Durante las últimas dos décadas, la Argentina ha transitado gobiernos cuyas características comunes resultan inquietantes: dirigentes que priorizan el enfrentamiento sobre el diálogo, que desdeñan los mecanismos institucionales y que ven en sus adversarios enemigos antes que adversarios legítimos. Desde la época del matrimonio Kirchner hasta la actualidad, con un presidente que rechaza la disidencia incluso dentro de sus propias filas ideológicas, el país experimenta una fragmentación política sin precedentes. Sin embargo, hace poco más de treinta días emergió una figura que contrasta radicalmente con ese patrón: Lionel Scaloni, técnico de la selección nacional de fútbol, personificó en sus actos algo que la dirigencia política argentina parece haber olvidado hace años. Su comportamiento tras la derrota del domingo encendió conversaciones que trascendieron largamente los límites de una cancha.

La jornada que acaba de concluir dejó varias lecciones que merecen examinarse con la seriedad que requiere un fenómeno social de esta magnitud. Cuando la selección argentina se enfrentó a su similar española, lo que sucedió en el terreno de juego funcionó como metáfora viviente de cómo debería funcionar una convivencia democrática. Scaloni, tras ver caer a su equipo, se acercó de inmediato a Luis de la Fuente, entrenador del conjunto ibérico y antiguo maestro suyo en cuestiones futbolísticas, para ofrecerle un abrazo genuino. Posteriormente intervino para evitar que la tensión competitiva se transformara en confrontación violenta entre algunos futbolistas de ambas delegaciones. Estos gestos aparentemente menores concentran una densidad política que pocos actos públicos argentinos de los últimos años han conseguido reunir. Un personaje influyente del espectro político nacional no tardó en expresar lo que muchos pensaban sin atreverse a enunciarlo: "Es el único argentino sensato".

El liderazgo que contrasta con la grieta

Para comprender la magnitud de lo que representa Scaloni en el contexto nacional actual, es necesario remontarse a las características que definen el ejercicio del poder en la Argentina contemporánea. Los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner se basaron en un proyecto centrado en la concentración de autoridad, rechazando abiertamente los límites institucionales que una república democrática impone. Su relación con la prensa, las fuerzas de seguridad del estado y los organismos de inteligencia se caracterizó por intentos de sometimiento y control absoluto. Un magistrado ya fallecido, Claudio Bonadio, halló en una residencia de Cristina Kirchner, cuando ya se desempeñaba como expresidenta, carpetas repletas de informes de espionaje dirigidos contra adversarios políticos, empresarios y comunicadores. El sorteo de esa causa recayó en Marcelo Martínez de Giorgi, quien nunca realizó gestión alguna para investigar las razones por las cuales una expresidenta acumulaba semejante cantidad de información clasificada sobre ciudadanos y dirigentes que se oponían a su gestión. Este mismo juez recientemente apartó a los querellantes de la investigación sobre el poder ejecutivo vigente, debilitando significativamente la pesquisa. Los círculos judiciales lo denominan el "nuevo Oyarbide".

El presidente actual, aunque proveniente de una matriz ideológica radicalmente diferente, reproduce patrones autoritarios similares en aspectos fundamentales. Se proclama liberal y hasta libertario en lo económico, pero rechaza con virulencia la aplicación de esos principios en los terrenos que importan para una democracia pluralista: la tolerancia hacia los disidentes, la autonomía de instituciones como la prensa, la división de poderes. Opta por el grito donde debería haber conversación, por el maltrato donde la cortesía resulta necesaria. En este escenario de veinticinco años de liderazgos que priorizan la confrontación, la conducta de Scaloni adquiere relevancia que supera ampliamente lo deportivo. Algunos observadores, con dosis equilibradas de ironía y sinceridad, comenzaron a especular sobre si el técnico futbolístico no podría representar una alternativa "moderada outsider" en caso de que el mandatario actual no consiguiera vencer en primera vuelta electoral. Una segunda ronda significaría riesgos impredecibles para el gobierno, pues nuclearía en torno a un candidato opositor a kirchneristas, peronistas de diversas tonalidades e izquierdistas de múltiples matices. Pero estos cálculos políticos resultan, por ahora, mera especulación. Nadie se ha tomado la molestia de preguntar a Scaloni cuál es el proyecto que imagina para su existencia futura, y es probablemente mejor así.

