La carrera por la presidencia en 2027 comienza a perfilarse en el horizonte político argentino, pero la foto que emerge del mapa de gobernadores revela una realidad incómoda para quienes esperaban ver candidaturas competitivas brotar desde las provincias: la mayoría de los mandatarios locales prefiere mirar hacia otro lado. Con gestiones sin terminar, aguinaldos pendientes de pagar y elecciones provinciales en puerta, los jefes de estado subnacional priorizan sus propias batallas electorales por sobre cualquier aventura nacional. En este escenario de cautela generalizada, Axel Kicillof emerge como la única excepción notable, mostrando una voluntad explícita —aunque verbalmente velada— de competir por la máxima magistratura del país. El resto permanece en las sombras, esperando que pasen los meses para recién entonces evaluar el tablero general.
El cálculo provincial antes que la ambición nacional
Mientras en los pasillos de La Plata se prepara el terreno para una eventual candidatura bonaerense, los mandatarios de distritos con considerable peso electoral permanecen enfocados en sus propias prioridades. Martín Llaryora en Córdoba y Maximiliano Pullaro en Santa Fe—ambos con capacidad real de inclinar balanzas en contiendas presidenciales—mantienen la atención fija en los comicios provinciales venideros. El cordobés irá nuevamente por su continuidad en el cargo, mientras que el santafesino aún medita si volverá a presentarse, pese a haber modificado la carta magna local precisamente para habilitar esa opción. Estos dos gobernadores, junto a Ignacio Torres, Carlos Sadir y Claudio Vidal, fueron protagonistas de una experiencia colectiva que bien ejemplifica la dificultad de construir consensos presidenciales desde el territorio: hace poco más de un año lanzaron Provincias Unidas, una coalición que buscaba nuclear a los mandatarios dialoguistas alejados del kirchnerismo.
Los números de esa aventura conjunta cuentan la historia: al presentarse en dieciséis distritos durante las legislativas, la alianza cosechó aproximadamente 6 por ciento de los votos y logró sumar ocho diputados. Luego vino el silencio. El espacio no creció, las acciones coordinadas se diluyeron y aunque algunos referentes del bloque declaran públicamente que "nada está decidido" para una eventual competencia presidencial, la realidad sugiere que construir un candidato propio desde Provincias Unidas se ve cada vez más lejano. La experiencia sirvió para demostrar una verdad incómoda: agrupar gobernadores detrás de una sola bandera nacional es una tarea mucho más compleja de lo que las cúpulas políticas porteñas imaginaban hace un año.
Sáenz y Passalaqua: el movimiento más visible, aunque aún tímido
Si existe algún movimiento que genera expectativas en la escena nacional, ese tiene nombre y apellido: Gustavo Sáenz y Hugo Passalaqua. El gobernador salteño y su par misionero presentaron hace poco Argentina Federal en el recinto de Diputados, un espacio que comparte sintonía ideológica con la anterior Provincias Unidas pero que busca ampliar convocatoria. Ambos nombres, en algún momento de especulación política, sonaron como potenciales adherentes a la coalición original; después de todo, comparten intereses y lecturas similares sobre cómo debe organizarse el país. Lo interesante es que Sáenz mantiene una brújula política bastante particular: fue compañero de fórmula de Sergio Massa en el intento presidencial de 2015, conserva buenas relaciones con el tigrense, y sin embargo simultaneó esa alianza histórica con un rol clave como apoyo a los libertarios en el Congreso durante los últimos años. Su posicionamiento es el del político que juega varios tableros simultáneamente sin comprometerse completamente con ninguno.
Hace poco más de una semana, en declaraciones públicas, Sáenz expresó que considera "la mejor opción" que sean los propios gobernadores quienes definan la candidatura presidencial para las próximas elecciones, aunque aclaró que no desea repetir la experiencia de la antigua Liga de Gobernadores peronistas. Su ministro de Gobierno, Ignacio Jarsún, fue más allá y deslizó sin ambages: "A mí me resulta más atractivo Gustavo Sáenz presidente". Estas palabras, pronunciadas en off the record pero trascendidas públicamente, sugieren que desde Salta hay alguien pensando en serio en una eventual candidatura, aunque la prudencia política aconseja no exponerse demasiado mientras transcurre el año electoral. El cálculo es obvio: una cosa es dejar sembrada una posibilidad en las mentes de los decisores políticos, y otra muy distinta es comprometerse públicamente cuando aún faltan muchos meses.
Otro nombre que reaparece periódicamente en estas especulaciones es el de Ricardo Quintela, gobernador riojano que encontraba en Carlos Menem su principal referente histórico. La trayectoria del expresidente justicialista que llegó a la Casa Rosada desde La Rioja constituye una suerte de espejo motivacional para Quintela, aunque la realidad política actual presenta condiciones muy distintas a las de los años noventa. El problema para el mandatario riojano es que carece de un soporte significativo dentro del peronismo kirchnerista, su espacio natural, ni tampoco cuenta con apoyo relevante en otros sectores. Su estrategia actual, entonces, se concentra en buscar acercamientos entre los gobernadores dialoguistas—Sáenz, Llaryora, Osvaldo Jaldo, Raúl Jalil—para al menos evitar que estos terminaran jugando en el campo libertario. Pero el cordobés, anticipando estas gestiones, ya adelantó que por ahora no está disponible para construir acuerdos nacionales con nadie.
