El eclipse del Estado en la narrativa popular

La victoria en el Mundial 2022 marcó un quiebre profundo en la relación histórica entre el poder institucional y la celebración colectiva en Argentina. Mientras décadas atrás el Estado fungía como protagonista legítimo de los festejos nacionales, hoy la sociedad ha construido su propia narrativa de celebración, relegando deliberadamente a las autoridades a un rol secundario o directamente excluyéndolas. Este corrimiento no es circunstancial sino que refleja una transformación estructural en cómo la ciudadanía concibe su vínculo con la política formal y cómo experimenta la pertenencia nacional. La multitud que inundó las calles no buscaba validación estatal ni reconocimiento oficial; simplemente se apoderó del espacio público para ritualizar su alegría sin intermediarios. Ese desprecio elegante hacia la institucionalidad fue más elocuente que cualquier consigna o protesta organizada.

La comparación histórica ilustra con nitidez este cambio de roles. En 1986, cuando Argentina conquistó su segundo título mundial, Diego Maradona subió personalmente a la Casa Rosada para entregar la copa a Raúl Alfonsín. El acto contenía un simbolismo deliberado: el reconocimiento de que la democracia recién recuperada merecía ser copartícipe de la gloria deportiva. Alfonsín comprendió el momento y cedió el balcón para que el equipo celebrara frente a la gente, retirándose estratégicamente. Todavía entonces la institucionalidad pública gozaba de cierto prestigio y legitimidad que le permitía ocupar un lugar en esa narrativa nacional. Treinta y seis años después, el panorama se había transformado radicalmente. Cuando la delegación retornó de Qatar en diciembre de 2022, la situación fue muy distinta. El gobierno de Alberto Fernández intentó gestionar la llegada del equipo, buscando una fotografía política que validara su gestión a través del éxito deportivo. La respuesta de la sociedad fue contundente: la masa humana que se congregó en las calles simplemente desplazó al Estado de la ecuación. No hubo lugar para la intermediación política. El equipo interpretó correctamente el sentimiento predominante y se negó a subir a la Casa Rosada, evitando cualquier vínculo que pudiera instrumentalizar su logro.

Este fenómeno fue caracterizado entonces por analistas especializados como una "deslegitimación elegante" del poder institucional. No se trataba de una revuelta organizada ni de una protesta explícita contra las autoridades. Era algo más sutil pero igualmente contundente: la sociedad simplemente prescindía del Estado porque lo consideraba innecesario para su celebración. El sociólogo Pablo Semane, junto con otros investigadores, sintetizó el cambio en una frase reveladora: la relación entre sociedad y Estado había mutado profundamente. Ya no existía aquel "lugar común" que la política podía ofrecer. Esa función fue ocupada por una sociedad autónoma que construyó su propia narrativa sin pedir permiso ni legitimación a las dirigencias invalidadas. Cuando Javier Milei asumió la presidencia meses después, pareció comprender intuitivamente esta lección. Antes de que siquiera comenzara el torneo, ofreció públicamente desalojar la Casa Rosada para que los jugadores pudieran acceder al balcón si ganaban. Simbólicamente, la imagen es potente: el Estado reconoce su irrelevancia en este ritual de alegría popular y se retira voluntariamente de su propia oficina central. No es un gesto de humildad sino de pragmatismo: asumir que su presencia turbaría la fiesta.

Las encuestas revelan la separación entre pasión y voto político

Los datos cuantitativos ofrecen un panorama aún más esclarecedor sobre cómo la sociedad argentina ha aprendido a compartimentalizar sus emociones deportivas de sus decisiones políticas. Cuando se iniciaba el torneo en Qatar, una investigación llevada a cabo por el analista Jorge Giacobbe arrojó números contundentes: el 85,5% de los encuestados aseguró que no habría beneficios para el presidente si Argentina salía campeón. Aún más revelador fue el resultado sobre la incidencia electoral: el 93,4% respondió que un triunfo de la selección no cambiaría su voto. Estos guarismos demuestran que la población ha internalizado una lección que gobiernos anteriores aprendieron dolorosamente: los triunfos deportivos no generan réditos políticos duraderos ni modifican las decisiones electorales de la ciudadanía.

