El ataque al Capitolio del 6 de enero de 2021 quedó registrado en la memoria colectiva como un motín de partidarios políticos que deseaban revertir resultados electorales. Sin embargo, existe otra dimensión del evento que pasó desapercibida para muchos actores institucionales: la presencia masiva de símbolos religiosos, prácticas de oración colectiva y narrativas teológicas que movilizaron a miles de personas. Para Jared Huffman, legislador de 62 años que ese día fue confinado en su oficina mientras la multitud irrumpía en el edificio legislativo, lo que presenció fue la erupción a pleno día de un movimiento que llevaba años creciendo en las sombras del poder estadounidense. Esa experiencia lo impulsó a escribir un libro que interpela directamente a su país: No Prophets: The Fight to Save Democracy from Christian Nationalism. La obra plantea una pregunta incómoda sobre por qué instituciones, medios de comunicación y colegas políticos no registraron ni analizaron con seriedad los elementos confesionales que caracterizaron aquel episodio de violencia.

Lo extraordinario en la trayectoria de Huffman no es solo su rol como legislador, sino su condición única dentro del Congreso: es el único miembro actual que reconoce públicamente no creer en Dios. Esta posición lo coloca en un lugar particularmente relevante para formular críticas que otros evitan hacer. Su recorrido vital comenzó en Independence, Missouri, cuna histórica de expresiones religiosas disidentes y sede del movimiento fundador que originó la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días reorganizada. Huffman nació en ese contexto de devoción intensa: fue ordenado sacerdote dentro de su tradición religiosa y vivió durante décadas como un creyente comprometido. El quiebre ocurrió durante sus estudios universitarios en Santa Bárbara, cuando la muerte súbita de su padre generó cuestionamientos profundos sobre los cimientos de su cosmovisión. Los postulados sobrenaturales en los que había sido educado —la existencia de un ser divino, la promesa de una vida después de la muerte, la realidad de milagros— dejaron de ser convincentes. Lo que permaneció fueron valores universales: la ética, la compasión, la búsqueda de justicia, elementos que reconoce presentes en múltiples tradiciones y también en perspectivas laicas.

Una confesión tardía que abrió puertas políticas

Durante tres décadas, Huffman guardó silencio sobre su transformación espiritual. En 2013, cuando fue jurado en el Congreso ante el entonces presidente de la Cámara, tuvo que enfrentar un momento de incertidumbre: le pidieron que colocara su mano sobre una Biblia para la fotografía oficial de la ceremonia. Su madre, aún viva y profundamente religiosa, observaba desde las gradas. El legislador cedió a la presión social, pero la experiencia lo dejó con una sensación de falsedad que lo atormentaba. Cuatro años después, tras la muerte de su madre en 2017 y ante el surgimiento de Trump en la presidencia, Huffman decidió que el costo de seguir ocultando su postura moral era demasiado alto. Sus asesores políticos, su esposa y su círculo cercano le adviertieron que era una decisión que podría terminar con su carrera: las encuestas muestran consistentemente que la etiqueta de "ateo" es la más dañina que puede adherirse a un candidato en Estados Unidos. A pesar de estas advertencias, Huffman optó por la transparencia. El apoyo de figuras como Nancy Pelosi, entonces lideresa de la minoría demócrata, y el capellán del Congreso Pat Conroy, un sacerdote que tocaba guitarra y compartía jamming sessions con él después de horas de trabajo, le permitió sortear las aguas turbulentas de esa revelación. Lo que sorprendió a Huffman fue descubrir que incluso colegas demócratas y cristianos devotos experimentaban su existencia pública como ateo como una amenaza o insulto hacia sus propias creencias.

