La ofensiva tardía de Washington

Cuando una potencia descubre que su adversario lleva años construyendo influencia, infraestructura y mercados en su propio patio trasero, la reacción suele ser defensiva y acelerada. Eso es precisamente lo que está ocurriendo ahora en América Latina. Washington ha puesto en marcha una estrategia de contención contra la presencia china en la región, pero la paradoja es evidente: mientras intenta levantar nuevos cercos, Beijing ya consolidó durante más de dos décadas relaciones comerciales, inversiones en telecomunicaciones, energía e infraestructura que penetran múltiples capas de las economías locales. Los movimientos recientes del representante diplomático estadounidense en Buenos Aires constituyen apenas la expresión más visible de esa ofensiva. Primero fueron las advertencias dirigidas a cooperativas argentinas para que rechazaran contratos con proveedores tecnológicos chinos. Luego vinieron las señales sobre las visas. Después, las declaraciones vinculando decisiones sobre Vaca Muerta, inversiones en energía y manejo de datos con la seguridad nacional de ambas potencias. Cada paso parece diseñado para forzar una elección binaria: alinearse con Washington o enfrentar consecuencias.

La imagen del búho de Minerva, tomada de la filosofía hegeliana, ilumina esta situación de manera notable. Según esa metáfora, la comprensión de una época llega cuando esa realidad ya ha desplegado sus principales tendencias, cuando el proceso está casi consumado. En este caso, cuando Washington intenta establecer límites a la influencia china en América Latina, China ya transformó sus relaciones comerciales, tecnológicas y de infraestructura en la región en procesos de largo aliento, profundamente enraizados. El problema no reside en que Estados Unidos defienda sus intereses geopolíticos. Toda potencia tiene derecho a definir su estrategia de seguridad. Lo preocupante es que Argentina, una nación con capacidad de agencia propia, parezca disponible a importar una rivalidad ajena sin desarrollar una visión estratégica independiente sobre qué le conviene.

Más allá del mercado: la batalla por el futuro tecnológico

La competencia contemporánea entre superpotencias no se limita al terreno militar tradicional. Telecomunicaciones, inteligencia artificial, semiconductores, datos, puertos, minerales críticos, energía y cadenas globales de suministro se han convertido en el verdadero campo de batalla del siglo XXI. Un informe oficial de la administración estadounidense identificó a Argentina dentro de una red de más de cuarenta países que podrían actuar como nodos para triangular productos chinos y evadir aranceles estadounidenses. Brasil fue clasificado con un riesgo aún mayor. Estos documentos no son amenazas veladas: constituyen parte del diseño de la nueva estrategia de seguridad nacional estadounidense, conocida como una actualización del Corolario Trump de la Doctrina Monroe, que busca reafirmar la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental.

Sin embargo, existe una paradoja desconcertante en el corazón de esta confrontación. Mientras Argentina parece dispuesta a asumir los costos de una rivalidad estratégica entre Washington y Beijing, ambas superpotencias están aprendiendo a administrar esa misma rivalidad de formas mucho más pragmáticas. Después de la reunión entre los líderes estadounidense y chino en Beijing durante mayo, ambas naciones acordaron avanzar hacia una relación de estabilidad estratégica constructiva. Crearon una Junta de Comercio y otra de Inversiones para institucionalizar aspectos centrales de su interdependencia económica. Según datos oficiales de Beijing, aproximadamente ochenta mil empresas estadounidenses han invertido en territorio chino. Las cadenas productivas, los mercados y los intereses cruzados acumulados durante décadas hacen extraordinariamente costoso un desacople absoluto. Las dos superpotencias compiten, sin dudas, pero cuando sus intereses lo requieren negocian, buscan puntos de equilibrio y evitan llevar el conflicto a consecuencias irreversibles. Argentina corre el riesgo de asumir los costos de una confrontación que ni siquiera quienes la protagonizan están dispuestos a llevar hasta sus últimas consecuencias.

