El regreso que moviliza a tres gobiernos

Desde hace días, una maquinaria administrativa se pone en marcha en las entrañas del Estado argentino. No por una crisis institucional ni por una tragedia nacional, sino por todo lo contrario: la posibilidad de que la selección de fútbol regrese triunfante de Nueva Jersey tras disputar la final del Mundial 2026. Este escenario desencadena una cascada de decisiones que involucra simultáneamente a funcionarios de la Nación, la Ciudad de Buenos Aires y la Provincia, en una coordinación que trasciende las habituales disputas políticas. La magnitud del operativo, aún en fase de diseño, revela hasta qué punto un evento deportivo de estas características impacta en la estructura misma del aparato estatal, obligando a repensar movilidades urbanas, protocolos de seguridad y, inevitablemente, símbolos de poder.

El punto de partida de este complejo esquema comenzará a definirse una vez que el árbitro pite el final en el territorio estadounidense. Desde allí, un vuelo chárter de Aerolíneas Argentinas despegará alrededor de la 1 de la mañana desde Nueva York, iniciando un viaje transatlántico que se estima finalizará en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza entre el mediodía y las primeras horas de la tarde del lunes. En las pistas de esa terminal aérea ya reposa una reserva: el Hangar 5, infraestructura que servirá como punto de transferencia inicial y donde se habilitará un espacio destinado a la prensa acreditada. Lo que suceda después de ese aterrizaje marca el verdadero comienzo de un operativo que demanda sincronización entre múltiples actores gubernamentales.

Helicópteros y decisiones políticas en el aire

Desde Ezeiza hacia el corazón porteño, los jugadores serán trasladados mediante helicópteros militares que desembarcarán en el helipuerto de Casa Rosada. Esta elección de punto de arribo no es casual: en el microcentro bonaerense, esta es la única instalación autorizada para operaciones aéreas de esa envergadura. Sin embargo, la selección no necesariamente descenderá en la sede del Poder Ejecutivo Nacional para permanecer allí. Aquí es donde se abre el espectro de posibilidades que las autoridades están analizando, y donde convergen cálculos de seguridad, logística y, aunque se intente negar, narrativa política.

La primera opción sobre la mesa contempla que los futbolistas acepten la invitación presidencial de Javier Milei para asomarse al balcón de Casa Rosada. En este escenario, la sede de Gobierno permanecería cerrada al personal político, con custodia exclusiva de la Casa Militar, permitiendo que los jugadores saludasen a una multitud congregada en la Plaza de Mayo por el tiempo que estimasen conveniente, y retirándose después por la misma vía aérea. Desde la perspectiva de quienes diseñan el operativo, esta alternativa ofrece ventajas tangibles en materia de seguridad: un perímetro controlable, salidas expeditas, y una duración temporal que puede ajustarse según las circunstancias.

La segunda posibilidad toma un derrotero completamente distinto. En lugar de utilizar Casa Rosada como destino final, los helicópteros descargarían a los futbolistas en el helipuerto, desde donde serían conducidos en microbús a través de las calles Rivadavia y Diagonal Norte hacia el Obelisco. Allí se montaría un escenario donde el plantel podría dirigirse a la multitud. Este segundo camino evoca los protocolos utilizados en ocasiones anteriores, aunque las autoridades reconocen, de manera casi tácita, que presenta complejidades operativas superiores. Quienes tienen acceso a los análisis internos del equipo técnico de seguridad sugieren que la probabilidad de que el plantel opte por esta ruta es reducida, considerando los desafíos que implica movilizar a cientos de personas, vehículos y efectivos sobre vías públicas extensas.

