La muerte de Samuel "Chiche" Gelblung este miércoles a los 82 años cierra un capítulo de la historia reciente del periodismo argentino, pero también reactiva la memoria de un episodio que ilustra las tensiones entre el ejercicio independiente del oficio y las relaciones de poder en tiempos de polarización extrema. El deceso del comunicador, ocurrido en la sala de terapia intensiva del sanatorio Los Arcos tras una internación de urgencia por complicaciones respiratorias, llega en un contexto donde su nombre quedó asociado a uno de los enfrentamientos más explícitos entre un profesional de la información y el presidente en funciones durante los primeros meses de la actual gestión libertaria. No se trata únicamente de la partida de una figura del medio; representa también el final de una trayectoria marcada por la consistencia ética en un oficio cada vez más desafiado por presiones externas.

Cuando la cordialidad se convierte en tensión: el quiebre de una relación

Hasta hace poco más de un año, la relación entre Gelblung e Javier Milei parecía estable e incluso amable. El mandatario libertario había sido habitué de los programas conducidos por el periodista durante la época en que ambos frecuentaban con regularidad los estudios televisivos. Incluso, cuando el comunicador se vio obligado a internarse en el Sanatorio Mater Dei durante los últimos meses de 2023 —justo cuando Milei se preparaba para asumir la presidencia—, el entonces candidato se tomó el tiempo de visitarlo personalmente. Ese gesto, que Gelblung reconoció públicamente, reveló una relación que trascendía el simple intercambio profesional. Sin embargo, ese escenario cambiaría drásticamente en marzo de 2024, cuando el presidente llevaba apenas tres meses en el cargo ejecutivo.

Milei decidió conceder una serie de entrevistas a distintos medios de comunicación, tanto televisivos como radiales, para explicar su gestión en un contexto económico particularmente complejo. Gelblung lo recibió en Casa Rosada para una conversación que fue grabada y posteriormente transmitida. Lo que sucedió durante esa charla marcaría un punto de inflexión. Fiel a su metodología profesional, el conductor enfocó sus interrogantes en la realidad tangible que atravesaba el país: un ajuste fiscal drástico, caída de ingresos y una inflación galopante. No formuló preguntas diplomáticas ni facilitadoras. Cuestionó directamente.

Las preguntas incómodas que incomodaron al poder

El primer punto de fricción surgió cuando Gelblung preguntó de manera frontal: "¿Por qué no les llega comida a los comedores?". La cuestión apuntaba al núcleo de las políticas sociales en contextos de recesión. Milei respondió que la afirmación era falsa y desplazó la culpa hacia lo que denominó como "curros", una caracterización que el periodista rechazó inmediatamente. Gelblung contraatacó con un argumento que no provenía de fuentes secundarias ni de supuestos políticos, sino de la experiencia directa: "Yo camino la calle". Fue un choque de realidades: la del gobierno, sustentada en datos macroeconómicos y acuerdos con organismos internacionales, versus la del observador que transita el territorio donde esas políticas tienen consecuencias concretas.

El mandatario mencionó programas de financiamiento para estudiantes de colegios privados y subrayó acuerdos con entidades como Cáritas para incrementar la asistencia alimentaria. Incluso, citó favorablemente la posición del Fondo Monetario Internacional, que según su relato, había "ponderado" la política social implementada. Pero Gelblung persistió, reintroduciendo la pregunta medular: "¿Están abastecidos los comedores?". A esa altura, la irritación del presidente era evidente. La segunda línea de cuestionamiento llegó cuando el periodista abordó el tema de las prepagas. En ese período, el gobierno había liberalizado el régimen de incrementos de cuotas de servicios de salud privada, permitiendo alzas sin limitaciones formales. Gelblung señaló la presión que esto ejercía sobre la clase media: "La clase media está muy apretada con el tema de las prepagas. Yo sigo sin entender por qué autorizaron todos esos instrumentos".

Milei respondió con una máxima económica: "No hay tal cosa como un almuerzo gratis". Luego advirtió que de mantenerse controles sobre los precios de los servicios de salud, se degradaría la calidad. Era la lógica de la desregulación extrema contra la realidad de ingresos que se había deteriorado. Gelblung replicó con una frase que capturó la paradoja argentina: "Estamos pagando precios internacionales con salarios de Biafra", haciendo referencia a la guerra civil de Nigeria como metáfora de la crisis humanitaria. No era una descalificación al presidente; era un señalamiento de una incongruencia estructural. Ese comentario encendió definitivamente la tensión.

El llamado que selló el distanciamiento

Semanas después de aquella entrevista, Milei tomó la iniciativa de contactar personalmente a Gelblung. El mensaje fue contundente y dejaba poco espacio para ambigüedades: "Nunca más vamos a hablar". Cuando el periodista reveló este intercambio en subsecuentes conversaciones con colegas, ofreció una interpretación que resulta reveladora sobre las dinámicas del poder y la comunicación en contextos de polarización. "Yo no era sumiso a las cosas que él decía. Yo le discutía", explicó. En otra oportunidad, Gelblung abundó en el tema: "Milei está acostumbrado a que todo el mundo le diga que sí. Yo tengo mucho respeto por la figura presidencial, pero soy periodista y a ningún presidente le dije que sí".

