El tedeum celebrado ayer en la Catedral Metropolitana dejó en evidencia, una vez más, las fracturas profundas que atraviesan la administración nacional. Pero a diferencia de otras ocasiones, el conflicto no se desplegó en discursos públicos ni en enfrentamientos directos entre funcionarios. Esta vez, la guerra se libró en los márgenes, en gestos casi imperceptibles, en ausencias calculadas y en la cuidadosa selección de qué mostrar y qué ocultar en la transmisión oficial de un acto que debería haber proyectado unidad. La pelea que atraviesa Casa Rosada entre distintos sectores de la coalición gobernante adquirió ayer nuevas dimensiones, revelando cómo en el actual contexto político argentino, la batalla por controlar la narrativa resulta tan crucial como el manejo de las instituciones mismas.
Un gesto que habla más que mil palabras
Luego de saludar a Eduardo "Lule" Menem, subsecretario de gestión institucional e integrante de la fracción menemista dentro del gobierno, Santiago Caputo realizó un movimiento que sus aliados digitales se encargaron de interpretar y difundir. Con el mismo brazo con el que acababa de estrechar la mano de su rival político, se frotó contra el sobretodo que lucía, un prendedor de corte vintage de color beige que completaba su atuendo de aires británicos. Segundos después, la escena fue capturada por uno de sus colaboradores más cercanos en redes sociales, quien acompañó la publicación con una frase que no dejaba lugar a ambigüedades: "Las manos siempre deben estar limpias. En cualquier contexto o circunstancia". El mensaje circuló por X con la velocidad típica de las operaciones coordinadas en internet, alcanzando a miles de usuarios en cuestión de minutos.
Este tipo de comunicación cifrada, cargada de simbolismo y destinada a públicos específicos, se ha convertido en moneda corriente dentro de los engranajes del gobierno. Lo que hace particularmente relevante este episodio es que no se trata de un acto aislado de espontaneidad, sino de una manifestación más de una estrategia comunicacional que busca mantener viva la confrontación aún cuando las autoridades predican reconciliación. El gesto, deliberado o no, fue inmediatamente decodificado y amplificado por la estructura digital que responde a Caputo, conocida como Las Fuerzas del Cielo, un colectivo de influenciadores y operadores en redes sociales que funcionan como brazo propagandístico de este sector de la administración.
La transmisión oficial como acto político
Lo que resulta más revelador que el gesto mismo es lo que sucedió después. La cobertura televisiva del tedeum fue encomendada a Santiago Oría, documentalista cercano a la familia presidencial, quien realizó un trabajo de edición que funcionó como un acto político deliberado. Caputo apenas aparece en la transmisión oficial: una mención fugaz en la caminata inicial desde Casa Rosada hacia la Catedral, donde lucía su característico sobretodo beige y su boina negra, distinguiéndose visiblemente de los decenas de funcionarios ataviados con sacos azules de protocolo. En el resto de la cobertura, su presencia es prácticamente nula, a excepción de un plano general durante la ceremonia religiosa donde puede divisarse parcialmente, y una imagen posterior donde apenas es visible una porción de su indumentaria detrás del presidente saludando a la multitud.
En las quince fotografías que documentaron el tedeum y las seis adicionales que registraron el posterior acto en el Cabildo, donde las autoridades entonaron el Himno Nacional, Caputo no aparece en ninguna de manera prominente o identificable. Esta ausencia no es casualidad en una administración donde la comunicación visual funciona como instrumento de poder. Si Caputo fue invisibilizado en la cobertura oficial, es porque alguien así lo decidió. Del mismo modo, el director de la transmisión se encargó de no mostrar al presidente Javier Milei en los momentos en que el arzobispo Jorge García Cuerva pronunciaba sus críticas más severas sobre la "división" y la "polarización" que atraviesa la sociedad argentina. Tampoco abundaron las imágenes de la senadora Patricia Bullrich, aunque el presidente se tomó el trabajo de saludarla durante el acto y posteriormente la sumó al balcón de Casa Rosada, gesto que la cámara oficial no registró como parte de su narrativa principal.
Dos visiones irreconciliables del poder
Detrás de estas maniobras de edición y exclusión se perfilan dos proyectos antagónicos sobre cómo debe gobernarse Argentina. Por un lado, la facción que responde a Caputo, agrupada bajo la denominación de Las Fuerzas del Cielo, sostienes una concepción donde las redes sociales, la comunicación digital y la capacidad de generar tendencias en internet son herramientas fundamentales para mantener la cohesión política y avanzar una agenda libertaria. Este sector entiende que la batalla cultural se libra en el espacio digital, y que quien controle esa narrativa controla gran parte de la realidad política percibida.