El precedente histórico y lo que falta por decidir
La historia argentina registra numerosos ejemplos de gobernadores que llegaron a la candidatura presidencial. Desde el regreso de la democracia en 1983, el país vio a mandatarios provinciales como Eduardo Angeloz de Córdoba, Horacio Massaccesi de Río Negro, Jorge Sobisch de Neuquén, Hermes Binner de Santa Fe, Adolfo Rodríguez Saá de San Luis y Néstor Kirchner de Santa Cruz competir por el máximo cargo. Desde Buenos Aires surgieron Eduardo Duhalde y Daniel Scioli. El Menem riojano, en su momento, logró lo que muchos otros solo intentaron. Sin embargo, la actual coyuntura demuestra que la geografía política se ha vuelto más compleja, más fragmentada, y las ambiciones presidenciales desde el territorio encuentran cada vez menos oxígeno para desarrollarse.
Una mención especial merece Rolando Figueroa, gobernador de Neuquén, provincia que ha adquirido relevancia económica nacional por la explotación de Vaca Muerta y que genera consideraciones sobre su potencial presidencial en círculos políticos porteños. Sin embargo, el mandatario neuquino, consultado en su momento sobre estas especulaciones, fue categórico: "Todas mis decisiones las tomé para ser gobernador de mi provincia. No tengo otros pasos para dar. Este será mi último cargo y me retiraré siendo gobernador". Su respuesta cierra cualquier especulación sobre sus intenciones a nivel nacional. Paradójicamente, Neuquén mantiene diálogo fluido con la Casa Rosada, lo lógico sería que Figueroa buscara un entendimiento con el gobierno libertario, especialmente considerando que en su distrito la gestión tiene una candidata con potencial competitivo: la senadora evangélica Nadia Márquez, quien posee vínculos estrechos con miembros del clan Milei en el Congreso.
En el margen de este panorama, dos figuras con experiencia gubernamental anterior retoman el protagonismo. Gerardo Zamora, exgobernador santiagueño, manifestó sus intenciones presidenciales en un encuentro con dirigentes porteños, planteando incluso la posibilidad de sumar a cuatro mandatarios peronistas y un radical a su eventual armado. Su propósito declarado es confrontar con la eventual candidatura de Kicillof. Simultáneamente, Sergio Uñac, exmandatario de San Juan, confirmó oficialmente su intención de competir como candidato presidencial en 2027, también expresando sus aspiraciones dentro del espacio peronista. Ya ha mantenido encuentros con el pampeano Sergio Ziliotto para explorar la construcción de "una alternativa electoral" desde el peronismo dialoguista.
El cierre del año como punto de inflexión
La mayoría de los gobernadores en ejercicio mantiene una postura que podría resumirse así: primero lo primero. Antes de lanzarse a aventuras electorales nacionales, es necesario cerrar gestiones, pagar aguinaldos sin sobresaltos, administrar presupuestos ya ajustados y preparar el terreno para elecciones provinciales. Estas prioridades no son menores; al contrario, determinan la viabilidad política de los mandatarios locales. Quien no logre resolver con éxito estos desafíos tampoco tendrá recursos políticos para jugar en la arena presidencial. Es por eso que la mayoría ha decidido esperar, observar, dejarse estudiar. Hacia finales de este año, cuando se cierren ciclos económicos y electorales provinciales, recién entonces el panorama se aclarará.
Este fenómeno refleja además una realidad más profunda sobre la política argentina actual: la fragmentación del poder territorial ha hecho que los gobernadores desarrollen intereses locales cada vez más específicos y menos alineables con proyectos nacionales únicos. La época en que un gobernador podía servir como punta de lanza de un movimiento nacional amplio parece haber quedado atrás, al menos por ahora. Los territorios tienen sus propias agendas, sus propios desafíos, sus propias coaliciones electorales.
Las posibles implicancias de un tablero tan cauteloso
La realidad de una clase dirigencial provincial que se abstiene de competir por la presidencia genera múltiples efectos posibles en el sistema político nacional. Por un lado, esto podría permitir que Kicillof consolide posicionamiento sin competencia seria desde el peronismo territorial, aunque también abre la puerta a que actores sin experiencia de gestión integral o figuras de menor trayectoria ganen protagonismo por defecto. Por otro lado, la ausencia de gobernadores fuertes competiendo presidencialmente podría significar que las provincias pierdan capacidad de negociación respecto al poder central, cualquiera sea el signo del próximo gobierno. También cabe considerar que el actual presidente y su equipo libertario podrían intentar cosechar gobernadores locales hacia su proyecto, ofreciéndoles acuerdos puntuales que les permitan resolver sus propias agenda provinciales. Finalmente, la conformación de candidaturas presidenciales desde figuras sin gestión territorial reciente podría profundizar la brecha entre las agendas nacionales y las realidades del territorio. Cada una de estas posibilidades genera consecuencias distintas para la gobernabilidad futura del país y para la calidad de la representación política en sus múltiples niveles.



