La arquitectura de la cooperación militar entre la República Argentina y los Estados Unidos experimenta un salto cualitativo con la convergencia simultánea de tres iniciativas de envergadura que despliegan personal, equipamiento y capacidades de ambas naciones en territorio y aguas nacionales. El arribo del contraalmirante Mark A. Schafer, máximo responsable del Comando Sur estadounidense, marca un hito simbólico y operativo de una relación que trasciende declaraciones diplomáticas para materializarse en maniobras de complejidad táctica elevada. La simultaneidad de estos despliegues revela una estrategia coordinada que busca consolidar una presencia militar norteamericana de largo alcance en la región, mientras que para Buenos Aires representa un posicionamiento diferenciado en el tablero geopolítico regional.
El operativo sobre las aguas: Passex 2026 y la proyección naval conjunta
Desde hace varios días, las aguas de la Zona Económica Exclusiva argentina se han convertido en escenario de un programa de entrenamiento intensivo que enfrenta capacidades navales y aeronavales de ambas potencias. El portaaviones USS Nimitz —uno de los buques insignia de la flota estadounidense— navega en las proximidades de la costa argentina en compañía del destructor USS Gridley, mientras que desde la Base Naval de Puerto Belgrano zarparon el destructor ARA La Argentina y la corbeta ARA Rosales para conformar lo que oficialmente se denomina una "fuerza de tarea combinada". Este ejercicio, denominado Passex 2026, forma parte de la etapa final del despliegue internacional Southern Seas 2026, una campaña que comenzó en el hemisferio norte y que ha transitado diversos escenarios del continente americano integrándose con armadas de la región.
El programa de entrenamiento desarrollado en las aguas jurisdiccionales argentinas incluye un catálogo extenso de maniobras que evidencia el nivel de sofisticación operativa buscado. Las unidades participantes ejecutan ejercicios de comunicaciones, evoluciones tácticas complejas, formaciones de navegación de alto nivel, procedimientos de defensa aérea y operaciones aéreas conjuntas. Un componente particularmente relevante lo constituyen las prácticas de vuelo embarcado: helicópteros Sea King desde la cubierta del portaaviones estadounidense coordinan maniobras aéreas con cazabombarderos F-18 de la US Navy, lo que permite a la aviación naval argentina adiestrarse en procedimientos que requieren entornos de operación de gran complejidad. Aproximadamente 350 efectivos de las fuerzas argentinas participan en estas evoluciones, un contingente significativo que sugiere una inversión sustancial en capacitación bilateral.
El costo estimado de estas operaciones alcanza los $466,7 millones, una cifra que refleja la magnitud de los recursos desplegados y que trasciende lo meramente logístico para incidir en presupuestos fiscales nacionales. Este desembolso contrasta con ejercicios anteriores: en 2024 participó el portaaviones USS George Washington en una iniciativa similar, lo que indica que las maniobras Passex constituyen un programa recurrente de integración operativa. La reiteración anual de estas prácticas sugiere la intención de ambos gobiernos de institucionalizar un mecanismo permanente de coordinación táctica.
Operaciones especiales y despliegue territorial de fuerzas de élite
En paralelo a los ejercicios navales, un segundo frente operativo se desarrolla en territorio continental bajo la denominación Daga Atlántica. Las Fuerzas Especiales estadounidenses despliegan efectivos en tres ubicaciones estratégicas: la Base Naval Puerto Belgrano, la Guarnición Militar Córdoba y la VII Brigada de la Fuerza Aérea en Moreno, provincia de Buenos Aires. Este esquema tripartito de presencia especial refleja una distribución territorial que cubre capacidades navales, terrestres y aéreas, conformando un espectro completo de dominios operativos. El coronel Eduardo César Verón Rodríguez, comandante Conjunto de Operaciones Especiales de la República Argentina, participó activamente en las fases iniciales de entrenamiento táctico entre operadores de ambas naciones.
La llegada de tropas estadounidenses al territorio nacional se produjo mediante un instrumento de particular relevancia jurídica: un decreto presidencial que autorizó el ingreso del personal y medios militares norteamericanos. Este mecanismo reviste importancia constitucional dado que la Carta Magna otorga al Congreso Nacional la potestad de autorizar la entrada de tropas extranjeras. El Poder Ejecutivo argumentó que remitió oportunamente el proyecto legislativo a la Cámara de Diputados, aunque la iniciativa no recibió tratamiento parlamentario. En los fundamentos del decreto se destaca que "la experiencia acumulada por las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos en operaciones combinadas en contextos de combate constituye un recurso invaluable para potenciar las capacidades de las Fuerzas Armadas de la República Argentina", una apreciación que subraya los beneficios técnicos y operacionales de la cooperación.
