La violencia que atraviesa Yemen ha alcanzado niveles críticos en las últimas horas. El balance más reciente apunta a más de 60 fallecidos en enfrentamientos que se desarrollan simultáneamente en múltiples frentes de la geografía yemení. Lo que comienza como un nuevo episodio de una guerra que ya dura más de una década amenaza con reconfigurar el equilibrio de poder en una región cuya importancia trasciende las fronteras locales y alcanza dimensiones globales por su ubicación estratégica.
Los combates del sábado dejaron un saldo específico: 26 soldados de las fuerzas gubernamentales y 31 combatientes rebeldes perdieron la vida durante varias horas de enfrentamiento concentrado en el suroeste del país. Pero el costo humano se extendió más allá de los combatientes uniformados. Un ataque con misiles causó la muerte de seis civiles que viajaban en autobús por la ciudad de Taiz, mientras que siete personas más resultaron heridas en el mismo incidente. Estos números, que circulan a través de fuentes médicas y militares, representan apenas el registro inmediato de lo que sucede sobre el terreno en un país donde la precisión de las cifras de víctimas es frecuentemente imposible de verificar.
Ofensiva en territorio costero y disputa por posiciones clave
Los enfrentamientos forman parte de una ofensiva de mayor envergadura lanzada por los Houthis, el movimiento rebelde alineado con Irán, que busca avanzar sobre la costa occidental yemení. Las operaciones militares se concentran en dos zonas geográficas específicas: el occidente de Taiz y el sur de Hodeidah, ambas regiones con acceso al Mar Rojo. La jornada del viernes, previa a estos combates, había sido aún más sangrienta: 129 personas murieron en enfrentamientos entre rebeldes y fuerzas gubernamentales. Este nivel de intensidad en los combates no se registraba hace años, desde que colapsara en julio el acuerdo de tregua que había permanecido vigente desde 2022.
La ruptura de ese cese al fuego ocurrió bajo circunstancias que ilustran las complejidades de la política regional. El detonante fue el intento de aterrizaje de un avión iraní en Sana'a, la capital controlada por los Houthis. Este movimiento desencadenó represalias del gobierno yemení contra el aeropuerto, lo que llevó al colapso definitivo de la tregua frágil que apenas había mantenido una relativa contención de hostilidades. Ahora, los Houthis presionan con una estrategia militar que apunta a objetivos concretos y calculados: buscan conquistar y mantener colinas estratégicas que dominen la zona de Bab al-Mandeb, el estrecho que separa Yemen de Djibouti y que funciona como puerta de acceso al Canal de Suez.
Hasta el momento, los rebeldes han logrado capturar sectores en el occidente de Taiz, acercándose así a sus objetivos territoriales. Un oficial militar gubernamental declaró que las horas venideras serían "decisivas" después de que los Houthis establecieran posiciones cercanas a la ciudad el día anterior. Las tropas del gobierno, por su parte, movilizaron refuerzos desde Aden intentando detener el avance rebelde. El viernes, las fuerzas gubernamentales reportaron haber recuperado las colinas de al-Khazan y al-Makahna, ubicadas al oeste de Taiz, dos posiciones de relevancia estratégica para el dominio territorial de la región. Sin embargo, la dinámica del combate permanece fluida, con ambos bandos ganando y perdiendo terreno en una batalla por el control de zonas que van mucho más allá de su significado meramente local.
La importancia del Bab al-Mandeb y las implicancias para el comercio mundial
La lucha por Bab al-Mandeb no es un asunto regional. El estrecho constituye uno de los puntos vitales del comercio marítimo internacional. Aproximadamente el 10% del comercio mundial circula a través de estas aguas, lo que convierte a la zona en un corredor crítico para la economía global. Los Houthis habían controlado anteriormente el puerto de al-Makha, que domina el acceso al estrecho, antes de ser desalojados por fuerzas gubernamentales respaldadas por la coalición liderada por Arabia Saudita. Ahora buscan recuperar esa posición, lo que implicaría un cambio significativo en la dinámica de poder sobre uno de los pasos más importantes del planeta para la circulación de mercaderías y energéticos.
El contexto económico amplifica la relevancia de estos enfrentamientos. Arabia Saudita ha estado utilizando el estrecho para exportar petróleo durante meses, especialmente desde el inicio de la escalada de tensiones entre Estados Unidos e Irán. Si el tráfico marítimo en Bab al-Mandeb fuera interrumpido, el impacto se propagaría instantáneamente a través de las cadenas de suministro globales, elevando los costos de bienes que ya enfrentan presiones inflacionarias. La situación se agrava al considerar que desde marzo de 2026 el Estrecho de Ormuz, otro corredor estratégico ubicado más al oriente en el Golfo Pérsico, ha permanecido virtualmente cerrado, lo que ya ha generado disrupciones significativas en el flujo de crudo y otros productos. Una nueva restricción en Bab al-Mandeb crearía un efecto combinado de consecuencias impredecibles para la economía mundial.
Los Houthis, desde julio, han declarado un bloqueo naval contra Arabia Saudita, y desde octubre de 2023, cuando comenzó la guerra en Gaza, han interrumpido repetidamente el tráfico en el Mar Rojo como gesto de solidaridad política con los palestinos. Esta dimensión del conflicto lo conecta con disputas que se extienden mucho más allá de las fronteras yemeníes, vinculándolo a conflictivas internacionales de mayor alcance que involucran a potencias regionales e intereses geopolíticos amplios.
Yemen atraviesa una guerra civil de más de una década de duración. En 2014, los Houthis y fuerzas aliadas capturaron Sana'a, la capital, desalojando al gobierno que entonces gobernaba. La intervención militar de una coalición encabezada por Arabia Saudita comenzó posteriormente, presentándose como apoyo al gobierno yemení pero también como estrategia para contrarrestar la influencia de Irán, aliado clave de los Houthis. El costo acumulado ha sido devastador: al menos 150,000 personas han muerto directamente en los enfrentamientos, pero el balance total de muertes asociadas al conflicto —por hambre, enfermedades y falta de acceso a servicios— supera esa cifra de manera significativa. Aproximadamente 4.5 millones de personas han sido desplazadas de sus hogares, y más de 18.2 millones requieren asistencia humanitaria de emergencia, según cálculos de organismos internacionales.
Los combates de estos días representan un punto de inflexión en una crisis que ha destruido sistemáticamente la infraestructura civil yemení y ha generado una de las peores catástrofes humanitarias del siglo XXI. El colapso de la tregua ha removido los restrictos límites que existían sobre la intensidad de las operaciones militares, permitiendo que ambos bandos desplieguen ofensivas sostenidas. Las próximas semanas determinarán si los Houthis logran consolidar sus ganancias territoriales en la costa occidental o si las fuerzas gubernamentales consiguen contener su avance. Cualquiera sea el resultado inmediato de estos enfrentamientos, el impacto se sentirá en múltiples niveles: en la población civil yemení que continúa atrapada entre fuegos cruzados, en la estabilidad de uno de los corredores comerciales más importantes del planeta, y en la proyección de poder de actores regionales cuya pugna por influencia ha convertido a Yemen en tablero de un juego geopolítico de alcances globales.



