A tres años de los próximos comicios presidenciales, la foto del electorado macrista revela una situación paradójica: aunque históricamente Pro se definió como un espacio con identidad propia y propuestas diferenciadas, sus votantes hoy priorizan la cohesión política por encima de la diferenciación. Lo que sucede en el territorio del voto amarillo es un fenómeno que trasciende las habituales negociaciones entre dirigentes y toca el corazón de las decisiones de millones de ciudadanos: la angustia ante un escenario político que consideran amenazante pesa más que la lealtad a una marca partidaria. Esta transformación en las preferencias del electorado no es un dato menor, sino el reflejo de cómo los temores pueden reconfigurar las alianzas políticas en democracia.
Según el diagnóstico de especialistas en comportamiento electoral, aproximadamente seis de cada diez votantes de Pro a nivel nacional desean una alianza electoral entre su partido y La Libertad Avanza para enfrentar los comicios de 2027. Aunque esta cifra pueda parecer mayoritaria, esconde una realidad más matizada: existe una porción significativa que mantiene reservas sobre esta convergencia, preferirían competir con candidatos propios y creen que el macrismo tiene propuestas que merecen ser presentadas de forma independiente. Lo interesante es que incluso entre aquellos que rechazan formalmente la alianza, existe un umbral máximo de confrontación: si la competencia llegase a un balotaje entre Javier Milei y Axel Kicillof, el 71% de los votantes amarillos respaldaría al libertario, mientras que solo el 3% iría hacia el candidato peronista. Los números revelan un dilema típicamente argentino: la grieta ideológica que divide al país desde hace casi dos décadas sigue siendo el factor determinante, incluso cuando no se cuestiona la identidad de un espacio político.
El mapa territorial: donde la alianza encuentra resistencia
Sin embargo, la lectura nacional esconde realidades locales que merecen atención especial. En la Ciudad de Buenos Aires, histórico bastión del macrismo, el panorama cambia de manera sustancial. Mientras que en el territorio nacional existe una mayoría clara a favor del acuerdo con LLA, en la Capital se produce un fenómeno inverso: los votantes amarillos que apoyan la alianza y los que se oponen representan proporciones prácticamente equivalentes. Esta fractura geográfica tiene implicaciones profundas para la estrategia política de los próximos meses. Los dirigentes porteños del macrismo enfrenten, entonces, una base electoral dividida, lo que complica cualquier decisión unilateral. Esta divergencia entre Buenos Aires y el resto del país no es excepcional en la política argentina, pero adquiere particular relevancia cuando se trata de negociaciones que impactan en la presidencia de la nación. La Ciudad sigue siendo un territorio donde el macrismo mantiene mayor independencia electoral y donde sus votantes conservan una vocación más pronunciada por una oferta política diferenciada.
La inquietud que motoriza esta preferencia por la unidad es innegable: el fantasma del regreso del kirchnerismo. Los consultores que analizaron las preferencias electorales coinciden en señalar que lo que une al electorado amarillo es, fundamentalmente, el rechazo a un escenario donde fuerzas ligadas al modelo político que gobernó entre 2003 y 2015 vuelvan a ocupar la Casa Rosada. No se trata de una elección positiva hacia Milei o hacia la agenda libertaria, sino de una decisión defensiva: evitar lo que perciben como un riesgo mayor. Esta lógica recuerda a otros momentos de la historia electoral argentina donde el voto fue más determinado por lo que se quería rechazar que por lo que se deseaba alcanzar. En 2015, cuando Mauricio Macri ganó la presidencia en un balotaje contra Daniel Scioli, operó un mecanismo similar: votantes de distintos orígenes confluyeron para frenar un continuismo peronista. Ahora, doce años después, esa misma mecánica parece reactualizarse, aunque con los actores políticos en posiciones distintas.
La metamorfosis del votante amarillo y sus nuevas prioridades
Uno de los fenómenos más relevantes identificados por los especialistas en comportamiento electoral es lo que podría denominarse una "reconfiguración identitaria" del electorado macrista. Hace apenas algunos años, el votante de Pro se identificaba con un centroderecha republicano, portador de una visión institucional sobre cómo debería funcionar el Estado. Ese perfil se ha transformado sustancialmente. La emergencia de Milei y su apuesta por transformaciones económicas radicales ha producido una especie de migración ideológica: el votante amarillo de hoy se siente más alineado con la agenda de cambios acelerados que impulsa el Gobierno libertario. Esto no significa que haya abandonado sus características anteriores, sino que ha incorporado nuevos elementos en su ecuación política. Cuando estos electores piensan en 2027, imaginan una fórmula que combine el liderazgo carismático de Milei con los equipos técnicos que Pro ha desarrollado históricamente. En otras palabras, desean lo que perciben como lo mejor de ambos mundos: la capacidad de transformación radical del libertarianismo y la expertise en gestión del macrismo.
