La muerte de Ernesto Guevara no fue producto de un enfrentamiento casual en la montaña ni resultado espontáneo de un combate desigual. Fue, en cambio, una ejecución ordenada desde el poder político más alto, transmitida mediante un código cifrado que apenas trespalabras resumían una sentencia de muerte. Aquel 8 de octubre de 1967, en la tarde, el presidente René Barrientos Ortuño pronunció una frase que atravesaría los valles de Bolivia en clave radial: "Saludos a Papá". Nada más y nada menos que la orden de acabar con el hombre que había llegado a la isla caribeña como médico revolucionario y se transformó en el símbolo vivo de la insurrección latinoamericana. Lo que sucedió en las siguientes veinticuatro horas en una aldea de adobe llamada La Higuera supone, hasta hoy, una de las historias mejor documentadas de cómo la política de Estado, la represión militar y la injerencia extranjera convergieron para eliminar a un adversario ideológico considerado amenazante por múltiples potencias simultáneamente.
Una apuesta que se derrumbó en la selva
Para comprender cómo Guevara terminó tendido en el suelo de tierra de una escuela rural, es necesario retroceder a sus propósitos originales. Luego de conquistar Cuba junto a Fidel Castro en enero de 1959, el comandante argentino-cubano concibió un proyecto de alcance continental. Su intención radicaba en extender el modelo revolucionario hacia el sur del subcontinente, generando focos insurreccionales que pusieran en jaque los gobiernos latinoamericanos alineados con Washington. Primero confió sus ambiciones a Castro en los días de gloria posterior al triunfo. Después, en agosto de 1961, viajó en secreto a la residencia presidencial de Olivos en Buenos Aires para exponerle sus planes al entonces mandatario argentino Arturo Frondizi. Con el tiempo, ese sueño de transformación continental se concentraría en Bolivia, territorio que Guevara consideraba la puerta de entrada para desestabilizar toda la región andina.
El viaje que lo llevaría a su fin ocurrió en noviembre de 1966, cuando ingresó a Bolivia bajo una identidad falsa: Adolfo Mena González, supuestamente un economista uruguayo de piel clara y documentos forjados que no se parecían en nada a su fisonomía real. Había dejado atrás sus responsabilidades públicas en Cuba, sus cargos ministeriales y a su familia. El objetivo era liderar una estructura guerrillera denominada Ejército Nacional de Liberación, que reunía a cerca de sesenta militantes entre cubanos, bolivianos y argentinos. El campamento base se estableció en una propiedad rural junto al río Ñancahuazú, a más de doscientos cincuenta kilómetros de Santa Cruz de la Sierra. Pero desde el inicio, los cálculos revolucionarios chocaron contra una realidad mucho más compleja que la que Guevara había previsto.
El desastre llegó de múltiples frentes simultáneamente. Los campesinos locales, pequeños propietarios de tierras en su mayoría, no simpatizaban con la causa guerrillera sino que colaboraban activamente con el ejército nacional. El Partido Comunista de Bolivia, lejos de respaldar la operación, retiró su apoyo formal tras una disputa sobre quién debería ejercer el liderazgo político y militar. Mientras esto ocurría en el terreno, desde Washington ya circulaban instrucciones y recursos. Los Estados Unidos había desplegado un contingente de comandos de élite —los infames "boinas verdes"— para entrenar y asesorar a los Rangers bolivianos en técnicas de contrainsurgencia. Cuando la inteligencia local confirmó la presencia de Guevara, la CIA intensificó su operación enviando a uno de sus agentes más experimentados: Félix Rodríguez, un cubano exiliado que había participado en el fallido desembarco de Bahía de Cochinos en abril de 1961 y que consideraba a Guevara su enemigo personal.
La captura en la Quebrada del Churo y las horas previas
El 8 de octubre de 1967, alrededor de la una y media de la tarde, el ejército boliviano cercó una zona llamada Quebrada del Churo tras recibir información de un campesino delator. Lo que comenzó como un enfrentamiento convencional se convirtió rápidamente en una debacle para los guerrilleros. Murieron al menos tres combatientes antes de que el resto de la fuerza se dispersara en la espesura. Sin embargo, dos hombres quedaron atrapados detrás de una gran roca en medio de un sembradío de papas. Uno estaba herido en la pantorrilla izquierda; era Guevara. El otro era Simeón Willy Cuba Sanabria, apodado "Willy", quien intentó ayudar a su comandante a escalar la quebrada para escapar. Ambos fueron rodeados por los militares. En ese momento, Guevara gritó su identificación al sargento Bernardino Huanca, quien comandaba el grupo: "No dispare. Soy el Che Guevara. Valgo más vivo que muerto". La historia pronto demostraría que su cálculo era profundamente errado.
