Hay momentos en que los números dejan de ser estadísticas y se convierten en radiografías. Lo que está ocurriendo con la economía argentina en este 2025 es exactamente eso: un conjunto de datos que, leídos en conjunto, revelan algo mucho más profundo que una simple transición. La pregunta que empieza a instalarse con fuerza, incluso entre quienes apoyaron el experimento libertario, es si lo que estamos viendo no es una fase pasajera de ajuste, sino la forma definitiva que tendrá el país si este modelo se consolida. Porque cuando la pesca sube casi 15% y la industria manufacturera cae casi 9% en el mismo período, cuando el 6% de la población concentra casi la mitad del ingreso nacional, cuando los pobres urbanos acceden cada vez menos al agua corriente y al gas, ya no alcanza con hablar de "costos de transición". Algo más profundo está en juego.

Un país que crece en las puntas y se vacía en el medio

El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) correspondiente a febrero de este año mostró una caída general del 2,1% interanual y del 2,6% respecto de enero. Pero lo más revelador no fue ese número global, sino la foto al interior del índice. Porque mientras la pesca trepó un 14,8% interanual, la minería un 9,9%, el agro un 8,4% y los bancos un 6,6%, la industria manufacturera desplomó un 8,7% y el comercio cayó un 7%. Entre un extremo y el otro hay una brecha de más de veinte puntos porcentuales. No es un desvío puntual: es un patrón que se repite mes a mes y que se está consolidando como norma.

Lo que hace que esta fotografía sea especialmente preocupante es la proporción que cada sector representa dentro del PBI. Los rubros que están ganando —minería, energía, pesca, campo— apenas alcanzan a explicar alrededor del 20% de la economía nacional. Los que están perdiendo —industria, comercio, construcción— rondan el 50% del producto. Eso significa que el crecimiento de la punta ganadora no alcanza ni de lejos para compensar el deterioro de la punta perdedora. No es una economía corriendo a dos velocidades, como podría sugerir una lectura superficial. Es una economía que se está fracturando en sus cimientos.

Este fenómeno tiene un nombre en la literatura económica internacional: "enfermedad holandesa" o Dutch Disease. El término nació en los años 70 para describir lo que le ocurrió a los Países Bajos tras el descubrimiento de enormes reservas de gas natural. El ingreso masivo de divisas fortaleció la moneda local —el florín— hasta niveles que hicieron inviable a la industria exportadora. El resultado fue un sector primario próspero y un tejido manufacturero destruido. La paradoja es que el país que dio nombre al fenómeno logró superarlo mediante un proceso de reconversión profunda, consensuado políticamente entre gobierno, sindicatos y empresarios, con inversión pública en tecnología, logística y servicios de alto valor agregado. Nada de eso está ocurriendo en Argentina hoy.

La reconversión sin red y el problema del empleo que nadie quiere discutir

Desde los sectores intelectuales que acompañan el proceso oficial, la explicación es que Argentina está viviendo una transformación histórica comparable a la que agotó el modelo de sustitución de importaciones a mediados de los años 70. Se argumenta que el epicentro productivo está migrando desde la era industrial hacia los recursos naturales y los servicios, y que eso es inevitable en un mundo que premia la competitividad genuina por encima de la protección artificial. Hay algo de cierto en ese diagnóstico. El problema es que el mapa de esa reconversión tiene una geometría que genera tensiones casi irresolubles.

Los sectores que están creciendo —Vaca Muerta, la minería cordillerana, el agro pampeano— están geográficamente concentrados y son intensivos en capital, no en mano de obra. Generan dólares, divisas, regalías. Pero no generan empleo masivo. Y los puestos de trabajo que se pierden en los cordones industriales del AMBA o en las ciudades medianas del interior no tienen un destino claro adonde migrar. No es realista imaginar que un operario textil de La Matanza pueda reinsertarse en la industria petrolera de Neuquén. Ni siquiera el propio gobernador neuquino, Rolando Figueroa, lo querría así: en múltiples ocasiones dejó en claro que el boom de Vaca Muerta debe beneficiar primero a los trabajadores neuquinos, no a los que lleguen de otras provincias. El país que se está construyendo tiene polos de prosperidad que no irradian hacia afuera, sino que se encapsulan.

Especialistas en desarrollo económico señalan que no todos los sectores afectados tienen el mismo pronóstico. La construcción, por ejemplo, podría reactivarse si el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) se traduce en obras concretas y si el Estado vuelve a invertir en infraestructura. El comercio también podría recuperar terreno si el consumo se reactiva, aunque lo haría de manera segmentada, no de forma pareja en todos los rubros ni en todos los estratos sociales. Pero la industria manufacturera es otra historia. Su retroceso no es solo absoluto —cae en relación a su propio desempeño histórico— sino también relativo: pierde peso dentro del PBI. Eso significa que incluso en un escenario de recuperación general, la industria seguirá achicándose como porción de la torta. Y esa tendencia, una vez instalada, es difícil de revertir sin políticas activas y deliberadas que hoy no están en el menú.