Huawei y la lección de los cercos tecnológicos

El caso de Huawei en Argentina ofrece una lección instructiva sobre las dinámicas que se despliegan cuando una potencia intenta excluir a sus competidores mediante restricciones. La empresa china opera en el país desde 2001, es decir, hace casi un cuarto de siglo, e integra distintas capas del ecosistema de telecomunicaciones argentino. Desde luego, cualquier proveedor tecnológico debe someterse a rigurosos estándares argentinos de seguridad informática y protección de datos. Esa es una prerrogativa soberana de cualquier Estado. Pero existe una diferencia crucial entre establecer estándares de seguridad de manera autónoma y excluir empresas porque una potencia extranjera lo presiona o lo demanda.

Durante años, Washington intentó restringir el acceso de Huawei a semiconductores críticos, software avanzado y otras tecnologías fundamentales. El objetivo era frenar el ascenso tecnológico chino mediante el aislamiento. Sin embargo, cada nuevo bloqueo generó incentivos para que la empresa y el ecosistema tecnológico chino desarrollaran alternativas propias, aumentaran su inversión en investigación y desarrollaran mayor autonomía tecnológica. El cerco que pretendía detener a China terminó obligándola a innovar. Cada muro levantado originó un nuevo camino. En cierta medida, la estrategia de restricción produjo el efecto opuesto al perseguido: aceleró la innovación y la independencia tecnológica china. Esto no significa que el ascenso tecnológico chino sea inevitable ni que carezca de vulnerabilidades significativas. Significa algo más profundo: su capacidad de planificación estatal, su inversión sostenida en investigación y desarrollo, y su horizonte de planeamiento a largo plazo hacen insuficiente cualquier estrategia basada únicamente en restricciones comerciales y tecnológicas. Cuando se intenta detener un proceso que lleva décadas desarrollándose, frecuentemente se termina acelerando aquello que se buscaba evitar.

El dilema argentino: menos opciones en un mundo con más

La situación argentina presenta una contradicción adicional y más profunda. El alineamiento automático con Washington coincide temporalmente con el deterioro de las relaciones con Brasil y China, los dos principales socios comerciales de Argentina por volumen total de intercambio. Brasil es además el principal socio industrial y el Mercosur constituye una plataforma fundamental para las exportaciones manufactureras argentinas. China representa un mercado central para alimentos, energía y minerales, además de constituir una fuente potencial de inversión, infraestructura y cooperación tecnológica. En un mundo genuinamente multipolar, esa posición geográfica y comercial podría constituir una ventaja extraordinaria. Argentina podría relacionarse de manera simultánea con Estados Unidos, China, Brasil, Europa y las economías emergentes para diversificar mercados, atraer inversiones desde múltiples orígenes, incorporar tecnología de distintas fuentes y fortalecer su capacidad negociadora en cada una de esas relaciones.

Sin embargo, el gobierno actual está haciendo precisamente lo contrario. En un mundo que ofrece más opciones que en cualquier momento de las últimas décadas, Argentina está eligiendo tener menos. La reducción de opciones se manifiesta de diversas formas. La política exterior se ha transformado en militancia ideológica: el presidente ha viajado al exterior para participar en actividades partidarias y apoyar dirigentes opositores, incluso en Brasil, deteriorando el vínculo político con el gobierno brasileño. Un mandatario puede tener afinidades personales, pero cuando actúa en la arena internacional representa al Estado argentino. La política exterior no puede convertirse en la internacionalización de una facción política: debe representar los intereses permanentes de todos los argentinos, independientemente de sus convicciones ideológicas o partidarias.

