Con la tranquilidad que da la experiencia de quien ha estado adentro del juego político, Emilio Monzó reaparece en escena como tejedor de alianzas. Hace apenas algunas semanas se presentó en los despachos de la gobernación platense para mantener un encuentro reservado con Axel Kicillof, donde le transmitió un mensaje directo: si pretende alcanzar la presidencia en 2027, necesita abandonar las posiciones más radicales de oposición al proyecto libertario y buscar seducir a ese segmento del electorado —aproximadamente un tercio— que rechaza tanto a Milei como al kirchnerismo. No conforme con ello, el extitular de la Cámara baja también se movió entre los pasillos del poder para auscultar la temperatura de Mauricio Macri, intentando medir cuánto malestar acumula el líder de Pro respecto a sus aliados del gobierno. Sin embargo, la jugada más ambiciosa de Monzó parece estar dirigida a otro lado: busca convencer al empresario y magnate bancario Jorge Brito de que encabece una candidatura desde un espacio de centro que escape tanto del oficialismo como de la izquierda kirchnerista.
En una charla extensa con este medio, Monzó plantea una visión política que busca romper con el vaivén que caracteriza a la política argentina en las últimas décadas. "Si pasamos de Milei a Kicillof estaríamos cometiendo el mismo error de siempre; necesitamos detener este movimiento pendular y encontrar estabilidad en el medio" es la síntesis de su propuesta. Esta idea emerge en un contexto donde la arena política se encuentra en plena transformación, con actores tradicionales buscando posicionarse y nuevas fuerzas intentando consolidarse. La propuesta de Monzó no es menor: implica reeditar el espacio de Juntos por el Cambio, pero con modificaciones sustanciales que incorporen elementos del peronismo no kirchnerista, un equilibrio que podría resultar atractivo para diversos sectores del electorado cansados de los extremos.
Las críticas sin filtro hacia el gobierno libertario
Cuando se le consulta sobre su evaluación del presente gobierno, Monzó no duda en confirmar lo que ya había expresado en los primeros meses de la gestión: Javier Milei llegó sin las herramientas necesarias para ejercer el cargo. Pero ahora, a casi dos años de aquel diagnóstico inicial, su preocupación ha escalado. El episodio de la expulsión de periodistas acreditados en Casa Rosada funcionó como catalizador de una inquietud más profunda sobre el rumbo que está tomando el Presidente. "La conducta del mandatario no ha mostrado cambios significativos y mis dudas respecto a su temperamento se mantienen firmes", sostiene. Su recomendación es contundente: si Milei desea reducir el riesgo país, tendría que modular su comportamiento y, lo más importante, remover del cargo a Manuel Adorni, quien se ha convertido en una piedra en el zapato del gobierno.
El funcionario que responde como jefe de Gabinete ha sido el protagonista de una crisis que lleva más de cuarenta días sin resolución, consumiendo recursos políticos y generando turbulencia constante en la gestión. Según Monzó, el gobierno no comete errores en materia de políticas económicas o cambios estructurales, sino en el ejercicio cotidiano del poder. Lo que observa es una violencia verbal permanente como estrategia comunicacional, cuando precisamente lo que la sociedad requiere es un puente de diálogo. Además, identifica un patrón preocupante: cada semana hay un funcionario que sale despedido, hay inconsistencias en la ejecución de la gestión, y todo ello genera dudas en el mercado sobre la estabilidad institucional del proyecto. La comunicación oficial, en lugar de tender consensos, profundiza divisiones.
Las internas del oficialismo como síntoma de debilidad política
Lo que resulta paradójico, según el análisis de Monzó, es que en un contexto donde la oposición no representa una amenaza electoral inmediata, es dentro del propio oficialismo donde surgen los conflictos más visibles. Esta dinámica es comprensible desde la lógica política tradicional: cuando no hay un adversario que presione desde afuera, los actores internos comienzan a disputar espacios y visiones. Sin embargo, allí reside el peligro real para el gobierno libertario. La ciudadanía ha otorgado un margen de confianza generoso a Milei, ha realizado un esfuerzo significativo para desapegarse del modelo anterior y aceptar políticas disruptivas. Ese capital político no es infinito. Si las internas del gobierno continúan exponiéndose públicamente, si los errores se acumulan sin reflexión ni corrección, existe el riesgo de que la erosión electoral se vuelva irreversible. Monzó advierte que la licencia que le da el electorado puede volatilizarse rápidamente si el gobierno persiste en esta lógica.
El exdiputado hace referencia a un concepto que toma prestado de la antigüedad griega: el "hybris", ese exceso de soberbia que los antiguos griegos veían como precursor de la caída. Aplicado al presente, sugiere que Milei está actuando como si el poder no tuviera límites, como si las reglas democráticas no le aplicaran. Esta actitud se expresó de manera clara en la negación sistemática de cualquier error, transformando la falta de autocrítica en una supuesta virtud. Cuando Monzó analiza la posibilidad de que Milei asista al Congreso para defender o respaldar a Adorni, ve precisamente esto: un acto de negación obstinada que en lugar de fortalecer debilita la percepción de liderazgo. "Un presidente que va a blindar un error en lugar de corregirlo genera desconfianza en los inversores, afecta la previsibilidad y socava la separación de poderes que los mercados exigen", razona.
El diagnóstico sobre la reforma electoral y sus verdaderos objetivos
Al indagarse sobre la iniciativa de reforma electoral que el gobierno envió al Congreso, Monzó despliega un análisis que no deja espacio para ambigüedades. El proyecto tiene un único propósito real, más allá de los argumentos públicos sobre ahorro de recursos o modernización democrática: permitir que Milei gane en primera vuelta sin necesidad de ballotage. Esta lectura contrasta con lo que el propio gobierno argumenta en sus comunicaciones oficiales, pero es consistente con la matemática política. El gobierno sabe que no puede ganar un ballotage en 2027, razón por la cual diseña una ingeniería electoral que evite precisamente eso. Monzó ya vio este filme antes: Sergio Massa intentó lo mismo en 2023 con un arreglo similar, pero la estrategia no le rindió los resultados esperados.
La eliminación de las primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO) no es solamente un cambio administrativo, sino una decisión que afecta la capacidad de la oposición para construir alternativas amplias y competitivas. Monzó reconoce que él mismo presentó proyectos para modificar la obligatoriedad de estas primarias, pero propuestas mucho más sofisticadas. No obstante, evita entrar en discusiones técnicas porque la realidad política es transparente: el gobierno tiene un único objetivo concreto. La pregunta que queda flotando es si Milei conseguirá los votos en el Congreso para aprobar esta reforma, algo que dependerá fundamentalmente de la disposición que demuestren los gobernadores. Lo que está claro es que la negociación en torno a esto será uno de los ejes del juego político en los próximos meses, donde Monzó probablemente seguirá moviendo fichas desde su posición de armador de coaliciones.
La proyección que hace Monzó para el ciclo electoral que se abre contiene un diagnóstico sobre la política argentina: existe un cansancio con los extremos, una búsqueda de centros donde poder anclar opciones más moderadas y estables. Su apuesta por reeditar Juntos por el Cambio con un "tinte peronista" y su intención de llevar a Brito como candidato responden precisamente a esa lectura. Si logra convencer a los actores políticos de que existe una tercera vía entre el libertarianismo de Milei y el kirchnerismo de Kicillof, podría estar armando la sorpresa electoral del 2027. De todas formas, el escenario sigue siendo fluido, y todo dependerá de cómo evolucione el desgaste político del gobierno actual en los próximos meses.