Messi y la virtud de la humildad en la victoria

Junto a Scaloni, resulta imposible no mencionar a Lionel Messi, quien en esta última década ha encarnado una forma de ser argentino que también contrasta marcadamente con los patrones prevalecientes. El entrenador catalán Pep Guardiola afirmó algo que pocos negarían: Messi "está marcando una era que llevará su nombre". Pero lo que distingue al futbolista rosarino trasciende su capacidad deportiva, indiscutiblemente superlativa. Es un señor en todos los sentidos del término, capaz de abrazar a un arquero británico después de una batalla feroz en la cancha, capaz de ser magnífico en la victoria y digno en la derrota. Durante el Mundial de Qatar, tras conquistar el título mundial, se le escapó un comentario despectivo dirigido a un futbolista de otra nación mientras conversaba con periodistas. Cristina Kirchner, entonces vicepresidenta, celebró lo que denominó un gesto "maradoniano". Messi, sin embargo, hizo algo que su antecesor jamás habría hecho: pidió disculpas públicas a quien había ofendido y a los espectadores de su comentario inapropiado. Siendo capitán del equipo flamante campeón mundial, comprendió que tal condición no le otorgaba prerrogativa alguna para faltar al respeto. Esto representa precisamente el opuesto a cómo ejercieron el poder los gobiernos que rigieron Argentina en las últimas décadas.

La posición de Messi respecto a los políticos merece subrayarse. A diferencia de Diego Maradona, quien fluctuó entre la cercanía con Carlos Menem y posteriores declaraciones de adhesión al kirchnerismo, permitiendo que se lo utilizara políticamente según la coyuntura, Messi jamás se dejó instrumentalizar. Rechazó ofrecimientos de cercanía tanto de Kirchner como de Alberto Fernández como del actual mandatario. Mantuvo su independencia con una claridad que muchos argentinos con influencia pública nunca han conseguido. El lunes posterior a la final, cuando la selección española ya había sido coronada, Messi felicitó públicamente al equipo vencedor. Aquella imagen del domingo en la cual jugadores argentinos le daban la espalda al campeón, mientras miraban hacia su propia tribuna, nunca será completamente diáfana en cuanto a si fue deliberada u ocasional. Lo que sí es comprobable es el gesto de reconocimiento que vino después.

El nacionalismo desmedido y sus consecuencias diplomáticas

Sin embargo, la jornada dominical también expuso comportamientos que merecen crítica seria. Un grupo de futbolistas argentinos desplazó una sábana en la cancha con la inscripción "Las Malvinas son argentinas" después del encuentro con Gran Bretaña. La cuestión de fondo, la soberanía sobre el archipiélago, es legítima y forma parte de la historia argentina. El error radicó en utilizar una competencia deportiva como plataforma para una demanda territorial. Las consecuencias en términos de relaciones públicas fueron contraproducentes a nivel mundial. Desde la perspectiva diplomática, ningún favor se le hizo a la cancillería argentina. Los futbolistas actuales son generaciones nacidas tras la conclusión de la guerra de 1982, iniciada por decisión del gobierno militar de aquel entonces. Las guerras perdidas dejan secuelas que perduran décadas. Los gobiernos democráticos que sucedieron a aquel régimen optaron por la vía diplomática para abordar el diferendo malvinense. Scaloni, en múltiples oportunidades, rechazó ser arrastrado a conflictos diplomáticos con los británicos, reiterando que se trataba simplemente de un encuentro deportivo.

La realidad comercial entre Argentina y Gran Bretaña es significativa: el intercambio anual supera los dos mil millones de dólares, con un superávit argentino aproximado de seiscientos millones. Los británicos compran productos agropecuarios argentinos y venden maquinarias e insumos para el sector rural. Estimaciones no oficiales indican que alrededor de sesenta mil argentinos residen en Gran Bretaña. En la Patagonia, entre doscientos mil y trescientos mil argentinos descienden de británicos. Toda esta arquitectura de vínculos comerciales, demográficos y culturales no puede ser sacrificada en aras de gestos emotivos, por más comprensibles que sean desde la perspectiva del orgullo nacional. La vía diplomática requiere primero conversación sobre temas que históricamente unen a ambas naciones. Jamás ningún gobierno británico aceptará comenzar diálogo alguno con Argentina partiendo desde la demanda soberanía sobre las islas. Insistir en esa estrategia conduce hacia ningún destino productivo, especialmente considerando que los habitantes de las Malvinas, en cuya voluntad confía actualmente mucha más peso que antaño en los organismos multilaterales, se oponen firmemente a cualquier transferencia de soberanía.

