En el momento en que más dólares ingresan al país —por la cosecha gruesa de maíz, exportaciones energéticas récord y colocaciones de deuda privada y provincial— el tipo de cambio decidió moverse hacia arriba. En apenas cinco ruedas, el dólar minorista trepó $35 y cerró la semana en $1.420 en los bancos, mientras el mayorista rozó los $1.400. La paradoja no es menor: el Banco Central acumula compras por más de US$ 2.300 millones en lo que va del mes, las reservas brutas volvieron a superar los US$ 46.000 millones, y aun así el mercado empieza a preguntarse si el ciclo del "carry trade" —la estrategia de apostar al peso para ganar en dólares— está llegando a su fin. Lo que está en juego no es solo el precio del billete verde: es el modelo de estabilización que el Gobierno viene sosteniendo desde principios de año.
Un peso fuerte en una región que también se apreció
Para dimensionar lo que ocurre con la moneda argentina, vale mirar el contexto regional. Según estimaciones de la consultora Quantum Finanzas, con una inflación minorista del 9,5% en el primer trimestre de 2026, el peso acumuló una apreciación real frente al dólar del 12,2%. Ese número no tiene parangón en América Latina: el real brasileño se apreció un 7,3% real en el mismo período, el peso colombiano un 5,5% y el peso mexicano apenas un 2%. Argentina encabeza el ranking de monedas que más ganaron terreno frente al dólar en la región, aunque ese liderazgo no necesariamente es una señal de fortaleza estructural, sino de una combinación específica de factores que pueden revertirse. En abril, además, el dólar global se depreció con más fuerza frente a otras divisas latinoamericanas que frente al peso: cayó un 4,3% contra el real, un 3,4% contra el peso mexicano y apenas un 0,4% contra el peso argentino. Esa diferencia habla de un tipo de cambio local que, en comparación, resistió la tendencia global a la debilidad del dólar.
Detrás de este fenómeno hay una política deliberada. El BCRA intervino sostenidamente en el mercado de cambios comprando divisas, lo que en cierta medida funcionó como un mecanismo que frenó una apreciación todavía más pronunciada. La semana pasada, el Central juntó US$ 745 millones, lo que elevó sus reservas brutas en casi US$ 400 millones en una sola semana. Sin embargo, desde la consultora LCG señalan que esa suba fue acotada en relación con las compras, porque una parte del efecto se diluyó por la baja de encajes y por la caída del precio del oro, que retrocedió un 2,9% en el período.
La oferta no falta: el problema está en los pesos
El ingreso de divisas tiene varios motores activos al mismo tiempo. La liquidación de la cosecha récord de maíz suma oferta al mercado oficial. Las exportaciones de hidrocarburos vienen en alza y en marzo la balanza energética marcó un nuevo récord histórico, aunque todavía no está completamente incorporado el impacto de la baja en los precios internacionales del petróleo producto de las tensiones en Medio Oriente. A eso se suman colocaciones de deuda corporativa y de provincias —entre ellas Chubut— que aportaron dólares frescos al circuito financiero, y un renovado dinamismo de los préstamos en moneda extranjera dentro del sistema bancario. En síntesis: por ahora, la oferta de divisas no es el problema. El problema está en el mercado de pesos.
Las tasas de interés en pesos, que durante meses funcionaron como el ancla del sistema —atrayendo a inversores dispuestos a quedarse en moneda local a cambio de un rendimiento atractivo—, hoy se encuentran en terreno negativo en términos reales. Eso significa que quien tiene pesos invertidos en instrumentos de corto plazo está, en los hechos, perdiendo poder adquisitivo. El interrogante que recorre el mercado es si esa decisión fue buscada intencionalmente para impulsar el crédito en pesos y reactivar sectores rezagados de la economía real, o si se trata de un efecto secundario que puede derivar en una mayor demanda de cobertura cambiaria. El economista Juan Manuel Franco, del Grupo SBS, lo planteó en esos términos: la tasa real negativa podría haber sido buscada para estimular sectores que todavía no despegaron, pero el impacto sobre el tipo de cambio deberá monitorearse de cerca, incluso en un contexto en que los flujos externos siguen siendo favorables para Argentina.
El carry trade bajo la lupa
Durante semanas, la estrategia dominante en la City porteña fue clara: apostar al peso, capturar la tasa alta y luego convertir las ganancias a dólares. Esa operación, conocida como "carry trade", funcionó con precisión de relojería mientras el tipo de cambio se mantuvo quieto y las tasas compensaban holgadamente cualquier movimiento del billete. Pero el despertar del dólar en las últimas cinco ruedas generó señales de alerta. Desde la consultora Outlier, que días atrás había recomendado a sus clientes cerrar esas posiciones en pesos, advirtieron que el movimiento del tipo de cambio "respalda aún más" sus temores de subas sostenidas. Su recomendación actual es mantenerse fuera del carry y priorizar la dolarización de carteras. Incluso fijaron un nivel de referencia: en torno a los $1.400, el Gobierno podría intensificar su presencia para defender el tipo de cambio, por lo que las próximas ruedas serán decisivas para entender si ese umbral funciona como piso o como punto de partida de un nuevo escalón.
Desde IEB, otra consultora del mercado local, el análisis apunta en una dirección similar: en la medida en que la oferta de dólares se vaya reduciendo —algo inevitable una vez que el pico de la cosecha quede atrás—, las posiciones en pesos tenderán a desarmar y rotar hacia el tipo de cambio. Esa rotación puede producirse de dos maneras: o bien los inversores anticipan una suba del dólar y se cubren comprando divisas, o bien exigen tasas más altas para seguir apostando al peso, lo que haría subir el costo del crédito. En ninguno de los dos escenarios el resultado es neutro para la economía real. Además, desde esa misma consultora señalan que actualmente no se observa un aumento en la demanda de dinero real, lo que limita el margen de maniobra del Central: esa demanda está condicionada por el freno en la actividad económica, que todavía no logró despegar con la fuerza que se esperaba.
El horizonte: reactivación o estabilidad cambiaria
El dilema que enfrenta el equipo económico no es nuevo en la historia argentina, aunque las circunstancias actuales tienen particularidades propias. Bajar las tasas para estimular el crédito y la actividad implica aceptar cierta presión sobre el tipo de cambio. Mantener tasas altas protege la estabilidad cambiaria pero prolonga el freno al consumo y a la inversión en el sector real. La cosecha gruesa y las exportaciones energéticas proveen un colchón temporario, pero ese colchón tiene fecha de vencimiento. Cuando el ingreso estacional de divisas comience a menguar, el equilibrio actual deberá sostenerse con otros instrumentos. Las reservas brutas por encima de los US$ 46.000 millones brindan cierto respaldo, pero la diferencia entre reservas brutas y netas sigue siendo un dato que el mercado no pierde de vista. Lo que ocurra con el crédito en pesos, con la velocidad de la recuperación económica y con la dinámica de los precios en los próximos meses definirá si el actual esquema cambiario puede extenderse o si requerirá ajustes. Hay quienes creen que la apreciación del peso es sostenible en la medida en que la inflación siga bajando y el ingreso de divisas se mantenga. Otros advierten que cualquier shock externo —una caída en los precios de las materias primas, una suba del dólar global o un cambio en el humor de los mercados emergentes— podría poner a prueba la solidez de un esquema que, por ahora, luce estable pero no exento de tensiones.



