La capacidad de Irán para controlar uno de los corredores marítimos más vitales del planeta está siendo sometida a un cuestionamiento radical dentro del propio establishment de Teherán. Mientras que hace poco la oficina del líder supremo iraniano describía al estrecho de Ormuz como "el pilar del nuevo orden de seguridad" del país, comparable en importancia estratégica a poseer un arma nuclear, una creciente constelación de analistas y funcionarios de alto rango advierte sobre un fenómeno paradójico: ese mismo activo podría estar transformándose en un instrumento cada vez menos efectivo, justamente cuando Irán más lo necesita para enfrentar una nueva ola de sanciones económicas proyectadas por Washington. El debate que hierve en los círculos de poder iraní tiene implicaciones profundas no solo para la región, sino para la arquitectura energética mundial.
Las voces que advierten sobre la depreciación acelerada del estrecho como mecanismo de control geopolítico no provienen de analistas marginales, sino de figuras con influencia real en la formulación de estrategia estatal. Hamid Paktinat, fundador del Foro de Activistas Económicos, ha elaborado un análisis exhaustivo que examina los proyectos de construcción de tuberías alternativas en seis países del Golfo. Sus conclusiones son contundentes: la dependencia de Arabia Saudita respecto del estrecho descenderá de 70% a apenas 15% en los próximos tres años. Los Emiratos Árabes Unidos verían reducida su vulnerabilidad de 50% a 15%. Irak pasaría de una dependencia casi total (100%) a apenas 30%. Qatar y Kuwait, actualmente obligados a canalizar prácticamente toda su exportación petrolera por esta vía acuática, lograrían diversificar hacia alternativas que cubrirían más de la mitad de sus envíos. Incluso Bahréin, que hoy depende al 100% del estrecho, proyecta reducir esa cifra a 15%. Omán, por su parte, está en camino de transformarse en un hub de transferencia petrolera costera de relevancia regional. En síntesis, Paktinat sostiene que el valor estratégico del estrecho se habrá reducido a la mitad en tres años, y será prácticamente irrelevante en seis años cuando estos megaproyectos de infraestructura alcancen su operación plena.
El dilema iraniano: una palanca que pierde fuerza
Este diagnóstico ha generado tensiones intelectuales significativas dentro de Irán respecto de la estrategia negociadora que debería adoptar el país. Quienes perciben con inquietud esta erosión de activos estratégicos argumentan con urgencia que Teherán debería buscar un acuerdo ahora, mientras el gobierno aún cree negociar desde una posición de fortaleza, antes de que circunstancias futuras debiliten aún más su capacidad de presión. Las visitas que esta semana recibió Teherán del ministro de Relaciones Exteriores de Omán, Badr Albusaidi, y del jefe del Estado Mayor del ejército paquistaní, Asim Munir, adquieren en este contexto una relevancia particular. Ambos personajes son considerados críticos para renegociar los términos de reapertura del estrecho y para revitalizar el acuerdo de entendimiento entre Washington y Teherán que había sido descartado en junio.
Lo que confiere legitimidad a estas advertencias sobre la conveniencia de negociar pronto es que proceden de voceros institucionales de peso. El presidente Masoud Pezeshkian fue extraordinariamente directo en su diagnóstico público: "La guerra debe terminar en algún momento", manifestó, añadiendo que desde su perspectiva Irán debería poner fin al conflicto ahora, cuando Teherán aún cree estar en posición de negociar con fortaleza, en lugar de esperar hasta que su capacidad de presión mengüe. El presidente de la Asamblea Nacional, Mohammad Bagher Ghalibaf, fue igualmente explícito, aunque desde una perspectiva ligeramente diferente. Ghalibaf, dotado de considerable experiencia militar, subrayó que sin importar cuán poderosa fuera la capacidad armada de una nación, la ausencia de sustento económico para la población y la carencia de crecimiento productivo hacían inviable la continuidad de cualquier proyecto político. Formuló un argumento que rompe con cierta ortodoxia ideológica: la seguridad nacional, sostuvo, es imposible de preservar sin una economía funcional. Y agregó una observación que busca desarticular narrativas que enfatizan exclusivamente la dimensión militar: "Como persona con trasfondo castrense, sabemos el valor de la paz mejor que quienes hablan de paz".
Las presiones económicas que reclaman reconfiguración estratégica
El governador del banco central iraniano, Abdolnaser Hemmati, recientemente compareció ante cámaras de televisión para articular un cuadro de situación económica que resulta difícil de eludir. Hemmati identificó cuatro o cinco desafíos mayores que actúan simultáneamente sobre la estructura económica nacional: sanciones de máxima intensidad, bloqueo internacional, restricción de exportaciones petroleras e desequilibrio presupuestario. Cada uno de estos factores ejerce presión independiente; el efecto conjunto es acumulativo. Para dimensionar el grado de deterioro, Hemmati reveló un intercambio con un funcionario de un país vecino que resulta elocuente: ese funcionario le comunicó que si tan solo la quinta parte de lo que está ocurriendo en Irán sucediera en su propio país, la capacidad de gobernar se vería comprometida. Tales declaraciones emanan del reconocimiento de que la presión sobre la población civil iraní ha alcanzado umbrales que demandan respuestas políticas, y que la perpetuación de una estrategia basada exclusivamente en el control del estrecho no constituye una doctrina de seguridad viable en el tiempo.
