Las fracturas dentro del círculo ejecutivo argentino alcanzan su máxima visibilidad en los actos de protocolo más solemnes. El próximo lunes, cuando se realice el acto ecuménico en la Catedral Metropolitana conmemorando el aniversario patrio, faltará una de las figuras que históricamente ha integrado esa primera línea ceremonial: Victoria Villarruel no asistirá al Tedeum del 25 de mayo. Se trata de un acontecimiento sin precedentes en lo que va de la administración libertaria. La ausencia no se debe a enfermedad, viaje internacional o compromiso previo, sino a una cuestión administrativa tan simple como contundente: nadie la invitó. O más precisamente, desde la Secretaría General de la Presidencia, bajo supervisión de Karina Milei, no se cursó la invitación formal que el protocolo presidencial requiere para estos eventos.
Los colaboradores cercanos a la vicepresidenta se encargaron de difundir el mensaje durante el fin de semana, una jugada comunicacional que busca dejar constancia pública de lo que perciben como un desaire deliberado. Según trascendió, la misiva que circuló entre allegados a Villarruel señalaba con precisión que la invitación al Tedeum debía ser cursada formalmente por la Secretaría General de la Presidencia a través de su área de ceremonial. En ese acto administrativo, precisamente, es donde se produjo el quiebre. La vicepresidenta, de una fe católica declarada y manifiesta, no ha recibido esa convocatoria. El mensaje implícito resulta inequívoco: quien controla los ceremoniales es quien tomó la decisión de no llamarla.
El deterioro de una relación sin retorno aparente
Comparar esta situación con años anteriores permite dimensionar la profundidad del conflicto. Durante 2025, cuando las tensiones entre ambas mujeres ya eran manifiestas aunque el gobierno aún intentaba mantener cierta fachada de unidad, Villarruel asistió igualmente al acto. Incluso en ese contexto de relaciones visiblemente tensas, el Presidente evitó saludarla durante la ceremonia, un gesto que entonces resonó como un mensaje político de fricciones internas. Sin embargo, ella se presentó. En 2024, durante los primeros compases de la administración libertaria, aunque ya existían ciertos roces con la secretaria general de la Presidencia, Villarruel llegó caminando del brazo del Presidente desde Casa Rosada hasta la Catedral, una imagen que proyectaba, al menos superficialmente, cohesión.
Este año representa un quiebre categórico. No se trata de una tensión que se intenta ocultar dentro de la ceremonia, sino de una exclusión que se enuncia previamente, que se comunica, que se visibiliza. La estrategia de sus colaboradores de hacer públicamente conocida esta exclusión sugiere que, desde el entorno de Villarruel, existe la intención de que quede registro de que la exclusión fue impuesta, no elegida. Es decir, que la responsabilidad recae sobre quienes controlan el aparato de Casa Rosada.
La Iglesia se deslinda: protocolos presidenciales, no eclesiásticos
Cuando se consultó a las autoridades eclesiásticas sobre quién decide las invitaciones al Tedeum, la respuesta fue tan clara como reveladora de cómo funcionan efectivamente estas mecánicas de poder. La Catedral Metropolitana aclaró que la responsabilidad sobre la convocatoria es exclusivamente presidencial. El proceso funciona de este modo: el Presidente le solicita al arzobispo la celebración de la misa; una vez aceptado, toda la logística administrativa—invitaciones, asignación de lugares, protocolos de seguridad—corre a cargo de la Secretaría General de la Presidencia. El Arzobispado interviene únicamente en los aspectos litúrgicos: la celebración en sí, los ritos, los cantos y la homilía. Las tarjetas de invitación y la determinación de quiénes integran la comitiva son competencia exclusiva del ceremonial presidencial.
Con esta aclaración, la Iglesia prácticamente señala que cualquier pregunta sobre la ausencia de Villarruel debe dirigirse a Casa Rosada, no al Arzobispado. No hay ambigüedad institucional que permita una interpretación alternativa. Fue una decisión política, tomada en la esfera ejecutiva, con todas sus implicancias simbólicas.