La dimensión diplomática y el mensaje estratégico regional
La visita del jefe del Comando Sur a la unidad aeronáutica de Moreno no constituye meramente una aparición protocolar sino un gesto de afirmación política de las prioridades estratégicas compartidas. El embajador estadounidense en Buenos Aires, Peter Lamelas, expresó mediante redes sociales que "nuestros países son más fuertes cuando trabajamos juntos", enfatizando que la visita del contraalmirante Schafer "reafirma el valor de la relación entre nuestras fuerzas de operaciones especiales y continúa fortaleciendo la cooperación en defensa entre Estados Unidos y la Argentina". Complementó su mensaje afirmando que "una Argentina más fuerte hace a toda la región más segura", un argumento que postula a la nación sudamericana como actor relevante en la estabilidad continental.
Desde la cartera de Defensa argentina se proporcionó información oficial que contextualiza estas maniobras dentro de una estrategia de largo alcance: "A medida que el grupo de combate aeronaval estadounidense avanzó hacia el Atlántico Sur y se aproximó al litoral marítimo argentino, comenzó el trabajo conjunto en aguas jurisdiccionales nacionales, mediante la ejecución del ejercicio Passex 2026". Esta caracterización subraya que el despliegue no constituye una iniciativa aislada sino un segmento de una campaña más amplia que abarca múltiples naciones y escenarios. El comunicado oficial también destaca que "mientras tanto, unidades de la Flota de Mar zarparon de la Base Naval de Puerto Belgrano para integrarse al despliegue", un lenguaje que refuerza la narrativa de participación activa y protagónica de las fuerzas argentinas.
Contexto histórico y evolución de la relación bilateral
La intensificación de la cooperación militar bilateral debe interpretarse dentro de un contexto histórico más extenso. Durante décadas, la relación entre Argentina y Estados Unidos en materia de defensa experimentó ciclos de aproximación y distanciamiento condicionados por factores geopolíticos globales y dinámicas regionales. La guerra de las Malvinas en 1982, donde el gobierno estadounidense se mantuvo neutral oficialmente aunque con simpatías hacia el Reino Unido, dejó marcas profundas en la memoria institucional de las fuerzas argentinas. Posteriormente, períodos de mayor integración sudamericana bajo gobiernos de signo progresista vieron una menor priorización de vínculos con Washington en materia castrense. El cambio de administración presidencial en Argentina y en Estados Unidos ha generado las condiciones para una reactivación de estos lazos que se expresan ahora en el nivel de intensidad operativa que se observa.
Los ejercicios conjuntos en sí mismos no constituyen una novedad en la práctica internacional: decenas de naciones participan en programas Passex con unidades navales estadounidenses en diversos escenarios. Sin embargo, la convergencia temporal de múltiples iniciativas —ejercicios navales, operaciones de fuerzas especiales, y visitas de alto nivel— comprime en un período breve un volumen de interacción que sugiere una aceleración deliberada de la integración operativa. Este patrón refleja decisiones políticas de las administraciones Washington y Buenos Aires respecto de prioridades estratégicas.
Perspectivas y posibles desenvolvimientos de la relación
Los hechos que se desenvuelven en aguas y territorio argentino abren múltiples interrogantes sobre las trayectorias futuras de esta profundización bilateral. Desde perspectivas diversas, estos desarrollos pueden interpretarse de distintas maneras. Para algunos analistas, la consolidación de capacidades conjuntas con Estados Unidos representa una modernización operativa beneficial que equiparía mejor a las fuerzas argentinas para enfrentar desafíos de seguridad contemporáneos, mientras que otros señalan riesgos de una dependencia tecnológica y operativa que podría restringir márgenes autónomos de decisión nacional en contextos de crisis regionales. La cuestión del marco legal también genera perspectivas diferenciadas: quienes valorizan la celeridad en la toma de decisiones del Poder Ejecutivo destacan la eficiencia de un decreto, mientras que defensores de procedimientos parlamentarios apuntan la relevancia de que asuntos de soberanía militar transiten por instancias legislativas. La región misma observa estos movimientos: algunos gobiernos pueden interpretarlos como expresión de un giro geopolítico que altera equilibrios regionales, mientras que otros ven una actualización necesaria de relaciones bilaterales en contextos de desafíos transnacionales. Los ejercicios continuarán desarrollándose conforme a calendarios preestablecidos, pero sus implicaciones político-estratégicas permanecerán en debate en espacios académicos, legislativos y de opinión pública durante el mediano plazo.



