En los últimos diez días de relativa calma institucional, la maquinaria oficial ha puesto en marcha una batería de operaciones que van mucho más allá del objetivo evidente: garantizar que Javier Milei regrese a la Casa Rosada en 2027. Detrás de ese horizonte electoral se despliega un ajedrez territorial complejo, donde Karina Milei, en su función de estratega máxima, coordina simultáneamente la defensa de la posición presidencial y la expansión del movimiento libertario en territorios históricamente dominados por otras fuerzas políticas. Lo que cambió, fundamentalmente, es que ahora el Gobierno siente que está jugando sin lastres visibles, después de haber despejado del tablero las contradicciones que lo golpeaban.
El repunte de dos números y la renovación del optimismo
Dos indicadores económicos convergieron para inyectar oxígeno en el relato oficial. El riesgo país finalmente perforó la barrera de los 400 puntos, una cifra que simbólicamente marca un quiebre en la narrativa de estabilidad macroeconómica que el Ejecutivo intenta consolidar. Simultáneamente, la inflación volvió a ubicarse por debajo del 2% mensual después de catorce meses de estar por encima de ese piso, lo que en términos de comunicación política se convierte en munición para recuperar el signo positivo en una agenda pública que se le había vuelto esquiva desde febrero pasado.
Esta oxigenación llega en un momento preciso. El cambio de gestión en comunicación, caracterizado por la salida de Manuel Adorni, se presentó internamente no solo como una corrección de rumbo sino como una liberación de una carga que había comenzado a pesar sobre el discurso oficial. La figura de Adorni, más que cualquier otro funcionario, se había convertido en un punto de convergencia para críticas tanto del interior libertario como de actores políticos externos. Convertirlo en candidato a jefe de Gobierno en la Ciudad de Buenos Aires amplificó esa vulnerabilidad, generando un fenómeno donde el mensajero terminaba siendo parte del problema que intentaba comunicar. Su despedida del Gobierno permitió que los libertarios se presentaran ante sí mismos como una fuerza que puede autoevaluarse y corregirse, algo que no siempre caracteriza a las estructuras políticas argentinas.
Con este impulso, el Gobierno busca anclar su recuperación política en logros legislativos concretos. Esta semana se esperaba la sanción de la reforma de la ley de zonas frías, destinada a reducir el peso de los subsidios energéticos, y la ley de propiedad privada, ambas presentadas como demostraciones de recuperación de iniciativa legislativa y, más importante aún, como señales dirigidas a inversores domésticos e internacionales. Estos proyectos funcionan como mensajes codificados: prueban que el Gobierno mantiene apoyo suficiente de gobernadores dialoguistas y que sigue siendo capaz de transformar su agenda política en realidades institucionales.
Buenos Aires: la joya disputada del tablero libertario
Si existe un territorio donde la ambición expansionista libertaria se concentra con particular intensidad, ese es la Ciudad de Buenos Aires. Durante dos décadas, el macrismo ha sido prácticamente hegemónico en la capital argentina, construyendo una maquinaria electoral y una estructura de poder que parecía casi inmutable. Sin embargo, los libertarios identifican en esta plaza una oportunidad de reacomodo que no existía hace apenas un par de años. El ascenso de Diego Santilli a la jefatura de Gabinete porteño no fue solo un cambio administrativo: aceleró el proceso de descomposición interna que ya afectaba al núcleo duro del macrismo bonaerense.
Pilar Ramírez, legisladora porteña cercana a Karina Milei, ha asumido el rol de operadora territorial en la Ciudad con una estrategia que combina paciencia con presión sostenida. Desde la legislatura, el bloque de La Libertad Avanza que encabeza trabaja en dos frentes simultáneos: por un lado, presenta iniciativas que exponen deficiencias en la gestión local y erosionan el capital político del jefe de Gobierno; por otro, avanza en la construcción de una base de apoyo propio que funcione independientemente de cualquier coalición con Pro. La propuesta de eliminar las PASO porteñas espeja la iniciativa nacional, pero persigue un objetivo específico de mediano plazo: dificultar la construcción de acuerdos electorales de la centroderecha desde una posición de debilidad relativa para el macrismo.
