La estructura de poder que construyó su dominio inicial en las plataformas digitales comienza a mostrar grietas visibles. Desde hace varios meses, el ecosistema de comunicación que propulsó al oficialismo experimenta una contracción significativa: menos menciones del Presidente, interacciones más débiles, contenidos menos virales y una incapacidad creciente para fijar la agenda pública. Lo que antes funcionaba como una maquinaria de amplificación sin precedentes ahora lucha por mantener relevancia. Este deterioro no es casual ni superficial. Según un análisis especializado realizado por la consultora Ad Hoc, el fenómeno responde a un desgaste acumulativo donde la sucesión de denuncias de corrupción presunta jugó un papel determinante en el quiebre de la legitimidad que el Gobierno había construido en el mundo digital.
El antes y el después del caso LIBRA
Existe un punto de referencia claro que marca la inflexión en este proceso. Febrero de 2025 representa una frontera divisoria en la trayectoria digital del Presidente: allí irrumpió la investigación sobre la presunta estafa cripto que habría comprometido a allegados directos. Desde ese momento, la centralidad de Javier Milei en las conversaciones que generaban sus seguidores comenzó a menguar de forma sostenida. No fue un descenso abrupto, sino más bien una erosión permanente que persiste hasta hoy, aunque con picos específicos cada vez que emergía un nuevo escándalo.
Esos repuntes puntuales en la conversación digital funcionaron como termómetro de la crisis política. Cuando se difundieron audios que revelaban un presunto circuito de sobornos en la Agencia Nacional de Discapacidad, cuando salieron a la luz conexiones entre candidatos oficialistas y condenados por la Justicia norteamericana, cuando se conocieron detalles sobre enriquecimiento inexplicable de funcionarios en la Jefatura de Gabinete: en cada ocasión, la militancia reaccionaba, pero ya no para defender con energía, sino para procesar la crisis. El patrón mostró que los escándalos generaban volumen de conversación, pero ese volumen era tóxico, no constructivo.
El colapso de la narrativa anticasta
Uno de los hallazgos más incisivos del informe toca el corazón de la identidad política del proyecto libertario. El concepto de "casta" —la palabra que funcionó como ariete contra la dirigencia política tradicional durante la campaña y los primeros meses de gobierno— experimentó su mayor difusión digital justamente en los momentos de máxima convulsión por escándalos. Sin embargo, algo crítico ocurrió en ese proceso: la oposición política capturó ese término y lo devolvió al Gobierno como acusación. Lo que había sido un instrumento de ataque se transformó en un boomerang. Un concepto insignia fue cooptado por quien supuestamente encarnaba la oposición al sistema. Esta inversión semántica produjo un daño estructural en la capacidad persuasiva del mensaje oficial.
Para dimensionar esta pérdida de potencia, resulta revelador comparar el volumen de conversación. En su primer año completo de gestión, Milei generaba un nivel de protagonismo digital que hoy parece casi inalcanzable. El informe es taxativo al respecto: la presencia actual del Presidente en plataformas está lejos de los números que registraba entre 2023 y 2024. No se trata únicamente de que hable menos o aparezca menos frecuentemente. La cuestión es que cuando aparece, el impacto es menor, la amplificación se produce con menor intensidad, y la capacidad de sus seguidores para expandir el mensaje se ha deteriorado notablemente.
Números que hablan: el derrumbe en las plataformas de streaming
Los datos concretos de visualización en canales de streaming alineados con el Gobierno ofrecen una evidencia cuantificable del fenómeno. En la plataforma Carajo, cuando Milei fue entrevistado por Gordo Dan —quien funciona como uno de los principales amplificadores de la narrativa libertaria en redes—, la transmisión reunió 155.000 visualizaciones. Esta cifra resulta particularmente ilustrativa al contrastarla con el desempeño de hace tan solo un año: entonces las entrevistas del Presidente en el mismo canal alcanzaban 701.000 vistas. Incluso en 2025, antes de que los escándalos profundizaran la crisis de confianza, el número todavía rondaba las 523.000 visualizaciones. El descenso no es marginal; representa menos de la tercera parte del alcance que tenía hace doce meses.
En Neura, otro canal de difusión importante para el oficialismo, se repite un patrón similar aunque con números algo mayores. Durante 2024 y los primeros meses de 2025, las apariciones presidenciales oscilaban entre 500.000 y 1,5 millones de visitas. Este año la cifra se desplomó a 279.000 visualizaciones. Nuevamente, el contraste es dramático. Esto no implica necesariamente que menos personas consuman contenido político, sino que el consumo de contenido que lleva la marca personal del Presidente disminuyó considerablemente. El público que antes buscaba activamente entrevistas de Milei ahora aparentemente redistribuyó su atención.
