La maquinaria peronista se tambalea bajo el peso de sus propias contradicciones. A poco más de dos años del retorno electoral que podría llevar nuevamente al poder a la principal fuerza política argentina, tres conflictos de difícil resolución amenazan con convertir el regreso en una empresa condenada al fracaso. El partido que gobernó Buenos Aires durante décadas, que consolidó su hegemonía territorial mediante una red de intendentes prácticamente inquebrantable, hoy se debate entre los egos de sus líderes, las ambiciones cruzadas y las decisiones procedimentales que podrían redefinar su estructura de poder. El escenario es más complejo porque sucede en momentos donde la debilidad no tiene antecedentes desde la recuperación de la democracia en 1983.

El silencio que habla más que mil palabras

Nadie discute que existe una fractura profunda entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof. Lo sorprendente es que esa brecha, lejos de cerrarse, parece ampliarse con el paso de los meses. La expresidenta se encuentra bajo prisión domiciliaria en su departamento de San José 1111, donde cumple una condena que la mantiene fuera de circulación. Su estrategia actual combina la campaña "Cristina libre" con actos simbólicos desde su balcón, gestos que mantienen su nombre en la agenda mientras espera definiciones judiciales. Sin embargo, esa reclusión no la ha vuelto más flexible ni dispuesta a ceder espacios políticos. Por el contrario, sus mensajes internos resultan claros: cuando dirigentes cercanos sugirieron a principios de 2024 que debía retirarse para permitir una renovación genuina, su respuesta fue lapidaria. "No se hagan ilusiones", deslizó en conversaciones privadas. El kirchnerismo no está dispuesto a desaparecer del mapa.

Del otro lado, Kicillof mantiene una postura que combina cierta distancia cautelosa con una negativa implícita a reconciliarse prematuramente. El gobernador bonaerense argumenta que cualquier encuentro formal con Kirchner debe posponerse hasta marzo de 2027, justamente días antes de las elecciones presidenciales. Su explicación resulta reveladora: desea evitar una "paritaria", término que en la jerga política peronista significa rondas de negociación donde uno debe hacer concesiones al otro. Kicillof parece calculador: espera llegar a ese encuentro con mayor fortaleza, eventualmente como candidato presidencial ya definido, en lugar de hacerlo ahora cuando podría ser presionado para pactar apoyos. Esta estrategia dilatoria genera una incómoda convivencia donde ambos líderes se necesitan electoralmente pero se rechazan políticamente. Hay un detalle que ilustra bien la temperatura de la relación: intendentes aliados al gobernador le piden constantemente que visite a Kirchner, que selle públicamente la unidad. Kicillof esquiva, posterga, busca excusas. La vieja patronazgo que unía a ambos se ha transformado en una relación de desconfianza mutua.

Lo paradójico es que, según análisis especializados de opinión pública, el electorado peronista percibe a ambos como figuras indisolublemente ligadas. El politólogo Mario Riorda advirtió sobre esta contradicción: la imagen de Kirchner y Kicillof es "indisociable" en el campo de afinidad política, aunque ambos intenten diferenciarse. Esto genera un dilema sin salida fácil. Cualquier intento del gobernador por mostrarse como una renovación que supera al kirchnerismo enfrenta un problema de credibilidad electoral. Los votantes los ven como parte del mismo espacio. Al mismo tiempo, no puede permitirse estar completamente subordinado a Cristina porque carece de los votos suficientes para serlo. Es un equilibrio de cuerda floja donde una caída en cualquier dirección resulta catastrófica.

Massa: el hombre que no termina de decidir

Sergio Massa ha optado por una estrategia radicalmente distinta a la de sus colegas. El exministro de Economía bajo la presidencia anterior, derrotado en las elecciones de 2023 frente a Javier Milei, ha asumido un perfil prácticamente invisible en lo público. Mientras el debate político se calienta, mientras otros líderes opositores salen a confrontar al gobierno libertario, Massa se dedica a lo que él mismo describe como "armado puertas adentro". La frase que usa para explicarse es tan elocuente como engañosa: "soy una especie de cura párroco del peronismo". En otras palabras, él es el que habla con todos, el confesor, el intermediario. Lo cierto es que mantiene encuentros constantes con dirigentes políticos de diversas tendencias. Recientemente se filtró un encuentro con el intendente de Roque Pérez, Maximiliano Casciani, en sus oficinas de Retiro. Pero esos encuentros no se reducen al peronismo: desfilan por allí dirigentes no peronistas, explorando posibles alianzas o simplemente acumulando información política.

