Mientras el Presidente atravesaba los salones de París como anfitrión de la Argentina Week, su compañera de fórmula ocupaba un escenario político de similar envergadura pero con un mensaje sensiblemente distinto. A Victoria Villarruel la encontraban estos días en Madrid, presidiendo una delegación oficial en el XII Foro Parlamentario Iberoamericano, un encuentro donde legisladores de toda la región iberoamericana se reúnen para delinear las bases de la próxima Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno. Lo que sucedió en las salas del Congreso de los Diputados español no fue meramente un trámite protocolar: fue, nuevamente, una demostración de las divergencias que caracterizan hoy la conducción compartida del país.

La comitiva que Villarruel encabezaba incluyó a cuatro senadores: Maximiliano Abad de la UCR, Natalia Gadano de MOVERE Santa Cruz, Martín Goerling de Pro y Sandra Mendoza de Convicción Federal. Su llegada a Madrid fue noticia no tanto por la composición de la delegación como por lo que dijo una vez allí. Ante legisladores iberoamericanos y frente al monarca español Felipe VI, quien abrió formalmente las sesiones del foro en el Congreso de los Diputados, Villarruel pronunció un discurso que parecía pensado casi como respuesta directa a las posiciones que su propio Presidente había expuesto apenas días antes en Nueva York.

Dos visiones enfrentadas sobre tecnología y regulación

En la Asamblea General de la ONU, Milei había defendido un modelo de desarrollo tecnológico centrado en la ausencia de regulaciones estatales. La inteligencia artificial, bajo su visión, debería expandirse sin las trabas que los gobiernos pudieran imponer. Fue una posición ideológicamente coherente con su planteo general sobre el rol del Estado, pero también fue una apuesta que ignoraba debates que hace años circulan en múltiples espacios globales sobre cómo gestionar los impactos sociales de la automatización y la transformación digital.

En Madrid, Villarruel tomó la palabra para plantear exactamente lo contrario. "El debate sobre la Inteligencia Artificial no es meramente técnico, es una encrucijada humana", sostuvo con énfasis. Luego agregó una frase que funcionó casi como un guantazo simbólico: "No habrá un Estado eficiente, ni una democracia plena, si no situamos al ser humano que trabaja en el centro de toda innovación tecnológica". No se trataba de una crítica genérica a la tecnología. Era una crítica directa a quienes creen que la innovación puede avanzar sin consideración por sus efectos en el empleo, en la distribución del ingreso o en la cohesión social.

La vicepresidenta fue más allá. Advirtió que si los Estados y los Parlamentos no implementan "programas audaces de apoyo" dirigidos a pequeñas y medianas empresas, "la reconversión tecnológica va a profundizar la inequidad en la distribución del dividendo digital". Este diagnóstico representa una visión completamente opuesta a la del Presidente: mientras Milei confía en que el mercado sin regulaciones distribuirá eficientemente los beneficios de la tecnología, Villarruel sostiene que sin intervención estatal deliberada, la brecha se ampliará. "Necesitamos políticas públicas serias que defiendan el arraigo federal y la industrialización", enfatizó.

El trabajo como eje de una alternativa política

Lo interesante es que Villarruel no solo criticó implícitamente la posición del Presidente. Presentó una alternativa integral. Para ella, el trabajo no es simplemente un factor económico: es una categoría moral. "Ante el desafío del empleo, la respuesta jamás puede ser el repliegue asistencialista ni la resignación de un subsidio permanente", señaló. Pero inmediatamente agregó algo que suena como una crítica velada a ciertos aspectos de la gestión actual: "Ninguna transferencia económica va a sustituir jamás la dignidad sagrada del trabajo. El trabajo es realización moral, dignifica a las familias y es el norte innegociable de toda política económica".

Este planteo tiene una genealogía clara. Remite a la tradición del pensamiento católico social, que desde León XIII ha insistido en la dignidad del trabajo y en la responsabilidad del Estado de garantizar condiciones de empleo digno. De hecho, Villarruel explícitamente invocó ese legado al hacer referencia al mensaje del Papa León XIV sobre la deshumanización tecnológica (aunque hay que anotar que en realidad se refería a León XIII, quien escribió la encíclica *Rerum Novarum* en 1891). El movimiento es notable: mientras el Presidente se posiciona en una tradición libertaria que ve el Estado como obstáculo, Villarruel recupera una tradición que ve al Estado como guardián de valores humanos fundamentales.

Durante su permanencia en Madrid, Villarruel también se reunió con el Grupo Parlamentario de Amistad Iberoamericano en el Senado español, donde fue recibida por Pedro Rollán, presidente de ese cuerpo. En esa ocasión, el mensaje fue de cooperación y fortalecimiento de lazos regionales, pero siempre bajo la primacía de lo que ella considera valores irrenunciables: "el diálogo, la cooperación y el respeto institucional". Palabras que, considerando el contexto interno argentino, adquieren una carga adicional.