Raúl Alfonsín y Alberto Fernández son casos emblemáticos de esta realidad. Ambos experimentaron victorias deportivas que no se tradujeron en apoyo electoral. Alfonsín perdió las elecciones presidenciales menos de un año después del Mundial 1986, sumido en una crisis económica galopante. Fernández, tras la conquista de Qatar, vería declinar su aprobación drásticamente durante 2023, enfrentando presiones inflacionarias y deterioro del poder adquisitivo. La sociedad aprendió que la felicidad deportiva y la prosperidad material son fenómenos desconectados, y que votar a favor de un gobierno porque ganó un partido sería un acto de irracionalidad política. Pero existe una pregunta que, en el sondeo de Giacobbe, actúa como bisagra para comprender el estado emocional más profundo de la población. Se consultó: "Si tuvieras que elegir una opción para los próximos cuatro años, ¿preferirías que Argentina vuelva a ganar el Mundial o que la economía mejore?". Los resultados exhiben una sociedad dividida casi en partes iguales: el 48,8% optó por la mejora económica aunque la selección fracasara, mientras que el 44,2% prefería la victoria mundial aunque la economía se deteriorara. Aunque ganó la opción considerada racional, la brecha es preocupantemente estrecha. Esa cifra de 44,2% expresa algo más profundo que una preferencia: es una manifestación de lo que podría llamarse "nihilismo pasional", una especie de resignación donde el ciudadano dice "dame un instante de felicidad total y después vemos qué pasa". Revela una población que desconfía de que la economía mejore, que busca desesperadamente momentos de alegría colectiva que contrarresten la adversidad cotidiana.

Este fenómeno de ilusión compartida también se observó en otro dato: antes de que iniciara el Mundial, el 71,5% de los encuestados predijo que Argentina volvería a ser campeón. ¿Qué explica esta certidumbre? ¿Convicción táctica, cábala futbolística, fetichismo colectivo? Probablemente una combinación de todos estos elementos. Lo cierto es que existía una fe casi religiosa en que el equipo repetiría su hazaña. Pero el aspecto más significativo de estas métricas es que demuestran la capacidad de los argentinos para separar mentalmente sus anhelos deportivos de sus decisiones políticas y económicas. No es que el fútbol no importe; obviamente es fundamental. Lo que cambió es que la sociedad dejó de creer que el fútbol pueda ser instrumento de política o que un político pueda beneficiarse genuinamente de la gloria deportiva.

Los jugadores como líderes que superan cualquier métrica política

Mientras que la legitimidad de los actores políticos y económicos declina progresivamente, los principales integrantes de la selección gozan de niveles de aceptación que ningún dirigente podría aproximarse siquiera a igualar. Según datos de valoración pública, Julián Álvarez registra 93,2% de imagen positiva, Scaloni 92,3%, Emiliano Martínez 92,2% y Messi 90,9%. Cualquier funcionario público, político, gremialista o empresario que actualmente se esfuerza por superar el 30% de aceptación miraría estos números con envida irremediable. La diferencia es abismal. No se trata solamente de que sean figuras del deporte; es que representan algo que la política formal ha perdido: la capacidad de encarnar una emoción colectiva sin necesidad de mentira, transacción o cálculo. La selección ha sido particularmente hábil para mantener su autonomía respecto del universo político. Aunque ha recibido incontables propuestas para alinearse con diferentes causas, ha rechazado la mayoría. Su única expresión política pública relevante fue el episodio de la bandera de Malvinas después del partido frente a Inglaterra, un acto que rompió con la estrategia de prescindencia que caracterizó la era bajo la dirección de Scaloni.

Messi, específicamente, ha sido extraordinariamente cuidadoso respecto de cualquier pronunciamiento político. A lo largo de años, ha hecho solo tres referencias públicas a cuestiones que podrían considerarse políticas. En 2020, conversando con un periodista catalán, simplemente expresó que no entendía mucho de política aunque intentaba leer sobre el tema. Luego, en una entrevista para una publicación social, señaló que debería haber menos desigualdad social en el mundo. Y esta semana, durante una conferencia de prensa, hizo mención a la situación de las personas que no llegan a fin de mes. Ninguna de estas declaraciones representa a alguien que busque "sentar posición" o convertirse en activista. Son más bien señalamientos éticos, tímidas referencias a injusticias que observa. Sin embargo, tanto la exhibición de la bandera de las Malvinas como el comentario sobre la dificultad económica de los ciudadanos tuvieron el poder de perturbar la comodidad prescindente del gobierno. El conflicto por la soberanía de las islas representa un terreno pantanoso para la administración libertaria, que ha mantenido posiciones ambiguas respecto de la relación con Gran Bretaña. Y la mención a la cuestión social obligó al gobierno a responder con mensajes contradictorios durante toda la semana, culminando en un comunicado oficial tratando de conciliar posturas irreconciliables. Milei, quien ha expresado públicamente en múltiples ocasiones su admiración genuina por el ídolo, aparentemente se comunicó personalmente con el plantel esta semana, no con la AFA, para coordinar la logística de los próximos días. No se conoce si existió un diálogo directo con Messi, pero el gesto de que el presidente en persona se contactara con los jugadores indica una comprensión clara de dónde reside ahora el verdadero poder simbólico en Argentina.

