El debate sobre quién debe y quién no debe poder beneficiarse de los mecanismos de regularización patrimonial vuelve a tensionar las aguas en el Congreso. Mientras el Gobierno impulsa una reforma que amplía y flexibiliza las condiciones de la Ley de Inocencia Fiscal, desde la bancada peronista llegan dos proyectos que pretenden cerrar las puertas de estos beneficios precisamente a quienes ocupan o ocuparon cargos públicos. La discrepancia no es menor: toca el corazón de una disputa política sobre los límites éticos que deben existir entre la administración pública y las ventajas tributarias. Lo que comienza como un debate técnico-legislativo promete transformarse en una de las batallas parlamentarias más intensas del próximo período de sesiones ordinarias.

Las dos iniciativas que encabeza el peronismo tienen origen en contextos distintos pero comparten un mismo objetivo estratégico. Fernando Salino, senador por San Luis e integrante del interbloque Justicialista que comanda José Mayans, presentó dos proyectos diferenciados. El primero de ellos apunta específicamente al Régimen Simplificado de Ganancias, bloqueando el acceso a cualquier persona vinculada a la actividad política, sus cónyuges, convivientes y parientes de línea directa. Esta exclusión se mantendría vigente incluso dos años después de que abandonen sus funciones. La segunda iniciativa es más ambiciosa en su alcance temporal: propone impedir que funcionarios y exfuncionarios de la última década ingresen a cualquier mecanismo de blanqueo o exteriorización de activos, extendiéndose hacia ocupantes de cargos en los tres poderes del Estado y en organismos de control, así como sus familiares directos.

El catalizador político: el caso Adorni

Aunque Salino evita mencionarlo de manera explícita en sus argumentaciones públicas, la chispa que encendió esta ofensiva legislativa tiene nombre y apellido: Manuel Adorni. El exjefe de Gabinete, quien actualmente enfrenta denuncias por presuntos actos de corrupción en sede judicial, se acogió junto a su esposa Bettina Angeletti a los beneficios del régimen simplificado. La situación generó un cortocircuito político: mientras el funcionario se beneficia de una ley que supuestamente busca traer divisas al país y formalizar la economía, carga sobre sus espaldas investigaciones por supuestos hechos ilícitos. Esta aparente contradicción —acogerse a un régimen de transparencia patrimonial mientras se investiga corrupción— se convirtió en munición política para la oposición, que argumenta que la norma está siendo capturada por quienes debieron ser sus últimos usuarios.

Desde la Cámara de Diputados llega otro movimiento coordinado, esta vez de la mano de Eduardo Valdés, legislador de Unión por la Patria. Su proyecto sigue la misma línea conceptual pero añade capas de sofisticación argumentativa. Valdés plantea que permitir que funcionarios de alta responsabilidad institucional se beneficien de mecanismos excepcionales de regularización patrimonial constituye una contradicción frontal con los principios de transparencia pública. Su fundamentación se apoya en dos pilares: primero, que los servidores públicos deben estar sometidos a estándares más rigurosos de rendición de cuentas; segundo, que la medida viola compromisos internacionales que la Argentina ha asumido en materia de prevención de corrupción y lavado de activos. La propuesta excluye funcionarios de los tres poderes, personas políticamente expuestas y sus familiares directos, argumentando una coherencia que debe mantener con la Ley de Ética Pública vigente.

La defensa oficial: justicia tributaria versus restricciones sospechosas

Del lado gubernamental, la respuesta no se hizo esperar. Adrián Ravier, vocero presidencial, defendió los cambios impulsados por el Ejecutivo caracterizándolos como un punto de inflexión en la relación entre el Estado y los contribuyentes. Según su óptica, la Ley de Inocencia Fiscal representa un acto de justicia para quienes fueron "víctimas de un sistema persecutorio" que los trataba como criminales potenciales. El lenguaje empleado por Ravier redefine el debate: no se trata de permitir que políticos blanqueen dinero cuestionable, sino de reconocer el derecho de cualquier ciudadano a no ser presumido culpable por querer regularizar sus ahorros. El funcionario además adelantó que el Gobierno considerará ajustes en la norma, aunque siempre "profundizando en el sendero de la ley" original.

