproches fueron claros aunque pronunciados en voz baja: todo debe pasar por la mesa política, nada puede decidirse en paralelo. El incidente revela un patrón de comportamiento que viene escalando: Bullrich construye su propia agenda, genera su propio espacio de poder, se muestra diferenciada del gobierno en aspectos públicos.
Los verdaderos motivos detrás de la pulseada
Es cierto que en privado incluso los propios funcionarios libertarios reconocen algo que no dirían nunca frente a micrófonos: que hoy no hay suficientes votos en el Senado para derogar las PASO de manera absoluta. Pero esa admisión nunca llegará a la prensa ni a los opositores. La Casa Rosada prefiere mantener la ficción de que existe una posición ganadora, que el oficialismo simplemente está siendo coherente con su programa. Recurren a argumentos secundarios para justificar el rechazo a la alternativa optativa: "Igual supondría un gasto para el Estado", señalan en la Casa Rosada. O este otro: "Cada partido tiene que resolver su propia interna". Cerca de Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados, circula además una tercera posibilidad: suspender las PASO de forma provisional, tal como ocurrió en las últimas elecciones de 2023. Esa opción tampoco entusiasma a Milei, quien parece decidida a extraer el máximo rédito político de cualquier solución que avance.
La verdadera disputa, como suele ocurrir en política, está cubierta por una capa de argumentaciones técnicas que ocultan las motivaciones auténticas. Karina Milei necesita conservar intacta su capacidad de decisión sobre el armado de listas y alianzas electorales. Eso es poder real, poder que se traduce en diputados propios, en senadores fieles, en gobernadores deudores. Una PASO abierta, obligatoria y simultánea significaría democratizar internamente ese proceso, permitir que otros actores—sus aliados de hoy, como Pro o la UCR—compitieran sin mediadores, sin necesidad de genuflexión previa. El "Jefe", como la llaman en círculos internos, busca bloquear precisamente eso. Y para bloquearlo, está dispuesta a sostener públicamente una posición que sabe que no ganará en el Senado, porque el objetivo verdadero no es legislativo sino político: marcar territorio, demostrar que ella manda, que en La Libertad Avanza se hace lo que ella dice.
Una grieta que se expande: más allá de las PASO
El desencuentro sobre las primarias es apenas la expresión visible de una tensión más profunda. Los fricción entre Milei y Bullrich viene gestándose hace tiempo, alimentada por una serie de decisiones y conflictos que trascienden lo electoral. Bullrich expresó su incómodo con la permanencia de Manuel Adorni como jefe de Gabinete, sugiriéndole al Presidente la búsqueda de un reemplazo. Adorni, sin embargo, disfruta de la protección decidida de Karina Milei, quien lo respalda tanto en el interior de la administración como frente a la opinión pública. La senadora, por su parte, ha comenzado a construir su propio espacio de poder independiente. La semana anterior, organizó una reunión con dirigentes del Partido Nacional de Uruguay, movimiento que la permite proyectarse hacia afuera con perfil propio, diferenciado de las limitaciones que enfrenta el gobierno.
Bullrich también ha tomado distancia de los problemas judiciales que rodean a Adorni, quien permanece en el ojo de la tormenta por la compra y refacción de dos inmuebles con un sueldo mensual de poco más de $4 millones. La senadora fue cuidadosa al saludar efusivamente a Mauricio Macri durante la cena anual de la Fundación Libertad hace una semana, gesto que no pasó desapercibido. Macri, distanciado actualmente de Javier Milei tras una reunión en Olivos donde expresó su rechazo a que Adorni ocupara el lugar de Guillermo Francos, representa exactamente el tipo de aliado cuyo apoyo Bullrich desearía cultivar con independencia respecto de la Casa Rosada. Esos gestos, esas reuniones, ese cuidado de imagen, construyen una narrativa alternativa: la de una senadora con visión propia, no sometida al arbitrio de la hermana presidencial, potencialmente disponible para otros proyectos políticos si las relaciones se deterioran aún más.
En este contexto de múltiples tensiones, la PASO se convierte en un escenario de confrontación más que en un debate genuinamente electoral. Milei ordena, Bullrich sugiere alternativas, y en el medio se despliega una pulseada por quién fija realmente las reglas de juego dentro de La Libertad Avanza. La orden de Milei a sus diputados de no ceder es, en última instancia, una orden a Bullrich de saber cuál es su lugar en la estructura de poder. Y el silencio o la obediencia que venga de Bullrich definirá si esa jerarquía se respeta o si, por el contrario, emerge una competencia abierta por el liderazgo del espacio libertario.
Las implicancias futuras de esta fractura
Lo que suceda con las PASO en las próximas semanas tendrá consecuencias que van mucho más allá de la estructura electoral. Si Milei logra imponer su línea y Bullrich se pliega, el mensaje que se envía es que la estructura de poder está clara: ella manda, los demás obedecen. Si, por el contrario, Bullrich encuentra el modo de avanzar con su propuesta de primarias optativas o alguna otra solución de compromiso, el escenario que emerge es radicalmente distinto: existiría un espacio real para la disidencia, para las negociaciones internas, para los actores que desafíen el liderazgo de la secretaria General. En ese segundo caso, la cohesión del oficialismo libertario entraría en una fase más volátil, donde las alianzas podrían ser más frágiles y donde la lealtad dejaría de ser un supuesto para convertirse en algo a conquistar permanentemente. Ambos escenarios tienen implicaciones para la gobernabilidad: uno fortalece la decisión ejecutiva pero concentra poder de forma peligrosa; el otro dispersa ese poder pero quizás garantiza mayor estabilidad institucional a través del consenso.