Las expresiones antiespañolas que circularon durante la competencia resultaron directamente perversas desde la perspectiva histórica y emocional. La Argentina es la nación que alberga la mayor cantidad de ciudadanos españoles fuera de España. España es el país con mayor población argentina en el exterior. Aproximadamente cuatrocientos cincuenta mil argentinos viven actualmente en territorio español, muchos de ellos víctimas del exilio económico provocado por sucesivas crisis macroeconómicas o la inseguridad que el populismo de diversas orientaciones instaló en el país. Más de quinientos mil argentinos poseen doble nacionalidad hispanoargentina. El intercambio comercial entre ambas naciones alcanza los dos mil cuatrocientos millones de dólares anuales, también con resultado superavitario para Argentina. España y Argentina comparten, además, un litigio de soberanía con Gran Bretaña: mientras Argentina reclama las islas Malvinas, España demanda el peñón de Gibraltar, territorio cedido a Londres mediante el Tratado de Utrecht en 1713, desde donde Madrid viene reclamando su recuperación por tratarse de un macizo rocoso enclavado dentro de su geografía. Pese a estas coincidencias geopolíticas y a los densos lazos que históricamente unen a ambos pueblos, la rivalidad futbolística despertó expresiones que ignoraban convenientemente esta realidad.

El fútbol como fenómeno aglutinador único

A pesar de todas estas complejidades, una verdad se impone con claridad meridiana: el fútbol sigue siendo uno de los únicos motivos capaces de generar unión nacional en un país fragmentado por polarización profunda y por populismo de cualquier signo ideológico. Durante noventa minutos, el deporte convierte a millones de desconocidos en una voz única. Pocos fenómenos sociales, ni la política, ni la economía, ni siquiera la religión, consiguen tal metamorfosis con la consistencia que el balompié logra alcanzar. Jorge Valdano, futbolista que integró la selección que ganó el mundial en 1986 como compañero de Maradona, ahora residente de España desde hace varias décadas y poseedor de una formación intelectual notable, escribió reflexiones de extraordinario vuelo literario sobre este fenómeno. En vísperas de la final dominical, expresó algo que sintetiza la paradoja que viven muchos argentinos: "Cuanto más admiro a esta España futbolística, más difícil me resulta explicar por qué sigo sufriendo con la Argentina. No me resulta cómodo escribir este artículo porque al sentimiento le cuesta hablar, encontrar las palabras. Cuando empiece el partido admiraré cosas de España que siento como mías, porque también ayudaron a construir mi vida. Pero sufriré con Argentina". Luego amplió: "No porque quiera más a un país que a otro, sino porque el fútbol tiene la mala costumbre de preguntarle al corazón cuestiones que la razón parecía haber dado por resueltas". Decenas de miles de argentinos habrían suscrito cada palabra si hubiesen poseído el talento literario de Valdano para expresarlo.

El domingo que acaba de transcurrir funcionó, en múltiples sentidos, como revelador de dinámicas profundas que atraviesan la sociedad argentina. Mostró, en primer lugar, que existen formas alternativas de ejercer liderazgo y autoridad: la humildad en la derrota, el reconocimiento del adversario, la capacidad de modular la rivalidad sin caer en la agresión. Demostró, asimismo, los peligros de permitir que emociones nacionalistas sin tamizar reemplacen el pensamiento estratégico en materias de relaciones internacionales. Pero fundamentalmente evidenció que, en un contexto donde la dirigencia política de prácticamente todas las orientaciones ideológicas ha fracasado en la tarea de generar espacios genuinos de convivencia democrática, el fútbol mantiene viva la posibilidad de que millones de argentinos sientan que pertenecen a algo mayor que sus grietas cotidianas. Las consecuencias de esta jornada irán desplegándose en múltiples direcciones. Para algunos, Scaloni representa una alternativa política potencial. Para otros, simplemente un recordatorio de que la decencia en el comportamiento y el respeto por el adversario siguen siendo valores con capacidad de tocar las fibras más profundas de una nación. Lo que permanece indiscutible es que el deporte, en su capacidad de movilizar pasiones colectivas, sigue cumpliendo funciones que las instituciones políticas, económicas y sociales han dejado parcialmente desatendidas. Cómo la Argentina resuelva esta tensión entre lo que el fútbol logra generar de unidad y lo que la política ha permitido fracturar, constituirá probablemente uno de los dilemas centrales de los años venideros.