El cálculo detrás de esta maniobra es contundente: si logran forzar al PRO a aceptar una coalición que no sea encabezada por un candidato macrista, o que sea encabezada por un exmacrista, habrían conseguido algo que parecía impensable hace poco: reordenar la geografía política de la capital. Los gestos de amabilidad que Milei dirigió a Jorge Macri durante el Tedéum del Día de la Independencia podrían interpretarse, según las malicias de la política porteña, como despedidas ceremoniales. Lo que ocurre es que Mauricio Macri, el exjefe de Gobierno que construyó gran parte del poder amarillo, tampoco es defensor entusiasta de la gestión actual de su sucesor. Esta grieta interna representa una vulnerabilidad que los libertarios exploran con cuidado pero con determinación.
El indulto a Horacio Rodríguez Larreta, exjefe de Gobierno y figura moderada del macrismo que se distanció de Mauricio Macri, ya estaría redactado aunque Rodríguez Larreta públicamente niegue tener interés en recibirlo. La maniobra es sofisticada: mantenerlo disponible sin activarlo explícitamente, de modo que pueda funcionar como variable de ajuste si la negociación electoral con Pro requiere un cambio de posición. Larreta conserva relaciones electorales significativas en el PRO porteño y su crítica punzante a la gestión de Jorge Macri lo convierte en un activo político valioso para cualquier operación de fragmentación interna del macrismo.
Las complejidades de la candidatura y la apuesta al desgaste
Lo que externamente se presenta como una decisión de amplitud temporal para definir candidaturas locales responde en realidad a dilemas más profundos que el Gobierno aún no ha resuelto. Adorni fue, antes de los escándalos que lo expulsaron de la política, uno de los proyectos más consolidados para ir por la jefatura porteña. Su autodestrucción operó como lección sobre los riesgos de sobreidentificar candidatos subnacionales con el Presidente. Al mismo tiempo, la dirigente que mejor mide en términos de intención de voto para encabezar una fórmula libertaria en la Ciudad, Patricia Bullrich, no goza de la confianza del círculo karinista, especialmente después de sus posicionamientos diferenciadores en el caso Adorni y sobre la reforma electoral.
Bullrich, actual senadora nacional, mantiene una posición ambigua. Internamente, su entorno argumenta que ella carece de interés genuino en cuestiones municipales y que a esta altura de su carrera no dedicaría energías políticas a gestionar problemáticas como baches y recolección de residuos. Sin embargo, Bullrich tampoco desmienta públicamente estas aseveraciones ni reconoce formalmente su desinterés. Esta zona gris refleja una característica de la política libertaria: la incapacidad de resolver claramente sus propias contradicciones internas sin que ello impacte en la coherencia del discurso público. La estrategia de posponer definiciones tiene, entonces, una ventaja clara: permite postergar el momento en el que estas tensiones deben explicitarse.
La apuesta libertaria en la Ciudad descansa fundamentalmente en una convicción: si Milei logra consolidar probabilidades reales de reelección presidencial, prácticamente cualquier candidato que lo represente en la capital podría imponerse en las urnas. El caso de Adorni, que funcionó como etiqueta de Milei más que como candidato con proyecto propio, operaría aquí como referencia negativa. Por eso, la decisión es posponer la discusión de nombres hasta que sea posible medir con precisión cómo impacta el desempeño presidencial en la geografía electoral porteña. Es una estrategia que gana tiempo pero que también corre el riesgo de perder oportunidades si la correlación de fuerzas cambia antes de que las candidaturas se defina definitivamente.
La batalla territorial fuera de Buenos Aires y sus limitaciones
Más allá de la capital federal, el proyecto expansionista libertario enfrenta constricciones que no pueden ser ignoradas. En grandes centros urbanos y, especialmente, en sus periferias, habitan los sectores más golpeados por el impacto de las políticas económicas de Milei. La industria y la construcción han sido especialmente afectadas, generando resistencias electorales que no desaparecen con gestos de comunicación política ni con pequeños ajustes presupuestarios.
