La muerte de Horacio Sanguinetti el pasado miércoles cierra un capítulo crucial en la historia de la educación y la cultura argentina contemporánea. A los 90 años, desaparece una figura que durante casi siete décadas encarnó la tradición de los intelectuales públicos comprometidos con la defensa de instituciones que construyen ciudadanía. Su trayectoria no fue la de un especialista que profundizó en un único campo, sino la de alguien que transversalizó su labor en espacios que definen la calidad de vida de una sociedad: las aulas, los teatros, las academias, las universidades. Esto importa porque en tiempos de fragmentación y especialización extrema, la vida de Sanguinetti recuerda un modelo de intelectual integrador, capaz de dialogar desde la pedagogía con la lírica, desde el derecho político con la gestión cultural.

Cinco décadas construyendo el Colegio Nacional

El aspecto más relevante de su biografía pública fue su permanencia como rector del Colegio Nacional de Buenos Aires durante 23 años consecutivos, entre 1983 y 2007, con una interrupción breve entre 1996 y 1997. Ese período de más de dos décadas no fue casual ni fortuito: significó una presencia prácticamente ininterrumpida durante la reconstrucción democrática del país y buena parte de su consolidación institucional. Cuando asumió la rectoría, la Argentina daba los primeros pasos tras el colapso de la última dictadura militar, momento en el cual las escuelas públicas necesitaban liderazgos que restauraran confianza en el sistema educativo.

Lo que caracterizó su gestión en la institución de Bolívar y Azcuénaga fue una identificación profunda con la comunidad de profesores y estudiantes, una cercanía que no era performativa sino que brotaba de una convicción genuina sobre qué debería ser una escuela en democracia. Sanguinetti había egresado de ese mismo colegio en 1953 con medalla de oro, lo cual le permitía comprender desde adentro las transformaciones que la institución experimentaba. Además, pisaba terreno familiar: su padre, Florentino Sanguinetti, había sido rector del Nacional entre 1960 y 1963, estableciendo un puente generacional que no se transmitía por dinastía sino por responsabilidad compartida ante la educación pública.

Durante su rectoría, Sanguinetti no solo administró sino que se posicionó como defensor de principios. Cuando asumió como secretario de Educación del entonces jefe de Gobierno de la Ciudad, Fernando de la Rúa, entre agosto de 1996 y noviembre de 1997—durante la primera gestión autónoma de Buenos Aires tras la reforma constitucional de 1994—, se constituyó en un obstáculo consciente contra la reforma educativa impulsada por el gobierno nacional de Carlos Menem. La controversial ley federal de educación, que luego sería derogada en 2006, no logró implementarse en las escuelas porteñas bajo su supervisión. Esto revela a un funcionario que priorizaba principios sobre obediencia jerárquica, una actitud cada vez más rara en la administración pública.

Un académico con voz en múltiples espacios del saber

La versatilidad intelectual de Sanguinetti se desplegó en ámbitos donde la especialización suele reinar. Como profesor de derecho político en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, dictó también seminarios en Ciencias Económicas, lo que demuestra una capacidad de diálogo entre disciplinas distintas. Su presencia en el Colegio Nacional se complementaba con una cátedra en la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, la otra institución secundaria de la universidad porteña, ampliando su radio de influencia educativa a distintos públicos y perfiles de estudiantes.

Su producción intelectual escrita fue abundante y temáticamente diversa. Sanguinetti no fue un autor de un solo libro canónico, sino alguien que escribía sobre lo que lo inquietaba. Junto con Alberto Ciria, publicó "Los reformistas", un trabajo que reivindicaba el pensamiento cívico de quienes inspiraron el movimiento universitario de 1918, que consagró la autonomía, la libertad de cátedra y el cogobierno en las universidades nacionales. Esa defensa de la Reforma Universitaria no era meramente histórica sino que guardaba coherencia con su propio quehacer: Sanguinetti creía que esos principios de 1918, vigentes nuevamente desde 1983, eran la base sobre la cual debería construirse la educación superior argentina. Sus otros libros incluyen "Los socialistas independientes" y "Curso de derecho político", textos donde convergía su formación jurídica con su preocupación por la política como ciencia.

Lo singular radica en que Sanguinetti se permitió explorar territorios temáticos que otros académicos descuidaban. Fue miembro de número de las Academias Nacionales de Ciencias Morales y Políticas y de Educación, que presidió en varios períodos, y fue incorporado por la Real Academia Española en reconocimiento a sus aportes sobre lengua y cultura. Sin embargo, su pasión más particular brotaba de la ópera: escribió "La ópera y la sociedad argentina" y "Los maestros cantores del siglo XX", ensayos donde exploraba las trayectorias de legendarios tenores como Enrico Caruso, Tito Schipa, Beniamino Gigli, Giácomo Volpi, Mario Del Mónaco y Luciano Pavarotti. Este era Sanguinetti: capaz de transitar desde una monografía sobre reforma universitaria hacia la disección lírica de la técnica de los grandes intérpretes.