Macri recupera su lugar en la ceremonia: una reconciliación sobre el papel
Mientras Villarruel experimenta una exclusión sin precedentes, otra figura política porteña logra regresar al primer plano ceremonial. Jorge Macri, jefe de Gobierno porteño, volverá a integrar la comitiva presidencial en el Tedeum de este año. El año pasado, durante la misa de 2025, Milei no solo desairó a Villarruel sino que también ignoró al mandatario de la Ciudad en una secuencia que dejó clara la ruptura de la alianza entre ambos líderes. Ese episodio fue leído en su momento como un punto de quiebre en la relación entre el Presidente y el jefe porteño. Sin embargo, los gobiernos nacional y de la Ciudad han logrado reconstruir puentes en estos meses posteriores. Esta vez, Macri desembarcará en la Catedral acompañado por su esposa, María Belén Ludueña, y por integrantes del Gabinete porteño. Además, desde la Casa Rosada se trasladó esta semana que habrá un saludo formal entre el Presidente y el jefe de Gobierno durante la ceremonia, consolidando visualmente esa reconciliación.
La composición de la comitiva presidencial también presentará ausencias notables. Sandra Pettovello, ministra de Capital Humano, no acompañará al Presidente en la Catedral. Su destino es el Vaticano, donde participará en un encuentro del área educativa con el papa León XIII. El canciller Pablo Quirno sí será parte de la delegación. Tras la misa, desde la Catedral, toda la comitiva se trasladará hacia el Cabildo, donde está previsto cantar el Himno Nacional. Posteriormente regresarán a Casa Rosada para una reunión de Gabinete. Este itinerario y esta estructura de actos protocolares mantienen la tradición de hacer del 25 de mayo una jornada de múltiples rituales de reafirmación institucional.
El Vaticano en la órbita política argentina: expectativas de una visita papal
Más allá del Tedeum de este lunes, existe una expectativa que atraviesa los pasillos de poder argentino: la posibilidad de una visita del papa León XIII a la Argentina. Esta expectativa se fortaleció tras reuniones de alto nivel que mantuvieron esta semana autoridades eclesiásticas con representantes del gobierno nacional. El jueves, Pettovello y Quirno se reunieron con monseñor Marcelo Colombo, presidente del Episcopado; monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires; y monseñor Raúl Pizarro, secretario general de la Conferencia Episcopal. Durante ese encuentro se abordó la agenda social—tema que se espera que traverse la homilía del arzobispo durante el Tedeum—pero también se conversó sobre la tan esperada visita papal.
El viernes siguiente, Quirno compartió una fotografía con el Presidente en Olivos en la que anunció, con un tono que sugería que llevaba noticias de relevancia, que se trataba de comunicar "la buena noticia que hará feliz a todo el pueblo argentino", agregando que "solo resta definir la fecha". Su mensaje incluyó referencias a la primavera y peticiones de bendiciones divinas. El Presidente respondió brevemente con "se viene", acompañado de emojis que incluían leones, la mascota simbólica del movimiento libertario. El intercambio, aunque breve, refleja una dinámica de coordinación y entendimiento en este aspecto de la política exterior y religiosa, al menos en este momento.
Las implicancias políticas de una exclusión protocolizada
Lo que ocurre el próximo lunes trasciende la anécdota de un acto ceremonial. La exclusión de Villarruel del Tedeum representa una cristalización pública de lo que hasta ahora había sido un conflicto contenido, o al menos discretamente disimulado dentro del círculo ejecutivo. Que sea la primera ocasión en que la vicepresidenta no participa de este acto—considerado uno de los más importantes del calendario cívico—sugiere que las tensiones internas han alcanzado un nivel que ya no requiere de eufemismos ni disimulos.
Las formas importan en política. Un acto ceremonial es, por definición, un lenguaje comunicacional donde cada presencia, cada ausencia, cada gesto adquiere significado político. Que sea la Secretaría General de la Presidencia, controlada por Karina Milei, la encargada de cursar o no la invitación, coloca la responsabilidad de manera inequívoca. Y que Villarruel o su entorno dieran publicidad a esta exclusión antes de que el evento ocurriera revela que no se trata de algo que se buscara ocultar o minimizar, sino de un mensaje que se quería que trascendiera.
De cara a los próximos meses, varios escenarios son posibles. La relación entre la vicepresidenta y la estructura de poder de la Casa Rosada podría continuar deteriorándose, con nuevas exclusiones protocolares o políticas. Alternativamente, podría existir un intento de reparación simbólica en otros actos oficiales posteriores. La eventual visita del papa León a Argentina también podría reconfigurar dinámicas, ya que un evento de esa magnitud requiere de coordinación que probablemente involucre múltiples actores políticos. Lo que parece claro es que las grietas visibles dentro de la administración libertaria van más allá de diferencias de criterio administrativo: reflejan disputas profundas sobre quién ejerce el poder efectivo y cuáles son los límites de tolerancia que existen para quienes integran la cúpula ejecutiva.