Inversamente, algunas provincias del eje minero-energético andino han experimentado beneficios relativos del modelo económico libertario, pero sus gobernadores han consolidado estructuras de poder prácticamente blindadas, donde la capacidad de expansión libertaria es mínima. Estos gobernadores son, en muchos casos, más fuertes que el Presidente en sus territorios y tienen poco incentivo para subordinarse a la estructura partidaria nacional de La Libertad Avanza. El mapa provincial argentino, entonces, no presenta un terreno virgen donde implantar la política libertaria, sino arenas ya ocupadas por fuerzas locales que se negocian bilateralmente pero que resisten la subordinación.
Este escenario explica por qué la Casa Rosada ha optado por una estrategia cautelosa respecto de aventuras electorales locales ambiciosas. No es conservadurismo, sino cálculo: cualquier fracaso territorial podría interpretarse como indicador de debilitamiento presidencial, alimentando narrativas sobre erosión del apoyo. Por eso, el objetivo principal sigue siendo la reelección de Milei, con las batallas subnacionales funcionando como anexos de esa guerra mayor, no como escenarios autónomos de competencia.
El dilema de la pericia política en una estructura afectada por contradicciones
Lo que emerge del análisis de estas operaciones es que el Gobierno pretende ejecutar una estrategia de precisión quirúrgica en un contexto donde aún no ha desarrollado completamente las destrezas políticas requeridas. Las contradicciones internas del libertarianismo argentino, que incluyen desde disputas sobre la composición de las estructuras partidarias hasta diferencias sobre qué constituye un aliado aceptable, siguen siendo fuentes permanentes de fricción. El aún reciente oficialismo tiende a atribuir sus éxitos a decisiones correctas propias y sus dificultades a factores externos o a errores de comunicación, lo que limita su capacidad de aprendizaje institucional acelerado.
La percepción interna es que, si el Gobierno evita autosabotearse, se abre un camino hacia 2027. Pero esa premisa contiene una lógica que el oficialismo reconoce pero no siempre incorpora: que el éxito electoral futuro depende de manera crucial del desempeño económico presente y de la capacidad de traducirlo en mejoras perceptibles para la población. Los números de riesgo país e inflación son condiciones necesarias pero no suficientes. Requieren de un andamiaje político territorial que permita que esos logros macroeconómicos se conviertan en narrativa electoral creíble en zonas donde el impacto de las políticas ha sido principalmente negativo.
Las consecuencias políticas de una estrategia expansionista bajo presión
Las próximas elecciones en Buenos Aires y la dinámica política que desplegará el Gobierno en las provincias durante los próximos años establecerán patrones que persistirán más allá del ciclo electoral 2027. Si el libertarianismo logra consolidar una presencia territorial significativa, particularmente en la Ciudad, habría modificado permanentemente el mapa político argentino, limitando el espacio del macrismo y generando una nueva polaridad. Si, en cambio, la expansión territorial fracasa mientras el Presidente logra reelegirse, el oficialismo enfrentaría un escenario donde su poder presidencial coexistiría con debilidad subnacional, lo que podría generar dificultades legislativas en un futuro mandato.
Existe también la posibilidad de que el cálculo económico fracase, que la inflación repunte o que el riesgo país vuelva a presionar, escenarios que modificarían radicalmente la viabilidad electoral del proyecto. En esa hipótesis, todas estas maniobras territoriales perderían relevancia frente a una necesidad más urgente de contención de crisis macroeconómica. Lo que permanece constante es que el Gobierno operará sobre un terreno que no controla completamente, donde sus decisiones interactúan con variables externas, con resistencias territoriales preexistentes y con sus propias limitaciones de gestión política. Cómo maneje esa complejidad en los próximos meses determinará si estos movimientos tácticos se convierten en transformaciones estratégicas del sistema político argentino o si quedan como capítulos menores en una historia de reajustes periódicos sin cambios estructurales duraderos.