Vacío de poder y sucesión presidencial

Mientras tanto, en Buenos Aires quedaba un ejecutivo sin su jefe máximo ni su segundo. Ambos simultáneamente fuera del territorio nacional. Esa responsabilidad recayó en Bartolomé Abdala, presidente provisional del Senado y legislador libertario de San Luis. Abdala ejercerá esa función hasta el próximo sábado 3 de octubre, cuando está previsto que regrese el Presidente de su gira europea. No es la primera vez que el puntano asume esta responsabilidad. Ya lo hizo en diciembre de 2023 cuando Milei viajó a Noruega y Villarruel también se trasladó al exterior.

La Ley 20.972 de Acefalía establece claramente quién asume en estas circunstancias. Cuando tanto el Presidente como la Vicepresidenta están ausentes del territorio nacional, la jefatura del Estado pasa al presidente provisional del Senado. Si este también estuviera inhabilitado, seguiría el presidente de la Cámara de Diputados y, en tercer lugar, el presidente de la Corte Suprema. Es un mecanismo que existe precisamente para evitar vacíos de poder absolutos, aunque el que queda a cargo naturalmente carece de la legitimidad que proviene de haber sido elegido democráticamente para esa función.

Un conflicto que antecede al Gobierno

Las diferencias públicas entre Milei y Villarruel no surgieron repentinamente. Sus raíces se remontan a los meses previos a la asunción, cuando comenzaron los primeros cortocircuitos sobre la conformación del gabinete. Durante la campaña, el líder de La Libertad Avanza había prometido que Villarruel tendría bajo su responsabilidad las áreas de Seguridad y Defensa. Sin embargo, una vez definidos los equipos técnicos junto a Nicolás Posse, esa promesa se evaporó. Los ministerios quedaron en manos de Patricia Bullrich y Luis Petri, ambos provenientes de Juntos por el Cambio. Fue la primera maniobra sistemática de marginación.

La ruptura declarada llegó en noviembre de 2024, cuando Milei públicamente sostuvo que Villarruel no tenía "injerencia" alguna en las decisiones del Gobierno y la asoció con la "casta" y el círculo rojo al que supuestamente combatía. Ese fue el punto de no retorno. A partir de entonces, Villarruel decidió diferenciarse abiertamente, expresando desacuerdos sobre temas tan diversos como la negociación con la oposición dialoguista respecto de la ley bases, la votación en contra del decreto de necesidad y urgencia 70/2023 en el Senado, o la candidatura del juez Ariel Lijo para ocupar una vacante en la Corte Suprema.

Lo curioso es que en marzo de 2024, cuando todavía existía cierta apariencia de unidad, Villarruel había intentado limar asperezas con Karina Milei, hermana y principal asesora del Presidente. "Las dos queremos a Javier, las dos somos bravas, pobre jamoncito", había bromeado en una entrevista televisiva. Pero incluso en ese entonces ya había señales de tensión. Las diferencias con la Casa Rosada surgían cada vez que ella votaba distinto o negociaba de manera independiente en el Senado, espacio donde su rol como vicepresidenta le confiere cierta autoridad.

Implicancias de una dupla que no funciona en armonía

Lo que sucede en estos momentos, con Milei en París exponiendo su modelo de país y Villarruel en Madrid exponiendo el suyo, no es un mero episodio de tensión entre funcionarios. Representa un quiebre en la estructura de poder ejecutivo que tiene consecuencias políticas concretas. Cuando la vicepresidencia se convierte en un punto de disidencia pública respecto de las políticas del Presidente, se generan al menos tres efectos simultáneos: primero, debilita la capacidad de la administración de presentar un relato unificado sobre sus intenciones de largo plazo; segundo, abre espacios de negociación para legisladores de otras bancadas que pueden encontrar en Villarruel un interlocutor alternativo; y tercero, pone en tensión la legitimidad de un gobierno que fue elegido como proyecto unificado.

Por otra parte, la visibilidad internacional que Villarruel consigue en Madrid, dialogando con legisladores de media docena de países y con la monarquía española, refuerza su posicionamiento como figura política con capacidad propia de acción. No es simplemente la número dos del Presidente. Es una actriz política que puede movilizar recursos institucionales y simbólicos por su cuenta. Eso, en un contexto de conflictividad permanente, puede resultar tanto en una oportunidad de mediación como en un factor adicional de inestabilidad.

Las próximas semanas dirán mucho sobre cómo continúa esta dinámica. Si los desacuerdos siguen expresándose en escenarios públicos internacionales, es probable que terminen generando efectos no deseados en la política doméstica. Si por el contrario logran compartimentalizarse, la administración podría mantener cierto grado de cohesión formal. Lo que parece claro es que la ilusión de una dupla funcionando como unidad política ya se desvanecieron hace meses. Lo que queda es la gestión de esa realidad, con todas sus complejidades institucionales y electorales implícitas.