El timing político como interrogante sin respuesta

Existe un momento preciso en la política donde todo puede cambiar de signo. Los dirigentes sindicales argentinos lo comprenden desde hace décadas, y durante años demostraron una capacidad casi instintiva para identificar cuándo era el instante de buscar acuerdos y cuándo había que pasar al enfrentamiento. Este jueves, sin embargo, esa capacidad quedó expuesta como algo del pasado. La movilización convocada por la CGT alcanzó lo mínimo indispensable para poder aseverar que existe capacidad de congregación, pero no logró despejar la incógnita fundamental: si este es el momento propicio para escalar o si todavía llega demasiado temprano, cuando la sociedad permanece demasiado fragmentada para sostener una confrontación profunda. Lo que cambió no es solo la coyuntura política: se transformó el territorio en el cual juega la Central.

La dirigencia cegetista llegó al acto de este jueves buscando hacer algo que trascienda la simple mostración de músculos. Necesitaba convertir esa jornada en un laboratorio vivo donde pudiera calibrar hasta dónde es posible profundizar la disputa con el Ejecutivo de Javier Milei y cuál es el alcance real que conservan las organizaciones gremiales tradicionales como canales para canalizar la oposición. La respuesta que recibieron fue ambigua: sí existe malestar, pero ese malestar está disperso, atomizado, sin una dirección clara. La multitud que concurrió era mayoritariamente de militantes identificados con estructuras sindicales y políticas, no una expresión espontánea de rabia social. Eso es significativo porque sugiere que el salto desde la protesta organizada hacia la protesta masiva de ciudadanía sin mediación institucional aún no ocurre.

La amenaza sin pronunciar: el paro general como palabra prohibida

En los discursos desde el palco reverberó un mensaje claro: se acabó la paciencia. Pero lo que no resonó con igual intensidad fue la amenaza más extrema que muchos de los presentes en la calle demandaban escuchar. El paro general, esa herramienta que en épocas anteriores la CGT utilizaba con relativa frecuencia como instrumento de presión, esta vez no fue pronunciado en términos explícitos. En cambio, los dirigentes optaron por prometer "medidas mucho más fuertes" sin especificar cuáles serían. Esa omisión habla por sí sola: los líderes gremiales dudan de su propia capacidad para sostener una medida de esa envergadura en un contexto donde la atomización del peronismo permitió llegar al poder a fuerzas que ocupan posiciones económicas radicalmente opuestas a los intereses sindicales.

Hace pocas décadas, una amenaza de ese tipo hubiera sido prácticamente automática. Los sindicatos controlaban territorios de poder estructurados, tenían capacidad para parar sectores completos de la economía, y esa capacidad les otorgaba un peso negociador que era prácticamente incuestionable. Hoy eso ya no existe. El ecosistema mutó. La debacle del peronismo como fuerza hegemónica, su fragmentación en múltiples expresiones sin capacidad de coordinación, generó un vacío que fue ocupado por actores políticos y económicos que no tienen deudas históricas con las estructuras sindicales. Eso cambió radicalmente el balance de poder. Los dirigentes cegetistas lo saben. Por eso el discurso fue de firmeza retórica pero con un componente evidente de cautela táctica.

El diagnóstico dividido: ¿quién analiza correctamente el clima?

Existe en este momento una disputa sobre cómo leer el termómetro social. Desde el Gobierno, funcionarios como Toto Caputo —quien ya prometió en ocasiones anteriores "brotes verdes" que no llegaron— sostienen que lo peor ya pasó y que viene una tendencia de recuperación. Desde la perspectiva cegetista, los datos de malestar en las calles, las dificultades económicas visibles en los hogares, el desempleo que continúa subiendo, indican que el momento para profundizar la presión es ahora. Pero existe un tercer análisis, el que proviene de economistas independientes y cientistas sociales que no responden a las estructuras oficialistas ni a las opositoras: ninguno de los dos diagnósticos es totalmente acertado. Lo que sí es cierto es que la tendencia de caída de imagen del Gobierno y de confianza de los ciudadanos en sus políticas se mantiene sin interrupciones desde hace cinco meses.

