El radicalismo bonaerense cerró un capítulo de fragmentación interna al consensuar una nueva estructura de poder en el nivel provincial, pero la reconciliación de cúpulas no resultó suficiente para evitar que nueve municipios de la provincia dirimieran sus pugnas a través del voto de militantes. Las tensiones entre sectores antagónicos—principalmente el nucleado en torno al senador Maximiliano Abad y el liderado por el diputado Martín Lousteau—dejaron su marca en localidades que van desde el interior profundo hasta el conurbano y la costa atlántica, revelando que los acuerdos de élite no siempre se trasladan de manera automática a las estructuras municipales. Este escenario pone de manifiesto cómo la dinámica competitiva dentro de un mismo partido puede convivir con gestos de unidad, y plantea interrogantes sobre la estabilidad de arreglos que intentan subordinar diferencias estratégicas a la búsqueda de una imagen cohesiva ante la ciudadanía.

El acuerdo de cúpula y sus límites territoriales

La conducción radical bonaerense quedó distribuida entre dos figuras que representan segmentos distintos del radicalismo contemporáneo. Emiliano Balbín, diputado provincial y nieto del histórico dirigente Ricardo Balbín, asumió la presidencia provincial desde una posición alineada con el sector de Abad. Simultáneamente, Josefina Mendoza—integrante del espacio denominado Evolución, que agrupa a los partidarios de Lousteau—accedió a la vicepresidencia como parte del equilibrio negociado. Este reparto de funciones reflejaba la necesidad de ambas facciones de evitar una ruptura irreversible y de proyectar una imagen de partido institucional capaz de resolver sus conflictos sin fractura pública. Sin embargo, la realidad territorial mostró que tales acuerdos funcionan fundamentalmente como marcos generales, sin autoridad suficiente para imposibilitar competencias en espacios donde los liderazgos locales poseen arraigo, recursos organizacionales y aspiraciones propias.

Los municipios que enfrentaron procesos electorales internos constituyen una muestra significativa de la geografía bonaerense. Algunos de ellos, como General Pueyrredón—cuya cabecera es Mar del Plata—representan espacios de importancia política tradicional donde figuras nacionales del partido mantienen enraizamientos locales históricos. Otros, como Lincoln o Tres Arroyos, corresponden al interior provincial, territorios donde las estructuras radicales han mantenido presencia durante décadas. Incluso el conurbano, con distritos como Morón y Luján, formó parte de estas contiendas. Esta multiplicidad de espacios en disputa simultáneamente sugiere que la fragmentación interna del radicalismo bonaerense no es resultado de coyunturas específicas sino expresión de dinámicas más profundas vinculadas a la heterogeneidad de intereses y visiones dentro de la estructura del partido.

General Pueyrredón: la consolidación del sector abadista en la costa

En General Pueyrredón, el sector de Abad demostró una capacidad de movilización significativamente superior a la de sus competidores. La lista encabezada por Ricardo Liceaga Viñas, senador nacional alineado con Abad, obtuvo 4.060 votos, más que duplicando el caudal de la nómina competidora. Esta última, liderada por Jimena Nespral y respaldada por el dirigente sindical Cristian Echeverría, alcanzó apenas 1.833 sufragios. La proporción de votos—aproximadamente dos a uno en favor de Liceaga Viñas—refleja no solo una preferencia electoral sino también una diferencia en capacidades de convocatoria y movilización de militancia. General Pueyrredón ha sido históricamente un bastión del radicalismo pampeano, y el control de su estructura municipal resulta estratégico para cualquier sector que aspire a influir en decisiones de nivel provincial. La victoria sin ambigüedades del abadismo en este distrito consolidó su posición de fuerza dentro de la provincia y sugiere que Abad mantiene capacidades organizacionales robustas en territorios donde previamente ha construido bases de apoyo.

Tres Arroyos y Bragado: victorias del loustismo en el interior

Si bien Abad logró imponerse en varios distritos, el sector de Evolución consiguió victorias significativas en municipios del interior que no suelen estar en el foco de la atención mediática. En Tres Arroyos, Romina Trujillo, presidenta de la UCR local e integrante del espacio de Lousteau, venció a Cristian Ruiz por un margen ajustado: 135 votos contra 102. Ruiz contaba con el respaldo de la intendenta del partido, lo que sugiere que las lealtades municipales no siempre siguen las líneas de acción de gobiernos locales sino que responden a dinámicas propias de las estructuras radicales. En Bragado, la victoria de Evolución fue más cómoda: Lilian Labaqui encabezó la lista triunfadora con 323 votos, mientras que Amadeo Mónaco, candidato del abadismo, obtuvo 201. Estas victorias del loustismo en municipios del interior demuestran que el sector mantiene presencia y capacidad organizacional en territorios donde el abadismo también tiene influencia, y que la fragmentación interna trasciende la dicotomía conurbano-interior que a veces simplifica los análisis políticos.

