La geometría política del peronismo bonaerense se redefine cada semana, y este sábado marcó un punto de inflexión imposible de eludir. La ausencia de Axel Kicillof en el acto convocado por el kirchnerismo en Parque Lezama funcionó como un mensaje sin palabras más contundente que cualquier comunicado: la posibilidad de una tregua entre los dos polos que disputan el futuro del justicialismo en la provincia se disipa. Lo que hace apenas unos meses parecía un enfrentamiento susceptible de resolverse mediante negociaciones discretas ahora asume rasgos de ruptura irreversible, al menos en el mediano plazo. La concentración de este fin de semana no fue simplemente otro acto de apoyo a Cristina Kirchner; fue la cristalización de una estrategia política de posicionamiento que busca consolidar el liderazgo de la expresidenta como brújula indiscutible del espacio peronista.

Resulta revelador analizar qué sucedió en los meses previos para entender por qué esta ausencia cierra las compuertas a cualquier reconciliación. Hace poco tiempo, la colaboración entre dirigentes de La Cámpora, funcionarios provinciales y autoridades municipales en el homenaje al Indio Solari había generado especulaciones optimistas sobre una eventual recomposición de vínculos. Aquellas señales parecían indicar que, más allá de las diferencias tácticas, existía disposición de ambos sectores para evitar la ruptura total. Sin embargo, el acto del sábado demostró que esas gestos fueron apenas movimientos superficiales sin modificación de los antagonismos de fondo. Máximo Kirchner tomó la palabra como único orador, un detalle significativo en sí mismo, y dirigió críticas hacia quienes proclaman unidad desde la distancia sin comparecer en la residencia de prisión domiciliaria donde la expresidenta cumple su condena en el barrio de Constitución. La puntería de esas palabras apuntaba sin ambigüedades hacia el gobernador bonaerense, quien eligió no estar.

El dilema de la conducción: quién hereda la batuta

Detrás de este enfrentamiento que parece puramente táctica existe una disputa mucho más profunda sobre la estructura del poder peronista de cara a los próximos años. La pregunta que moviliza los cálculos de dirigentes, legisladores y operadores políticos es tan vieja como el peronismo mismo, pero adquiere urgencia renovada: ¿quién conducirá efectivamente al espacio después de que las transiciones generacionales se completen? A diferencia de momentos previos donde existía cierto consenso sobre roles, ahora se manifiesta una competencia abierta por la definición de liderazgos que trasciende las personalizaciones y se adentra en concepciones estratégicas irreconciliables. Kicillof trabaja en la construcción de un proyecto con ambiciones nacionales que no dependa de la supervisión del núcleo kirchnerista. Su estrategia territorial apunta precisamente a eso: ampliar su base de sustentación política más allá de los límites bonaerenses, acumulando respaldos en provincias donde el peronismo ha enfrentado obstáculos históricos. Las giras por Córdoba, Mendoza, Santa Fe y Entre Ríos responden a un cálculo deliberado de fortalecimiento institucional previo a cualquier negociación futura.

Paralela pero antagónica es la operación que desarrolla el kirchnerismo alrededor de Cristina Kirchner. Su domicilio en Constitución se ha transformado en un centro de convergencia política donde circulan permanentemente referentes de distintos sectores del peronismo. Esas reuniones cotidianas funcionan como auditoría de lealtades y espacios donde la expresidenta mantiene un rol central en definiciones estratégicas. Desde allí fluyen también las declaraciones de Máximo sobre la posibilidad de una candidatura presidencial de la exmandataria para 2027, afirmaciones que buscan reafirmar que solo ella posee la capacidad de ordenamiento que el peronismo demanda. La lógica subyacente es que frente a un espacio político fragmentado, la referencia histórica de Cristina Kirchner sigue siendo el factor de cohesión más potente, aunque su situación judicial presente obstáculos concretos para una candidatura efectiva.

Las maniobras intermedias y la hipótesis de la fórmula estratégica

En medio de esta polarización emergen también figuras que intentan navegar los territorios intermedios con su propio proyecto. Sergio Massa continúa manteniendo canales abiertos con ambos sectores, una posición que le permite conservar opcionalidad pero también lo expone a críticas de ambos flancos. Su negativa a pronunciarse sobre candidaturas presidenciales responde a un cálculo de preservación de márgenes de maniobra. Simultáneamente, un sector que se auto-identifica como PJ Federal viene promoviendo un camino alternativo para ordenar al peronismo. Dirigentes como Juan Manuel Olmos, en compañía de Victoria Tolosa Paz, Claudia Neira y Gustavo Bordet, han impulsado encuentros en provincia de Entre Ríos donde se debate desde una perspectiva que intenta reconocer el peso político de Cristina Kirchner sin subordinar la totalidad de la reorganización partidaria a su situación procesal. Esta posición sostiene que el justicialismo requiere de una discusión programática genuina, de debate sobre liderazgos y de definición de estrategia electoral que vaya más allá de la coyuntura judicial inmediata.

Un elemento que adquiere relevancia creciente es la hipótesis —aún no confirmada públicamente pero circulante en círculos políticos— de una fórmula cuya candidata presidencial sea Cristina Kirchner, aun cuando enfrente limitaciones judiciales que hicieran necesario que el efectivo ejercicio de la presidencia recayera en su compañero de fórmula. Esta estrategia funcionaría como mecanismo de unificación peronista alrededor de una figura de referencia histórica mientras evita paradójicamente los escollos legales mediante una operación de sustitución. Es una hipótesis audaz que reflejaría hasta qué punto la política argentina sigue navegando terrenos donde los marcos institucionales se ponen en tensión. La viabilidad de una maniobra de este calibre permanece incierta, pero su circulación señala la disposición de ciertos sectores a explorar formatos no convencionales si la situación lo amerita.

La reactivación del Senado bonaerense esta semana constituirá un nuevo escenario de expresión de estas disputas. Las vicepresidencias de las comisiones legislativas, actualmente bajo influencia del sector kicillofista, son objeto de reclamo tanto por La Cámpora como por el Frente Renovador. Este debate aparentemente administrativo es en realidad una manifestación más del enfrentamiento más amplio por espacios de conducción dentro de la estructura partidaria. La negociación sobre estos cargos se ejecuta en el mismo plano donde se define el futuro del peronismo nacional. Ninguna de estas fricciones surge del vacío; todas ellas expresan la ausencia de decisiones fundamentales que el peronismo bonaerense aún no ha logrado resolver a casi dieciocho meses de las próximas elecciones presidenciales.

Las consecuencias de una indefinición prolongada

La indefinición perseverante sobre quién conducirá efectivamente el espacio y mediante qué reglas genera consecuencias políticas concretas que trascienden las pugnas de liderazgo. Un peronismo que no resuelve su estructura de poder tiende a debilitarse en su capacidad de acumulación territorial y de presentación de propuestas programáticas coherentes. Los sectores que impulsan competencias internas argumentan que un debate genuino sobre programas y candidaturas fortalecería la capacidad electoral del espacio; otros sostienen que la fragmentación en internas moderadas conduciría a desgastes innecesarios que beneficiarían a la competencia electoral. La persistencia de esta disyuntiva sin resolución sugiere que el peronismo bonaerense —y por extensión el nacional— enfrenta un punto de bifurcación donde los caminos hacia la unidad y hacia la competencia interna permanecen abiertos simultáneamente, generando parálisis en determinadas decisiones mientras otras avanzaban según la correlación de fuerzas del momento. Ese escenario contiene tanto potencialidades de renovación como riesgos de fragmentación irreversible.