Los números concretos del comportamiento electoral en los últimos meses iluminan estos cambios. En julio del año pasado, Pro alcanzaba un 10% de intención de voto, su nivel más elevado en un período prolongado. Sin embargo, tras el anuncio del acercamiento con La Libertad Avanza, esa cifra experimentó una caída de casi cuatro puntos porcentuales, mientras que la intención de voto libertaria creció dos puntos. Este movimiento no debe interpretarse como un simple desplazamiento de votos, sino como un proceso más complejo. Los analistas identifican en este fenómeno a votantes que hubieran podido elegir a Pro de forma independiente, pero que ante la posibilidad de una alianza optan directamente por LLA. Paralelamente, existe un núcleo duro de aproximadamente seis puntos que insistiría en votar a Pro aunque el partido competiera de manera unificada con los libertarios: estos son los votantes que priorizan la mantención de una opción política diferenciada, incluso si ello significa fragmentar la coalición de centro-derecha. Este segmento rechaza la lógica de la alianza y prefiere mantener la independencia identitaria de su partido, aunque reconocen que ello podría conllevar riesgos electorales.
Un aspecto particularmente intrigante del panorama electoral es la existencia de lo que los especialistas han denominado el votante "siperista": ciudadanos que aprueban decididamente el rumbo macroeconómico del Gobierno Milei, valoran la reducción de la inflación, el equilibrio fiscal y la generación de superávit, pero mantienen reservas respecto a las formas, los estilos y las metodologías implementadas por el Presidente. Este segmento tiene, según los analistas, un "perfume amarillo": simpatiza naturalmente con Pro, mantiene vínculos históricos con ese espacio político, pero su voto final dependerá de cálculos estratégicos. El siperista se pregunta si apoyar a Pro lo pondría en riesgo de sabotear el rumbo económico que valora, si una candidatura propia del macrismo fragmentaría la coalición y permitiría el retorno de opciones que rechaza. En otras palabras, este votante realiza un cálculo de "costo político": ¿cuánto estoy dispuesto a sacrificar en términos de identidad partidaria para garantizar que prevalezca el modelo económico que prefiero? La respuesta a esa pregunta dependerá de cómo evolucionen los próximos meses, de cómo se perciba la competitividad relativa de los espacios políticos y de si el electorado interpreta que mantener la independencia de Pro sería contraproducente o, por el contrario, necesario para preservar el equilibrio político.
Las negociaciones entre élites y la brecha con el electorado
Mientras los votantes manifiestan estas preferencias, los dirigentes de Pro navegan un escenario de tensiones internas que refleja exactamente los mismos dilemas que afectan a su base electoral. En los últimos meses, los líderes del espacio amarillo han tomado posiciones claramente diferenciadas. Por un lado, están aquellos que impulsan activamente la alianza con La Libertad Avanza: los gobernadores provinciales como Jorge Macri en la Capital, Rogelio Frigerio en Entre Ríos e Ignacio Torres en Chubut, además de Cristian Ritondo en la provincia de Buenos Aires. Estos dirigentes territoriales han optado por avanzar con acuerdos locales y nacionales que integren sus espacios con los libertarios. Del otro extremo, se encuentran quienes se resisten activamente a esta estrategia: Hernán Lacunza, quien mantiene viva su precandidatura presidencial y rechaza subordinarse a una alianza que considere subordinante; Martín Goerling, jefe del bloque senatorial, que ha expresado reservas sobre la convergencia; y María Eugenia Vidal, expresidenta bonaerense que representa a un sector más tradicional del macrismo que valora la independencia política. En medio de estas dos posiciones se encuentra Mauricio Macri, quien realiza un ejercicio de equilibrismo político: públicamente cuestiona al Gobierno, busca demostrar que Pro sigue siendo una fuerza política independiente con músculo propio, pero simultáneamente habilita conversaciones oficiales con funcionarios libertarios y autoriza que sus dirigentes participen en mesas de diálogo en la Casa Rosada.