Su propósito declarado es diferente del que sus críticos le atribuyen. Massa argumenta que está enfocado en la construcción de consensos internos, en mantener vivos los canales de comunicación entre sectores que de otra manera se enfrentarían. Sin embargo, sus silencios resultan tan ensordecedores como sus discursos. Cuando se le pregunta sobre sus planes presidenciales, el tigrense remite al pasado. "Miren las tapas de los diarios de mayo o junio del 2022", suele decir. El punto es válido: el escenario político puede cambiar radicalmente en meses. Dos años separan esa fecha de hoy, pero la fragili­dad del argumento también es evidente. Massa parece estar apostando a que las circunstancias lo coloquen en una posición ventajosa, casi sin que él tenga que hacer nada. Pero esa pasividad relativa contrasta con lo que otros interpretan como cálculo político: Massa sabe que cualquier movimiento ahora podría alinearlo más cerca de Kirchner o de Kicillof, quedando atrapado en sus conflictos. Prefiere mantener opciones abiertas. Incluso sus explicaciones sobre por qué la política no será central en la agenda pública resultan curiosas: sostiene que "hasta después del mundial" no habrá espacio para debates políticos serios. Una forma elegante de decir: espera, que todavía no es el momento.

El Frente Renovador, la estructura política que Massa controla, existe en una dimensión paralela. El exministro no descarta alianzas con sectores peronistas federales ni con figuras libertarias de provincia como Miguel Pichetto. Actúa simultáneamente en múltiples frentes, como si estuviera esperando a que el escenario se defina para elegir cuál es la posición más conveniente. Cuando encuestadores lo confrontan con datos que muestran que el electorado critica que la oposición "no le pone el cuerpo" a la confrontación con Milei, Massa reacciona visiblemente incómodo. "Ya me cansé de ese tipo de cuestionamientos", murmura. Pero no cambia de estrategia. La pregunta que nadie responde es qué hará Massa cuando ya no pueda postergar la decisión.

La reelección indefinida: el acertijo que puede fracturar todo

Existe un tercer conflicto que es, quizá, más técnico pero potencialmente más destructivo que los anteriores. Se trata de la restauración de la reelección indefinida para los intendentes bonaerenses. Este punto refleja una pugna de poder que va más allá de los personalismos. Los intendentes, especialmente aquellos con fuerte arraigo territorial, constituyen la base material del peronismo. Son ellos quienes controlan recursos, hacen obra pública, distribuyen planes sociales, construyen legitimidad local. En 2023, cuando el peronismo enfrentaba la pérdida de la presidencia, tuvo una reacción instintiva: retener Buenos Aires. Lo logró. Kicillof ganó la gobernación con un margen que permitió mantener viva la esperanza de recuperación política. Pero esa retención tiene un precio presente: los intendentes que lo ayudaron a ganar ahora quieren garantías de perpetuidad.

Hace pocas semanas, Kicillof recibió en su despacho de La Plata a un grupo de intendentes de peso: Jorge Ferraresi (Avellaneda), Julio Alak (La Plata) y Fernando Espinoza (La Matanza). También asistieron el ministro Gabriel Katopodis y el diputado Mariano Cascallares, dos jefes políticos de territorios clave. La reunión fue áspera. Según fuentes, los intendentes presionaron duramente al gobernador para que se defina sobre dos cuestiones específicas: la reelección indefinida y el desdoblamiento electoral en 2027. Ambas decisiones tienen implicaciones políticas tremendas. Sin la reelección indefinida, los intendentes actuales podrían perder poder en el corto plazo, lo cual afectaría su capacidad de negociación con el gobernador. Sin el desdoblamiento, sus elecciones locales quedarían atadas a la electoral nacional, lo que significaría que si la fórmula presidencial peronista pierden, arrastrarían consigo a los jefes locales.

