La encrucijada del peronismo: de oposición a alternativa real
A casi dos años de que el peronismo perdiera la presidencia frente a Javier Milei, emergen voces dentro del movimiento que reclaman un cambio de enfoque estratégico. No se trata simplemente de ajustar tácticas electorales o reposicionar figuras políticas, sino de replantear desde cero cómo el peronismo puede convertirse nuevamente en una propuesta de gobierno viable. Juan Manuel Olmos, presidente de la Auditoría General de la Nación (AGN) y dirigente influyente del peronismo porteño, ha asumido la responsabilidad de encabezar esta reflexión crítica. Su convocatoria a un debate profundo antes de cualquier definición de candidaturas marca un quiebre con la práctica política reciente del movimiento, donde las disputas de poder frecuentemente eclipsaron la construcción ideológica. Este llamado a la autocrítica y a la formulación de un programa integral representa, en el contexto actual, un intento por evitar repetir los errores que caracterizaron la gestión anterior.
Lo que distingue la propuesta de Olmos es su énfasis temporal: sostiene que ahora es el momento para hablar de ideas, no de nombres. Esta postura contrasta con la realidad política argentina, donde típicamente la lógica se invierte y los nombres determinan las ideas. Olmos subraya que el peronismo necesita transitar un camino diferente al del 2019, cuando se conformó el Frente de Todos fundamentalmente como una estructura "anti Macri" sin que existiera claridad respecto de cómo gobernaría. Esa experiencia, según su análisis, dejó al descubierto una brecha crítica: mientras que todas las fuerzas peronistas se unieron para derrotar a Cambiemos, carecían de consensos sobre las políticas concretas que implementarían una vez en el poder. El resultado fue una gestión fragmentada que amplificó las contradicciones internas del movimiento.
El debate programático como metodología política
Para evitar que esos errores se repitan, Olmos ha promovido la presentación de un documento con cuatro ejes temáticos que deberían estructurar la conversación interna del peronismo: orden macroeconómico vinculado a la producción y el empleo; cuestiones sociales; orden institucional; y dimensión federal. El énfasis en estos pilares no es casual. Revela una preocupación por establecer un marco de discusión que trascienda las lealtades personales y se ancle en problemas concretos que enfrenta la sociedad argentina. Cada eje representa un desafío político específico que el peronismo tendrá que resolver cuando vuelva a gobernar, si es que logra retomar la presidencia.
El eje macroeconómico merece especial atención, ya que toca un punto particularmente sensible para la imagen pública del peronismo. Existe una percepción generalizada de que el movimiento es refractario a las disciplinas fiscales, una creencia alimentada por la inflación que alcanzó niveles extraordinarios durante el gobierno de Alberto Fernández. Olmos se propone desmontar esa narrativa señalando que no existe incompatibilidad entre peronismo y equilibrio de cuentas públicas. Su argumento se apoya en datos históricos: durante los gobiernos de Néstor Kirchner y el primer mandato de Cristina Kirchner, la Argentina experimentó más de tres años consecutivos de superávits gemelos —tanto fiscal como comercial— mientras crecía económicamente e incluía a amplios sectores de la población. Olmos reconoce que esos años se beneficiaron de precios internacionales elevados para los commodities agropecuarios, pero contraargumenta que hoy el país dispone de motores alternativos: minería, gas y petróleo representan oportunidades adicionales para generar divisas y financiar un modelo de desarrollo.
Lo interesante de esta postura es que Olmos no rechaza la realidad de los condicionantes externos. En cambio, reencuadra la cuestión: el orden macroeconómico no debe entenderse como austeridad sin fin ni como una "paz de los cementerios" —su expresión para describir el enfoque del actual gobierno—, sino como la capacidad de un Estado para producir, emplear y crear oportunidades. Orden social mediante orden económico: esa es la fórmula que propone. Es decir, que las cuentas públicas equilibradas no son un fin en sí mismo sino un medio para financiar políticas de empleo, educación y protección social sin transferir la carga hacia los sectores más vulnerables mediante recortes en jubilaciones o represión de protestas.