Huffman utiliza el concepto de "privilegio cristiano" para describir un fenómeno cultural profundamente enraizado en Estados Unidos: un tabú que protege al extremismo religioso doméstico de la escrutinio inmediato y severo que se aplica sin dudar a expresiones religiosas minoritarias o extranjeras. Si los atacantes del 6 de enero hubieran portado símbolos islámicos o textos del Corán, argumenta, el análisis de las comisiones de investigación habría diseccionado meticulosamente cada conexión religiosa. Sin embargo, cuando los símbolos fueron cruces, shofares y banderas de "Apelación al Cielo", esa misma precisión analítica desapareció. Esta asimetría se manifestó de manera aún más dramática en la redacción final del informe de la comisión especial sobre el 6 de enero. El equipo investigador denominado "Purple Team" fue encargado de analizar el papel de movimientos radicales de derecha, y documentó exhaustivamente cómo redes evangélicas carismáticas, particularmente la conocida como Nueva Reforma Apostólica, radicalizaron y movilizaron a quienes participaron en la insurrección. El presidente de la comisión, Bennie Thompson, comunicó a Huffman que esos hallazgos eran sustanciales e irrefutables. No obstante, ocurrió algo inesperado: Liz Cheney, la vicepresidenta de la comisión, vetó que la sección completa fuera incluida en el informe público, argumentando que enfatizar el nacionalismo cristiano distraería la atención de la responsabilidad personal de Trump y alienaria a votantes conservadores cristianos.

Tres facciones religiosas bajo un mismo paraguas político

El análisis de Huffman sugiere que lo que comúnmente se denomina "nacionalismo cristiano" no es un movimiento homogéneo, sino una coalición temporal de tres subculturas religiosas históricamente rivales y volátiles, actualmente unidas por la figura política de Trump como catalizador común. La facción más grande y políticamente potente es la Nueva Reforma Apostólica, una red desorganizada de individuos que se autodenominan "apóstoles" y "profetas" y que rechazan las estructuras denominacionales tradicionales en favor de lo que consideran revelación divina directa. Figuras como Paula White-Cain y Lance Wallnau han construido una narrativa teológica que presenta a Trump como un rey Cyrus moderno: un gobernante moralmente deficiente pero ungido por la divinidad para salvaguardar al pueblo elegido. Esta construcción simbólica funciona como un permiso divino que permite a millones de evangélicos ignorar o minimizar los cuestionamientos morales sobre el candidato. En el flanco católico opera otra fracción: los denominados "Rad Trads", una subcultura pequeña pero influyente que se opone a las reformas liberalizantes del Concilio Vaticano II y que aboga por que la autoridad moral católica gobierne el Estado. Esta tendencia cuenta con simpatizantes en espacios de poder actual, incluyendo al vicepresidente JD Vance y al estratega político Steve Bannon. Más radicalmente aún, agitadores de tendencias neonazis como Nick Fuentes claman abiertamente por reemplazar la Constitución estadounidense con una "monarquía católica".

La tercera facción, quizás la más sofisticada en términos de influencia económica e intelectual, es la de los "Theobros": una red de protestantes reconstructionistas que busca codificar literalmente preceptos bíblicos en la estructura constitucional. Su figura más visible es Pastor Doug Wilson, radicado en Moscow, Idaho, quien promueve un sistema que denomina "Mera Cristiandad" donde la Constitución estadounidense sería reemplazada por una base bíblica literal, y donde derechos políticos serían negados a mujeres y no-cristianos. Este sector ha cultivado una alianza peculiar que Huffman denomina "romanticismo teo-tecnológico" con capitalistas de riesgo de Silicon Valley, incluyendo a Peter Thiel. La expresión más caricaturesca pero también más reveladora de esta tendencia es Pete Hegseth, designado secretario de Defensa, cuyo cuerpo está cubierto de tatuajes que evocan las Cruzadas: incluyen la frase latina "Deus vult" (Dios lo quiere) y la cruz de Jerusalén. Hegseth ha institucionalizado servicios mensuales de oración cristiana dentro del auditorio del Pentágono, transmitidos por canales internos de televisión, donde invita como oradores a predicadores asociados con movimientos de odio.