Las modificaciones que contempla el Ejecutivo amplían sustancialmente el alcance de los beneficios. Luis Caputo, ministro de Economía, impulsó una reforma que busca eliminar topes de ingresos y patrimonio, flexibilizar criterios de "discrepancia significativa" y crear nuevas instancias de rectificación. El ministro señaló que los argentinos mantienen aproximadamente 170.000 millones de dólares fuera del circuito formal, cifra que la iniciativa gubernamental intenta reducir. Entre las medidas adicionales figuran límites al uso de presunciones por parte de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), nuevas reglas de bancarización y un plazo definido —31 de diciembre de 2027— para que cese el funcionamiento como blanqueo permanente. Los beneficios incluyen condonación de sanciones y acceso a mecanismos especiales de regularización para quienes cumplan determinadas condiciones.

La ingeniería técnica propuesta por el Gobierno responde a una lógica específica: reducir el miedo de los contribuyentes a enfrentar fiscalizaciones amplias sobre períodos anteriores una vez que ingresen al régimen. Es decir, se busca eliminar la paradoja perversa de que alguien tema regularizarse porque esa misma regularización podría convertirse en evidencia de incumplimientos pasados. Desde esta perspectiva, la norma no discriminaría por estatus político sino que trataría de manera equitativa a todos los contribuyentes bajo los mismos criterios técnicos y tributarios. El argumento oficial sugiere que excluir a funcionarios equivaldría a crear categorías de ciudadanos de primera y segunda clase frente a la ley tributaria, lo cual contravendría principios constitucionales de igualdad ante la ley.

Contexto legislativo y tensiones por delante

El escenario que se abre para agosto —cuando según los peronistas tendrá lugar "un fuerte debate" en las comisiones de ambas cámaras— no carece de complejidad política. La Argentina ha visto históricamente cómo los debates sobre regularizaciones patrimoniales se entrelazan con sospechas de enriquecimiento ilícito. Los blanqueos del pasado, desde distintos gobiernos, siempre generaron polémicas similares: la incertidumbre sobre si en realidad facilitaban la formalización económica o si simplemente permitían que recursos de origen cuestionable ingresaran al sistema con impunidad. Los números que menciona Caputo —más de 170.000 millones de dólares no registrados— sugieren un volumen de dinero que, de concretarse la adhesión, representaría un impacto macroeconómico significativo para una economía que históricamente lidia con la dolarización informal y la fuga de capitales.

Las implicancias de esta disputa trascienden lo meramente técnico. Si prospera la línea peronista de excluir a funcionarios, se estaría estableciendo un precedente: que existe una categoría especial de ciudadanos sometidos a restricciones más severas en razón de su posición institucional. Quienes defienden esta postura argumentarían que es una medida preventiva legítima; quienes la cuestionan dirían que genera desigualdad ante la ley. Si en cambio prevalece la visión oficial, el riesgo potencial que identifican los peronistas es que servidores públicos que enfrenten investigaciones por corrupción puedan utilizar la ley para regularizar patrimonio cuyo origen resulte posteriormente cuestionado. El dilema de fondo es clásico en teoría política: cómo construir marcos regulatorios que alienten la formalización económica sin crear canales de blanqueo para quienes tienen acceso a recursos públicos o cometen delitos.

La batalla legislativa que se aproxima no resolverá esta tensión de manera limpia. Ambas posiciones contienen argumentos con peso: la equidad tributaria por un lado, la integridad pública por el otro. Lo que está verdaderamente en juego es qué tipo de señal envía el Estado respecto de sus propias reglas y quiénes pueden eximirse de ellas. Cualquiera sea el resultado, las decisiones que tome el Congreso en las próximas semanas definirán no solo el alcance técnico de la Ley de Inocencia Fiscal, sino también los estándares de responsabilidad a los que se someterán quienes ocupen funciones públicas en el futuro, estableciendo precedentes que trascenderán este ciclo político específico.