Lo que surge de las investigaciones recientes sobre el pasado de Irlanda del Norte desafía la narrativa histórica dominante acerca de esa región como territorio de intolerancia absoluta hacia la homosexualidad. Un trabajo académico que sale a la luz estos días revela que durante la era victoriana y las primeras décadas del siglo XX, existe evidencia sustancial de que la sociedad norirlandesa operaba bajo un pacto tácito de aceptación hacia los hombres que mantenían relaciones con otros hombres. La investigación realizada por Tom Hulme, historiador de la Universidad Reina de Belfast, propone una lectura alternativa a la de represión sistemática que caracterizó a la región a partir de los años cincuenta. Los hallazgos sugieren un período donde la "benevolencia tolerante" prevalecía, especialmente entre trabajadores, amigos y empleadores que simplemente dejaban existir lo que no debía ser nombrado públicamente. Este descubrimiento cobra importancia porque obliga a repensar cómo evolucionó la actitud social hacia la diversidad sexual en territorios donde posteriormente se instaló una ortodoxia moral tan rigurosa que resistió los cambios legislativos hasta bien avanzado el siglo XXI.

El pacto del silencio: cómo convivía lo prohibido con lo tolerado

La estrategia de invisibilización funcionaba como mecanismo de convivencia. Según el historiador, en los hogares y espacios laborales norirlandeses existía una comprensión mutua: ciertos hombres permanecerían solteros, vivirían en soledad o mantendrían círculos de amistades exclusivamente masculinas sin que esto generara cuestionamientos abiertos. Lo que resultaba impensable era exponer públicamente esa realidad. Mientras permaneciera en la esfera privada, mientras nadie pronunciara en voz alta lo que todos sabían, la estructura social podía mantener su cohesión y el orden aparente no se quebraba. Hulme describe esto con una precisión que delata horas de análisis: "Entre amigos y familias existía una clase de tolerancia benevolente. Se conocía y se entendía que un hombre podía tener deseos por otro hombre, y eso podría ser la razón por la cual permanecía soltero, vivía solo o tenía muchos amigos cercanos del mismo sexo. Pero revelar ese secreto a voces habría sido problemático. Mientras estas cosas permanecían sin ser dichas, podían esencialmente existir."

Esta arquitectura social del silencio no implicaba, claro está, que los hombres gay caminaran cogidos de mano por las calles de Belfast. No se trataba de una tolerancia moderna o explícita. Era una cultura cerrada, secretista, donde todo funcionaba mediante guiños y entendimientos tácitos. Los conocidos históricos lo refieren como una suerte de "nada que ver aquí", de miradas desviadas en el momento preciso. Hulme lo sintetiza así: "Se lleva a cabo un cuidadoso juego entre hombres gay y sus amigos y familias. Gestos de complicidad, comentarios tipo 'ah, no es el tipo de hombre que se casa'". La diferencia crucial con metrópolis como Londres, donde existían bares abiertamente gay y hombres que usaban cosméticos sin disimulo, es que Belfast ofrecía cobijo mediante la negación colectiva. Los hombres que buscaban contacto sexual en parques y espacios públicos encontraban relativa seguridad no en la aceptación explícita sino en la capacidad de establecer vínculos duraderos: una mirada durante el camino hacia el trabajo, una conversación la semana siguiente, el lentísimo tejido de una relación.

Las pruebas en los archivos: cuando la comunidad defendía a sus propios

La hipótesis de Hulme no descansa en intuiciones sino en documentación minuciosa. El historiador accedió a registros públicos junto con cartas privadas y diarios, entre ellos los de David Strain, un protestante de clase media que documentó su identidad sexual en decenas de cuadernos que reunían aproximadamente dos millones de palabras. Estos escritos, depositados en la oficina de registros públicos de Irlanda del Norte antes de su muerte en 1969, constituyen un archivo invaluable para entender cómo experimentaban los hombres gay su vida cotidiana en ese contexto. Pero el hallazgo más elocuente proviene del análisis de expedientes judiciales. Cuando hombres eran procesados por indecencia sexual, Hulme descubrió patrones consistentes: parientes comparecían ante los tribunales en su defensa, pagaban las fianzas, los recibirían de vuelta en sus hogares una vez cumplida la condena, volvían a contratarlos en sus empleos.

Esta respuesta comunitaria contrasta de manera dramática con lo sucedido en Inglaterra con Oscar Wilde en 1895, cuando una corte de Londres lo condenó por indecencia grave y su caída fue absoluta, definitiva, sin redención posible. En Irlanda del Norte, si bien la experiencia de ser arrestado, acusado y encarcelado constituía un trauma considerable, lo que diferenciaba el resultado era la disposición del entorno a tolerarlo de retorno. Los hombres reingresaban a sus vidas anteriores porque sus comunidades cerraban los ojos ante la orientación sexual mientras hubiera discreción. El precio de esa aceptación silenciosa era la perpetua autocensura, pero al menos existía la posibilidad de una existencia relativamente íntegra. Hulme enfatiza que esa compasión, esa decidida falta de persecución, no era universal ni desinteresada, sino más bien un acuerdo no verbalizado donde todos ganaban algo: los hombres gay podían vivir sin temor constante, y la sociedad podía mantener intacta su imagen pública de moralidad irrepochable.

