Un viernes de madrugada en el calendario político nacional no es cualquier viernes. Este en particular quedará registrado como el día en que una ministra decidió dejar constancia pública de su indignación a través de una estrategia audiovisual tan directa como inusual, convirtiendo redes sociales en territorio de batalla interna dentro de una estructura de poder que se suponía monolítica. Lo que trasciende de estos incidentes no es simplemente una discrepancia operativa entre carteras ministeriales, sino la manifestación visible de fracturas mucho más profundas en la geografía del poder ejecutivo nacional, con implicancias que se extienden hacia el terreno electoral donde se define el futuro político inmediato.

En las horas previas al mediodía de ese viernes, Patricia Bullrich llevó a cabo una jugada comunicacional que funcionó como grito de advertencia. Desde su oficina de reserva ubicada en la zona norte de la capital, orquestó la publicación de un video donde aparecía trabajando en su despacho del Senado, acompañado de una canción de una artista que el presidente ha criticado públicamente en repetidas ocasiones. La letra no dejaba espacios para interpretaciones ambiguas: hablaba de resistencia, de negarse a ser controlada, de no permitir ser subestimada. La frase que acompañó el posteo funcionó como marco interpretativo: "Todos los peros tienen un porqué". Para quienes circulan en los espacios donde se toman decisiones reales, el mensaje era cristalino. Para el resto de la población, apenas un episodio más en una novela política que ha perdido buena parte de su capacidad de sorprender.

Lo que detonó esta reacción fue un acto de descoordinación administrativa que, aunque podría parecer un detalle técnico menor, en realidad expone una característica recurrente en este gobierno: la falta de comunicación horizontal entre dependencias. El ministerio de Economía incluyó cambios significativos en las reglas de indexación y universalización de prestaciones para personas con discapacidad dentro del proyecto de ley de Presupuesto, sin informar previamente a la cartera que Bullrich conduce. El dato revela algo más grave que un protocolo incumplido: indica que hay canales de decisión que operan sin consultar a quien ostenta responsabilidades sobre un área específica. La senadora fue directa en sus expresiones a su equipo: le molestaba profundamente que la dejaran fuera de conversaciones que la afectaban directamente. "No puedo dejar pasar esto. Si ni siquiera te informan las cosas, no podés negociar nada. Y yo no soy empleada de nadie", fueron las palabras que circularon en sus círculos cercanos.

Las capas de tensión debajo de la superficie

Pero esta explosión de enojo tiene raíces más profundas que una simple omisión administrativa. Los analistas políticos que frecuentan los pasillos de poder detectan un patrón que viene consolidándose gradualmente: alrededor de Karina Milei se organiza un núcleo de decisión que integran principalmente Diego Santilli y los hermanos Menem, una mesa política donde Bullrich tiene presencia limitada o nula según las interpretaciones que circulan. Para una ministra acostumbrada a tener peso gravitacional en las definiciones, esta marginación es vivida como una merma de poder que tiende a acumularse con cada decisión que se adopta sin su participación. Hay, además, un cálculo electoral de fondo: cualquier reducción de su influencia en el Senado podría afectar su capacidad de movilización política de cara a lo que viene.

Lo curioso en este episodio fue la reacción presidencial. Javier Milei estaba en Bahía Blanca cuando se viralizó el video, acompañado por su hermana, Santilli y otros funcionarios. En lugar de profundizar la grieta con una respuesta confrontacional sobre el uso político de una artista que ha criticado su gestión, el presidente optó por desdramatizar. Elogió el talento artístico de la cantante y evitó entrar en la disputa con Bullrich. Fue un movimiento táctico inteligente que apuntaba a no encender fuegos adicionales en un momento donde ya hay suficientes tensiones. Sin embargo, nadie se comunicó directamente con la ministra para resolver la crisis. Hubo un intento fallido de Santilli para mediar, pero la comunicación no fluyó. En el círculo más cercano al presidente, hay fastidio, pero también una determinación política clara: mantener a Bullrich dentro del esquema a toda costa, porque su ruptura podría traer costos muy elevados en términos legislativos.

La sombra papal y el terreno minado de la discapacidad

Lo que amplifica la preocupación en la Casa Rosada es que este conflicto abierto llega en momentos en que la atención del gobierno se fija intensamente en otro tema igualmente delicado. Karina Milei ha estado manteniendo reuniones exhaustivas y de seguimiento minucioso sobre la próxima visita del Papa Francisco, buscando certezas sobre el contenido de los discursos que pronunciará, evaluando el riesgo de que incluya críticas directas a políticas oficiales. Lo que genera particular nerviosismo es que una de las agendas previstas para la visita papal incluye una parada en el Cottolengo Don Orione, la red de instituciones católicas ubicada en Claypole que se dedica al cuidado integral de personas con discapacidad. Es decir: el pontífice visitará precisamente el territorio donde el gobierno acaba de generar una crisis política, donde hay cambios presupuestarios controvertidos, y donde Bullrich tiene legitimidad política acumulada. Es el escenario perfecto para una confluencia de problemas.

Bullrich sabe con precisión el poder de daño que posee en cada una de estas arenas. Maneja información técnica profunda sobre los cambios presupuestarios que afectan discapacidad. Tiene relaciones de confianza con sectores de la sociedad civil que se movilizan alrededor de estas cuestiones. Y, sobre todo, comprende que hay un movimiento delicado que debe coordinarse en simultáneo: todas las partes del gobierno se necesitan mutuamente para ejecutar una transición sin mayores sobresaltos institucional. Pero para que eso ocurra, ella necesita sentirse incluida, consultada, respetada en su autoridad. Es el precio político que el gobierno debe pagar para mantenerla dentro del esquema.

