Un esquema político con cuatro o cinco fuerzas compitiendo simultáneamente en los comicios de 2025 es el panorama que esboza Ernesto Sanz para intentar romper la bipolaridad que ha caracterizado la política argentina en la última década. El dirigente mendocino no cierra las puertas a encabezar una fórmula presidencial, movimiento que marca un nuevo capítulo en las reacomodaciones internas del radicalismo y los intentos por reconstituir espacios de centroizquierda y centro que perdieron protagonismo tras la fragmentación de Cambiemos. La apuesta del exsenador revela una lectura sobre el tablero político donde la competencia no se reduce a la confrontación entre dos o tres actores principales, sino que imagina un escenario más complejo donde múltiples actores disputan el voto en paralelo.
Durante una conversación en un medio audiovisual, Sanz desplegó su estrategia de reagrupamiento político. La propuesta central apunta a reunir bajo un mismo techo a la Unión Cívica Radical, las fuerzas socialistas del país, la Coalición Cívica y la participación de candidatos provenientes del PRO. Este armado busca emular la estructura ganadora que llevó a Mauricio Macri a la presidencia hace casi una década, cuando la coalición opositora logró articular diferentes vertientes ideológicas en torno a un proyecto común. La diferencia fundamental radica en que Sanz no apunta a reciclar esa alianza tal como fue, sino a recrearla con nuevos actores y, potencialmente, con un liderazgo distinto. La mención específica de Hernán Lacunza, quien fuera ministro de Economía durante el gobierno macrista, como posible candidato en caso de que el PRO lo descartara, sugiere que el esquema busca integrar figuras que cuentan con trayectoria y reconocimiento dentro de distintos segmentos del electorado.
La bipolaridad como espejo de métodos autoritarios
Sanz traza un análogo provocador entre dos fuerzas que, en apariencia, se ubican en extremos opuestos del espectro político. Según su análisis, el kirchnerismo y el mileísmo funcionan bajo procedimientos similares en términos de comunicación política y construcción de legitimidad. Ambos movimientos establecerían un vínculo directo entre el líder máximo y sus seguidores, prescindiendo de las instituciones intermedias que históricamente han fungido como filtros en la democracia representativa. El periodismo, los medios de comunicación y los aparatos partidarios tradicionales serían eliminados de esa ecuación, generando una relación de cercanía inmediata entre gobernante y gobernados. Este fenómeno no es exclusivo de Argentina; académicos y analistas políticos han identificado dinámicas similares en diferentes democracias contemporáneas donde líderes populistas o outsiders políticos han erosionado las estructuras institucionales existentes.
Lo que distinguiría a ambas fuerzas, según Sanz, serían sus promesas respecto al rol del Estado, aunque paradójicamente sus prácticas resultarían convergentes. El kirchnerismo histórico presentó un Estado robusto, intervencionista, bajo control directo de la administración en turno. En contraste, el mileísmo propone una reducción radical de la presencia estatal, argumentando ineficiencia y reclamando un repliegue de las funciones públicas. Sin embargo, en la práctica cotidiana, ambos esquemas realizarían acciones que contradicen sus propios discursos: el kirchnerismo no habría podido mantener tal concentración sin aparatos burocráticos extensos, y el mileísmo, pese a su retórica libertaria, seguiría utilizando herramientas estatales para implementar sus políticas. La similitud residiría, entonces, en el modus operandi: una comunicación vertical, la marginalización de intermediarios institucionales y la personificación del poder en una figura.
La deuda de Cristina y la evaluación de responsabilidades
Cuando se le preguntó sobre la situación judicial de Cristina Kirchner y si considera que atraviesa un cautiverio político, Sanz respondió negativamente. Su argumentación desplaza el foco del debate sobre persecución política hacia una cuestión de responsabilidades personales heredadas. De acuerdo con su perspectiva, el problema fundamental de la exmandataria no radicaría en ser víctima de persecución, sino en haber fracasado en la tarea de desmarcarse públicamente de los actos y omisiones cometidos durante la gestión de su antecesor, Néstor Kirchner, y de los círculos políticos que rodeaban esa administración. Esta posición, aunque formulada de manera aparentemente técnica, introduce un estándar de responsabilidad que mezcla la responsabilidad legal individual con la responsabilidad moral asociativa. Sanz sugiere que permitir que la gestión anterior contaminara la propia, sin un distanciamiento claro y público, generaría consecuencias que la exmandataria estaría experimentando en la actualidad.
La evaluación del radicalismo respecto a figuras como Cristina Kirchner refleja una postura que intenta ubicarse en un espacio de centro-izquierda crítico, diferenciado tanto del peronismo como del macrismo. Históricamente, el radicalismo se ha posicionado como árbitro o como tercera fuerza en la política nacional, rechazando identificarse plenamente con ninguno de los dos grandes bloques que han dominado la vida política argentina desde hace más de un siglo. En este caso, Sanz no descalifica a Kirchner como perseguida ni la absuelve completamente, sino que adopta una postura que la responsabiliza por sus propias decisiones políticas pasadas. Este equilibrio refleja la estrategia radical de mantener credibilidad ante electorados diversos: aquellos críticos del kirchnerismo, aquellos escépticos del mileísmo y aquellos que buscan alternativas al PRO.
La construcción de candidatura de Sanz implica un reconocimiento implícito de que el radicalismo, como fuerza política, ha perdido capacidad de liderazgo autónomo en el contexto contemporáneo. Su insistencia en armar coaliciones amplias, incluso dispuesto a ocupar un lugar secundario o a quedar fuera de la cabeza de lista, evidencia pragmatismo político. El radicalismo, que en otras épocas competía por hegemonía en la política nacional, ahora busca asegurar representación en gobiernos plurales. Esta transformación es producto de décadas de fragmentación interna, cambios en las preferencias electorales y la emergencia de nuevos actores políticos que han capturado porciones del voto histórico radical.
Escenarios posibles y sus implicancias
El planteamiento de Sanz sobre un escenario electoral con cuatro o cinco fuerzas compitiendo abre interrogantes sobre cómo funcionaría un sistema político tan fragmentado. Históricamente, Argentina ha experimentado ciclos de mayor o menor fragmentación: durante los '90, el bipartidismo peronista-radical se había reconfigurado en torno a nuevos actores como FREPASO y el UCRI. La emergencia de Cambiemos en 2015 reunió a fuerzas que, en principio, parecían incompatibles ideológicamente pero compartían un rechazo al kirchnerismo. Sin embargo, esa coalición se desmoronó rápidamente tras la derrota electoral de 2019, demostrando la fragilidad de alianzas basadas principalmente en antagonismos comunes. La pregunta que flota es si una reconstitución de esa fórmula, incluso con actores renovados, podría sostener mayor cohesión o si repetería el ciclo de fragmentación posterior. Los sistemas con múltiples actores requieren de negociaciones constantes en contextos legislativos, gobernanza compartida y compromisos que frecuentemente generan descontento entre bases electorales que votaron promesas más radicales. Por otra parte, una mayor dispersión del voto podría generar gobiernos con mandatos débiles, incapaces de implementar agendas amplias sin consensos amplios que, paradójicamente, diluyeron cambios profundos.