La licitación del Belgrano Cargas expone otra contradicción reveladora de estas dinámicas. Los pliegos de la convocatoria restringen la participación de empresas controladas por Estados extranjeros, una disposición presentada públicamente como una "cláusula anti-China". Un gobierno que se proclama defensor de la competencia y los mercados libres termina reduciéndola por razones geopolíticas, limitando el número de oferentes potenciales y posiblemente incrementando los costos finales de la infraestructura. La selectividad en la aplicación de esos criterios es evidente: mientras limita empresas chinas en ciertos sectores, celebra simultáneamente la participación de Argentina LNG, que es operada por YPF con socios como Eni y XRG, esta última controlada por ADNOC, la compañía estatal de Abu Dhabi. El problema ya no parece ser el origen estatal del capital, sino qué Estados son políticamente aceptables para invertir en Argentina según los criterios del gobierno actual.

La paradoja de un desacople imposible

La paradoja se vuelve aún más pronunciada cuando se observan los hechos concretos. Buena parte de la modernización histórica del Belgrano Cargas se realizó con financiamiento y equipamiento chino. China ya está profundamente integrada en sectores considerados estratégicos de la economía argentina, desde Vaca Muerta hasta los bienes de capital incluidos en el régimen de Inversión Grande. El gobierno intenta desacoplar políticamente a Argentina de China mientras su propio modelo económico la acopla cada vez más a la industria y la demanda de recursos de Beijing. Argentina exporta alimentos, energía y minerales a China. Importa desde allí manufacturas, maquinaria y tecnología. Mientras tanto, debilita su propia capacidad productiva mediante políticas que reducen la inversión en sectores industriales. El resultado puede sintetizarse así: alineamiento geopolítico con Washington, dependencia industrial creciente de Beijing, y primarización acelerada de la economía argentina.

Existe además un problema fundamental vinculado al desarrollo nacional. Si Argentina excluye empresas o inversiones por presiones externas, reduce la competencia, debilita su capacidad negociadora y puede encarecer significativamente los costos de la infraestructura. Si simultáneamente abandona una política industrial y tecnológica propia, la relación con China tenderá inevitablemente a profundizar una matriz ya conocida: alimentos, energía y minerales a cambio de manufacturas y tecnología. La experiencia de Brasil sugiere una alternativa diferente. Una estrategia nacional consciente permite utilizar la relación con China para atraer inversiones productivas, construir cadenas industriales complejas y desarrollar cooperación en áreas como energía, espacio, inteligencia artificial y tecnologías emergentes. China sabe exactamente qué necesita de Argentina. Estados Unidos sabe qué pretende de todo el Hemisferio Occidental. Brasil sabe cómo quiere insertarse en esta transformación global. La pregunta pendiente es cuál es la estrategia argentina.

Autonomía o subordinación: el verdadero dilema

La respuesta no puede ser simplemente reemplazar una dependencia por otra. Debe ser recuperar autonomía estratégica, utilizar la competencia entre potencias como una oportunidad de desarrollo nacional, atraer inversiones de distintos orígenes simultáneamente, incorporar proveedores nacionales en cadenas complejas, exigir transferencia tecnológica como condición de inversión, y agregar valor a los recursos naturales en lugar de exportarlos sin procesamiento. En lugar de aceptar pasivamente una nueva división del mundo en áreas de influencia definidas por superpotencias, Argentina debería ampliar activamente sus opciones y construir su propio margen de maniobra en un escenario internacional plural.

El búho de Minerva levanta vuelo al anochecer porque comprende una realidad cuando ésta ya se encuentra desplegada y sus principales tendencias ya se han consumado. Quizás esa sea la lección más profunda del intento actual de cercar la influencia china en América Latina. Mientras algunos actores intentan reconstruir los límites del mundo de ayer, Beijing lleva décadas preparándose sistemáticamente para el mundo que viene. Argentina debería dejar de elegir tutelajes externos y empezar a construir activamente su propio lugar en ese futuro que se aproxima. Las próximas decisiones determinarán si el país utiliza la pluralidad geopolítica como oportunidad de desarrollo o si elige convertirse en un peón en una partida que otros juegan con lógicas ajenas a sus propios intereses.