Dentro de las paredes del Capitolio opera lo que Huffman denomina una "teocracia en la sombra": mientras los visitantes en tours oficiales recorren la Sala de Estatuas y escuchan discursos sobre la separación de poderes, una estructura paralela de influencia religiosa funciona sin fiscalización. Pastores circulan por los pasillos legislativos con la familiaridad de cabilderos de corporaciones. La entidad más influyente es Capitol Ministries, encabezada por Ralph Drollinger, un ex jugador de baloncesto de 2.18 metros de altura que desde hace décadas dicta estudios bíblicos semanales a miembros de la Cámara, el Senado y el gabinete presidencial. Drollinger enseña lo que denomina un "evangelio de libre mercado" que reinterpreta pasajes religiosos antiguos para justificar políticas contemporáneas: por ejemplo, caracteriza el ambientalismo como una transgresión contra el "mandato de dominación divina" sobre la naturaleza. La influencia de estas redes se extiende a decisiones de política pública federal a través de un mecanismo de inyección ideológica sistemática en funcionarios públicos.

Cuando la ciencia se convierte en herejía política

Más de un siglo ha transcurrido desde que la teoría de la evolución de Darwin fue debatida en el famoso "juicio del mono" en Dayton, Tennessee. Sin embargo, Huffman advierte que ideas que parecían definitivamente establecidas en el pensamiento estadounidense están siendo nuevamente cuestionadas desde posiciones religiosas. Ejemplifica con la congresista Mary Miller, de Illinois, quien en 2021 citó públicamente a Adolf Hitler ante una asamblea de activistas ("Hitler estaba en lo correcto, quien posee la juventud posee el futuro"). Un año después, cuando un clérigo sij, Giani Surinder Singh, fue invitado a ofrecer una oración en sesión plenaria de la Cámara, Miller asumió erróneamente que se trataba de un musulmán y tuiteó alertando que "Estados Unidos fue fundado como una nación cristiana". En materia climática, Miller es igualmente directo, cuestionando paneles solares porque Dios "controla el sol y el sol controla el clima". Estos episodios aparentemente anecdóticos adquieren significación cuando se comprende que representan intentos de reescribir marcos institucionales sobre la base de interpretaciones literales de textos antiguos.

Huffman plantea que lo que está en juego es potencialmente la ruptura de una tregua de 250 años entre fundamentalismos cristianos y valores de la Ilustración que moldearon la fundación estadounidense. Las implicaciones presentes, sin embargo, sobrepasan las disputas sobre formas de gobierno que preocupaban a Thomas Jefferson. Hoy, argumenta, la consecuencia abarca cuestiones de supervivencia: si la investigación y las instituciones científicas serán respetadas o subordinadas a interpretationes literales de textos religiosos; si se podrán desarrollar y desplegar vacunas ante futuras pandemias; si será posible implementar respuestas coordinadas a crisis climáticas. En un capítulo titulado "El embobecer de América", cita a Voltaire: "Quienes pueden hacerte creer en absurdos pueden hacerte cometer atrocidades". Huffman sostiene que la batalla aún es ganadora pero requiere una coalición amplísima que trascienda divisiones partidarias tradicionales. Reclama que moderados cristianos, no-cristianos y estadounidenses seculares trabajen conjuntamente, algo que exige primero reconocer y nombrar sin temor ni favor el movimiento que se presenta a sí mismo como cristiano.

La advertencia final de Huffman proviene de una lectura histórica que considera acuciante: durante el desmoronamiento de la República de Weimar en los años treinta, el Partido Nacionalsocialista fue una minoría que habría podido ser detenida hasta casi el final si los partidos centristas y de izquierda hubieran logrado superar sus divisiones internas. Su incapacidad para construir esa alianza dejó el camino abierto. Huffman sugiere que Estados Unidos enfrenta un riesgo análogo: la posibilidad de que dinámicas de fragmentación política impidan la construcción de un frente unificado contra lo que denomina un movimiento de "Cristo-fascismo". Las instituciones democráticas, desde esta perspectiva, no son estructuras eternas sino construcciones frágiles que requieren defensa activa cada generación. La particularidad del momento actual radica en que esa defensa debe provenir de sectores que históricamente han ocupado posiciones antagónicas, lo que plantea un dilema organizacional sin precedentes en la política estadounidense contemporánea.