Un giro inesperado atravesó los debates del juicio oral relacionado con la causa Cuadernos cuando uno de los testigos principales se retractó de su testimonio anterior. Julio Silva, quien durante más de tres décadas se desempeña como encargado del edificio ubicado en la esquina de Juncal y Uruguay en el barrio porteño de Recoleta, compareció ante el tribunal y cuestionó la validez de la declaración que había prestado años atrás ante autoridades judiciales. Lo relevante de este giro radica en que su testimonio original constituía uno de los pilares probatorios sobre el cual se sustentaba una parte considerable de la acusación en el expediente, lo que introduce una variable de incertidumbre en la construcción de la evidencia que respalda las acusaciones formuladas contra los imputados.

Durante su presentación ante el Tribunal Oral Federal 7, que conduce el proceso judicial, Silva desplegó una versión radicalmente distinta a la que había proporcionado años atrás. En su declaración de agosto de 2018, realizada en Comodoro Py ante funcionarios judiciales, había aseverado que entre 2007 y 2010 presenció "movimientos de bolsos y valijas con una frecuencia semanal o a veces de 15 días" que ingresaban al departamento del quinto piso, frecuentemente acompañados por Daniel Muñoz, quien fuera secretario privado de Néstor Kirchner. Ahora, sin embargo, el hombre de 68 años fue contundente: "Eso de que venían con bolsos y valijas, eso yo no lo dije". Su comparecencia extendida por más de dos horas permitió al tribunal escuchar un relato que desmoronaba las bases de sus propias afirmaciones previas.

La presión que llevó a una firma sin lectura

Lo que resultó particularmente problemático fue la admisión del encargado respecto a cómo había llegado a firmar aquella declaración. Silva fue categórico al señalar que no había leído el documento antes de estampar su firma. "Cometí un delito y lo acepto. Firmé, pero no estaba de acuerdo. Ni lo leí", expresó ante los magistrados Fernando Canero, Germán Castelli y Enrique Méndez Signori. Esta confesión abrió un interrogante fundamental sobre los procedimientos empleados durante la toma de declaraciones y la validez de testimonios que no han sido genuinamente consentidos por quienes los proporcionan.

El contexto que describió Silva sobre su primera declaración pintaba un cuadro de considerable turbulencia. Según su relato, durante el interrogatorio en sede judicial se le recordaba constantemente que "tenía dos hijas", una referencia que percibió como una forma de presión implícita. "Uno entraba y el otro salía, así fue el interrogatorio mío. Lo pasé muy mal", comentó. Posteriormente, aseguró haber sufrido consecuencias sociales por su testimonio: fue insultado en el barrio donde reside y en el propio edificio donde trabaja desde 1989. Las palabras que recordó haber escuchado ("Hijo de mil puta" y referencias a ser "otro chorro como ella") evidencian cómo su declaración inicial había generado divisiones y enfrentamientos en su entorno inmediato, algo que aparentemente lo motivó a reconsiderar su posición años después.

Matices en la relación con Daniel Muñoz

Cuando se le permitió hablar libremente sobre sus observaciones reales en el edificio, Silva ofreció un cuadro significativamente menos dramático que el que constaba en su acta de 2018. Reconoció que había visto a Muñoz trasladarse por el edificio y que éste "siempre andaba con un portafolio y a veces andaba con un bolsito de mano", pero enfatizó que estos eran objetos comunes que cualquier persona podría portar. Aclaró además que su rol en el edificio era estrictamente como encargado de la propiedad, no como persona asignada específicamente a tareas de vigilancia de ningún departamento en particular. "No era encargado de Cristina Kirchner o Néstor Kirchner, soy encargado del edificio", precisó con firmeza.