Una nueva argentinidad definida por la pasión desbordante

Más allá de la despolitización visible de la relación entre la selección y la gente, emerge una dimensión considerablemente más profunda: la reconfiguración de lo que significa ser argentino en el siglo XXI. No se trata solamente de que la gente festeje un triunfo deportivo. Lo que está sucediendo es una redefinición de la identidad nacional fundada en la pasión como atributo esencial. Ser argentino hoy significa ser intenso, desbordante, emocional, caótico, capaz de hacer prácticamente cualquier cosa con tal de demostrar que nadie puede sentir y expresar sus sentimientos como ellos. Esta caracterización se alinea con el retrato que hace el politólogo Giuliano da Empoli sobre la era actual: una época de caos donde las emociones desbordan las estructuras racionales que las contienen. Pero hay otro elemento en este proceso: el regocijo de la transgresión. Si se traza una línea entre la gesta maradoniana de 1986 y los eventos de la semana pasada, no solo aparece la victoria frente a los ingleses, sino también el orgullo de haber violado reglas. Hace cuarenta años fue la "mano de Dios", ese gol que desafiaba la reglamentación oficial. Ahora fue la violación de la norma que prohibía mensajes políticos en el campo de juego. Existe una satisfacción palpable por demostrar superioridad futbolística, pero también una jactancia por la contravención, por haber hecho aquello que se suponía no debía hacerse.

Un hallazgo especialmente interesante emerge cuando se comparan dos preguntas del estudio de Giacobbe sobre la historia del fútbol argentino. Cuando se consultó cuál era el mejor jugador de la historia argentina, Messi ganó con 73% contra 22,8% de Maradona. Una superioridad clara en términos de evaluación técnica y trayectoria. Pero cuando la pregunta se reformuló preguntando "En cuanto a nuestros valores y forma de ser, ¿a quién nos parecemos más los argentinos?", los números se invirtieron: 57,4% eligió a Maradona versus 39,4% para Messi. Esta divergencia es reveladora. Messi es reconocido como futbolista superior, pero Maradona es quien encarna los atributos que los argentinos ven reflejados en sí mismos: la transgresión, el exceso, la provocación, el desafío a la autoridad. Por eso la idolatría casi religiosa que genera Messi es respondida socialmente con un comportamiento típicamente maradoniano, un comportamiento de infracción y excesos.

El protagonismo inédito de mujeres y jóvenes en la narrativa nacional

Entre los cambios más notorios respecto de cómo Argentina festeja el fútbol en comparación con décadas pasadas, figura la ausencia de prescindencia entre la clase intelectual y cultural. En los años setenta y ochenta, figuras públicas como Jorge Luis Borges se jactaban de su desinterés por los torneos mundiales; la escritora Beatriz Sarlo militaba contra el cierre de museos durante los partidos. Hoy, ningún referente social se atreve a proclamar públicamente su falta de entusiasmo. Pero existe un fenómeno más contemporáneo y significativo: el protagonismo que han adquirido las mujeres y los jóvenes en la construcción de esta narrativa renovada. Las mujeres, históricamente alejadas del fútbol y de las movilizaciones asociadas al mismo, ahora son parte vital de la escenografía popular. Los jóvenes, que en décadas anteriores no poseían el papel preponderante que asumen ahora, se han convertido en los principales encarnadores de esta nueva argentinidad. Según un análisis del consultor Fernando Moiguer, el segmento joven es quien más intensamente expresa esta transformación identitaria.

Los números son significativos: el 80% de los jóvenes dice estar "muy orgulloso del país que tenemos" contra un 60% en la población total. Aún más: el 71% de los menores de treinta años prefiere vivir en Argentina antes que en cualquier otro país del mundo, comparado con el 54% en la población