Bajo los pies de los suburbios de Ereván existe un lugar que desafía toda lógica moderna de lo que debería ser un centro de atención sanitaria. A más de dos centenares de metros de profundidad, en las entrañas de una mina de sal que continúa en operaciones, funciona desde hace décadas una instalación médica absolutamente singular: pacientes con problemas respiratorios descienden voluntariamente hacia la oscuridad subterránea, no para extraer minerales, sino para respirar aire que consideran terapéutico. La particularidad de este sitio radica en que representa uno de los escasos hospitales del planeta situado en el interior de una excavación de este tipo, y su existencia pone en evidencia una tensión fundamental en los sistemas de salud contemporáneos: ¿hasta dónde debe el Estado invertir recursos públicos en tratamientos cuya efectividad científica permanece en debate?
La travesía hacia este consultorio subterráneo comienza de una manera que podría parecer salida de una película de ciencia ficción. Un ascensor industrial, ruidoso y antiquísimo, realiza el descenso llevando a los visitantes a través de las capas geológicas. El viaje dura minutos, pero la sensación es la de penetrar en otra dimensión. Una vez que los pacientes alcanzan el fondo, se encuentran con un laberinto de túneles que se extienden a través de formaciones rocosas de sal. Lo primero que golpea la percepción es lo inusual del entorno: parecería más bien el refugio de una guerra fría que un establecimiento dedicado a la medicina. Camas estrechas se distribuyen detrás de cortinas improvisadas. En ciertos sectores, pacientes juegan al billar, caminan en círculos realizando ejercicios respiratorios, o simplemente permanecen sentados en silencio absoluto, contando las horas en lo que probablemente constituya una de las experiencias médicas más extraordinarias jamás concebidas.
Los orígenes de una terapia poco convencional
La historia de esta clínica comienza no con un descubrimiento científico revolucionario, sino con una observación relativamente simple realizada por profesionales médicos durante la era soviética. A finales de los años ochenta, investigadores notaron algo peculiar: los trabajadores que pasaban sus vidas excavando en las minas de sal experimentaban índices notablemente inferiores de enfermedades respiratorias respecto a la población general. Esta constatación despertó la curiosidad académica. ¿Qué había en el ambiente subterráneo que parecía proteger los pulmones? Los especialistas comenzaron a analizar sistemáticamente el microclima de estas excavaciones, estudiando cada variable ambiental. El resultado de estos trabajos derivó en el surgimiento de la speleoterapia, una práctica basada en la premisa de que el aire saturado de sales minerales, combinado con la ausencia de alérgenos, contaminantes y radiación, podría ofrecer beneficios terapéuticos para quienes padecen dolencias pulmonares. Durante la época de la Unión Soviética, este tipo de establecimientos se multiplicaron por distintos territorios del bloque oriental, convirtiendo a la práctica en algo relativamente común dentro de aquella geografía política desaparecida.
El consultorio específico de la mina de Avan en las proximidades de Ereván abrió sus puertas en 1987, consolidándose como una de las pocas instituciones de este tipo que lograría perdurar en el tiempo. Durante su apogeo, la magnitud de la operación resultaba impresionante: llegaron a admitirse simultáneamente sesenta pacientes por período de tratamiento, la mayoría de los cuales accedían a la terapia de manera gratuita mediante cobertura del sistema público de salud armenio. Los tratamientos seguían un protocolo establecido: los enfermos permanecían seis horas diarias bajo tierra durante un período de tres semanas. La lógica del programa se basaba en que la primera semana permitía que el organismo se aclimatara a las condiciones únicas del ambiente subterráneo, mientras que en las semanas posteriores los beneficios supuestamente comenzaban a acumularse de manera progresiva. La combinación de factores que los especialistas señalaban como responsables de los efectos positivos incluía la atmósfera enriquecida en sales minerales, las temperaturas estables de diecinueve grados centígrados durante todo el año, y la eliminación prácticamente total de alérgenos, contaminantes atmosféricos, ruido y radiación.
