Ganar la Fórmula 2 no garantiza nada. Esta verdad, incómoda pero innegable, vuelve a quedar expuesta después de que el italiano Leonardo Fornaroli se coronara campeón en 2025 con una actuación descomunal en el Gran Premio de Qatar, y sin embargo no tenga un volante asegurado para competir en la Fórmula 1 la temporada siguiente. Lo que debería ser la puerta de entrada al máximo nivel del automovilismo mundial sigue siendo, para muchos, apenas un escalón que lleva a ningún lado. Y para entender por qué ese dato importa, hay que recorrer toda la historia de una categoría que nació en 2005 bajo el nombre de GP2 y que acumula ya dos décadas de campeones con destinos tan distintos como fascinantes.

El título que no alcanza: la paradoja de los campeones sin asiento

El caso de Fornaroli no es aislado. El joven italiano logró algo que muy pocos pilotos consiguieron en toda la historia de la categoría: ganar la Fórmula 3 y la Fórmula 2 en su temporada de debut en cada una de ellas. Un mérito que lo coloca en una lista cortísima junto a nombres como Charles Leclerc, George Russell, Oscar Piastri y Gabriel Bortoleto. Sin embargo, el reglamento de la F2 le impide repetir en la categoría, y la grilla de la F1 para 2026 ya está tomada. Fornaroli queda en un limbo deportivo que ningún mérito individual puede resolver por sí solo: el automovilismo de élite no funciona solo con talento, sino también con dinero, conexiones y timing. Tres variables que no siempre coinciden.

Un año antes, en 2024, la historia tuvo un final más feliz para Gabriel Bortoleto, el brasileño que se consagró campeón en su primera temporada en la categoría y que además se convirtió en el primer piloto de la agencia A14 Management —la representante de Fernando Alonso— en dar el salto desde la F2 hasta la Fórmula 1. Bortoleto compite hoy con Sauber, la estructura suiza que se transformará en el equipo oficial de Audi a partir de 2026. Su ascenso devolvió a Brasil una esperanza que el automovilismo latinoamericano venía necesitando desde hacía años, con el fantasma siempre presente de Ayrton Senna y de Felipe Massa como puntos de referencia ineludibles para cualquier piloto de ese país que se anime a soñar con la F1.

Antes de Bortoleto, el último en alzarse con la corona había sido el francés Théo Pourchaire, integrante de la academia de Sauber, quien se coronó el 26 de noviembre de 2023 en Abu Dhabi durante su segunda campaña en la categoría. Pourchaire había sido subcampeón en 2022 y volvió con todo para quedarse con el título, pero tampoco encontró asiento en la Fórmula 1 de manera inmediata. El mismo destino que había sufrido el brasileño Felipe Drugovich, campeón en 2022, quien tuvo que conformarse con un rol de piloto reserva antes de que se le abriera alguna puerta. Dos campeones seguidos sin silla en la máxima categoría: una señal de que el sistema tiene fallas estructurales que ningún logro deportivo puede compensar solo.

Los grandes nombres que sí llegaron: de Hamilton a Leclerc

Para comprender la magnitud de lo que representa ganar este campeonato, basta con mencionar al más grande de todos sus campeones: Lewis Hamilton. El británico se consagró en la GP2 —el nombre original de la categoría antes de su rebautizo en 2017— y desde ahí arrancó una trayectoria que lo llevaría a acumular siete títulos mundiales de Fórmula 1, más que cualquier otro piloto en la historia. Hamilton ganó la GP2 en 2006 y al año siguiente ya debutaba en la F1 con McLaren, disputándole el campeonato hasta la última vuelta al propio Alonso. Un camino casi perfecto que, sin embargo, fue la excepción y no la regla.

Otros nombres de enorme peso también pasaron por esta categoría antes de brillar en la élite. Charles Leclerc, el monegasco de Ferrari, ganó la F2 en 2017 en su primer intento, consolidando una proyección que ya era evidente para quienes seguían de cerca las categorías de formación. George Russell, actual piloto de Mercedes, hizo lo propio en 2018, también en su debut en la categoría. Y Oscar Piastri, el australiano que hoy comparte garage con Lando Norris en McLaren, se coronó en 2021 con una autoridad aplastante. Todos ellos siguieron el mismo patrón: ganar, convencer, ascender. Pero incluso algunos de estos nombres tuvieron que esperar más de lo esperado para que la F1 les abriera la puerta, lo que refuerza la idea de que el mérito por sí solo raramente alcanza.

Los olvidados: el lado oscuro del campeón de F2

La lista de campeones también alberga figuras que el tiempo fue difuminando. Giorgio Pantano, uno de los primeros en ganar la GP2, tuvo un paso por la Fórmula 1 que quedó en los márgenes incluso antes de alzarse con el título. Su carrera posterior lo llevó por campeonatos como IndyCar y la Superleague Fórmula, sin que pudiera consolidarse en ningún escenario de primer nivel. Timo Glock llegó a la F1 y cosechó resultados dignos, pero nunca alcanzó el protagonismo que su título en la categoría de acceso parecía augurar. Jolyon Palmer, hijo del expiloto Jonathan Palmer, fue otro caso de campeón que no logró imponerse en la grilla más competitiva del mundo y terminó cediendo su butaca antes de que su contrato expirara.

Hay también casos que generan más ruido por sus contradicciones que por sus logros. Pastor Maldonado ganó la GP2 en 2010 y llegó a la F1, donde incluso consiguió una victoria en el Gran Premio de España de 2012, la única de su carrera. Pero su paso por la máxima categoría quedó asociado más a los incidentes en pista que a las actuaciones brillantes. Pierre Gasly, en cambio, ganó la F2 en 2016 y tuvo un recorrido en la F1 con luces y sombras: fue degradado de Red Bull Racing a Toro Rosso en mitad de temporada, pero luego se reinventó y consiguió una victoria histórica en Monza 2020, además de consolidarse como piloto titular durante varios años. Un ejemplo de resiliencia que la categoría también supo producir.

Qué dice todo esto sobre el futuro del automovilismo

El recorrido de estos veinte años de campeones revela algo que los fanáticos del automovilismo argentino deberían tener muy presente: el talento es necesario pero insuficiente. En una época en que los presupuestos de los equipos de F1 superan los 400 millones de dólares anuales y en que los patrocinios y las academías de los grandes constructores determinan quién sube y quién baja, el mérito deportivo compite en desigualdad de condiciones con los recursos económicos. Fornaroli lo ilustra con crudeza en 2025: ganó todo lo que había para ganar en la categoría y aun así se quedó sin asiento.

Argentina, que tiene una historia gloriosa en el automovilismo internacional —con Juan Manuel Fangio como el gran referente histórico y cinco títulos mundiales entre 1951 y 1957— sigue sin producir pilotos que lleguen a las categorías de formación europeas con el respaldo institucional y económico necesario. La brecha no es solo de talento: es estructural. El caso de Bortoleto, que llegó a la F1 gracias en parte al paraguas de la agencia de Alonso, muestra que los atajos tampoco son gratuitos. Todo tiene un costo, y en el automovilismo ese costo suele medirse en millones antes que en décimas de segundo. La Fórmula 2 seguirá produciendo campeones. La pregunta que nadie termina de responder es cuántos de ellos llegarán a hacer lo que vinieron a hacer.