Las primarias como método de legitimidad y de construcción
Un elemento central en la propuesta de Olmos es la reivindicación de las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) como herramienta para dirimir candidaturas y validar programas. Este planteo adquiere especial relevancia porque el gobierno de Milei suspendió las primarias desde que asumió, argumentando razones presupuestarias. Para Olmos, esta suspensión representa un retroceso democrático que el peronismo debería cuestionar públicamente. Pero más allá de la crítica al oficialismo, Olmos ve en las PASO un mecanismo de autodisciplina para el movimiento: obligar a que el programa y el candidato sean legitimados por votación de los afiliados y simpatizantes evita que el peronismo se vea nuevamente atravesado por conflictos no resueltos, donde fracciones internas compiten sin que exista un método claro de selección.
Este énfasis en la metodología es particularmente importante porque refleja una preocupación por la fragmentación que ha caracterizado al peronismo en años recientes. Olmos advierte que cuando no existe un método claro para dirimir disputas internas, proliferan los "desmembramientos", es decir, que dirigentes se retiran del espacio o compiten por fuera de él. Su propuesta implícita es que las PASO funcionarían como un cauce institucionalizado que mantendría a todos dentro del mismo movimiento, evitando diseminaciones que debiliten la capacidad electoral del peronismo. Históricamente, este ha sido uno de los principales problemas del movimiento: su tendencia a fraccionarse en momento de crisis, con líderes que toman caminos propios cuando sienten que sus visiones no son reconocidas.
El rol de Cristina: ineludible pero no excluyente
Toda discusión sobre el futuro del peronismo inevitablemente conduce a la figura de Cristina Fernández de Kirchner. Olmos enfrenta esta cuestión directamente pero con matices. Sostiene que su figura es "ineludible" para cualquier debate serio sobre la reorganización del movimiento, fundamentalmente por su caudal político y por las lecciones que su gestión ofrece. Sin embargo, añade un pero crucial: su presencia no debería ser excluyente, es decir, no debería determinar todas las decisiones. Esta distinción es crucial. Olmos reconoce dos "condicionantes fuertes" que rodean a Cristina en el presente: su condena judicial y el cambio en su liderazgo dentro del kirchnerismo.
Respecto de la condena, Olmos emite un juicio político contundente. Describe la sentencia como una "condena política" porque su efecto inmediato es la inhabilitación para ejercer cargos públicos de por vida. Su razonamiento incluye una observación sobre los tiempos procesales: mientras que la causa contra Carlos Menem tardó años en resolverse en la Corte Suprema, la causa de Cristina fue resuelta en cuestión de semanas. Olmos infiere de esto un propósito deliberado de obstruir su candidatura y debilitar su proyecto político. Aunque no lo explicita con palabras de mayor dureza, la insinuación es que el proceso judicial fue instrumentalizado. Esta evaluación marca un posicionamiento claro del dirigente: reconoce restricciones legales concretas, pero no las acepta como inevitables o justas.
El segundo condicionante que Olmos identifica es quizás más significativo para el futuro político del peronismo: el liderazgo de Cristina dentro del kirchnerismo ya no es indiscutido. Axel Kicillof, gobernador de Buenos Aires, ha consolidado su propio espacio político llamado "Movimiento Derecho al Futuro", lo que implica que existe una disputa de poder dentro de lo que antes era un espacio monolíticamente dominado por Cristina. Olmos sugiere que esta fragmentación reduce la capacidad de Cristina de imponer una dirección única sobre el peronismo. Así, su argumento llega a una conclusión paradójica: justamente porque Cristina es una figura central en la historia del movimiento y porque sus ideas siguen siendo relevantes, debe participar en el debate interno; pero el hecho de que su liderazgo ya no sea tan concentrado abre espacio para que otras voces ganen peso en las decisiones futuras.