La militancia dispersa y sin dirección
Cuando Ad Hoc analizó el comportamiento de quince cuentas libertarias de mayor alcance —incluyendo usuarios influyentes como Gordo Dan, La Derecha Diaria y TraductorTeAma—, el hallazgo fue inequívoco: estas redes disminuyeron significativamente sus menciones al Presidente, generaron menos interacciones por publicación y perdieron efectividad en su capacidad tradicional de instalar temas en la agenda mediática. La dinámica que antes funcionaba con precisión de relojería —donde los militantes digitales amplificaban, contextualizaban y defendían los movimientos del Ejecutivo— cambió de naturaleza. La comunidad que había servido como infraestructura de soporte se reconfiguró.
Según el análisis, estos activistas digitales comenzaron a orientar sus esfuerzos menos hacia la promoción de logros de gestión y más hacia la crítica de adversarios y periodistas. Es una estrategia defensiva, no ofensiva. Cuando falta material positivo para compartir, cuando los propios aliados se ven envueltos en denuncias que complican la defensa, la única salida parece ser atacar a quienes critican. Esto transforma el carácter de la conversación digital: de un espacio donde se promovía una visión de futuro se convierte en un territorio de trinchera. La fatiga se instala. Los militantes actúan menos porque tienen menos munición persuasiva y porque la retroalimentación que reciben es cada vez más desalentadora.
Síntomas de un agotamiento más profundo
Lo que ocurre en el mundo digital no existe en aislamiento. El análisis especializado establece una conexión directa entre el desempeño de la militancia en redes y los registros de opinión pública que capturan las encuestas convencionales. Ambas mediciones reflejan el mismo fenómeno: un desgaste progresivo de la legitimidad del Gobierno. Esto sugiere que el colapso de potencia digital no es un epifenómeno estético, sino la manifestación visible de una crisis más profunda de confianza y expectativas. La población que hace un año o dieciocho meses seguía ávida cada movimiento presidencial, que participaba entusiasmamente en la comunidad digital que lo rodeaba, ahora se ha retraído. Parte simplemente se fue; otra parte permanece pero con menos fervor.
La gestión de Milei intentó ganar las elecciones de 2024 con un discurso bifurcado: por un lado, ser el ariete contra la corrupción sistémica del establishment político; por el otro, prometer un cambio económico que mejorara las condiciones de vida. En las redes sociales, ambas promesas se amplificaban mutuamente. Cuando surgieron los primeros escándalos, la legitimidad que conferían esas dos narrativas comenzó a evaporarse simultáneamente. No solo porque el mensaje anticasta perdió credibilidad —al verse comprometido por presuntas irregularidades en el propio círculo cercano—, sino también porque los indicadores económicos no mostraban mejoras visibles que permitieran compensar esa pérdida con un relato diferente.
La tentativa de reactivación y sus desafíos
Consciente del problema, la estructura política del Gobierno convocó recientemente a discusiones sobre cómo "reactivar la tropa digital". Según referencias disponibles sobre esas conversaciones, la estrategia contempla modificaciones en el funcionamiento de cuentas de voceros y funcionarios, además de intentar involucrar con mayor intensidad a militantes de base que hasta ahora permanecían más pasivos. Se trata de una respuesta que reconoce implícitamente la magnitud del desafío: no alcanza con que el Presidente hable; es necesario que toda la estructura amplíe y valide el mensaje.
Sin embargo, esta iniciativa enfrenta obstáculos estructurales. Los militantes pueden ser convocados, pero no pueden ser obligados a generar entusiasmo genuino. Las cuentas pueden recibir nuevas directivas comunicacionales, pero si el contexto político les niega materiales persuasivos con los que trabajar, la efectividad será limitada. El informe de Ad Hoc identifica este dilema: "Ser oficialismo produce un daño natural que se potencia cuando no hay resultados y se pierde el control de la agenda". En otras palabras, gobernar genera automáticamente fricción en la opinión pública —porque las decisiones benefician a algunos y afectan a otros—, pero ese daño se vuelve insuperable cuando simultáneamente no hay logros que mostrar y la capacidad de fijar el relato público se erosiona.
La conclusión del análisis especializado es que al Gobierno le resulta cada vez más complicado sostener dos pilares fundamentales de su discurso de origen: la identidad de fuerza anticasta y la promesa de mejora económica. Con ambos pilares debilitados, la arquitectura de comunicación que fue construida sobre ellos inevitablemente se desmorona, sin que por el momento existan indicios claros de que puedan ser reparados en el corto plazo mediante ajustes exclusivamente comunicacionales.



