La fotografía del mercado laboral argentino en febrero revela una realidad compleja y contradictoria: mientras el Estado expande su nómina de empleados, el sector privado continúa sumergido en una crisis que ha erosionado cientos de miles de puestos de trabajo formal. Los registros oficiales de la Secretaría de Trabajo muestran que durante el segundo mes del año se incorporaron 11.600 nuevos trabajadores registrados, una cifra que podría leerse como positiva si no fuera porque oculta dinámicas muy distintas según de dónde provengan esos empleos.

La expansión estatal fue el motor de este incremento mensual: 5.700 nuevos puestos en la administración pública representan un crecimiento del 0,2% respecto a enero. A esto se sumó un modesto avance en el servicio doméstico, que creció 0,4%, mientras que el sector privado —responsable de generar la mayoría de los empleos en una economía de mercado— se mantuvo completamente estancado, sin variaciones respecto al mes anterior. Este patrón de comportamiento es cada vez más recurrente: cuando hay movimiento laboral positivo, casi siempre proviene del aparato estatal, un fenómeno que invita a reflexionar sobre qué está sucediendo en el tejido productivo del país.

Un año de retroceso continuo

Pero la perspectiva cambia radicalmente cuando se amplía el horizonte temporal. Comparando febrero de 2026 con febrero de 2025, los números revelan una contracción inquietante: 106.200 trabajadores asalariados menos en el registro formal. Esa pérdida se concentra fundamentalmente en el sector privado, que registra una caída del 1,6%, equivalente a 100.000 puestos desaparecidos. Incluso el empleo público, que mostró dinamismo mensualmente, acumula un retroceso anual de 0,4% con 13.800 empleados menos respecto al año anterior. Estos números contrastan drásticamente con el único rengón que crece: el trabajo doméstico registrado aumentó 1,7%, sumando 7.700 personas más.

Para entender la magnitud de esta crisis laboral, es necesario revisar la trayectoria del empleo privado formal en los últimos años. A partir de septiembre de 2023, comenzó un período de "destrucción neta de empleo" que se profundizó significativamente durante el primer trimestre de 2024. En esos meses, el promedio de caída mensual alcanzaba el 0,4%, lo que proyectado anualmente representa pérdidas masivas de puestos. Aunque la contracción comenzó a moderarse a partir de abril de 2024, y el tercer trimestre de ese año vio detenerse la caída, nunca hubo una recuperación genuina. El cuarto trimestre de 2024 mostró apenas un tímido repunte del 0,1% mensual, insuficiente para recuperar lo perdido. Durante los primeros cinco meses de 2025, el empleo privado formal se estancó por completo, alternando fluctuaciones menores que apenas modificaban el panorama general. Luego, a partir de junio de 2025, comenzó nuevamente un ciclo de destrucción neta que se prolongó hasta enero de 2026, cuando finalmente en febrero se registró cierta estabilidad.

El auge del trabajo independiente como válvula de escape

Mientras el empleo asalariado sufre, existe un fenómeno compensatorio que está ganando relevancia: la expansión del trabajo independiente. En comparación anual, el conjunto del trabajo por cuenta propia creció 3,4%, sumando 95.100 nuevas personas. Este crecimiento fue impulsado principalmente por el monotributo, que se expandió 4,3% con 90.700 nuevos aportantes, mientras que el monotributo social —destinado a trabajadores de menores ingresos— también creció 2,2% con 5.400 personas adicionales. Por el contrario, el trabajo autónomo en su forma tradicional cayó ligeramente 0,1%, afectando a 1.000 trabajadores. En términos mensuales, el trabajo independiente mostró un desempeño más modesto, con variación positiva del 0,1% respecto a enero, donde el monotributo fue el principal contribuyente con expansión del 0,3%, mientras que el monotributo social se contrajo 1%.

Este fenómeno de migración hacia el trabajo independiente puede interpretarse desde múltiples ángulos. Para algunos observadores, representa un síntoma de precarización: trabajadores que pierden empleos registrados en empresas privadas se ven forzados a transformarse en monotributistas o trabajadores autónomos, con menores protecciones laborales y acceso a beneficios sociales reducido. Para otros, significa emprendedurismo y adaptación empresarial de sectores que logran generar ingresos fuera de las relaciones laborales tradicionales. Los datos indican que ambas narrativas contienen elementos de verdad. En marzo de 2026, la Encuesta de Indicadores Laborales marcó una caída del 0,1% en el empleo privado registrado en el sector de empresas con más de 10 empleados en los aglomerados urbanos monitoreados, sugiriendo que la estabilidad registrada en febrero podría ser efímera.

El panorama que emerge de estos datos es el de una economía que busca reacomodarse tras años de turbulencia. El aparato estatal actúa como amortiguador mediante la incorporación de personal, una estrategia que tiene límites fiscales evidentes. El sector privado formal permanece atrapado en una dinámica de pérdida de empleos que, aunque ha moderado su ritmo de caída, no ha logrado revertirse de manera sostenida. Simultáneamente, crece un sector de trabajadores independientes cuya naturaleza —si representa precarización o innovación— seguirá siendo materia de debate según las perspectivas que cada actor tenga sobre el mercado laboral. Lo que es indiscutible es que en febrero de 2026, Argentina contaba con 106.200 trabajadores asalariados registrados menos que un año antes, una cifra que resume tanto la fragilidad del empleo formal privado como los desafíos estructurales que enfrenta el mercado de trabajo argentino en su conjunto.