El quiebre: cuándo el silencio dejó de ser suficiente

El colapso de este sistema de tolerancia tácita no fue abrupto sino gradual, vinculado a transformaciones globales. Mientras los movimientos de derechos gay comenzaban a cuestionar abiertamente la represión, mientras activistas en otras partes del mundo reclamaban aceptación y derechos formales, los líderes políticos y religiosos de Irlanda del Norte se vieron forzados a tomar posiciones explícitas. Aquello que había permanecido en el terreno de lo implícito necesitaba ahora definirse públicamente. Y cuando emergió esa necesidad de claridad moral, lo que surgió fue una reacción violenta. En los años setenta, Ian Paisley, líder del Partido Unionista Democrático y de la Iglesia Libre Presbiteriana, encabezó una cruzada para "salvar Ulster de la sodomía", resistiendo activamente la despenalización de la homosexualidad. El pánico moral que Hulme identifica como verdaderamente "mayor" no sucedió hasta los años cincuenta y sesenta. "De repente las iglesias y los políticos en Irlanda del Norte tuvieron que asumir una postura. La idea de ser moralmente puro era una parte importante de cómo Irlanda del Norte se concebía a sí misma", señala el historiador.

Los políticos unionistas intervinieron para silenciar procesos judiciales que involucraban a miembros destacados de la sociedad. Un escándalo público de ese calibre constituía un desastre de relaciones públicas cuando la identidad misma de la región descansaba en su supuesta superioridad moral. Lo irónico radica en que esa misma imposición de moralidad pública fue lo que destruyó la convivencia anterior. A partir de los años ochenta y noventa, la Real Policía Constabularia de Ulster utilizó oficiales encubiertos para provocar a hombres gay en parques y baños públicos, capturándolos en trampas elaboradas. La región que antaño había permitido la existencia discreta se transformó en persecutora sistemática. Durante los Troubles —los años de conflicto político y violencia que caracterizaron a Irlanda del Norte desde los años sesenta hasta los noventa— los clérigos y políticos intensificaron sus denuncias contra la homosexualidad. Iris Robinson, diputada y esposa del entonces líder del DUP Peter Robinson, declaró en 2008 que la homosexualidad era una "abominación", calificativo que después sería recuperado como título de una ópera satírica. Para 2011, más de una cuarta parte de las personas gay reportaban experiencias de homofobia en sus lugares de trabajo.

La resistencia y el cambio: cuando los activistas ganaron

Jeff Dudgeon, activista prominente de derechos gay en Irlanda del Norte, experimentó en carne propia esta transformación. Ganó un caso histórico ante la Corte Europea de Derechos Humanos en 1981 que despenalizó la actividad sexual homosexual en la región. Pero su perspectiva sobre el período anterior es matizada. Dudgeon reconoce que para quienes se atrevieron, la vida podía ser relativamente plena a pesar de la amenaza de arresto: "La vida era agradable para quienes se atrevieron a llevar una vida sexual gay, a pesar de las catástrofes judiciales. No era opresión pura". Sin embargo, aclara que la mayoría no poseía esa audacia. La falta de información, la escasez de redes, la inexistencia de espacios públicos donde reconocerse, llevaba a que la mayoría permaneciera en el closet, viviendo como "solteros tradicionales" sin acceso a la vida romántica o sexual que deseaban. El cambio legislativo tardó décadas en materializarse. Irlanda del Norte resistió la igualdad matrimonial hasta 2019, cuando Westminster votó para alinear la región con el resto del Reino Unido. Dudgeon caracteriza el triunfo como "la derrota de antagonistas recientemente vocales como Paisley y Peter Robinson", sugiriendo que la hostilidad no provenía de una tradición histórica ininterrumpida sino de un nuevo fanatismo que debió ser confrontado y derrotado. Cuando el cambio finalmente llegó, las parejas gay celebraron en las calles. En 2021, líderes del DUP ofrecieron disculpas por el daño infligido por sus predecesores.

Los hallazgos de Hulme aportan una pieza crucial al rompecabezas histórico. Sugieren que la intolerancia extrema que caracterizó a Irlanda del Norte durante el siglo XX no fue una continuidad de tradiciones ancestrales sino una construcción relativamente reciente, vinculada a dinámicas específicas de identidad política y religiosa. El régimen de silencio y aceptación tácita de la era victoriana y principios del siglo XX fue reemplazado por un régimen de persecución explícita cuando la modernidad global forzó a los actores locales a clarificar sus posiciones. La investigación sugiere que en ciertos contextos, la tolerancia puede existir sin necesidad de vocabulario moderno de derechos y aceptación; puede funcionar bajo mecanismos de negación mutua, bajo acuerdos que nadie pronuncia pero todos respetan. El interrogante que permanece abierto es si esa forma anterior de convivencia representa un modelo viable o si fue simplemente un compromiso insuficiente que permitía la existencia mientras negaba la dignidad.