Existe, además, otra variable que complica el panorama. La suspensión de las PASO es uno de los pocos temas que desvela genuinamente al presidente, quien la considera crucial para su estrategia electoral. Esta semana, mientras Santilli trabajaba con gobernadores para asegurar los votos necesarios, Bullrich se presentó públicamente en la comisión de Asuntos Constitucionales anunciando que "todavía" no existen los votos para eliminar las primarias abiertas. La reacción en la Casa Rosada fue explosiva. Hay quienes en el círculo presidencial creen que Bullrich obstruye deliberadamente esta reforma por cálculos electorales propios, una acusación que ella rechaza categóricamente. La realidad es que en un Senado donde los números son ajustados, su posición genera un cuello de botella que complica la estrategia legislativa del gobierno.

Si finalmente se llegan a suspender las PASO, el panorama electoral se transformaría de manera significativa. Desaparecerían los mecanismos que ordenan actualmente las candidaturas dentro de cada espacio político, generando lo que algunos consultores llaman una "carrera de enanos": una multiplicación de candidatos que compiten por espacios limitados, una situación donde cada referente político deberá negociar individualmente su posicionamiento, sus alianzas, su representación. Esto no simplifica el escenario; lo complica exponencialmente. El gobierno sueña, además, con incluir en una reforma electoral más amplia la eliminación de los representantes electivos al Parlamento del Mercosur, un cambio que simplificaría operativamente el sistema de votación conocido como Boleta Única, que de otro modo requeriría duplicar el papel de votación para acomodar una categoría que históricamente ha tenido una relevancia política prácticamente nula.

El enigma que define el futuro cercano

Debajo de todas estas disputas operativas late una pregunta que, según coinciden múltiples observadores del escenario político, es realmente la que modula cada decisión que se toma en estos espacios: la pregunta electoral. No porque la sociedad esté movilizada alrededor de ella —de hecho, hay un desinterés generalizado en buena parte de la población—, sino porque quienes conducen el gobierno operan permanentemente con el cálculo de cómo cada acción suma o resta en una ecuación de poder que está completamente abierta. Hay un consenso notable entre los consultores políticos, respaldado por el propio presidente, sobre una conclusión inquietante: Milei compite fundamentalmente contra sí mismo, o más precisamente, contra el impacto que sus políticas económicas generan en la vida cotidiana de los argentinos.

Los números, según múltiples relevamientos de opinión pública que se mantienen actualizados de manera constante, pintan un cuadro estancado. El presidente experimentó un deterioro constante durante el primer semestre de su administración, pero en los últimos tres meses esos indicadores parecen haberse estabilizado, sin mostrar ni mejoras sustanciales ni caídas adicionales. Hay un cansancio generalizado que ha permeado ciertos segmentos del electorado, una fatiga que se traduce en evaluaciones negativas persistentes. Según datos que circulan en los principales estudios de opinión, dos tercios de la población consultada considera que el presidente debería cambiar su rumbo o sus métodos. Pero aquí está lo paradójico: cuando se pregunta sobre alternativas, el kirchnerismo —la opción que gobernó entre 2003 y 2015— genera un rechazo similar. Otros dos tercios responden que no se puede volver a esa experiencia, que el costo político de retroceder es demasiado alto.

Un sondeo reciente muestra un resultado que sorprende a primera vista: Cristina Kirchner se ubica como opción preferida con 38% de intención de voto, seguida por Milei con 34% y Mauricio Macri con 18%. La aritmética elemental sugeriría que una alianza entre Milei y Macri sería casi indiscutible si se suman ambas voluntades políticas. Sin embargo, hay una novedad interesante en ese frente: el expresidente parece menos apurado de lo que se esperaría en ratificar una alianza formal. Las conversaciones que Karina Milei mantiene con Macri —que habían estado prácticamente congeladas durante casi un año— han adquirido intensidad recientemente, pero los diálogos tienen lugar sobre todo con Jorge Macri, el primo. Con Mauricio mismo, las comunicaciones avanzan a ritmo más lento, a pesar de que sus equipos técnicos se reúnen con regularidad con Santilli en la Casa Rosada.

Lo que emerge de este panorama es una interrogante que estructura todo el análisis político: ¿existe espacio para la emergencia de una tercera opción presidencial que no sea ni el kirchnerismo ni el mileiismo? La respuesta que dan los consultores especializados tiende hacia la negación, pero con matices. Hay una metáfora que circula en los círculos de análisis electoral que resulta particularmente útil para entender el territorio: "Hay una casa con código postal del kirchnerismo y otra con código postal del mileiismo. Lo que está en el medio es un baldío". Los libertarios necesitan ganar ese terreno intermedio. Cualquier otro candidato que pretenda ser competitivo necesitaría hacer exactamente lo mismo. Es, en la descripción de estos analistas, una elección de "peristas": aquellos que tienen problemas con ambas opciones, que dicen "sí, pero" a cada alternativa. Los "sí peristas" podrían votar a Milei o a algo parecido. El verdadero interrogante se concentra en los "no peristas", en esos votantes que rechazan ambas opciones de manera más categórica. Serán ellos quienes definan probablemente el resultado de una elección que falta poco más de un año para disputarse.

Mientras tanto, la dinámica interna del gobierno continúa su movimiento de placas tectónicas: Bullrich reclama espacio de influencia, Karina Milei teje alianzas y monitorea el impacto de la visita papal, Santilli trabaja en construir consensos parlamentarios, y el presidente observa números que no mejoran pero tampoco caen dramáticamente. Es un equilibrio frágil, sostenido por el cálculo de que romperlo podría ser peor que mantenerlo. Las próximas semanas definirán si ese equilibrio resiste o si los conflictos internos comienzan a visibilizarse de manera más dramática, alterando el panorama electoral que aparentemente está congelado pero que, en realidad, está en permanente movimiento subterráneo.