Guevara, herido y acompañado por Willy y otros prisioneros capturados en combates anteriores, fue trasladado al destacamento del capitán Gary Prado Salmón, quien de inmediato informó de la captura a través de la cadena de mando. La noticia ascendió: llegó al mayor Miguel Ayoroa, jefe de los rangers; de allí a Vallegrande y finalmente al coronel Joaquín Zenteno Anaya, comandante de la Octava División. Zenteno Anaya, que operaba bajo el nombre clave "Saturno" en sus transmisiones radiales, ordenó trasladar a los muertos y prisioneros a La Higuera, localidad distante apenas dos kilómetros del sitio de los combates. Así llegaron en la tarde del mismo día a una construcción precaria de adobe con techo de paja y tejas deterioradas que funcionaba como escuela. Allí fueron encerrados los guerrilleros, mientras que Guevara permanecería en una de las aulas, atado de pies y manos.
Cerca de las siete y media de esa tarde, el teniente coronel Andrés Selich, subjefe del regimiento Pando de ingenieros militares con sede en Vallegrande, procedió a interrogar a Guevara. El comandante permanecía tendido en el suelo de tierra, con cadáveres a su lado: los de dos cubanos, René Arturo Martínez Tamayo y Orlando Olo Pantoja. En la sala contigua permanecía vivo Willy Cuba Sanabria. El interrogatorio reveló a un Guevara diferente al que imaginaban los militares. Cuando Selich le preguntó por qué se veía deprimido, la respuesta fue directa: "Fracasé. Se acabó. Esa es la razón por la que me encuentro en este estado". A las preguntas sobre los detalles de la guerrilla que lideraba, Guevara respondía con evasivas: "Coronel, tengo muy mala memoria, no lo recuerdo". Cuando le preguntaron si era cubano o argentino, Guevara respondió con una frase que capturaba su identidad revolucionaria más profunda: "Soy cubano, argentino, boliviano, peruano, ecuatoriano… Usted me entiende…"
El papel de la CIA y las órdenes de ejecución
Temprano en la mañana del 9 de octubre, a las seis y cuarto, un helicóptero descendió sobre La Higuera. Transportaba al coronel Zenteno Anaya y a Félix Rodríguez, el agente de la CIA que portaba el alias "Capitán Ramos" y vestía uniforme de las fuerzas bolivianas. Su presencia generó desconfianza inmediata entre los oficiales locales, particularmente en el coronel Selich, quien notó que el supuesto oficial boliviano portaba un transmisor de campaña potente y una cámara especial para fotografiar documentos. Los registros históricos muestran que durante esa mañana, Guevara fue interrogado nuevamente, aunque las versiones difieren sobre quién exactamente lo cuestionó y en qué orden. Lo cierto es que Rodríguez dejó un retrato desolador del estado del revolucionario: "Estaba acostado de lado en el suelo, con los brazos atados detrás de la espalda y los pies atados juntos. La herida en la pierna rezumaba sangre. Su ropa estaba sucia, rota en varios lugares y le faltaba la mayoría de sus botones. Ni siquiera tenía zapatos adecuados, solo piezas de cuero envueltas alrededor de sus pies y atadas con un cordón".
Cuando Zenteno Anaya intentó obtener información sobre las razones de la invasión guerrillera, Guevara respondió únicamente con respiración agitada provocada por el asma y el dolor de la herida. Su silencio irritó al coronel, quien expresó: "Lo menos que podías hacer es responder a mis preguntas. Después de todo, eres extranjero y has invadido mi país". Sin embargo, la decisión sobre qué hacer con el prisionero ya había sido adoptada en los niveles más altos de poder. En La Paz, el presidente Barrientos Ortuño y la cúpula militar boliviana —que incluía a los generales Alfredo Ovando Candia y Juan José Torres— llegaron a la conclusión de que Guevara debía ser eliminado. Fue entonces cuando se transmitió la orden cifrada: "Saludos a Papá". Posteriormente, ambos generales murieron de manera violenta años después, lo cual alimentaría la legendaria "maldición del Che" que envolvió a varios de quienes participaron en su captura y muerte.
