Hay fechas que dividen la historia de una organización en dos etapas irreconciliables. Para Red Bull Racing, esa bisagra tiene nombre y apellido: Dietrich Mateschitz, el empresario austriaco que falleció en octubre de 2022 y cuya ausencia, según reconoció el propio Helmut Marko, alteró de manera profunda no solo la estructura de mando del equipo, sino también el ánimo de quienes lo habían construido junto a él. Lo que Marko confesó no es un detalle menor ni una anécdota de vestuario: es la radiografía de cómo una escudería que dominó el mundo de la Fórmula 1 comenzó a mostrar fisuras desde adentro, justo cuando más brillaba hacia afuera.
Marko, figura irremplazable en la historia moderna de Red Bull, admitió que la muerte de Mateschitz representó un quiebre emocional y estructural que lo llevó a replantearse su propia continuidad dentro del proyecto. El asesor austriaco, que durante décadas fue uno de los hombres de mayor confianza del fundador, describió un escenario donde la dinámica que había hecho grande al equipo se transformó radicalmente. Ya no era lo mismo. La pasión que lo había impulsado durante años empezó a menguar, y eso, viniendo de alguien como Marko —conocido por su carácter férreo y su compromiso incondicional con la competencia—, tiene un peso específico enorme.
El arquitecto detrás del imperio rojo
Dietrich Mateschitz no era simplemente el dueño de Red Bull. Era el alma del proyecto. Había fundado la marca en 1987 junto al empresario tailandés Chaleo Yoovidhya, y años después canalizó su amor por el automovilismo en la adquisición de lo que era Jaguar Racing en 2004, rebautizada rápidamente como Red Bull Racing. Desde ese momento hasta su muerte, Mateschitz fue mucho más que un financista: fue quien marcó la cultura, los valores y la identidad competitiva del equipo. Su relación con Marko era de las que trascienden lo laboral. Compartían visión, obsesión por ganar y una manera particular de entender el deporte como expresión de identidad. Cuando Mateschitz murió a los 78 años, se fue con él una forma de hacer las cosas que, según el propio Marko, era imposible de replicar.
En ese contexto, los cambios estructurales que siguieron a la desaparición del fundador no fueron menores. La incorporación de Laurent Mekies como Team Principal y la reorganización interna del equipo reordenaron jerarquías y responsabilidades. Pierre Wache, Chief Engineer de Performance Engineering, pasó a tener un rol más protagónico en la toma de decisiones técnicas. Ese rediseño del organigrama, necesario desde el punto de vista corporativo, generó tensiones que Marko no esquivó al describir su situación personal. El equipo que él conocía, con sus códigos y sus canales informales de poder, ya no era exactamente el mismo.
Cuando el éxito deportivo convive con el malestar interno
La paradoja es llamativa: mientras Red Bull celebraba títulos y Max Verstappen se consolidaba como el piloto más dominante de la era reciente —con tres campeonatos mundiales consecutivos entre 2021 y 2023—, puertas adentro crecía una incomodidad que Marko no pudo —o no quiso— disimular. Esta tensión entre el rendimiento en pista y las turbulencias internas no es nueva en la Fórmula 1. Williams, McLaren y Ferrari vivieron situaciones similares en distintos momentos de su historia: equipos que acumulaban victorias mientras sus estructuras internas crujían bajo el peso de los egos, los cambios de guardia y las disputas por el control. En Red Bull, el detonante no fue una pelea de poder tradicional, sino algo más difícil de gestionar: el duelo por una figura que era, al mismo tiempo, líder y nexo emocional del proyecto.
El testimonio de Marko es relevante también porque pone en el centro del debate una pregunta que pocas veces se hace en el mundo del automovilismo de alta competencia: ¿puede un equipo mantener su identidad y su nivel de exigencia cuando desaparece quien le dio sentido? La respuesta, en el caso de Red Bull, todavía está siendo escrita. Los resultados en pista siguen siendo competitivos, pero las señales de que algo cambió son difíciles de ignorar cuando uno de los hombres más influyentes de la historia del equipo admite que ya no siente lo mismo.
Marko tiene 81 años y una trayectoria que incluye haber sido piloto de carreras en los años 70 —llegó a competir en la Fórmula 1 antes de que una lesión ocular truncara su carrera activa— y haber construido junto a Mateschitz uno de los programas de desarrollo de pilotos más exitosos del automovilismo mundial, la llamada Red Bull Junior Team, de la que emergieron nombres como Vettel, Verstappen, Ricciardo y Pérez, entre otros. Su lugar en el equipo no es ceremonial ni decorativo. Marko es una pieza funcional, alguien que opera en la zona gris entre la política interna y la estrategia deportiva. Por eso, cuando él dice que sintió que la chispa se apagó, no es retórica nostálgica: es una advertencia.
Las consecuencias de un relato que no termina
Lo que viene para Red Bull es incierto en varios sentidos. La escudería deberá demostrar que su maquinaria ganadora puede sostenerse sin el liderazgo carismático que la fundó y sin la cohesión interna que ese liderazgo garantizaba. Al mismo tiempo, la continuidad de Marko —que finalmente no abandonó el equipo pese a sus dudas— plantea interrogantes sobre su rol real en la nueva estructura y sobre cuánto poder de decisión conserva frente a una cadena de mando que claramente se ha profesionalizado y corporativizado. Para algunos analistas del paddock, esta reconfiguración es inevitable y hasta saludable: los equipos que dependen de una sola figura son estructuralmente frágiles. Para otros, lo que se pierde en ese proceso de institucionalización es precisamente aquello que hacía especial a Red Bull: su capacidad para tomar decisiones rápidas, heterodoxas y con una impronta personal inconfundible. Lo que sí parece claro es que la era post-Mateschitz exigirá más de todos los que quedaron, y que las grietas que Marko dejó entrever, lejos de ser anecdóticas, podrían definir el rumbo del equipo en los próximos años.