Una encuesta de Management & Fit (M&F) revelada recientemente muestra números contradictorios que iluminan esta confusión. Cuando se consultó a los encuestados sobre si preferían continuidad o cambio de cara a las próximas elecciones, poco más de la mitad se inclinó por modificaciones en el rumbo actual. Sin embargo, casi un 43 por ciento expresó su preferencia por que continúe lo que el Gobierno está haciendo, aunque con ajustes. Eso es "mucho para este contexto", como se observa en análisis especializados. Con esos números, Milei podría todavía sostenerse con esperanza en su posibilidad de reelección, pese a que hace apenas un mes varios de sus propios colaboradores daban eso como un hecho irrevocable. Los que dijeron interrogantes ayer quizá tengan razón mañana. O quizá se equivoquen.

El desacople entre economía macro y realidad cotidiana

Existe un problema de fondo que atraviesa toda esta discusión. El Gobierno sostiene que sus políticas son correctas a nivel macroeconómico, que generarán empleo y producción como consecuencia natural, pero que estos no son asuntos de su incumbencia directa en el corto plazo. Esa afirmación choca frontalmente con una verdad incómoda que economistas respetados como Ricardo Arriazu y Alfonso Prat Gay han señalado: un programa económico que no genera empleo y producción difícilmente pueda enamorar a la ciudadanía, más allá de las mejoras que pueda mostrar en los indicadores macroeconómicos. La brecha entre ambos planos puede ser enorme. Esto es crucial porque la orientación del modelo económico implementado permitiría avizorar que, incluso si tiene éxito en sus objetivos macro, el crecimiento del empleo y la producción local podrían quedar rezagados durante un tiempo muy prolongado.

Las políticas de sustitución de industria nacional por importaciones, la apertura total de fronteras comerciales, la desregulación sin límites: todo eso forma parte de un credo económico que funcionarios libertarios como Federico Sturzenegger, ministro de Desregulación, y el propio Milei profesan sin atreverse a nombrar públicamente. Es la vieja teoría del derrame, esa que fracasó estrepitosamente en los años noventa bajo el menemismo, cuando el desempleo se cristalizó y la desigualdad se profundizó inexorablemente. Esa teoría es prácticamente impronunciable hoy porque el contexto de transformación tecnológica y las características de las actividades económicas ganadoras la hacen ridícula de entrada. Pero los funcionarios la practican como si nada. Y aquí está el punto crítico: la destrucción es mucho más rápida que la creación. Los sectores que pierden competitividad desaparecen en meses. Los sectores que podrían reemplazarlos tardan años en consolidarse, si es que lo hacen.

Las grietas en la capacidad de representación sindical

La movilización de esta semana también expuso con crudeza las limitaciones internas de la propia CGT. Las disputas entre dirigentes sobre qué rumbo seguir, las diferentes visiones sobre cuán profunda debe ser la escalada, las contradicciones entre los intereses de la dirigencia y los de sus representados: todo eso quedó en evidencia. Figuras como Saúl Ubaldini o Hugo Moyano pertenecen a un pasado prehistórico en términos políticos. Ninguno de los líderes actuales excede los estrechos márgenes en los que cada uno se mueve. El perfil de asistentes al acto lo demostró: mayoritariamente militantes de las estructuras gremiales, no una explosión de trabajadores espontáneamente enojados.

Hay algo más, algo que tiene que ver con transformaciones estructurales que no son fáciles de revertir. Muchos dirigentes sindicales se han aburguesado durante décadas, convirtiendo los gremios en estructuras cuasiprivatizadas donde sus intereses particulares entran en colisión directa con los de sus representados. La paritaria del gremio de camioneros, históricamente identificado con posiciones combativas, es un caso testigo: acuerdos salariales por porcentajes muy por debajo de la inflación, que benefician a las estructuras pero que erosionan el poder adquisitivo de los trabajadores. Eso genera una grieta que es cada vez más difícil de cerrar.

El documento de la CGT y los límites de la ampliación de base

El comunicado leído desde el palco intentó algo importante: ampliar la base de sustentación más allá del universo tradicional de militancia sindical y política opositora. El documento echaba mano a una diversidad de reclamos de naturaleza económica y social: el empleo que desaparece, los ingresos que se erosionan, los derechos laborales bajo presión. En eso hay un reconocimiento de que el mundo que los sindicatos representan ya no es el mismo. Los trabajadores formales, que constituyen la base histórica de poder sindical, representan apenas la mitad del total de asalariados del país. La otra mitad está dispersa en la informalidad, en empleos precarios, en actividades que no tienen estructura gremial. El documento también dejó expuestas las inconsistencias: frente a esa diversidad de demandas, la CGT no logró construir banderas unificadoras con la fuerza necesaria para convocar más allá de sus estructuras.

