El mundo lleva casi dos meses mirando un tablero de ajedrez donde ninguno de los dos jugadores principales parece dispuesto a mover una pieza que implique ceder terreno. El conflicto entre Estados Unidos e Irán, que ya dejó miles de muertos y tensó los mercados globales de energía hasta niveles alarmantes, atraviesa una meseta peligrosa: hay gestos diplomáticos, hay viajes, hay papeles que van y vienen, pero no hay acuerdo. Y cada día que pasa sin uno, el costo humano y económico se multiplica.

Lo que estaba planteado como una segunda ronda de negociaciones directas entre Washington y Teherán para este fin de semana se cayó antes de arrancar. Donald Trump decidió cancelar el viaje de sus enviados, Steve Witkoff y Jared Kushner, que debían trasladarse a Pakistan para continuar las conversaciones. La justificación del presidente norteamericano fue tan llamativa como reveladora: demasiado viaje, demasiado gasto, y una oferta iraní que consideró insuficiente. Horas después, el mismo Trump aseguró que a los diez minutos de haber tomado esa decisión, Teherán le acercó una propuesta "mucho mejor", aunque no dio ningún detalle concreto. La anécdota dice bastante sobre el nivel de improvisación —o de teatro— que envuelve estas negociaciones.

Un estrecho que vale billones y una guerra que ya tiene nombre propio

El estrecho de Ormuz no es un dato geográfico menor. En tiempos normales, por ese angosto paso entre el Golfo Pérsico y el mar de Arabia circula aproximadamente el veinte por ciento de todo el petróleo y gas natural licuado que consume el planeta. Cuando ese flujo se interrumpe o se ve amenazado, los mercados energéticos tiemblan. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo: el cierre del estrecho por parte de Irán hizo disparar los precios del crudo a nivel global, encendiendo alarmas sobre una posible recesión mundial. Desde Buenos Aires hasta Berlín, el precio en la bomba de nafta ya refleja esta crisis que muchos siguen viendo como algo lejano.

La Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, conocida como IRGC, fue contundente en sus declaraciones oficiales: mantener el control del estrecho de Ormuz es "estrategia definitiva" del país, y no tienen intención de levantar el bloqueo. Más aún, Teherán pretende imponer un peaje de dos millones de dólares por cada buque que quiera cruzar el estrecho. Si esa condición prospera, el impacto en los precios energéticos globales podría extenderse por años. Por su parte, Trump ordenó a la flota estadounidense apostada en la zona bloquear las costas iraníes y dio instrucciones de "disparar y matar" a embarcaciones iraníes sospechosas de colocar minas. La semana pasada, tres navíos fueron atacados por fuerzas de ese país. Aunque la marina convencional iraní fue prácticamente destruida por operaciones conjuntas con Israel, las lanchas rápidas del IRGC siguen siendo una amenaza real y difícil de neutralizar.

Para entender la magnitud del enredo diplomático, vale repasar lo que pasó en la primera ronda de conversaciones en Islamabad, a comienzos de mes. Una delegación estadounidense encabezada por el vicepresidente JD Vance se sentó frente a representantes iraníes liderados por el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf. La sesión duró veintiún horas y terminó sin avances concretos. Las posiciones chocaron en tres puntos centrales: el futuro del estrecho de Ormuz, el programa nuclear iraní y el apoyo de Teherán a movimientos armados en toda la región. El punto de quiebre fue la negativa iraní a aceptar que cese el enriquecimiento de uranio y que entregue sus 440 kilogramos de uranio altamente enriquecido, una exigencia norteamericana que Irán rechazó de plano.

La aritmética del poder y los muertos que ya no se pueden ignorar

Mientras los diplomáticos cruzan fronteras con maletines y declaraciones ambiguas, el contador de víctimas sigue corriendo. Según las autoridades médicas locales, al menos 3.375 personas murieron en Irán como consecuencia de los ataques aéreos conjuntos de Estados Unidos e Israel. En el Líbano, donde Israel lanzó una ofensiva sostenida después de que Hezbollah disparara misiles como represalia por el ataque israelí en Teherán que mató al líder supremo iraní, Ali Khamenei, el número de muertos supera los 2.500. Más de una docena de personas fallecieron en estados árabes del Golfo, 23 israelíes murieron por ataques iraníes o de sus grupos aliados, y entre las bajas también figuran 15 soldados israelíes en el Líbano, 13 militares estadounidenses en la región y 6 cascos azules de la ONU en el sur libanés. Este conflicto ya es considerado el de mayor extensión geográfica en Medio Oriente desde la Segunda Guerra Mundial, con focos violentos desde Azerbaiyán hasta Omán y el océano Índico.

Los analistas del Instituto Clingendael de Países Bajos señalaron que ambas partes llegaron a Islamabad con listas de exigencias —quince de parte norteamericana, diez de parte iraní— que cruzaban líneas rojas conocidas del otro lado. Eso no es negociar: es exhibir músculo. El mismo informe concluye que el estancamiento estratégico que llevó al cese del fuego en realidad favorece a Irán, porque para reabrir el estrecho de Ormuz, Washington necesitaría una operación terrestre de gran escala con riesgos enormes que ningún general querría asumir. Ese dato geopolítico es central: Irán perdió gran parte de su armada convencional, sí, pero sigue teniendo las llaves de uno de los cuellos de botella energéticos más importantes del planeta.

Trump, fiel a su estilo, escribió en su red social que dentro del liderazgo iraní hay "confusión tremenda" y que "nadie sabe quién manda". La realidad que describen los especialistas es más compleja: hay tensiones internas, sí, pero todos los sectores del poder en Teherán coinciden en presentar un frente unificado ante el exterior. El presidente iraní Masoud Pezeshkian lo dijo sin vueltas: en Irán no hay "duros ni moderados", todos están alineados detrás del liderazgo del país. Mientras tanto, el canciller Abbas Araghchi pasó el fin de semana en Pakistán —segunda jornada consecutiva allí, tras una escala en Omán— describiendo las conversaciones como "muy fructíferas" pero dejando en el aire una pregunta que resume todo: si Washington está realmente comprometido con la diplomacia.

Hay un dato político que los analistas no pierden de vista: las elecciones de medio término en Estados Unidos están previstas para noviembre. Los votantes norteamericanos ya sienten el impacto del conflicto en sus bolsillos, fundamentalmente a través del precio de la nafta y la energía. Eso le pone un reloj a Trump: si los precios siguen subiendo y no hay un acuerdo a la vista, el costo político interno puede volverse insostenible. Irán lo sabe, y probablemente esté jugando a estirar los tiempos. Este conflicto no es solo militar ni diplomático: es también una pulseada sobre quién aguanta más la presión doméstica. Y en ese juego, la economía global es rehén de dos gobiernos que, hasta ahora, no dan señales de estar dispuestos a ceder lo suficiente para desatar el nudo.