Uno de los aspectos que Silva utilizó para establecer sus limitaciones como observador fue subrayar que nunca había tenido acceso a las llaves del departamento del quinto piso. Esta precisión cobra importancia porque demuestra que su conocimiento de lo que sucedía adentro de la unidad residencial era necesariamente fragmentario y se limitaba únicamente a lo que podía observar en los pasillos y accesos comunes del edificio. Respecto a Muñoz, señaló con naturalidad que "a veces lo veía y a veces no", lo cual contradice la imagen de movimientos constantes y sistemáticos que había plasmado en su declaración anterior. También incluyó detalles sobre la familia Kirchner, mencionando que conocía a Néstor y Cristina, así como a sus hijos Máximo y Florencia, y que el núcleo familiar residió en el lugar durante distintos períodos: primero dejaron la propiedad poco después de que Néstor accediera a la Presidencia, y luego Cristina retornó cuando concluyó su mandato como Vicepresidenta.

Un episodio adicional que relataron fue su participación presencial en un allanamiento realizado en el departamento de los Kirchner. Silva estuvo presente durante más de once horas en esa ocasión y proporcionó un relato de una conversación telefónica que supuestamente escuchó entre un comisario inspector y el juez que supervisaba la operación. Según su versión, el magistrado le habría ordenado al comisario que continuara buscando hasta encontrar algo, rechazando dos veces sus pedidos de dar por terminado el procedimiento. Este tipo de observaciones, aunque constituyen una crítica implícita a cómo se condujo la investigación, no guardan relación directa con los hechos centrales que se discuten en el juicio oral.

El rol de los favores y la correspondencia

Silva también mencionó un aspecto que vincula su relación personal con los funcionarios investigados: dijo que Muñoz le consiguió empleo a sus dos hijas en distintos ministerios, siendo una de ellas empleada hasta el cambio de gobierno de 2015. Adicionalmente, relató que durante años recibió una gran cantidad de cartas dirigidas a los Kirchner provenientes de personas que solicitaban trabajo, misivas que eran entregadas a Muñoz cada dos o tres semanas. Este tipo de prácticas, aunque podrían considerarse ejemplos de nepotismo o distribución de favores, integran un universo de conductas que no necesariamente demuestran enriquecimiento ilícito ni corrupción en el sentido penal que se investiga en el expediente.

Es relevante notar que Silva ya había sido citado como testigo años atrás en otro proceso judicial de similar relevancia: en noviembre de 2021 compareció en la causa Vialidad, donde habló sobre Muñoz y sobre la correspondencia que llegaba al edificio, aunque en esa ocasión no hizo mención alguna a movimientos de bolsos ni valijas. Esta inconsistencia entre sus diferentes declaraciones subraya aún más los cuestionamientos sobre la confiabilidad de su testimonio y la influencia que diversos factores —contextuales, psicológicos, sociales— pueden ejercer sobre la reconstrucción de hechos a través del relato de testigos.

La acusación fiscal en la causa Cuadernos sostiene que al departamento de Recoleta arribaban bolsos conteniendo dinero proveniente de sobornos vinculados con adjudicaciones de obra pública, y que estos eran recepcionados por Muñoz en su carácter de secretario privado. El caso forma parte de una investigación más amplia que acusa a Cristina Kirchner de ser la jefa de una asociación ilícita que habría operado entre 2003 y 2015 dentro de la estructura estatal. En el banquillo también se encuentran exfuncionarios, empresarios y exempleados de seguridad que resultan vinculados con la investigación.

La retractación de Silva introduce una variable de complejidad en la evaluación de pruebas que los jueces deberán ponderar. Su admisión de haber firmado un acta sin leerla, bajo lo que describe como presión, abre interrogantes sobre cómo fueron recopilados otros testimonios en esta causa y en procesos similares. Los magistrados enfrentarán ahora la tarea de determinar si sus declaraciones originales carecen de validez probatoria o si, por el contrario, sus nuevas afirmaciones merecen ser descartadas considerando que podría tratarse de un cambio de posición motivado por temor, arrepentimiento o algún otro factor. Independientemente de cómo resuelvan esta cuestión, el episodio pone de relieve las vulnerabilidades inherentes a los sistemas probatorios basados en testimonio humano, particularmente cuando quienes declaran se encuentran en situaciones que los exponen a presiones directas o indirectas.