La elección de Robert Prevost como Papa León XIV representa uno de esos giros que la historia eclesiástica reserva para sus momentos más significativos. No se trata simplemente de que un argentino más ocupe la Cátedra de San Pedro —ya lo hizo Jorge Bergoglio—, sino de que alguien cuya biografía parece haber sido redactada a partir de los párrafos más exigentes de las encíclicas de Francisco ahora deba gobernar la institución más antigua de Occidente. Esta asunción genera interrogantes profundos sobre continuidad institucional, sobre el rumbo que tomará una Iglesia que necesita reconciliarse con sus fieles, y sobre la capacidad de traducir ideales doctrinarios en decisiones concretas desde el epicentro del poder católico mundial.

Cuatro décadas de fraternidad: de los claustros romanos al pontificado

La relación entre Bochatey y Prevost no nació en antesalas vaticanas ni en conclaves, sino en los pasillos grises de una comunidad religiosa romana durante los años ochenta. Ambos eran entonces sacerdotes jóvenes dentro de la Orden de San Agustín, dedicados al estudio riguroso: uno profundizaba en derecho canónico mientras el otro se sumergía en las complejidades de la teología moral. Esa convivencia monástica, lejos de los focos, tejió una amistad que resistiría décadas de separaciones geográficas, cambios de responsabilidades y, ahora, la distancia que impone una tiara.

Lo que distingue este vínculo es su carácter dual. Para Bochatey, quien actualmente es obispo auxiliar de La Plata, existe una tensión productiva entre dos identidades de su amigo. Como jerarquía eclesiástica, Prevost se convierte en León XIV, su Santidad. Pero como hermano en la comunidad religiosa agustiniana, permanece siendo Roberto, el compañero de claustro de hace cuatro décadas. Cuando le escribo, confiesa Bochatey con cierta intimidad, pongo los dos nombres: querido León, querido Roberto. Esa fórmula dual no es un capricho nostálgico, sino el reflejo de dos realidades que conviven incómodamente en una sola persona.

Los caminos de ambos se entrecruzaron múltiples veces a lo largo de sus carreras religiosas. Tras dejar Italia, Prevost viajó hacia Chulucanas, en las montañas peruanas, como misionero voluntario. Bochatey regresó a Buenos Aires. Sin embargo, ambos integraban la Organización de los Agustinos de América Latina y el Caribe, lo que les permitió reencontrarse en congresos, retiros, comisiones y encuentros regionales. Compartían documentos, preparaban estrategias pastorales, debatían sobre el futuro de sus comunidades. Eran, en suma, colegas de lucha dentro de una estructura internacional que exigía coordinación permanente.

Del generalato agustiniano al Vaticano: la ascensión de un misionero

En septiembre de 2001, Prevost fue designado superior general de los agustinos, posición que ocuparía durante doce años —dos mandatos consecutivos de seis años—. Este fue el punto de inflexión que llevaría su trayectoria desde las periferias hacia los centros de poder eclesiástico. Desde Roma, en su rol de máxima autoridad de la orden, continuó realizando visitas canónicas por todo el mundo, recorriendo África, Asia, América y Europa. Viajó a la India, China, Laos, Vietnam. Su visión de la Iglesia se amplió exponencialmente. Durante uno de esos viajes apostólicos visitó la Argentina en múltiples ocasiones, incluyendo la consagración episcopal de Bochatey en marzo de 2013, un acontecimiento que ocurrió días antes de que Jorge Bergoglio fuera elegido pontífice.

Lo interesante de esa cronología es que Bochatey, al rezar por la elección papal de 2013, pedía un Papa al que pudiera conocer personalmente, con quien pudiera entenderse. No pedía tanto, recuerda con humor. Y la providencia le concedió a Jorge Bergoglio. Años después, cuando Bergoglio falleció y fue elegido Prevost, Bochatey experimentó algo extraordinario: nuevamente tenía un Papa que lo conocía por nombre y apellido, que compartía su historia monástica, que había caminado por las mismas comunidades religiosas. Pero esta vez no era una sorpresa inesperada, sino una continuidad casi providencial.

Antes de su elección pontificia, Prevost transitó varios cargos estratégicos dentro de la estructura vaticana. En 2015, Francisco lo nombró obispo de Chiclayo, diócesis peruana donde enfrentaría desafíos pastorales complejos. Poco tiempo después, en 2020, fue designado también administrador apostólico de la diócesis de El Callao, que atravesaba una crisis interna profunda generada por tensiones clericales y pastorales. La capacidad de Prevost para resolver estos conflictos no pasó desapercibida para Francisco. De hecho, cuando el pontífice lo colocó en Chiclayo, le dijo a Bochatey con una seriedad poco frecuente: "Ese hombre es una reserva moral de la Iglesia". Después lo trasladó al Vaticano, lo puso al frente del Dicasterio para los obispos y lo elevó a la dignidad cardenalicia. Cada paso respondía a una lógica clara: colocar a alguien de confianza moral en posiciones donde las decisiones importan.

La encarnación viviente del programa de Francisco

Lo que Bochatey destaca con particular énfasis es algo que podría parecer paradójico: la vida de Prevost no describe verbalmente el proyecto de Iglesia que Francisco articuló en sus encíclicas, homilías y documentos oficiales, sino que lo vive. Francisco, en sus escritos públicos, delineó el perfil de una Iglesia pobre para los pobres, en salida, misionera, que pise el barro. Cuando uno observa la trayectoria de Prevost, señala Bochatey, descubre que él no lo escribió, pero lo hizo. Eso constituye un dato teológico relevante: existe una consonancia absoluta entre la praxis de vida de quien ahora ocupa el pontificado y el programa doctrinal que dejó Francisco.

