La ciudad de Ushuaia vuelve a enfrentar un dilema que la persigue desde hace tres décadas: cómo posicionarse como nodo estratégico en la región antártica cuando dos visiones radicalmente distintas —una castrense, otra científica— disputan los mismos terrenos, los mismos recursos y, fundamentalmente, la misma proyección geopolítica hacia el continente blanco. El anuncio presidencial sobre la reactivación de la Base Naval Integrada ha desempolvado debates de vieja data que revelan una Argentina dividida entre su necesidad de resguardar fronteras y su vocación de liderazgo cooperativo en investigación polar. Lo que cambia ahora es que el tiempo se agota: mientras Buenos Aires tarda en definiciones, Chile consolida una ventaja que se mide en décadas y en cifras contundentes.

Hace más de treinta años que sucesivos gobiernos prometen transformar a Ushuaia en la puerta estratégica de América del Sur hacia la Antártida. Cada tanto, con puntualidad frustrante, reaparece un proyecto u otro, se ponen en marcha iniciativas que languidecen, se colocan "piedras fundacionales" que quedan enterradas bajo capas de abandono administrativo. La Base Naval Integrada, en su encarnación actual, tuvo su origen formal en los años noventa, pero recién en 2022 se colocó su piedra fundacional durante la gestión Fernández. Tres años después, el avance apenas roza el 9,13 por ciento. La iniciativa contempla una infraestructura de envergadura considerable: un muelle de alrededor de 1.050 metros de extensión, complejos logísticos de más de 10.100 metros cuadrados, instalaciones para servicios marítimos, depósitos, talleres, cámaras frigoríficas y viviendas para personal militar. Una segunda fase sumaría aproximadamente 39.000 metros cuadrados adicionales dedicados al Comando del Área Naval Austral. Está proyectado que la construcción demande cerca de 300 millones de dólares, aunque la partida presupuestaria del 2025 —más de 163 millones de dólares— ha permanecido sin financiamiento continuo.

Dos lógicas en pugna: milicia versus ciencia

Lo que confunde a la opinión pública y a muchos tomadores de decisión es que existe, simultáneamente, otro proyecto completamente distinto denominado Área Antártica Internacional o Polo Logístico Antártico. Aunque ambos ocuparían espacios adyacentes en Ushuaia, sus objetivos, actores y fundamentos políticos resultan casi antagónicos. La Base Naval Integrada responde a una lógica defensiva y de soberanía: fortalecer la presencia operativa de la Armada en el Atlántico Sur, aumentar la capacidad de control argentino sobre la región y crear una plataforma de proyección militar hacia la Antártida. Su responsable directo es el Ministerio de Defensa, bajo el mando de la Armada. Las restricciones para publicar información sobre esta obra son severas, justificadas en argumentos de seguridad nacional. Quienes dirigen la construcción explican que existe una "hipótesis de conflicto" permanente en el Atlántico Sur, agravada por anuncios recientes de reforzamiento defensivo en las Islas Malvinas. La transparencia informativa, desde esta perspectiva, representa un riesgo para las capacidades defensivas del país.

El Polo Logístico Antártico, por el contrario, nace de una concepción radicalmente opuesta. Impulsado desde sectores público-privados y sustentado en leyes sancionadas hace años, su objetivo es transformar a Ushuaia en un centro de apoyo científico-comercial capaz de atraer programas internacionales de investigación, empresas de turismo antártico y operaciones logísticas civiles. La intención declarada es posicionar a la ciudad como un competidor válido frente a Punta Arenas, en Chile, que actualmente concentra 24 programas antárticos internacionales mientras Ushuaia no alberga ninguno. Este proyecto responde a una lógica económica-productiva: generar empleo, atraer inversión, dinamizar la economía local mediante actividades de valor agregado ligadas a la investigación polar. Sus promotores no son instituciones de defensa sino gobiernos provinciales, municipios, cámaras empresariales y think tanks especializados en política antártica.

El Tratado Antártico: ciencia sí, militarización no

La tensión entre ambos proyectos se inscribe en un marco jurídico internacional cuya arquitectura data de 1959. El Tratado Antártico, del cual la Argentina es miembro fundador y parte consultiva, estableció un régimen excepcional para el continente: se congelaron los reclamos de soberanía territorial, se prohibieron expresamente las actividades militares y se consagró a la Antártida como territorio dedicado exclusivamente a la investigación científica y a la cooperación internacional. Argentina, en particular, reclama derechos soberanos sobre un sector antártico pero, al mismo tiempo, se compromete a respetar el régimen desmilitarizado del Tratado. Esta aparente contradicción revela una realidad compleja: el país necesita reforzar su presencia defensiva en el Atlántico Sur (donde los reclamos sobre soberanía son legítimos según el derecho internacional), mientras que en la Antártida propiamente dicha debe ceñirse a actividades científicas y de cooperación. Ushuaia, por su geografía, queda atrapada entre ambas lógicas.