La clase alta sin disimulo y los pobres que retroceden en silencio

Mientras la economía se reorganiza sectorialmente, la pirámide social también está cambiando de forma. Y lo hace con una velocidad y una crudeza que sorprende incluso a los analistas más curtidos. En la cima, está emergiendo algo que no se veía con tanta nitidez desde hace décadas: una clase alta que ya no siente la necesidad de camuflarse como clase media. El consultor Fernando Moiguer presentó recientemente un estudio que retrata con precisión este fenómeno. Históricamente, la elite económica argentina tendió a diluir su identidad de clase en la narrativa de la "clase media" —un recurso cultural de integración y resguardo frente a la inestabilidad política—. Ese pacto implícito se está disolviendo.

Ese segmento que representa apenas el 6% de la población concentra el 49% del ingreso total del país. Y lo que está cambiando no es solo su situación económica, sino su autopercepción y sus códigos culturales. Se trata de un grupo que empieza a diferenciarse internamente entre herederos, profesionales y empresarios consolidados, y nuevos ricos de origen popular —los llamados "emergentes"— cada uno con estéticas y conductas distintas. Lo que los une es que ya no ocultan su éxito. Al contrario: lo exhiben, lo celebran y encuentran en el discurso oficial una legitimación explícita. El mensaje de que "ser rico no está mal" no cayó en el vacío. Encontró un receptor que lo estaba esperando.

En el extremo opuesto, los datos del INDEC sobre condiciones de vida en los 31 aglomerados urbanos relevados durante el segundo semestre de 2024 muestran un deterioro silencioso pero sostenido. Solo el 28,2% de los hogares pobres accede a servicios básicos combinados de agua, gas y desagüe cloacal. Un año antes esa cifra era del 32,1%. En materia de vivienda, el porcentaje de pobres que habita en construcciones con materiales de calidad bajó del 67,9% al 65,9%. Son caídas que parecen pequeñas en términos porcentuales, pero que en términos humanos representan miles de familias que retrocedieron en su acceso a condiciones mínimas de dignidad. A eso se suma la suba de la pobreza en el último trimestre de 2024, que pasó del 26,9% entre julio y septiembre al 29,9% entre octubre y diciembre. Un salto de tres puntos en un trimestre que anticipa que los datos del primer tramo de 2025 no serán mejores.

La clase media, atrapada entre dos mundos que ya no la incluyen

Entre esos dos polos que se alejan entre sí, la clase media argentina —ese actor histórico que durante buena parte del siglo XX fue el corazón identitario del país— aparece hoy en una posición incómoda y difícil de sostener. Ya no puede aspirar con convicción al ascenso social. Y su principal preocupación se ha corrido hacia otro lugar: no caer. Evitar quedar absorbida por la clase media-baja es la nueva meta de supervivencia de un sector que hace décadas definía su vida en términos de proyección hacia arriba.

El investigador del CIAS Santiago Poy, especializado en desigualdad socioeconómica, explica que este segmento fue especialmente golpeado por la reducción de subsidios, la pérdida de poder adquisitivo en el empleo público y el recorte de recursos en áreas que eran claves para sus expectativas de movilidad: la educación superior pública, la salud, la ciencia. Durante 2024, sin embargo, el sector se mantuvo relativamente quieto porque existía una narrativa oficial potente: la estabilidad como valor. La promesa de que después del sacrificio vendría la recompensa. Lo que está empezando a erosionarse ahora es la credibilidad de esa promesa. Si la estabilidad llegó pero la mejora no, el contrato implícito se rompe. Y ahí es donde las cosas se pueden poner complicadas.

Todo esto importa porque estamos ante algo más que una disputa técnica sobre modelos económicos. Lo que está en juego es el tipo de sociedad que Argentina va a ser en los próximos años. Si las tres fracturas que hoy se identifican —la sectorial, la social y la geográfica— se profundizan sin políticas que las medien, el resultado no será simplemente una economía más eficiente con algunos perdedores transitorios. Será una reconfiguración permanente de quién accede a qué, dónde y bajo qué condiciones. El ejemplo australiano, que se cita frecuentemente como modelo de reconversión exitosa, funcionó porque fue un proceso negociado, con red de contención, con inversión en reentrenamiento laboral y con acuerdo político amplio. Ninguna de esas condiciones está presente hoy en Argentina. Y sin ellas, la transformación que se pregona como inevitable corre el riesgo de convertirse en una fractura sin retorno.