En el corazón del establishment porteño, durante una jornada de intensas negociaciones políticas, Diego Santilli expuso públicamente la arquitectura del cambio de orientación geopolítica impulsado por la administración nacional, situándose como el articulador político de una estrategia que trasciende lo puramente económico. El jefe de gabinete no solo justificó ante la comunidad empresarial las decisiones adoptadas en materia de alineamiento internacional, sino que además capitalizó encuentros sucesivos con autoridades provinciales para asegurar el apoyo legislativo en iniciativas críticas que el Poder Ejecutivo considera estructurales. Esto importa porque revela cómo se produce en tiempo real la negociación del poder territorial en Argentina, y qué cambios se consolidarán en los próximos meses según logre mantener —o pierda— esa complicidad con los gobernadores.
La jornada comenzó mucho antes del mediodía, cuando Santilli tomó asiento en la primera fila de un auditorio repleto de empresarios, diplomáticos y funcionarios provinciales reunidos bajo el auspicio del Consejo de las Américas y la Cámara Argentina de Comercio. Su presencia, aparentemente protocolar, ocultaba un propósito más profundo: anclar en la narrativa de la élite económica la idea de que el curso adoptado por el Gobierno nacional constituye una ruptura irreversible con décadas de políticas que, según su perspectiva, desviaron a la Argentina de su destino natural. Santilli caracterizó el período kirchnerista como una etapa de alejamiento de Occidente y cercanía con gobiernos autoritarios, contrastando esa caracterización con una lista de realizaciones que el Gobierno presentaba como logros concretos: récord de exportaciones de energía, acuerdo Mercosur-Unión Europea, eliminación arancelaria en productos específicos y reconfiguración de las alianzas diplomáticas.
La construcción de la narrativa del cambio
Lo que distingue el discurso de Santilli no es tanto el contenido de sus críticas al pasado —material ampliamente circulante en el debate político— sino la insistencia en establecer una continuidad entre orden macroeconómico, institucionalidad y atracción de inversiones. En su intervención, el ministro coordinador enfatizó que las familias sufrían situaciones de mora y restricción crediticia no por negligencia del Gobierno actual, sino por la ausencia de fundamentos económicos sólidos heredados de administraciones anteriores. Señaló que durante gestiones previas la inflación y la informalidad laboral alcanzaron niveles críticos, dañando la capacidad de consumo de millones de personas, y argumentó que cualquier abordaje de la problemática microeconómica requería necesariamente de estabilidad fiscal previa. Este enfoque busca deslindar al Ejecutivo de responsabilidad sobre padecimientos inmediatos, trasladándolos hacia la acumulación de desequilibrios de largo plazo.
Paralelo a esta exposición de carácter más público, Santilli ejecutó una estrategia de negociación bilateral con gobernadores clave. La tarde del mismo día, recibió en Casa Rosada al gobernador neuquino Rolando Figueroa, con quien abordó específicamente dos proyectos legislativos de envergadura: la reforma de la carta orgánica del Banco Central y la eliminación de las PASO. Figueroa habría expresado su compromiso de apoyo a ambas iniciativas, lo que revela el grado de articulación que el Gobierno está logrando en territorios donde podría haber resistencias. Este formato de negociación uno a uno, aparentemente fuera de los reflectores mediáticos, constituye la verdadera máquina política del Ejecutivo: cada gobernador representa votos en el Congreso, y cada votación sobre reformas de magnitud requiere del consenso territorial que solo esos mandatarios pueden garantizar o bloquear.
Diplomacia de salón y reconocimiento de límites
Por la noche, en un círculo acotado de empresarios e invitados diplomáticos de envergadura —incluido el embajador estadounidense en Argentina y el enviado argentino en Washington—, Santilli adoptó un tono más reflexivo y, en ciertos aspectos, autocrítico. Calificó de "error de comunicación" la forma en que el Gobierno había presentado el capítulo sobre venta de tierras en el proyecto de ley sobre inviolabilidad de la propiedad privada, reconociendo que la narrativa oficial no había logrado encuadrar adecuadamente la discusión en términos que resonaran con la ciudadanía. Específicamente, Santilli sostuvo que el debate se había instalado de manera problemática como una confrontación entre derechos de propiedad privada y soberanía nacional, cuando la intención del Ejecutivo apuntaba en una dirección distinta. Este reconocimiento —aunque circunscrito a ámbitos de élite— sugiere que el Gobierno es capaz de detectar cuando sus estrategias comunicacionales generan rechazos amplios y realiza ajustes tácticos en consecuencia, aunque no siempre con suficiente prontitud para evitar daños políticos.
El movimiento de Santilli durante aquella jornada también incluyó gestos de cortesía con otros actores del establishment: saludó al jefe de gobierno porteño Jorge Macri con quien posó para fotografías, devolviendo así un reconocimiento público que Macri le había dispensado minutos antes en su propio discurso. Estos rituales de fraternidad institucional funcionan como cemento social que mantiene cohesionada la coalición gobernante, esencial cuando las políticas económicas generan fricciones y cuando es necesario que múltiples niveles de gobierno actúen de forma coordinada. La broma que circulaba en los pasillos del hotel sobre Santilli —"sueña con gobernadores, se levanta con gobernadores, está todo el día con gobernadores"— refleja con precisión la funcionalidad del rol que desempeña: tejedor de consensos territoriales, intermediario entre las prioridades legislativas del Ejecutivo nacional y las necesidades políticas de mandatarios que responden también a electorados locales.
La estrategia de Santilli combina, entonces, varios planos simultáneamente: defensa pública de la orientación geopolítica adoptada, justificación de políticas económicas restrictivas como fundamento ineludible, negociación privada del apoyo legislativo, reconocimiento selectivo de errores tácticos ante audiencias de élite, y construcción de alianzas personales con otros funcionarios clave. Las reformas que menciona como aprobadas —particularmente la laboral— son presentadas como logros colectivos que requirieron cooperación entre niveles de gobierno, lo que busca generar sentido de responsabilidad compartida en su continuidad. A la vez, el Gobierno se posiciona como el más "reformista de la historia", afirmación que presume permanencia y profundidad en los cambios institucionales iniciados, contrastando con lo que describe como la volatilidad de administraciones anteriores que supuestamente alternaban políticas cada cuatro años.
Perspectivas abiertas y consecuencias en desarrollo
Los resultados de esta estrategia multidimensional serán visibles en las votaciones legislativas de los próximos meses, particularmente en la aprobación o rechazo de iniciativas como la reforma bancaria central. Si el Gobierno logra consolidar el apoyo de gobernadores clave, estos proyectos avanzarán, profundizando cambios institucionales de alcance considerable. Si, por el contrario, las negociaciones se erosionan debido a presiones locales en los territorios —descontento social por el costo económico de las políticas ortodoxas, por ejemplo—, el Ejecutivo podría enfrentar bloqueos legislativos que ralenticen su agenda. Simultáneamente, la capacidad del Gobierno para comunicar públicamente sus decisiones sin generar rechazo masivo determinarán si el alineamiento geopolítico y las transformaciones económicas se perciben como soluciones duraderas o como costos temporales en busca de beneficios lejanos. La tensión entre el corto plazo de las dificultades económicas de las familias y el largo plazo de la "confiabilidad" que promete la administración seguirá siendo un punto de fricción en el debate político nacional.