Lo que ocurrió en el acto de esta semana fue, en el mejor de los casos, el cumplimiento de un piso mínimo de masividad. Los dirigentes cegetistas pueden afirmar que lograron mostrar capacidad de convocatoria y poder de fuego. Pero al mismo tiempo, pudieron comprobar con dureza que esa capacidad es acotada, limitada, insuficiente para canalizar un malestar que existe pero que está mutado, fragmentado, sin canales claros de expresión. Muchos desencantados y resignados prefieren esperar antes que salir a las calles. Otros simplemente se han desenchufado de las instituciones, sindicales incluidas. Nadie sabe con certeza si, aunque se profundice el malhumor social, esos descontentos terminarán canalizando su rabia a través de estructuras sindicales, por otros caminos, o simplemente no la canalizarán de manera alguna.

Las percepciones en las redes y la novedad de la crisis económica en lo digital

Un análisis de conversaciones en redes sociales realizado por la consultora Methodo ofrece matices interesantes sobre cómo la sociedad procesa todo esto. El politólogo Patricio Hernández, director de Methodo, señala algo que resultaría paradójico en otros contextos: "El Presidente mantiene la centralidad, pero pierde volumen. El nivel de negatividad de la performance digital de Milei está en el peor momento desde que asumió". Sin embargo, existe algo sorprendente: los índices de positividad que alcanza el mandatario cuando se los considera en combinación con una economía que incomoda, escándalos de corrupción que persisten y una inflación que resurge.

Lo más revelador es que la crisis económica se metió en las conversaciones digitales de manera inédita. En redes sociales, donde típicamente domina la mostración de aspectos aspiracionales y exitosos de la vida cotidiana, las menciones sobre déficits personales que los ciudadanos están atravesando alcanzan "los niveles más altos de los últimos tres gobiernos", según el relevamiento. Eso sugiere que la dificultad económica ya no es un tema abstracto de debate político, sino que penetró en la experiencia vivida de millones de personas. Es decir, dejó de ser un argumento para convertirse en una realidad que la gente comparte, comenta y procesa en el espacio digital.

El Gobierno jugando solo, todavía, pero con grietas

Existe en este momento una asimetría importante en el tablero político. Milei sigue "jugando solo en la cancha", como se menciona en análisis especializados, y en los vestuarios visitantes de la oposición no asoma todavía nadie con los atributos necesarios para desafiarlo con posibilidades reales de éxito. Eso le otorga un margen de maniobra que sus opositores no tienen. Pero ese margen no es ilimitado. La tendencia de caída de imagen del Gobierno y de confianza de los consumidores en la economía es sostenida desde hace cinco meses. Las encuestas de confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella mostraron caídas récord este mes. Eso no significa colapso político inmediato, pero sí señala erosión.

La subestimación del "efecto salvavidas trumpista" —el supuesto empuje que daría la victoria de Trump en Estados Unidos— y la sobrestimación de los propios logros por parte del Gobierno cuando intenta explicar el triunfo electoral de 2025 podrían constituir un error de diagnóstico grave. Especialmente en los próximos meses. El reconocimiento y la adhesión a la gestión mileísta no son unánimes ni férreas ni siquiera entre quienes votaron las listas violetas. Algunos de esos votantes ya expresan dudas. El Gobierno aún tiene margen, pero ese margen se reduce.

La corrupción volvió a instalarse en el podio de problemas del país según las encuestas de M&F, acompañada por cuestiones de índole económica: el aumento de precios en primer lugar, el empleo en tercer escalón. Funcionarios de primera línea, como el jefe de Gabinete Manuel Adorni, vieron mejorar ostensiblemente sus condiciones de vida mientras el Gobierno prometía terminar con los privilegios de la función pública. Es "una cachetada sobre pieles sensibilizadas", porque toca directamente la contradicción fundamental que el proyecto libertario pretendía resolver.

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