Enfrente, los sectores menemistas que responden a Karina Milei y gravitaban en torno a figuras como Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados, representan una visión política más tradicional. Ellos critican a Caputo y su círculo por "no saber nada de política" y por suponer que "todo se maneja en las redes sociales". Desde su óptica, la construcción de poder requiere del manejo de instituciones, de relaciones personales con gobernadores y legisladores, de la capacidad de negociar en los pasillos de la política convencional. Los menemistas sospechan que Caputo impulsa "un proyecto personal" disfrazado de defensa de las Fuerzas del Cielo, y que sus operaciones coordinadas en internet buscan más que nada socavar a los rivales dentro de la propia coalición.
Esta fractura quedó evidenciada también en los 200 metros de caminata desde Casa Rosada hasta la Catedral. El presidente Milei caminó junto a Martín Menem, pero entre ambos y Caputo no hubo saludo público ni muestra alguna de acercamiento. Fue un silencio ensordecedor, una ausencia que hablaba de la profundidad del conflicto. Poco después, circularon acusaciones desde el sector caputista de que Menem manejaba desde las sombras la cuenta de X @PeriodistaRufus, desde la cual se han publicado duras críticas hacia Las Fuerzas del Cielo y ocasionalmente incluso hacia el propio Milei. Los menemistas, por su parte, lanzan contracusaciones señalando que buena parte de los escándalos que han salpicado al gobierno en las últimas semanas tienen origen en operaciones coordinadas por el entorno de Caputo.
Un asesor que pretende no importarle nada
Cuando se le preguntó a Caputo sobre su casi total ausencia de la cobertura oficial del tedeum, su respuesta fue descartadora: "No importa, no me interesa salir en ningún lado". Pero dirigentes de su confianza escucharon estas palabras y supieron reconocer el lugar que ocupaban en una estrategia más amplia. Pocos en el oficialismo creen que la exclusión haya sido casual. La Administración Central maneja con precisión quirúrgica qué se muestra y qué se oculta, y Caputo es lo suficientemente importante como para que su ausencia constituya un mensaje deliberado.
Esa misma noche del lunes, Caputo publicó en su cuenta de X un mensaje que buscaba ubicarlo por encima de la pelea interna: "En resumidas cuentas, acá está definido el proyecto nacional argentino de los próximos 20 años. La política lo único que tiene que hacer es no estorbar. La libertad avanza". Sin embargo, su referencia a "la política" como algo que debe apartarse funcionaba simultáneamente como crítica velada hacia los integrantes de la familia Menem, quienes según la narrativa caputista representen esa "política" que obstaculiza el verdadero proyecto libertario. Las Fuerzas del Cielo han relacionado sistemáticamente a los menemistas con casos de corrupción como los involucran al Andis, la llamada "causa de $Libra" y los problemas judiciales del jefe de Gabinete Manuel Adorni.
Contexto de una guerra que promete continuar
Lo que sucedió ayer en el tedeum no constituye un episodio aislado sino parte de una lucha que lleva semanas desarrollándose en los márgenes de la administración. Desde que asumió Milei, estos dos sectores han competido constantemente por la proximidad al presidente y por la definición de qué rumbo tomar. El Presidente ha intentado en múltiples ocasiones convocar a la unidad, celebrando reuniones de Gabinete donde supuestamente se llama a la tregua, y convocando a mesas políticas para discutir los problemas comunes. Sin embargo, tan pronto termina cada uno de estos encuentros, la batalla continúa en otro plano: el de la comunicación, las redes sociales, las filtraciones a periodistas amigos y las acusaciones veladas.
El sermón del arzobispo García Cuerva, que expresó duras críticas a la "división" y la "polarización" sin obtener reacciones adversas desde Casa Rosada, parecería haber caído en terreno infértil. Apenas horas después, Milei mismo se permitió desafiar indirectamente algunos de los puntos del arzobispo, afirmando que el término "terrorismo" resultaba "un poco exagerado" para describir la actividad en redes sociales, un comentario que funcionaba como un guiño implícito a Caputo luego de que García Cuerva hablara del "terrorismo de las redes". De este modo, incluso en los momentos donde se proclama la búsqueda de acuerdos, la lógica de la confrontación interna sigue operando bajo la superficie.
Las dinámicas de poder que quedaron expuestas en el tedeum revelan una administración donde la disputa por la influencia sobre el presidente, la capacidad de impulsar una agenda política propia y el control de los mecanismos de comunicación constituyen los verdaderos ejes de competencia. Algunos analistas sugieren que estas fracturas podrían debilitarse si el gobierno enfrenta crisis económicas o políticas más severas, situaciones que típicamente fuerzan la unidad tras bastidores. Otros argumentan que la actual configuración de poder, donde existen múltiples centros de influencia sin una jerarquía clara más allá del presidente mismo, permitirá que estos conflictos se eternicen, erosionando la capacidad de gestión. Lo cierto es que los próximos capítulos de esta guerra ya están siendo escritos, probablemente en plataformas digitales, en conversaciones privadas y en las decisiones sobre qué mostrar y qué ocultar en las próximas transmisiones oficiales.



