La distancia geográfica que existe entre Kansas City y Dallas, donde actualmente se desplaza la delegación argentina en el torneo internacional más importante del planeta, resulta insignificante comparada con la brecha que separa la realidad vivida por Claudio Tapia en territorio norteamericano de los conflictos legales que lo esperan al otro lado del Atlántico. Mientras el máximo responsable del fútbol profesional argentino disfrutaba de la intimidad del equipo durante los primeros encuentros de la competencia, los tribunales domésticos avanzaban en sus investigaciones en su contra, dejándolo prácticamente a las puertas de un juicio oral. Lo que ocurre en estos momentos sintetiza una paradoja argentina contemporánea: la capacidad de mantener el éxito deportivo en el plano internacional mientras que, simultáneamente, se enfrentan cuestionamientos sobre la administración de los recursos públicos y privados en instituciones deportivas de envergadura nacional.

Durante la primera semana de competencia, el titular de la Asociación del Fútbol Argentino se presentó ante las cámaras y las redes sociales con una estética deliberadamente desafiante: anteojos oscuros y referencias musicales provocativas que remitían al espíritu combativo. Esta imagen, proyectada precisamente cuando la Cámara en lo Penal Económico confirmaba su procesamiento en la causa por apropiación indebida de fondos de seguridad social, no parecía casual. El dirigente justificó su actitud provocadora con una frase que se volvería recurrente: "El presidente campeón del mundo se pone lo que quiere". La expresión no era meramente estilística, sino que funcionaba como una reafirmación de poder, como si los éxitos deportivos del pasado cercano le confirieran un escudo protector contra las acusaciones que lo rodean.

La coexistencia de mundos: triunfo deportivo y acusaciones judiciales

La carrera de Tapia en la conducción de la AFA ha estado marcada por resultados deportivos significativos. La coronación de Argentina en Qatar 2022 consolidó su posición y le permitió construir una narrativa de éxito que atraviesa cada uno de sus movimientos actuales. Sin embargo, este éxito deportivo contrasta fuertemente con al menos dos procesos judiciales activos contra su gestión: uno relacionado con presuntas maniobras de evasión fiscal dentro de la institución, y otro vinculado con la apropiación indebida de aportes de seguridad social. El viaje a Estados Unidos requirió autorización expresa de la Justicia argentina, un requisito que subraya la seriedad de los cargos que enfrenta. Tapia no solo obtuvo el permiso, sino que desde el primer momento decidió distanciarse visualmente de las prácticas convencionales de otros dirigentes que lo precedieron, asumiendo un rol casi celebratorio dentro del plantel.

El comportamiento de Tapia durante la concentración en territorio norteamericano revela deliberadas estrategias de legitimación. Asistió a entrenamientos, participó en los asados de camaradería que organiza el equipo, fue testigo directo de los momentos privados que definen la cohesión grupal, y documentó todo mediante publicaciones en sus redes sociales. Fue partícipe de la celebración de los treinta y nueve años de Lionel Messi, quien paradójicamente actúa como el principal sostén de su posición dentro de la organización. Las imágenes de Tapia ayudando a preparar la parrilla, o compartiendo momentos junto al astro internacional, funcionan como un ancla simbólica que lo vincula directamente con la legitimidad que emana del equipo. En contraste con otras Copas Mundiales previas, el dirigente decidió no interactuar con la prensa que cubre el evento, evitando responder preguntas sobre sus asuntos legales y proyectando una imagen de total dedicación a los objetivos deportivos.

Rituales, creencias y la construcción de narrativas en tiempos de crisis

Antes de viajar a los Estados Unidos, Tapia se detuvo en Caucete, provincia de San Juan, para visitar el santuario de la Difunta Correa, una devoción popular profundamente arraigada en la cultura regional argentina. Este acto no fue casual ni espontáneo: funcionó como un ritual de legitimación que conecta su gestión con valores tradicionales, con la búsqueda de bendición divina y con la esperanza de que fuerzas superiores intervengan en su favor. La cábala, como se conoce coloquialmente en Argentina a estos rituales de buena suerte, forma parte de la tradición futbolística nacional. Tapia no inventó esta práctica; la replicó de acuerdo con un modelo que ha funcionado históricamente en el fútbol argentino. Sin embargo, en su caso adquiere una dimensión adicional: no solo busca canalizar la buena fortuna deportiva, sino también una especie de protección contra los embates de la Justicia.

La compañía de Gianni Infantino, máximo responsable de la FIFA, en los palcos oficiales durante los encuentros de la selección argentina también forma parte de esta estrategia de legitimación internacional. La presencia visible del titular de la federación mundial deportiva genera una aureola de normalidad alrededor de Tapia, como si la institucionalidad global avalara su conducta. Infantino ha manifestado públicamente su apoyo a pesar de los cuestionamientos domésticos, lo que sugiere que, al menos para los organismos internacionales, los problemas legales de Tapia en Argentina representan asuntos internos de menor relevancia. Esta dinámica refleja una característica del fútbol profesional contemporáneo: la prevalencia de los logros deportivos sobre otras consideraciones institucionales o legales, especialmente cuando esos logros revisten importancia internacional.

Mientras tanto, Pablo Toviggino, tesorero de la AFA y socio compartido de negocios y defensas judiciales con Tapia, permanece en Argentina. La ausencia de Toviggino en el viaje responde a una lógica práctica: mantener a ambos dirigentes fuera del territorio nacional al mismo tiempo hubiera resultado demasiado polémico y visible. De esta manera, aunque ambos enfrentan procesamientos por similares delitos —la confirmación de sus procesamientos ocurrió prácticamente de forma simultánea—, la distribución geográfica de su presencia minimiza el impacto mediático de sus problemas legales. Los asuntos judiciales de la dirigencia quedan efectivamente relegados a un segundo plano frente a la avalancha de contenido que genera la participación argentina en el torneo internacional.

Las implicancias de esta situación trascienden lo anecdótico y adquieren dimensión estructural. La capacidad de Tapia de mantener su posición de liderazgo en la AFA, incluso cuando enfrenta acusaciones por malversación de fondos, plantea interrogantes sobre los mecanismos de control y supervisión dentro de instituciones deportivas que, paradójicamente, están financiadas con recursos públicos o semi-públicos. Los aportes de seguridad social mencionados en la causa judicial corresponden a contribuciones de trabajadores que fueron desviadas o malutilizadas, lo que implica una afectación directa a derechos económicos concretos. Sin embargo, la capacidad mediática del deporte, particularmente cuando existe un equipo nacional en competencia internacional de primer nivel, tiende a opacificar estos debates. Las futuras acciones judiciales, la eventual sentencia en primera instancia, y las posibles decisiones de los organismos estatales sobre la continuidad o no de Tapia en su cargo, determinarán si existen límites reales a la protección que otorga el éxito deportivo en la Argentina contemporánea, o si por el contrario, ese éxito funciona como un pasaporte prácticamente impenetrable hacia la impunidad institucional.