Hamid Asefi, periodista especializado en geoeconómica con base en Teherán, es uno de varios analistas que alertan sobre un fenómeno psicológico y político crucial: si Ormuz es jugado como "la carta final" de Irán cada vez que una crisis se presenta, esa carta inevitable perderá potencia negociadora. Una amenaza reiterada sistemáticamente sufre una transformación perversa: deja de funcionar como mecanismo de disuasión y se convierte en un hábito político. Un hábito que, si no logra materializarse en logros concretos, eventualmente genera una inflación de amenazas que reduce su credibilidad. Asefi reformula el interrogante central de la política iraniana respecto de Ormuz: la pregunta ya no debería ser "¿cómo hacemos para dificultar el paso?" sino más bien "¿cómo convertimos este paso tan seguro y estable que el mundo entero requiere de Irán para mantener ese orden?". Bajo esta lógica, el estrecho no dejaría de ser una palanca, pero una palanca ejercida desde una posición de confiabilidad, no desde la amenaza. Paradójicamente, una palanca que se exhibe constantemente tiende a generar reacciones de otros actores para reducir su propia vulnerabilidad ante esa palanca, lo cual termina socavando la efectividad del instrumento original.
Más allá de estos debates estratégicos, la realidad material del transporte marítimo revela un cuadro complejo. Según datos compilados por el rastreador de barcos Kpler, entre el 1 y 19 de agosto transitaron por el estrecho apenas 112 tanqueros de petróleo y gas. Casi 79% utilizó rutas no confirmadas (presumiblemente con transpondedores desactivados y bajo protección estadounidense), 19% utilizó la ruta norte preferida por Irán y apenas 2% la ruta de Omán. Mientras tanto, con asistencia estatal estadounidense, compañías petroleras de Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Kuwait han fletado un reducido grupo de tanqueros para trasladar carga a través de la ruta meridional hacia el Golfo de Omán, donde transfieren el petróleo a tanqueros de espera pertenecientes a sus clientes finales. Este sistema de workarounds ha trasladado significativamente el riesgo desde las compañías navieras y clientes de petróleo hacia los productores estatales de petróleo y hacia la máquina estatal estadounidense, cuya motivación para mantener los flujos es considerablemente más alta.
Irán ha confeccionado una lista de aproximadamente 48 barcos que intentará sancionar o impedir el paso. Sin embargo, parece existir exageración por parte de la administración estadounidense respecto del impacto real de estas medidas alternativas. El secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, afirmó el 18 de agosto que la armada estadounidense había asistido en la transferencia de más de 15 millones de barriles de petróleo y otros productos. También declaró que el promedio diario de transferencia de petróleo a través del estrecho era de más de 8 millones de barriles, una cifra que de todas formas representa menos de la mitad del promedio anterior a la guerra actual y que es considerada inflada por especialistas. Los rastreadores de datos marítimos más respetados estiman la cifra diaria cercana a los 6 millones de barriles. Arsenio Dominguez, secretario general de la Organización Marítima Internacional, desestimó públicamente las afirmaciones extraordinarias del presidente estadounidense sobre la reapertura del estrecho, comunicando a agencias especializadas que "dado el número muy pequeño de barcos que transitan el estrecho de Ormuz, es evidente que este estrecho no está, en la práctica, abierto". El presidente estadounidense contra-argumentó que todas las minas en el estrecho han sido removidas, dejando a los ataques de drones y navales iraníes como amenaza principal.
No obstante estos esfuerzos por mantener flujos, el hecho de que antes de la guerra regional el estrecho representaba 20% de la exportación mundial de petróleo y productos relacionados está actuando como catalizador para una reestructuración profunda de la infraestructura energética global. Los países del Golfo están construyendo aceleradamente una red de tuberías alternativas con el objetivo de proteger más de la mitad de sus exportaciones pre-conflicto del impacto de Ormuz antes del cierre de esta década. Esta infraestructura en construcción modifica el terreno geopolítico en formas que trascienden el corto plazo. Incluso si Irán lograse mantener control táctico sobre el estrecho en el mediano plazo, el significado estratégico de ese control se habría vaporizado. El corredor marítimo en forma de herradura seguiría existiendo geográficamente, pero su centralidad en la arquitectura energética mundial habría desaparecido.
Las implicancias de largo plazo para el equilibrio regional
Mientras estas transformaciones infraestructurales avanzan, Washington probablemente intensificará intentos de convertir en realidad sus afirmaciones sobre el colapso de la economía iraní. La estrategia parecería consistir en bloquear nuevamente los cinco sectores clave de generación de divisas: oro, criptomonedas, tecnología, transporte marítimo y aviación. Tales esfuerzos no están garantizados de tener éxito, como la propia administración estadounidense debería recordar de su primer mandato, cuando pese a sanciones extensas la economía iraní demostró capacidades de resistencia. Sin embargo, un debilitamiento lento pero persistente de la resiliencia económica, combinado con la progresiva irrelevancia del estrecho como instrumento de presión, podría converger hacia un escenario donde Irán se encuentre simultáneamente con menor capacidad de negociación y menores incentivos externos para llegar a acuerdos.
Las consecuencias de esta confluencia de factores adquieren múltiples dimensiones. Desde una perspectiva, la vulnerabilidad creciente de Irán podría efectivamente impulsarlo hacia negociaciones tempranas, reduciendo potencialmente tensiones regionales. Desde otra perspectiva, el debilitamiento económico sin paralelo en capacidad defensiva podría llevar a comportamientos de mayor riesgo u búsqueda de alianzas alternativas fuera del contexto occidental. Un tercer escenario contempla una adaptación de la doctrina de seguridad iraniana hacia mecanismos de poder que no dependan del control de geografía específica, sino de capacidades militares distribuidas o influencia política en múltiples arenas. Lo que parece cierto es que la transformación infraestructural global en marcha en torno a la energía está reconfigurando los fundamentos materiales sobre los cuales se construyen las narrativas de poder regional, forzando a todos los actores a recalcular sus posiciones estratégicas en un horizonte donde el mapa energético y el mapa geopolítico ya no serán idénticos.