El Teatro Colón: un desafío de gestión en tiempos de crisis

En diciembre de 2007, cuando ya Sanguinetti había dejado la rectoría del Nacional, fue convocado para asumir la dirección general del Teatro Colón bajo la administración de Mauricio Macri. Esta designación parecía coherente con su trayectoria: una institución de alto perfil cultural necesitaba de alguien con credibilidad académica y sensibilidad artística. Sin embargo, la gestión resultó problemática desde sus cimientos, no por ineptitud del director sino por las circunstancias materiales que la atravesaron.

Al asumir, Sanguinetti heredó una situación compleja: el teatro estaba inmerso en un plan de restauración edilicia que había comenzado en 2006 y que obligaba al cierre de la sala. Esto significaba que el Colón no podía ofrecer sus tradicionales temporadas de ópera con abonos, lo cual es la médula del funcionamiento de una institución lírica. A pesar de estas limitaciones, Sanguinetti anunció programaciones para los años subsiguientes, buscando mantener viva la esperanza de una reapertura y la continuidad del teatro en el imaginario porteño. Sin embargo, muchas de esas funciones anunciadas nunca pudieron estrenarse.

La gestión se extendió hasta enero de 2009 y estuvo enredada en tensiones y conflictos políticos. Ante la imposibilidad de utilizar la sala principal, impulsó la realización de presentaciones itinerantes en espacios alternativos, como el teatro Bristol de San Isidro. Esta fue una solución creativa pero de alcance limitado, y varias de estas funciones debieron ser canceladas. Durante este período enfrentó las renuncias de directores del Ballet y de la Orquesta Estable, entre otros sinsabores administrativos. A su retiro, sin embargo, se permitió celebrar la realización de más de 300 espectáculos y el estreno de dos óperas argentinas, números que atestiguan un esfuerzo por mantener una institución funcionando en condiciones adversas.

Una vida de tertulias y compromiso republicano

Más allá de los cargos y títulos, Sanguinetti fue un intelectual público de estirpe clásica, alguien que creía en el valor del diálogo y la conversación como instrumentos de pensamiento. En su casa ubicada en la esquina de Callao y Juncal, se reunían durante años figuras de la cultura y el periodismo para participar en tertulias donde se discutía sobre letras, arte y política. Allí concurrían con frecuencia Manuel Antín, Magdalena Ruiz Guiñazú y Daniel Sabsay, entre otros actores del mundo intelectual porteño. Este tipo de espacios, cada vez más raros, fueron característicos de una época donde la formación de opinión pasaba por el encuentro presencial y la deliberación cara a cara.

Su compromiso con los valores republicanos y democráticos no era una postura retórica sino que provenía de una tradición familiar. Su padre había sido amigo de Alfredo Palacios, el histórico legislador socialista, lo que significa que Sanguinetti heredó una concepción de la política como servicio público y de la educación como instrumento de movilidad social. Los últimos años de su vida estuvo aquejado por una afección neurológica que lo recluía, pero fue constantemente cuidado por Cristina, su esposa, compañera de toda la vida. En este aspecto, su biografía refleja también un modelo de vida en pareja donde la solidaridad atravesaba décadas.

A lo largo de su trayectoria, Sanguinetti acumuló reconocimientos diversos. Recibió el premio Konex de platino en Educación en 2006 y el premio Juntos Educar del Arzobispado de Buenos Aires, bajo la conducción del entonces cardenal Jorge Bergoglio. Los gobiernos de Francia e Italia le confirieron condecoraciones, reconociendo así sus aportes al diálogo intelectual bilateral. Sin embargo, estos premios y distinciones nunca eclipsaron su dedicación cotidiana a tareas que carecen de glamour: revisar trabajos de alumnos, participar en debates académicos, escribir artículos que pocos leen.

Legado e interrogantes sobre la educación que viene

La desaparición de una figura como Sanguinetti invita a reflexionar sobre qué modelo de intelectual público se necesita hoy. Durante sus años de rectoría del Nacional de Buenos Aires, la institución funcionó como un espacio donde se formaban generaciones enteras de estudiantes que luego ocupaban posiciones relevantes en la sociedad. La educación pública que él defendió y practicó era aquella que no solo transmitía conocimiento sino que formaba ciudadanos conscientes de sus derechos y responsabilidades. Su defensa de la Reforma Universitaria de 1918 no era arqueología sino una apuesta por un modelo de universidad que aún hoy genera controversias sobre su viabilidad y pertinencia.

En los tiempos presentes, cuando la educación pública enfrenta presiones presupuestarias crónicas, reducciones de planteles docentes y fragmentación de políticas educativas, la pregunta inevitable es qué clase de liderazgo institucional puede mantener viva la brújula de valores que caracterizó la gestión de Sanguinetti. Su permanencia durante 23 años en una rectoría no se debía a que fuera indestructible políticamente, sino a que la institución lo reconocía como alguien que no estaba allí por carrera sino por convicciones. Esta clase de legitimidad, basada en coherencia intelectual más que en redes de poder, resulta cada vez más esquiva. El legado de Sanguinetti no se agota en sus libros publicados ni en las generaciones de estudiantes que pasaron por sus aulas, sino en la pregunta que su vida formula: ¿es posible hoy ejercer cargos de responsabilidad pública en educación y cultura sin negociar los principios fundamentales? Las respuestas que la sociedad argentina dé a esa pregunta en los próximos años determinarán si su trayectoria fue un ejemplo que inspira transformaciones o un testimonio de una época irrecuperablemente lejana.