La seguridad como variable central

Para que cualquiera de estas dos opciones sea viable, el Estado ha movilizado recursos que dan cuenta de la seriedad con la que se toma este evento. La ministra de Seguridad nacional, Alejandra Montero, trabaja en conjunto con Horacio Giménez, su contraparte en la Ciudad, en la coordinación técnica del operativo. La estructura de mando incluye además a Karina Milei, secretaria general de la Presidencia, quien desde el lado político-administrativo orienta la estrategia general. Cada una de estas instancias representa un nivel diferente de decisión: desde lo territorial porteño hasta lo nacional.

El despliegue inicial ya ha sido confirmado para el domingo de la final. La Policía de la Ciudad desplegará mil efectivos repartidos entre la División de Orden Urbano, la División Despliegue de Intervenciones Rápidas (DIR), Policía Motorizada, brigadas especiales y personal de comisarías de la zona centro. Estos agentes colocarán vallas y realizarán cortes de calles una vez que finalice el encuentro, estableciendo perímetros que canalicen los flujos de personas según las decisiones que se adopten respecto de la recepción. En la zona céntrica, funcionarios de Defensa Civil instalarán un puesto médico con capacidades similares a las de un hospital móvil, destinado a atender emergencias sanitarias derivadas de aglomeraciones. Ambulancias del SAME completarán esta red asistencial. El Centro de Monitoreo Urbano (CMU) hará seguimiento en tiempo real mediante cámaras de vigilancia y drones de la Policía de la Ciudad, permitiendo ajustes estratégicos sobre la marcha. Helicópteros del Escuadrón Aéreo sobrevolarán las zonas concéntricas, proporcionando visibilidad aérea del operativo.

Variables que pueden reconfigurar el plan

Aunque el esquema operativo está avanzado, existen factores que introducen incertidumbre en su ejecución. Los jugadores que componen la selección nacional se encuentran actualmente radicados en territorio estadounidense acompañados por sus familias y círculos íntimos. Una vez que finalice el torneo, estos grupos deberán retornar también a la Argentina, lo cual puede modificar sustancialmente los tiempos previstos, introducir cambios logísticos no contemplados o alterar los planes de movilización. El regreso conjunto de cientos de personas vinculadas al plantel, sus seres allegados y el personal de apoyo puede generar complicaciones que obliguen a replantear cronogramas o, incluso, a postergar ciertos momentos del operativo.

Hay otro aspecto que los analistas del operativo tienen presente: más allá de las intenciones declaradas de despolitizar cualquier ceremonia de bienvenida, una foto del plantel saludando desde el balcón de Casa Rosada inevitablemente contrastaría con la que se registró en 2022, cuando la selección llegó victoriosa del Mundial en Qatar. En aquella ocasión, los símbolos, los espacios y los actores políticos que estuvieron presentes fueron otros. Esta diferencia simbólica no es menor en el imaginario colectivo ni en la memoria política reciente, y sin duda influye en cómo distintos sectores del espectro político y social perciben los términos en que se plantea esta bienvenida futura.

Perspectivas abiertas y consecuencias previsibles

La arquitectura de este operativo, tal como se diseña en estos momentos, anticipa múltiples escenarios cuyas consecuencias trascienden lo meramente administrativo. Si la selección opta por Casa Rosada, el Estado demuestra capacidad de organización expedita alrededor de un símbolo presidencial, pero genera una imagen que algunos sectores cuestionarán como excesivamente estatal o política. Si, por el contrario, el plantel elige el Obelisco, se reedita un patrón histórico que la ciudadanía reconoce, pero se demanda una coordinación territorial más compleja y riesgos operativos mayores. En ambos casos, la magnitud del operativo refleja cómo la seguridad se ha convertido en un factor determinante en la planificación de eventos masivos, lo cual impacta tanto en la experiencia ciudadana como en la configuración del espacio público urbano. Las decisiones que se adopten en los próximos meses, en función de cómo se desarrolle el torneo, tendrán implicancias que van más allá de la logística deportiva, tocando aspectos de gobernanza, símbolos estatales y convivencia urbana que permanecerán en la memoria colectiva mucho tiempo después de que los jugadores bajen de aquellos helicópteros.