El escenario político nacional vuelve a colocarse en territorio de negociaciones y rectificaciones estratégicas. A poco más de un año de la asunción de un gobierno que llegó con la promesa de ruptura total con la política tradicional, el espacio que durante años encarnó la modernización en los años noventa y ganó elecciones presidenciales vuelve a buscar tenderse puentes hacia quien antes se posicionaba como enemigo declarado. Pero ese reacercamiento entre dirigentes no significa que las estructuras partidarias compartan la misma lectura del presente. En el PRO, donde Mauricio Macri recuperó el timón de la negociación tras meses de distancia, conviven visiones radicalmente distintas sobre qué implica trabajar junto a La Libertad Avanza y hasta dónde debería llegar ese acuerdo. Las consecuencias de esta fractura interna podrían ser determinantes en cómo se configure el tablero electoral de 2025 y 2027.
El primer paso formal: diálogo sin certezas
La semana pasada se concretó lo que durante tiempo parecía improbable: una reunión oficial entre las dos principales fuerzas opositoras al peronismo en Casa Rosada. Cristian Ritondo y Fernando de Andreis, dos de los principales referentes de la estructura partidaria amarilla, fueron recibidos por Diego Santilli, Martín Menem y Eduardo Menem, en lo que se presentó como el inicio de un diálogo institucional. Según los registros de lo acontecido, el encuentro giró alrededor de cuestiones parlamentarias y de la necesidad de reconstruir un vínculo que quedó seriamente dañado durante los primeros meses de la gestión libertaria. No fue, entonces, una reunión dedicada a cerrar un acuerdo electoral, sino más bien a sondear el terreno y establecer un mecanismo de comunicación que funcione de manera regular, cada quince días.
Este diálogo institucionalizado representa un cambio respecto de la postura que Macri mantuviera hasta hace poco tiempo. Durante los primeros meses del Gobierno, el exmandatario había evidenciado públicamente sus críticas hacia las decisiones adoptadas desde el Ejecutivo, particularmente respecto de cuestiones relacionadas con la política económica y social. Sin embargo, la apertura de esta instancia formal sugiere que desde la conducción del PRO se optó por priorizar la reconstrucción de la relación por sobre las confrontaciones públicas. El propósito declarado es blindar los cambios implementados durante este ciclo político, lo que implica que el PRO buscaría alinearse en defensa de las grandes transformaciones de la política oficial, aunque sin renunciar a su capacidad de crítica en aspectos puntuales.
Sin embargo, aquellos cercanos a Macri aclararon con rapidez que el escepticismo permanece como un factor presente en las negociaciones. Los acumulados de tensiones durante estos meses no desaparecen por una sola reunión. La confianza, elemento fundamental en cualquier alianza duradera, sigue siendo frágil y requeriría tiempo para reconstruirse. Esto establece un escenario donde el diálogo existe, pero donde cada paso debe ser calculado con cuidado para evitar que nuevas fricciones terminen por profundizar las brechas existentes.
Candidaturas en disputa: la incógnita electoral
Aunque oficialmente no se han tomado definiciones sobre cómo se estructurarán las candidaturas para los próximos comicios, desde sectores cercanos a la conducción de Macri dejaron abierta la posibilidad de explorar fórmulas conjuntas, particularmente en la provincia de Buenos Aires, territorio de máxima relevancia electoral. Fernando de Andreis manifestó que una candidatura integrada entre el PRO y La Libertad Avanza es algo que podría analizarse con "generosidad, buena predisposición y creatividad". Desde esta perspectiva, la lógica electoral es transparente: evitar la fragmentación del voto opositor que permitiría al peronismo regresar a posiciones competitivas o incluso ganadoras.
Este razonamiento no es nuevo en la política argentina. La dispersión de fuerzas opositoras ha sido históricamente un factor que beneficia a la alternancia en el poder, en especial cuando la oposición se divide en múltiples candidaturas. Así, la búsqueda de acuerdos para conformar fórmulas unificadas responde a una lógica de supervivencia electoral que todas las fuerzas políticas comprenden. Sin embargo, la propuesta de un acuerdo en Buenos Aires, provincia que elige diputados nacionales y donde se define una buena parte de la correlación de fuerzas parlamentarias, toca un punto sensible para sectores del PRO que advierten sobre los riesgos de una subordinación al oficialismo libertario.
Las voces de resistencia dentro del amarillo
Mientras la dirección de Macri negocia en el más alto nivel, otros referentes del PRO expresan reservas claras sobre los términos de cualquier posible alianza. El gobernador de Chubut, Ignacio Torres, levantó una voz de alerta que resonó más allá de los círculos partidarios. Durante su participación en un foro de negocios, planteó con claridad que cualquier acuerdo político que tenga como único objetivo la derrota electoral de un rival carece de sentido y sustancia. Torres llevó su argumento más lejos: utilizó como ejemplo su propia experiencia en Chubut, donde gobierna un frente integrado por dirigentes de distintas tradiciones políticas, pero donde lo que mantiene cohesionada esa coalición es una agenda compartida de desarrollo económico y generación de empleo, no solamente la necesidad de ganar una elección.
La postura de Torres resulta particularmente relevante porque representa una perspectiva que cuestiona la lógica puramente electoral de las negociaciones. Su reclamo es que un eventual acuerdo entre el PRO y La Libertad Avanza debería ir más allá de la mera combinación de candidatos y estructuras de poder. Según su razonamiento, debería existir una plataforma común sobre objetivos de política pública, crecimiento económico, agregado de valor en los recursos nacionales y generación sostenida de empleo. En otras palabras, Torres plantea que los pactos políticos que carecen de un fundamento ideológico y programático tienden a ser frágiles y propensos a quebrarse apenas cambian las circunstancias electorales.