El acercamiento entre ambos espacios se manifestó de forma concreta hace algunas semanas, cuando diputados nacionales de Pro como Cristian Ritondo y Fernando de Andreis se encontraron con referentes de La Libertad Avanza en la sede presidencial. De esa reunión surgió el establecimiento de una "mesa de diálogo" que, según anunciaron los participantes, se repetiría cada quince días. Este mecanismo de conversación periódica es significativo: no se trata de un acuerdo cerrado, sino de un proceso de exploración y aproximación mutua. Tanto Macri como Karina Milei, quien juega un papel central en estas negociaciones desde su posición como ministra de Capital Humano y hermana del Presidente, han validado públicamente este canal de comunicación. Esto indica que, al menos en las esferas superiores de ambas organizaciones, existe voluntad de trabajar una convergencia. Sin embargo, la existencia de estas mesas de diálogo no debe interpretarse como sinónimo de acuerdo consumado. Los próximos meses de negociación serán determinantes para definir los términos de esa eventual alianza: qué espacios cede cada parte, quién encabeza la fórmula presidencial, cómo se distribuyen los cargos ejecutivos y legislativos, cuál será el programa de gobierno en cuestiones que hoy generan diferencias.
Un episodio reciente ilustra las tensiones latentes dentro de la dirigencia de Pro. Martín Menem, titular de la Cámara de Diputados y cercano a los libertarios, planteó públicamente que una candidatura presidencial independiente de Macri dividirían a la derecha y sería funcional al kirchnerismo. Macri respondió con ironía: "Preguntale a Cristina si favorecimos al kirchnerismo", recordando que su administración enfrentó activamente al gobierno de los Kirchner. Ritondo agregó que nunca fue funcional al kirchnerismo. Estos intercambios, aunque aparentemente menores, revelan la profundidad de las fricaciones: para algunos dirigentes libertarios, la mantención de Pro como espacio independiente es un riesgo para la coalición de centro-derecha; para los líderes amarillos, permitir que se cuestione su historial es inaceptable. Estas disputas de narrativa son típicamente previas a las grandes negociaciones políticas, y hablan de dónde están las líneas rojas de cada sector.
Lo que se está jugando en estos meses es nada menos que la estructura de la coalición política que gobernará Argentina a partir de 2027. Las conversaciones entre Pro y La Libertad Avanza no son meramente tácticas, sino que implican definiciones sobre quién lidera el proyecto, cuál es la orientación ideológica de la propuesta, cómo se integran las diferencias, y principalmente, qué hace con sus votantes cada sector político. Los próximos quince días, según el cronograma establecido de reuniones entre ambas dirigencias, serán informativos respecto a si existe real posibilidad de llegar a un acuerdo que satisfaga a las bases electorales que demandan unidad defensiva, mientras que respeta las aspiraciones de independencia de los sectores que la rechazan. El hecho de que estas negociaciones se realicen mientras la inflación sigue siendo un problema acuciante, mientras la economía experimenta volatilidad, y mientras Axel Kicillof construye su proyección presidencial peronista, añade urgencia al proceso. Los tiempos electorales argentinos comprimen las negociaciones: cada mes que pasa define más nitidamente el mapa político con el que se llegará a 2027, cada posicionamiento de un dirigente cierra o abre espacios para futuras alianzas.
Las implicancias de un voto defensivo en democracia
El fenómeno del voto defensivo, donde los ciudadanos priorizan frenar lo que temen por encima de elegir lo que desean, tiene profundas implicancias para el funcionamiento de la democracia argentina. Durante los últimos veinte años, la política nacional ha estado signada por la intensidad de la polarización: en 2015, se votó contra Scioli más que a favor de Macri; en 2019, se votó contra Macri más que a favor de Alberto Fernández; en 2023, se votó contra la continuidad peronista más que por Milei. Este patrón repetido sugiere una democracia en la cual las elecciones presidenciales funcionan más como mecanismos de castigo al oficialismo que como oportunidades para elegir proyectos positivos. Para el electorado de Pro, la próxima elección se vislumbra nuevamente bajo esta lógica: no se tratará de entusiasmo por un programa, sino de prevención de un regreso que se considera inaceptable. Un 71% de votantes amarillos que elegiría a Milei en un balotaje contra Kicillof, comparado con apenas un 3% que votaría al peronista, es revelador de esta dinámica defensiva.
Esta modalidad de votación tiene consecuencias que trascienden lo electoral. Cuando los ciudadanos votan fundamentalmente para frenar algo, el mandato que entregan a los gobernantes es tácitamente frágil: una vez que aquello que se temía deja de ser una amenaza inminente, o si el Gobierno implementa políticas que decepcionan incluso en su aspecto defensivo, la coalición que lo respalda puede desintegrarse rápidamente. Los votantes que en 2027 apoyen una alianza Pro-