Lo más notable es que, según documentos posteriores a los que tuvo acceso el historiador Jon Lee Anderson en 1996 gracias a los archivos del coronel Selich, ninguno de los oficiales presentes en La Higuera estaba de acuerdo con la decisión de ejecutar a Guevara. El propio Selich dejó constancia de sus objeciones: "Pensábamos que era mejor conservar al señor Guevara con vida porque a nuestro juicio hubiera sido más ventajoso presentarlo ante la opinión pública mundial derrotado, herido y enfermo, y obtener una compensación de Cuba por los gastos incurridos en el combate con los guerrilleros". Incluso Rodríguez, en sus memorias posteriores, afirmó que recibió la orden directamente y que intentó disuadir a Zenteno Anaya, ofreciendo lograr una contraorden antes de ejecutar la sentencia. Sin embargo, fuentes disponibles también señalan que el gobierno estadounidense deseaba mantener a Guevara vivo para interrogarlo en profundidad, teniendo incluso aeronaves preparadas para trasladarlo a Panamá. La complejidad de los intereses en juego —Bolivia, Cuba, Estados Unidos— se reflejaba en estas contradicciones.
Las últimas horas y la ejecución
Mientras Rodríguez intentaba resolver el dilema político-militar de cómo proceder, escuchó disparos provenientes de la escuela. Corrió hacia allá y encontró a Guevara aún vivo, observándolo desde el suelo de su celda improvisada. Al dirigirse a la sala contigua, descubrió al guerrillero Willy muerto sobre una pequeña mesa y a un soldado boliviano con el arma humeante. Con temor, el soldado le explicó: "Mi capitán, quiso escapar". Rodríguez comprendió inmediatamente que aquello era falso, que el escape era imposible dadas las condiciones de cautiverio. "El escape era imposible: el soldado estaba cumpliendo órdenes. Los bolivianos no querían prisioneros", escribiría después.
Rodríguez procedió entonces a entablar una conversación de aproximadamente noventa minutos con Guevara. El diálogo, sorprendentemente, mostró cierta humanidad en medio de la tragedia. Cuando el agente de la CIA le preguntó cómo lo reconocería, Guevara respondió con sarcasmo: "A mí nadie me interroga". Conforme avanzaba la conversación y Rodríguez despliegue sus conocimientos sobre la vida del Che, este le preguntó directamente: "Tú no eres boliviano". Rodríguez confirmó su naturaleza estadounidense, y Guevara dedujo: "Podrías ser puertorriqueño o cubano. Y por el tipo de preguntas que hiciste, creo que trabajas para el servicio de inteligencia de Estados Unidos. ¿Cómo es tu nombre?" Rodríguez respondió simplemente: "Félix. Comandante. Sólo Félix". Moments después, Rodríguez solicitó permiso para tomarse una fotografía con su cámara Pentax junto a Guevara. Es la última imagen del revolucionario en vida, capturada el mismo día de su muerte. "Comandante, mire el pajarito", dijo Rodríguez con una ocurrencia que no extrajo sonrisas de nadie.
Cuando Rodríguez volvió a ver a Guevara después de que algunos otros guerrilleros fueran fusilados, le transmitió la sentencia: "Comandante, hice todo lo que estaba a mi alcance, pero las órdenes han venido del Comando Supremo Boliviano". Según el relato de Rodríguez, el rostro de Guevara se tornó blanco como el papel. La respuesta del revolucionario fue serena: "Es mejor así, Félix. Nunca debí haber sido capturado vivo". Guevara realizó entonces algunas consideraciones políticas finales e incluso pidió a Rodríguez, como si fuera posible que un agente de la CIA cumpliera tal encargo, que comunicara a su esposa que se volviera a casar. Según Rodríguez: "Luego nos abrazamos. Fue un momento tremendamente emotivo para mí. Ya no lo odiaba. Su momento de la verdad había llegado y se comportaba como un hombre. Enfrentaba a la muerte con coraje y gracia".
A la una de la tarde, Rodríguez salió al sol primaveral para encontrarse con el sargento Mario Terán, designado como verdugo, y con un teniente de apellido Pérez. "Miré a Ter