Esta alineación no es circunstancial. Prevost, en determinado momento de su carrera religiosa, optó por abandonar la comodidad relativa de la vida institucional en Roma para regresar como misionero a Perú. Fue obispo en Chiclayo, diócesis sin agua corriente en varias zonas, sin infraestructuras modernas, con poblaciones abandonadas por décadas. Enfrentó crisis de abuso sexual en el contexto del caso del Sodalicio de Vida Cristiana, donde actuó en defensa de las víctimas con claridad y firmeza. Todo ello responde a un proyecto de vida religiosa que antecede a cualquier decisión administrativa o política. No es que Prevost haya decidido ser "progresista" para agradar a superiores; es que sus decisiones concretas revelan un compromiso con los márgenes de la sociedad que precede a cualquier cálculo eclesiástico.

El perfil humano de un pontífice reflexivo

Bochatey, al describirlo, rehúye los lugares comunes que suelen rodear a las personalidades poderosas. No lo pinta como carismático en el sentido teatral ni como un intelectual deslumbrante, aunque admite que fue un estudiante brillante. Lo caracteriza, en cambio, como un hombre de mucha interioridad, con una capacidad de escucha genuina, divertido, deportista, normalmente humano pero dotado de grandes virtudes. Habla poco, pero cuando habla, dice cosas que importan. Es profundo, no porque sea hermético, sino porque ha dedicado su vida a reflexionar sobre cuestiones fundamentales.

Esa cualidad de escucha se revela crucial en su nuevo rol. Bochatey señala que será "muy importante que nos escuche y que nosotros lo escuchemos" durante su próxima visita a Argentina en noviembre. No es un dato menor en una Iglesia que ha atravesado crisis de credibilidad y donde gran parte de los católicos se siente alejada de sus instituciones. Un Papa que escucha es un Papa que reconoce que el diálogo es bidireccional, que no todas las respuestas están contenidas en documentos antiguos y que la voz de los laicos, los religiosos en misión y las víctimas de abusos tiene legitimidad moral.

La agenda papal como testimonio teológico

La programación de la visita de León XIV a Argentina entre el 8 y el 11 de noviembre ofrece pistas sobre el tipo de pontificado que podría ejercer. Aunque no está confirmado un encuentro formal con la familia agustiniana —Bochatey indica que pidieron un saludo pero la agenda "tan apretada" lo hace difícil—, sí están previstos actos que revelan prioridades. Su visita al Cottolengo Don Orione es particularmente simbólica. Se trata de una institución que atiende de forma integral a más de cuatrocientas personas en situaciones de pobreza extrema, discapacidad, enfermedades múltiples, abandono. Representa, según Bochatey, "un cuadro total de la mayor pobreza e indigencia" del país. Además, visitará la cárcel de Devoto, acción que responde a un mandato bíblico explícito: visitar a los encarcelados.

Estos compromisos públicos no son casuales ni decorativos. Son, en cambio, la continuación lógica de una vida de opciones concretas. Quien ha sido misionero en montañas sin agua potable, quien ha enfrentado crisis internas en comunidades fragmentadas, quien ha defendido víctimas de abusos contra presiones institucionales, encontrará en las cárceles y en las instituciones de cuidado para los más vulnerables un terreno familiar. Su papado, si mantiene estas prioridades, se distinguiría por la coherencia entre el discurso y la acción, algo que ha sido frecuentemente criticado en otras administraciones eclesiásticas.

Las incógnitas que rodean el nuevo pontificado

Sin embargo, pasar de la autoridad episcopal en una diócesis —incluso en una posición tan estratégica como la dirección de un dicasterio vaticano— a la responsabilidad de gobernar una institución de dos mil años de antigüedad que abarca cientos de millones de fieles en contextos radicalmente distintos es un salto cualitativo. Las preguntas que quedan sin respuesta son significativas: ¿Cómo navegará las tensiones internas dentro del clero conservador que controla amplias secciones de la Iglesia institucional? ¿Qué harará con la carga de escándalos de abusos aún pendientes de resolución definitiva? ¿Logrará profundizar la reforma de Francisco o la pausará? ¿Cómo se relacionará con gobiernos autoritarios y democráticos? ¿Cuál será su posición frente a cuestiones como la homosexualidad, la anticoncepción o el celibato clerical?

Bochatey, obviamente, no responde estas preguntas. Su testimonio es el de alguien que conoce al hombre pero que, como cualquier observador externo, ignora qué decisiones tomará cuando deba equilibrar sus convicciones personales con las presiones de una institución que nunca ha sido ajena a las disputas por el poder. Menciona, de pasada, que Bergoglio y Prevost tuvieron "diferencias de criterio en algún tema específico" durante sus encuentros, lo que sugiere que ni siquiera la cercanía garantiza alineamiento perfecto.

Lo que sí queda claro del relato de Bochatey es que la elección de Prevost representa una apuesta por la continuidad respecto del proyecto de Francisco. No es el regreso a una Iglesia más tradicional, ni tampoco un giro radical hacia posiciones progresistas radicales. Es, más bien, la designación de alguien cuya biografía entera ha respondido a las preguntas que Francisco planteó. Si eso se traduce en un pontificado verdaderamente transformador o en una gestión que mantiene los cambios sin profundizarlos seguirá siendo materia de análisis histórico en los años venideros. Lo cierto es que una Iglesia que necesita recuperar legitimidad ante sus fieles, que enfrenta crisis de vocaciones, que debe resolver crímenes pasados mientras construye futuro, recibe ahora un pontífice cuya vida ha sido, hasta hoy, coherente con esas urgencias. Que eso sea suficiente o que resulte apenas una ilusión será determinado por sus actos en el cargo, no por su historial previo.