La declaración encierra una reflexión sobre la naturaleza de la función periodística que resulta pertinente en cualquier contexto democrático. Gelblung no estaba siendo deliberadamente provocador ni actuaba movido por animosidad personal. Simplemente, ejercía un rol que, por definición, requiere mantener cierta distancia crítica con las versiones oficiales. Subrayó esta posición cuando recordó la visita de Milei al sanatorio: "Yo le agradecí mucho el gesto; fue muy tierna su actitud. Pero no se puede ser amigo de un presidente. No es compatible una cosa con la otra". Esa aclaración es importante porque desmonta cualquier lectura que reduzca el conflicto a un simple enfrentamiento personal. Se trata de un dilema más profundo: la imposibilidad de conciliar la amistad con la independencia editorial.

Antecedentes de un desacuerdo que venía gestándose

La tensión de marzo de 2024 no surgió de la nada. Meses antes, durante la campaña electoral de 2023, Gelblung había entrevistado a Milei en los estudios de Crónica TV, poco antes de las elecciones primarias que catapultarían al libertario al primer lugar en las preferencias. En aquella ocasión, el periodista formuló preguntas sobre la realidad económica cotidiana: "¿Vos sabés cuánto vale un kilo de carne?". Milei respondió que no realizaba las compras personalmente. Gelblung continuó con una serie de interrogantes sobre precios específicos: el boleto de colectivo, el monto de una jubilación mínima. Milei reconoció su desconocimiento o evitó responder directamente, justificándose con una apelación a la perspectiva macroeconómica: "Yo miro los números agregados, no miro los números chiquitos. Si me dijeras que el problema argentino es micro, te lo compro. El problema es estructural".

Ese intercambio temprano ya mostraba la brecha entre dos formas de aproximarse a la realidad económica: la del especialista que se enfoca en agregados estadísticos y la del observador que documenta sus manifestaciones concretas en la vida de las personas. Gelblung, consciente de esa diferencia, continuó insistiendo en ella incluso cuando el entonces candidato se resistía. No era confrontación gratuita; era un intento de transparentar esa divergencia de perspectivas.

Un año de complicaciones de salud y trabajo incesante

Los últimos meses de vida de Gelblung fueron especialmente desafiantes en términos de su condición física. En abril de 2024, sufrió una caída en su domicilio que le causó una herida facial. Días después, el 20 de abril, requirió la colocación de dos stents tras una descompensación cardíaca. Pasó tres días internado en el Sanatorio Los Arcos y, una vez recuperado, regresó a sus obligaciones laborales. Continuó al frente de su programa radial "Hola Chiche" en Radio del Plata AM 1030 y de "Chiche en vivo" en Net TV. Incluso, en los días previos a su hospitalización definitiva, según informó su entorno, se encontraba trabajando con normalidad y diseñando un nuevo formato para una plataforma de streaming.

Esta dedicación casi obsesiva al trabajo, a pesar de los problemas de salud, permite entender algo de la personalidad de Gelblung. No era alguien inclinado a retirarse discretamente ni a asumir una postura complaciente con el poder. Su internación de urgencia a comienzos de esta semana por complicaciones respiratorias derivadas de su patología de base terminó en la sala de terapia intensiva de Los Arcos, donde finalmente falleció. Su despedida fue coordinada para realizarse en una sala velatoria de Villa Crespo, con posterior traslado al cementerio de la Tablada.

Implicancias de la partida: reflexiones sobre el oficio y el poder

La muerte de Gelblung ocurre en un contexto donde la relación entre el periodismo crítico y los gobiernos ha adoptado características inéditas en democracia. Su trayectoria, marcada por la consistencia en mantener una posición independiente incluso cuando ello implicaba deteriorar relaciones personales, plantea interrogantes sobre las dinámicas actuales de la comunicación política. El llamado de Milei, informado públicamente por el propio Gelblung, representa un episodio donde un funcionario público de máximo nivel expresó de manera explícita su rechazo a ser cuestionado por un periodista. Eso contrasta con ciclos anteriores donde, aunque existieron tensiones y conflictos entre gobiernos y medios, raramente se formulaba de manera tan directa el veto a continuar conversando. Las consecuencias de este tipo de dinámicas pueden evaluarse desde múltiples ángulos. Por un lado, quienes ven en la firmeza presidencial una defensa contra lo que consideran hostigamiento mediático. Por otro, quienes interpretan el retiro de la comunicación como un obstáculo para la transparencia y la rendición de cuentas. Lo que parece indiscutible es que la partida de Gelblung marca el fin de un tipo de periodismo que priorizaba la independencia editorial sobre la proximidad con el poder, una opción que cada vez menos profesionales del medio se animan a sostener en su plenitud.