María Eugenia Vidal, exgobernadora de la provincia de Buenos Aires, también forma parte de ese grupo de dirigentes que históricamente ha mantenido reparos respecto de una integración total con el oficialismo libertario. Su posición es clara: el PRO debe competir electoralmente frente a La Libertad Avanza, preservando una identidad propia y una capacidad crítica que no se limite a acompañar todas las decisiones del Gobierno. Vidal ya había expresado públicamente su disconformidad cuando se sellara el primer acuerdo electoral entre ambas fuerzas hace unos meses. Su visión propone un esquema de apoyo selectivo: respaldar aquellas medidas que considere positivas, pero también poner límites y cuestionar políticas con las que no esté de acuerdo. Esta postura la diferencia claramente de quienes ven en la alianza un instrumento de supervivencia partidaria sin más consideraciones.
A estas críticas se suma la de Hernán Lacunza, exministro de Economía durante la presidencia de Mauricio Macri. En las últimas semanas, Lacunza ha blanqueado su intención de competir dentro del PRO con una propuesta electoral propia de cara a 2027. Su argumento es que una alianza demasiado cercana con el oficialismo libertario podría dejar sin espacio representativo a un electorado que se identifica con valores liberales y republicanos, pero que no necesariamente coincide en su totalidad con las políticas de Javier Milei. Esta lectura sugiere que existe un segmento de potenciales votantes que el PRO podría capturar si mantiene una identidad diferenciada frente al Gobierno.
La pregunta de fondo: alianza o absorción
El debate que se despliega en el interior del PRO no es meramente táctico sino que toca aspectos más profundos sobre qué es y qué debería representar el partido en la política nacional. Por un lado, la conducción de Macri parece optar por una estrategia de adaptación a la nueva realidad política, buscando conservar influencia a través de la negociación y el diálogo constante con el Gobierno. Por el otro, sectores como los representados por Torres, Vidal y Lacunza advierten que una subordinación excesiva al oficialismo podría erosionar la capacidad del PRO de funcionar como una fuerza política autónoma capaz de articular demandas y perspectivas distintas a las que encarna el Ejecutivo libertario.
Esta tensión no es nueva en la historia del PRO. Desde su fundación a principios de la década de 2000, el partido ha oscilado entre dos lógicas: la de ser una fuerza gobernante que articula amplias coaliciones y la de mantener una identidad diferenciada dentro de alianzas electorales más amplias. Durante el gobierno de Mauricio Macri entre 2015 y 2019, el PRO fue hegemónico dentro de la coalición Cambiemos, pero ello no impidió que otras fuerzas mantuvieran sus propias estructuras y liderazgos. Ahora, frente a un Gobierno que cuenta con su propio movimiento político con una identidad muy marcada, la pregunta que el PRO debe responderse es si buscará ser un socio dentro de una coalición más amplia o si permitirá que su identidad se diluya en un proyecto que no considera suyo.
Próximos pasos y escenarios posibles
Los encuentros que continuarán cada quince días entre representantes de ambas fuerzas tendrán como eje inicial las cuestiones legislativas. Esto sugiere que en una primera etapa, el PRO y La Libertad Avanza buscarán coordinar sus votos en el Congreso Nacional para asegurar la aprobación de proyectos legislativos del Gobierno. Una coordinación de este tipo podría ser beneficiosa para la estabilidad parlamentaria del oficialismo, particularmente en el Senado donde La Libertad Avanza no cuenta con mayoría propia. Simultáneamente, estas reuniones permitirán a los dirigentes de ambas fuerzas tomar el pulso del otro, detectar puntos de acuerdo genuino y aquellos donde las diferencias resulten insuperables.
La cuestión de las candidaturas seguirá siendo un punto de fricción interno dentro del PRO hasta que se tomen definiciones formales. De Andreis abrió la puerta a fórmulas conjuntas, pero ello no significa que todos los sectores del partido acepten ese camino. Torres, Vidal y Lacunza han dejado clara su voluntad de mantener espacios de autonomía política. Esto sugiere que es probable que veamos tanto acuerdos parciales como competencias internas dentro del PRO durante el ciclo electoral que se aproxima. En algunas jurisdicciones podría haber candidaturas conjuntas con La Libertad Avanza, mientras que en otras, dirigentes amarillos competirán de manera independiente o con otras fuerzas aliadas.
Lo que suceda en los próximos meses con la relación entre ambos espacios tendrá implicancias significativas para la estructura de poder político nacional. Si el PRO logra mantener su autonomía mientras colabora parlamentariamente con el Gobierno, podría posicionarse como una fuerza capaz de ofrecer una alternativa liberal pero menos radical que la que encarna La Libertad Avanza. Si, por el contrario, termina siendo absorbido por la lógica y la agenda oficialista, sus dirigentes perderían capacidad de veto sobre políticas públicas y su espacio como referente de un liberalismo más moderado se vería significativamente reducido. Las distintas posiciones que coexisten hoy dentro del partido amarillo reflejan precisamente esta incertidumbre sobre cuál será el resultado final de estas negociaciones y qué rol terminará jugando el PRO en el nuevo mapa político que se está configurando.