Olmos incluso sugiere que Cristina estaría abierta a replantear algunas de sus posiciones históricas. Infiere esto a partir de cartas recientes en las que ella ha reflexionado sobre la necesidad de "repensar la estatalidad, la educación, los sistemas de salud". Si bien no pretende hablar por Cristina, su lectura de estos textos sugiere cierta disposición a evolucionar en sus posiciones, a no aferrarse dogmáticamente a interpretaciones que dieron buenos resultados en el pasado pero que podrían necesitar adaptación en nuevas circunstancias.
Convergencias y articulaciones dentro de la oposición
Olmos menciona que su convocatoria al debate incluye diálogos con otros dirigentes del peronismo y de espacios cercanos, como Miguel Pichetto y Emilio Monzó, que también plantean la necesidad de construir un programa antes que un candidato. Esta convergencia sugiere que no se trata de una iniciativa aislada de un sector, sino de una tendencia que va adquiriendo peso dentro de la oposición peronista. El objetivo declarado es ampliar la base de participación en estos debates para que no sean monopolio de Buenos Aires, sino que incluyan voces del interior del país.
En el análisis de Olmos sobre la última elección presidencial, hay una observación reveladora: la gente votó más por el espacio político que por los candidatos individuales. En Buenos Aires, La Libertad Avanza ganó no necesariamente porque José Luis Espert fuera particularmente atractivo sino porque fue percibido como parte del proyecto de Milei. De manera simétrica, el electorado reconoció al peronismo como el polo opositor. Las terceras fuerzas, por su parte, no "cuajaron", es decir, no lograron consolidarse como alternativa. Olmos extrae de esto una conclusión táctica: es fundamental armar un frente amplio peronista, pero ese frente solo será competitivo si ofrece algo más que negación del gobierno; debe presentarse como una alternativa con contenido programático propio.
La incertidumbre sobre Milei y la necesidad de construir desde la oposición
Cuando se le pregunta si el gobierno de Milei está en condiciones de asegurar su reelección en 2027, Olmos ofrece un diagnóstico matizado. Observa que el presidente comenzó su gestión con ventajas: había aprobado la reforma laboral y parecía tener carta blanca. Sin embargo, unos meses después enfrenta dificultades institucionales internas —incluso discute si mantener o cambiar a su jefe de gabinete— mientras la economía real se contrae. Olmos rechaza tanto el derrotismo como el triunfalismo: no da al gobierno por ganador ni por perdedor con tanta anticipación. Pero aún más importante que especular sobre el destino de Milei es que el peronismo construya una alternativa creíble. Sin eso, la reelección del presidente podría suceder no porque sea especialmente popular sino porque la oposición carezca de propuesta atractiva.
Este punto revela la lógica estratégica de Olmos: independientemente de cómo evolucione el gobierno de Milei, el peronismo está en deuda con la sociedad de presentar un proyecto viable. La urgencia no viene de la debilidad del gobierno sino de la obligación política de ofrecer una alternativa seria. En cierto sentido, Olmos sugiere que el peronismo debe actuar como si los próximos dieciocho meses fueran su única ventana para demostrar que puede pensar más allá de la confrontación electoral inmediata y construir un modelo de país con capacidad de resolver problemas concretos.
Las implicancias de esta propuesta de Olmos son múltiples. Si el peronismo lograra consolidar un debate interno genuino y derivarlo en un programa consensuado, alteraría significativamente el panorama electoral. Por el contrario, si el movimiento continúa fragmentado, con negociaciones de poder a espaldas de sus bases, la probabilidad de que presente candidatos débiles o poco legitimados se incrementaría considerablemente. La sociedad argentina, polarizada y cansada de conflictividad, estaría en condiciones de evaluar dos propuestas: la continuidad de Milei o una alternativa peronista que demostrara haber resuelto sus propias contradicciones. Cuál de esos escenarios termine por concretarse dependerá menos de factores externos —precios de commodities, flujo de divisas, contexto internacional— que de decisiones internas que debe tomar el movimiento en los próximos meses.