El colapso del financiamiento público y sus consecuencias
Sin embargo, los cambios políticos y administrativos que experimentó Armenia en años recientes transformaron completamente el panorama de esta institución. En 2019, el gobierno armenio tomó la decisión de discontinuar el financiamiento estatal destinado a la clínica subterránea. Los argumentos esgrimidos por las autoridades fueron directos: la speleoterapia, según su evaluación, carecía de evidencia científica suficientemente sólida como para justificar el gasto de fondos públicos. Esta resolución llegó en un contexto de reformulación más amplia del sistema de salud nacional. Armenia se encontraba en proceso de implementar un régimen de aseguramiento universal, situación que obligó a los funcionarios a establecer criterios para determinar cuáles tratamientos merecían ser respaldados con dinero de los contribuyentes y cuáles no. De repente, el acceso al consultorio subterráneo dejó de ser gratuito. Los pacientes que anteriormente recibían atención sin costo alguno comenzaron a enfrentar un arancel de aproximadamente veinte libras esterlinas por sesión de tratamiento.
Las consecuencias de este cambio político fueron devastadoras para la viabilidad del centro médico. Donde antaño resonaba la actividad de decenas de personas diarias, ahora reina el vacío. Las cámaras cavernosas que alguna vez bullían de vida permanecen mayormente desocupadas. En la actualidad, el número de pacientes que descienden a través del ascensor industrial en un día cualquiera ronda apenas cinco personas, cifra que representa una caída de más del noventa por ciento respecto a los números históricos. El personal médico que continúa trabajando en el sitio, algunos de los cuales llevan décadas prestando servicios en esta locación única, observa con una mezcla de resignación y preocupación cómo su institución se desmorona lentamente. Los profesionales hablan de operar "apenas sobreviviendo", con la posibilidad real de un cierre definitivo que podría materializarse en cualquier momento. El equilibrio económico se ha vuelto precario; sin la masa crítica de pacientes que justifique la operación, la viabilidad financiera de mantener en funcionamiento una mina médica se torna cada vez más problemática.
A pesar de esta situación crítica, quienes defienden la práctica mantienen su convicción en los beneficios terapéuticos. Los médicos que aún laboran en el sitio afirman haber observado resultados notables, especialmente en niños aquejados de asma y afecciones alérgicas. Narran casos en los cuales episodios asmáticos habrían cesado completamente luego de una única sesión de tratamiento. Los pacientes que continúan asistiendo, algunos de los cuales regresan año tras año incluso viajando desde otras regiones como Rusia, testifican sobre transformaciones personales en su calidad de vida. Relatan cómo el tratamiento subterráneo logró resultados donde otros abordajes médicos convencionales fracasaron. Uno de estos usuarios reiterados señala que si el procedimiento no produjera beneficios reales, simplemente no retornaría. Sin embargo, en el plano académico y científico internacional, la evaluación resulta significativamente más ambigua. La speleoterapia, aunque practicada durante décadas en Europa oriental y territorios de la antigua Unión Soviética, nunca ha sido objeto de investigaciones a gran escala que satisfagan los estándares rigurosos de la medicina basada en evidencia. La mayoría de clínicas de este tipo que alguna vez operaron en la región han cerrado sus puertas. Muchos especialistas en enfermedades respiratorias consideran la práctica como una terapia complementaria que podría contribuir a aliviar síntomas, pero advierten enfáticamente contra usarla como sustituto de tratamientos convencionales respaldados por investigación sólida.
El dilema que enfrenta Armenia con respecto a este consultorio subterráneo trasciende lo meramente médico o administrativo. Representa un punto de fricción entre dos concepciones radicalmente distintas sobre cómo debe funcionar un sistema de salud pública. Por un lado, se encuentra la perspectiva que demanda rigor científico estricto, documentación estadística sólida y eficiencia fiscal en la asignación de recursos limitados. Desde este ángulo, discontinuar el apoyo a un tratamiento cuya efectividad no ha sido comprobada mediante ensayos clínicos rigurosos constituye una decisión racional y responsable. Por otro lado, existe la posición que valoriza décadas de experiencia acumulada, testimonios de pacientes que reportan transformaciones en sus vidas, y la posibilidad de que existan beneficios reales que simplemente no han sido documentados conforme a las metodologías científicas convencionales. Desde esta perspectiva, abandonar una institución que funciona sin causar daño, que proporciona alivio a quienes la utilizan, y que representa un patrimonio histórico y médico único, constituiría un acto de negligencia. A medida que el ascensor industrial continúa descendiendo cada mañana hacia las profundidades de la tierra, la pregunta que permanece sin respuesta es cuánto tiempo más seguirá haciéndolo, y qué implicancias tendrá para la medicina alternativa y para quienes encuentran en estos espacios una última esperanza terapéutica el hecho de que los estados modernos cierren sus puertas a prácticas que, aunque no encajen en marcos científicos convencionales, generan impacto comprobable en la experiencia vital de quienes las utilizan.