Argentina mantiene la presencia continua de mayor antigüedad histórica en territorio antártico y despliega su actividad científica a través del Instituto Antártico Argentino y la Dirección Nacional del Antártico, ambos con operaciones centralizadas en Buenos Aires. Esto ha generado críticas recurrentes en Tierra del Fuego, donde distintos sectores —empresarios, científicos, gobiernos locales— reclaman que Ushuaia debería ser el epicentro operativo de la estrategia antártica nacional en lugar de ser apenas una estación más. El argumento geográfico es irrefutable: Ushuaia es la ciudad más cercana a la Antártida en el hemisferio occidental, separada por apenas 900 kilómetros de la Base Petrel, que funciona como principal nodo de proyección argentina hacia el continente. El aprovechamiento de esta ventaja comparativa ha sido esquivo, sin embargo. Mientras Chile consolidó su hegemonía en la región antártica con inversiones sostenidas en infraestructura y coordinación institucional, Argentina ha visto diluirse sus oportunidades en debates administrativos y prioridades fluctuantes.

Una grieta que se agranda: la brecha con Chile

La desventaja argentina es cuantificable y preocupante. Chile opera 24 programas antárticos internacionales desde Punta Arenas, cifra que contrasta brutalmente con el cero de Ushuaia. Esta brecha no es accidental: responde a decisiones deliberadas de inversión, coordinación institucional y marketing geopolítico. Punta Arenas cuenta con infraestructura portuaria moderna, aeropuertos internacionales especializados, servicios de logística antártica de clase mundial y una institucionalidad que atiende proactivamente a investigadores, operadores turísticos y empresas de servicios. Argentina, en cambio, permanece fragmentada entre dos proyectos que se interfieren mutuamente sin avanzar decididamente en ninguno. Un especialista en política antártica sintetiza el problema: Argentina debe resolver una tensión más amplia que trasciende Ushuaia. Se trata de la fricción entre la lógica de defensa y soberanía que domina en el Atlántico Sur y la lógica científica que debe primar en el continente antártico según los compromisos internacionales. No es posible militarizar la Antártida sin violar el Tratado. Pero tampoco es posible abandonar la defensa del Atlántico Sur, donde los reclamos territoriales son legítimos y existen hipótesis de conflicto reales.

Un avance reciente sugiere que la Argentina está intentando reconciliar ambas lógicas mediante un enfoque de cooperación multinacional. En octubre próximo, Ushuaia será sede de la Reunión de Administradores de Programas Antárticos Latinoamericanos (RAPAL), encuentro que no se realizaba en la ciudad desde hace treinta años. El evento pretende coordinar agendas técnicas, ambientales, operativas y logísticas entre países latinoamericanos que operan en la Antártida en el marco del Tratado. Para sus promotores, esta cita representa un quiebre simbólico: Ushuaia se posicionaría como una de las cinco puertas de entrada a la Antártida en un contexto en que el Atlántico Sur adquiere relevancia geopolítica creciente. La expectativa es que la reunión atraiga inversiones, genere oportunidades económicas y consolide la ciudad como nodo de cooperación científica regional. Sin embargo, la pregunta que permanece suspendida es si el gobierno nacional —dividido entre la urgencia defensiva y la necesidad de proyección científica— logrará resolver la duplicidad de proyectos y financiar ambos de manera coherente o si, como ha ocurrido durante tres décadas, continuará oscilando entre anuncios y parálisis.

Lo que suceda en los próximos años tendrá implicaciones que trascienden lo local. Si Argentina no resuelve esta encrucijada, si la Base Naval Integrada permanece en obras perpetuas al 9 por ciento de avance y si el Polo Logístico Antártico continúa siendo una aspiración sin recursos, la brecha con Chile se tornará insalvable. La región antártica será cada vez más un territorio donde la presencia chilena será dominante, donde los programas internacionales operarán desde Punta Arenas, donde Ushuaia quedará relegada a un rol secundario en la división internacional del trabajo científico y logístico. Alternativamente, si se logra una estrategia integrada que permita fortalecer la Base Naval como plataforma defensiva legítima en el Atlántico Sur sin militarizar la Antártida, y si simultáneamente se desarrollan capacidades logísticas civiles que atraigan programas científicos internacionales, Ushuaia podría convertirse en un centro de gravedad geopolítico renovado. La decisión sobre cuál escenario prevalecerá dependerá de factores que escapan al control municipal: disponibilidad de financiamiento estatal, coherencia en la planificación nacional de largo plazo, capacidad de coordinación entre instituciones militares y científicas, y voluntad política de priorizar la región antártica en la agenda de desarrollo nacional. Lo cierto es que el reloj marca diferente para Argentina y para Chile, y la brecha se aganda cada mes que pasa sin definiciones.