Lincoln, Mercedes y los matices de la competencia

Algunos resultados electorales internos presentaron particularidades que enriquecen el panorama de las dinámicas radicales. En Lincoln, la disputa enfrentó a dos miembros de la misma familia: el intendente Salvador Serenal y su hermana Marisa Serenal. Ambos integran estructuras alineadas con Abad, pero la competencia entre hermanos reveló tensiones no necesariamente capturadas por las categorías amplias de "abadismo" o "loustismo". La lista liderada por Valeria Mena, respaldada por Salvador Serenal, se impuso con 172 votos contra 147 de la nómina que encabezó Matías Gázquez, respaldada por Marisa Serenal. El grupo político "Saladillo", identificado con sectores del radicalismo del interior, aparece como una variable adicional que complejiza el mapa de fuerzas. En Mercedes, Marisa Brillado, representante del abadismo, venció a Marcelo Ventrilli, candidato de Evolución, imponiendo su estructura sobre la del sector loustista en un municipio donde el radicalismo mantiene presencia institucional.

Luján, Morón y Villa Gesell: el mosaico del conurbano

En el conurbano bonaerense, la distribución de victorias también reflejó el equilibrio de fuerzas entre los sectores. Luján quedó en manos del abadismo, aunque con una particularidad: ambas listas en competencia estaban alineadas con Abad, diferenciándose por otros factores. Andrés Saavedra, respaldado por el exgobernador Daniel Salvador (vinculado a Abad), encabezó la lista ganadora con 453 votos, derrotando a Leandro Fusco con 370. En Morón, Natalia Popolizio lideró la nómina victoriosa, integrada por dirigentes abadistas y cercanos al diputado nacional Pablo Juliano, superando a Martín Dolhgaray, también alineado con Abad pero perteneciente al sector de Salvador. Villa Gesell, por su parte, registró una victoria para Evolución: Néstor Banquero obtuvo 443 votos, mientras que Amadeo Montenegro, candidato abadista, consiguió 311. Una tercera lista, encabezada por Omar Zurko, obtuvo 57 votos, indicando que en algunos distritos la fragmentación interna del radicalismo alcanza más de dos polos de atracción. En Bahía Blanca, el abadismo consolidó su posición con Fernando Roig, quien obtuvo 555 votos, frente a Martín Bustos, alineado con Lousteau, que consiguió 428.

Significaciones y proyecciones de la competencia interna

El resultado general de estos nueve procesos internos muestra un radicalismo bonaerense donde ambos sectores cuentan con capacidades competitivas en diversos territorios, sin que ninguno haya logrado una hegemonía absoluta. El abadismo se impuso en General Pueyrredón, Lincoln, Luján, Morón, Mercedes y Bahía Blanca—seis distritos—mientras que Evolución ganó en Tres Arroyos, Bragado y Villa Gesell—tres distritos. Este balance no refleja una derrota de Lousteau sino más bien un escenario de competencia asimétrica según territorios. Estos resultados tendrán implicancias múltiples. En primer término, condicionarán la capacidad de la conducción provincial para implementar decisiones sin resistencias internas, particularmente si las decisiones afectan dinámicas locales o distribución de recursos. En segundo lugar, determinarán composiciones de órganos internos—convenciones, juntas de gobierno—donde la representación está ligada al desempeño electoral municipal. En tercer lugar, proyectarán influencias sobre cómo cada sector se posiciona respecto a negociaciones electorales para instancias provinciales o nacionales.

La coexistencia de acuerdo de cúpula y competencia territorial abierta sugiere que el radicalismo bonaerense ha encontrado una modalidad de funcionamiento donde la unidad formal convive con la pluralidad interna. Algunos analistas podrían considerar esto un signo de salud institucional—un partido donde las diferencias se dirimen por procedimientos democráticos internos sin necesidad de escisiones—mientras que otros podrían verlo como expresión de debilidad organizacional e incapacidad para generar consensos vinculantes. Lo cierto es que el ciclo de internas municipales cerró un período de negociación y abrió uno donde gobiernos locales radicales deberán coordinarse bajo nuevas estructuras de poder donde sus referentes territoriales ostentan legitimidades electorales concretas, a partir de los votos emitidos por sus militantes.