Kicillof enfrenta un dilema de proporciones considerables. Tiene dos caminos técnicos: enviar un proyecto de ley a la Legislatura bonaerense, lo que implicaría hacerse cargo públicamente del costo político de restaurar la reelección indefinida en un contexto donde la sociedad critica los "privilegios" políticos; o impulsar una estrategia judicial, canalizando el tema a través de la Suprema Corte bonaerense, cuyos integrantes son Sergio Torres, Hilda Kohan y Daniel Soria. Fuentes bien informadas sugieren que ya hubo sondeos hacia los magistrados. El riesgo es que el tema terminar siendo elevado a la Corte nacional, donde las variables son aún más inciertas. Para el peronismo, la reelección indefinida es vital. Sin ella, pierden uno de los pocos activos políticos que conservan: la capacidad de los intendentes de permanecer en el poder, garantizando recursos locales y máquinas electorales. Con la reelección indefinida restaurada, el partido tendría más posibilidades de retener territorios incluso si pierde las elecciones presidenciales.

La familia disfuncional que no puede divorciarse

Lo más sorprendente de toda esta trama es que Kirchner, Kicillof y Massa son completamente conscientes de las dinámicas en juego. Se conocen demasiado bien, han compartido poder, conflictos, traiciones. Saben que, muy probablemente, volverán a depender unos de otros. El cálculo es brutal: ninguno puede permitirse que el otro gane sin su participación, y ninguno quiere estar sometido al otro. Es una dinámica de juego suma-cero donde todos pierden si no negocian, pero todos corren riesgos si lo hacen. Hay una anécdota que circula en los pasillos del poder que resume bien la situación. Massa, con su ironía característica, bromeaba con integrantes del sector kirchnerista diciendo "Yo no pago divorcio ajeno", refiriéndose a que no asumía responsabilidad por los conflictos entre Cristina y Kicillof. Un día alguien le respondió: "Y nosotros no pagamos infidelidades", una referencia velada a su propia traición, cuando apoyó en 2023 una candidatura propia en lugar de respaldar la continuidad kirchnerista. La tensión entre ellos es tan evidente que recurren al humor para disimularla. Pero como dice otro dicho de la política argentina: "juegan al fleje, pero no la tiran afuera". Es decir, se mantienen unidos a través de las rupturas.

Lo irónico es que el peronismo enfrentó años de hegemonía donde podía darse el lujo de estos conflictos internos porque ganaba igual. En 2003, cuando Néstor Kirchner llegó a la presidencia con apenas el 22% de los votos, el peronismo era tan mayoría que podía sobrevivir sus propias contradicciones. Veinte años después, esa mayoría ya no existe. El país se reconfiguró electoralmente. Milei irrumpió capturando votos de descontento que el peronismo consideraba suyos. Los libertarios tienen una cohesión que el peronismo ha perdido. En ese nuevo escenario, los lujos internos se transforman en lujos que el partido no puede permitirse.

Lo que viene: escenarios abiertos

El futuro próximo del peronismo será determinado por cómo se resuelvan estos tres nudos. Si Kirchner y Kicillof permanecen distanciados hasta marzo de 2027, el riesgo es que enfrentarse en primarias internas, dispersando votos. Si Massa consigue mantener su equilibrio hasta el final, podría emergerse como candidato de compromiso, aunque con pocas chances reales de ganar. Si la reelección indefinida se restaura por la vía judicial, podría generar un rechazo social que debilite la campaña presidencial peronista. Si no se restaura, los intendentes podrían desertar antes de las elecciones. Ninguno de estos escenarios es particularmente favorable. Lo que sí está claro es que la capacidad de gestión de estos conflictos determinará si el peronismo regresa a la presidencia o si consolida una era de gobiernos alternativos. El partido tiene hasta 2027 para desatar estos nudos. Mientras tanto, el gobierno libertario consolida su espacio político, su coalición se redefine, y la sociedad se acostumbra a nuevas dinámicas. El tiempo, en política, es un recurso escaso. Y el peronismo ya ha gastado bastante del suyo.